La izquierda se arroga el deber moral de liberar a los explotados de las cadenas que la oligarquía ha soldado con fuego y miedo. El sistema, afirman, se sostiene gracias a fuerzas armadas que imponen la justicia con pólvora. Por eso, dicen, la lucha debe estar respaldada por las armas. Grupos violentos dispersos por el país no son accidentes: son la estrategia. Y como el poder del sistema se basa en la riqueza, para combatirlo hace falta mucho dinero. El método más eficaz y rentable: el narcotráfico. Además de llenar las arcas, permite cobrarse venganza contra el “imperio” envenenando a su juventud. Así nació la aberración de las narcoguerrillas. Por eso los prontuarios en la DEA de los Maduro y tantos otros. Y por eso funcionan como relojes las donaciones de campaña que luego se pagan con intereses desde el poder.
La estrategia se logra combinar con un truco perverso: vender la ilusión de paz. Como el clima de violencia se vuelve insoportable, cualquiera que prometa paz recibe respaldo. La maniobra es brillante y cínica: culparnos a todos de la violencia. Hoy mismo, editoriales llaman a “desarmar los espíritus”. El resultado es infalible: los pacíficos se callan, los violentos se multiplican.
En 2002, el país parecía sin retorno. Tres gobiernos hablando de paz y haciéndoles concesiones a los criminales, habían dejado una nación rota. Entonces apareció un político distinto: proclamó que la seguridad es la base de la prosperidad, y que la pobreza se combate con desarrollo basado en confianza. Eso rompió el libreto, así que intentaron matarlo siete veces. Como no pudieron acuden a montajes con testimonios de delincuentes para perseguirlo judicialmente.
La historia se repite. Con el país en el abismo, surge un segundo Uribe, con el carisma y la capacidad para convertirse en una nueva esperanza. Su fortaleza para haber superado el horror sin rencor, lo mostraba como un ser excepcional.
Esta vez no fallaron: lo asesinaron gracias a la desidia para protegerlo.
Desfilan ante su féretro en un silencio que no es de paz. Para unos es triunfo, para otros es miedo. Las flores se marchitarán pronto porque también han perdido una esperanza. Y los millones que nunca hemos creído en la violencia y jamás hemos empuñado un arma, volvimos a escuchar la eterna monserga: que nos desarmemos… para que ellos puedan seguir matando.
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viernes, 15 de agosto de 2025
martes, 12 de agosto de 2025
Revolución profunda
Que los muchachos crean que Colombia necesita una revolución profunda, vale. Es natural. En la juventud muchos pensamos que todo estaba mal hecho, nos indignamos con la pobreza y quisimos revolcar el sistema para acabar con los privilegios y la injusticia. Pero algunos tuvimos la oportunidad de conocer la Unión Soviética, la Europa del Este, Cuba, China… y el desconcierto fue brutal. Las injusticias eran peores, la miseria seguía, y los privilegios eran más obscenos. Comprendimos que el problema no era solo el modelo, sino la concentración del poder.
Sí, también en las democracias liberales existe una concentración de poder económico repulsiva. Pero el mercado, cuando es realmente libre, tiende a generar equilibrio. No se trata de idealizarlo ni de renunciar al anhelo de una sociedad más equilibrada (justa, no, porque esa palabra ya se prostituyó), sino de aceptar una conclusión que salta a la vista para quien quiera observar el mundo: las sociedades donde opera la libertad económica tienen más posibilidades de progreso social.
No llegamos a esa idea por leer grandes tratados, —ni “El Capital” ni “La Riqueza de las Naciones”—, sino por observar la realidad: la humanidad progresa cuando es capaz de medir, comparar, repetir lo que funciona y desechar lo que no.
Por eso es desconcertante que pensadores ya maduros —que han construido, creado, trabajado— se entusiasmen con la “revolución profunda”. ¿Olvidaron toda su experiencia? ¿O sufren una regresión neuronal?
Quien ha intentado construir algo en serio sabe lo difícil que es: requiere conocimiento, esfuerzo, tiempo, y aun así el riesgo de fracasar es alto. Los proyectos fallan, las personas decepcionan, las circunstancias cambian. Y quien sabe construir, también sabe que levantar sobre lo ya construido es siempre más sensato que arrasar con todo para empezar de cero.
La historia ha mostrado que las revoluciones terminan invariablemente en ruinas o cementerios.
Lo que funciona —aunque imperfecto— es la libertad para el intercambio libre de bienes e ideas en un entorno sin violencia. Perfeccionar esas herramientas debería ser la meta de toda sociedad racional. No se debe perder la ilusión de mejorar la sociedad, pero reciclar utopías no es el camino. “En tiempos de engaño universal, lo revolucionario es decir la verdad” dijo George Orwell.
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Sí, también en las democracias liberales existe una concentración de poder económico repulsiva. Pero el mercado, cuando es realmente libre, tiende a generar equilibrio. No se trata de idealizarlo ni de renunciar al anhelo de una sociedad más equilibrada (justa, no, porque esa palabra ya se prostituyó), sino de aceptar una conclusión que salta a la vista para quien quiera observar el mundo: las sociedades donde opera la libertad económica tienen más posibilidades de progreso social.
No llegamos a esa idea por leer grandes tratados, —ni “El Capital” ni “La Riqueza de las Naciones”—, sino por observar la realidad: la humanidad progresa cuando es capaz de medir, comparar, repetir lo que funciona y desechar lo que no.
Por eso es desconcertante que pensadores ya maduros —que han construido, creado, trabajado— se entusiasmen con la “revolución profunda”. ¿Olvidaron toda su experiencia? ¿O sufren una regresión neuronal?
Quien ha intentado construir algo en serio sabe lo difícil que es: requiere conocimiento, esfuerzo, tiempo, y aun así el riesgo de fracasar es alto. Los proyectos fallan, las personas decepcionan, las circunstancias cambian. Y quien sabe construir, también sabe que levantar sobre lo ya construido es siempre más sensato que arrasar con todo para empezar de cero.
La historia ha mostrado que las revoluciones terminan invariablemente en ruinas o cementerios.
Lo que funciona —aunque imperfecto— es la libertad para el intercambio libre de bienes e ideas en un entorno sin violencia. Perfeccionar esas herramientas debería ser la meta de toda sociedad racional. No se debe perder la ilusión de mejorar la sociedad, pero reciclar utopías no es el camino. “En tiempos de engaño universal, lo revolucionario es decir la verdad” dijo George Orwell.
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El péndulo de la Justicia
La “combinación de todas las formas de lucha” empieza a mostrar su eficacia. Al impulso de la lucha armada se suma ahora la paciente infiltración del aparato judicial. Y si para financiar tan nobles fines hay que mezclar narcotráfico, corrupción, chantaje y otros delitos variopintos, entiéndase que el fin justifica los medios. Quien se atrevió a golpear la estructura criminal que sostiene la enorme operación, debe ser perseguido y castigado . Como no lograron asesinarlo en varios atentados, ahora buscan encarcelarlo.
Decenas de abogados —debidamente financiados— arman una red de farsas, recorren cárceles incentivando a sus compañeros a imaginar historias truculentas, mientras otros trepan en el sistema judicial hasta alcanzar cargos clave. Se construyen conspiraciones, se repiten falsedades, se difunden en redes hasta convertirlas en verdad. Todo para destruir a quien, en su vida pública, solo ha dado pruebas de decencia, honestidad y vocación de servicio.Y así, se borra de la memoria colectiva el horror que vivió Colombia en 2002. Muchos que hoy repiten barbaridades ya olvidaron por qué están vivos. Y los que no vivieron esa época, con ligereza opinan sin entender el riesgo de repetirla.Se ha logrado instalar un odio emocional, alimentado por cuentos, versiones y testimonios sin pruebas. No hay un solo video, una grabación, una evidencia material que comprometa al odiado. Solo está el relato de un hampón, corroborado por otro delincuente, sobre las componendas de un criminal.
La vehemencia con que algunos se rasgan las vestiduras en defensa de la justicia, contrasta con la ridiculez del “acervo probatorio”. No puede sino concluirse que el plan ha sido ejecutado con la precisión de un asalto. Y ahora, los mismos que siempre negaron a la Justicia —esa “institución burguesa”, “instrumento de opresión de la oligarquía”— la invocan con fervor revolucionario.
No importa que el uso político de la justicia tenga doble filo. Lo aprendieron Fujimori, Pinochet y Martinelli, pero también Lula, Evo, Kirchner y Castillo y muchos otros. Porque aquí no se trata de continuar el juego democrático. El objetivo es tomarse por completo el sistema judicial, controlar el electoral y concentrar todo el poder en unos pocos, que se convertirán en los eternos defensores de la revolución, siempre rodeados de privilegios.
Decenas de abogados —debidamente financiados— arman una red de farsas, recorren cárceles incentivando a sus compañeros a imaginar historias truculentas, mientras otros trepan en el sistema judicial hasta alcanzar cargos clave. Se construyen conspiraciones, se repiten falsedades, se difunden en redes hasta convertirlas en verdad. Todo para destruir a quien, en su vida pública, solo ha dado pruebas de decencia, honestidad y vocación de servicio.Y así, se borra de la memoria colectiva el horror que vivió Colombia en 2002. Muchos que hoy repiten barbaridades ya olvidaron por qué están vivos. Y los que no vivieron esa época, con ligereza opinan sin entender el riesgo de repetirla.Se ha logrado instalar un odio emocional, alimentado por cuentos, versiones y testimonios sin pruebas. No hay un solo video, una grabación, una evidencia material que comprometa al odiado. Solo está el relato de un hampón, corroborado por otro delincuente, sobre las componendas de un criminal.
La vehemencia con que algunos se rasgan las vestiduras en defensa de la justicia, contrasta con la ridiculez del “acervo probatorio”. No puede sino concluirse que el plan ha sido ejecutado con la precisión de un asalto. Y ahora, los mismos que siempre negaron a la Justicia —esa “institución burguesa”, “instrumento de opresión de la oligarquía”— la invocan con fervor revolucionario.
No importa que el uso político de la justicia tenga doble filo. Lo aprendieron Fujimori, Pinochet y Martinelli, pero también Lula, Evo, Kirchner y Castillo y muchos otros. Porque aquí no se trata de continuar el juego democrático. El objetivo es tomarse por completo el sistema judicial, controlar el electoral y concentrar todo el poder en unos pocos, que se convertirán en los eternos defensores de la revolución, siempre rodeados de privilegios.
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sábado, 26 de julio de 2025
La Oposicion
Una de las fábulas que trata de diseminar el Petrismo y sus fieles devotos consiste en pintar la oposición como implacable. “Nunca en la historia, había tenido que enfrentar un Presidente, una oposición tan radical y despiadada¨, se atreven a decir.
Cuando la realidad, es que por primera vez en muchas décadas, el gobierno enfrenta un oposición civilizada, que argumenta con palabras, que usa los canales regulares de la opinión pública, que protagoniza debates en el Congreso, que acude a las instituciones para contrarrestar a un gobierno caracterizado por la corrupción, el nepotismo, el derroche, el atropello al sector productivo, el chamboneo y el insulto a los gremios que sostienen el país.
Por primera vez en dos a tres generaciones, la oposición es pacífica, no acude a las armas ni amenaza con violencia para oponerse a un gobierno alineado con los delincuentes, que ha logrado el récord de la mayor extensión de coca sembrada, que conoce las cárceles, no por el deber de hacerlas seguras y humanitarias, sino por los pactos que logra con los peores hampones condenados, cuya amistad exhibe con orgullo en tarimas.
Por primera vez en la historia reciente del país, la oposición ha convocado las marchas más imponentes de la historia, sin que haya ocurrido un solo incidente, un solo daño, un solo incendio o ataque a la policía.
Son muchos los años en los que el rechazo al gobierno estaba asociado con bombas, destrucción, quemas, asesinatos, ataques a poblaciones, masacres, bloqueos de carreteras. De hecho fue la oposición violenta organizada por Petro, promoviendo por debajo de cuerda todas las formas de violencia, la que llevó al terror de la población y el desconcierto generalizado que terminó en su elección. Estrategia cuidadosamente planeada y ejecutada que ha funcionado en Chile, Perú, Bolivia, Venezuela y se ha intentado en Ecuador y el resto de latinoamérica.
El relato que tratan de diseminar no puede ser más cínico. Los promotores y gestores de una oposición violenta, agresiva, destructiva, causante de un gran número de muertes y daños materiales, ahora se lamentan de una oposición muy ruda.
Hay que creer en la Fuerza de la Verdad. Seguir develando las mentiras, seguir destapando los negociados, seguir interviniendo para que la plata de nuestros impuestos no termine financiando la evolución hacia la satrapía.
Cuando la realidad, es que por primera vez en muchas décadas, el gobierno enfrenta un oposición civilizada, que argumenta con palabras, que usa los canales regulares de la opinión pública, que protagoniza debates en el Congreso, que acude a las instituciones para contrarrestar a un gobierno caracterizado por la corrupción, el nepotismo, el derroche, el atropello al sector productivo, el chamboneo y el insulto a los gremios que sostienen el país.
Por primera vez en dos a tres generaciones, la oposición es pacífica, no acude a las armas ni amenaza con violencia para oponerse a un gobierno alineado con los delincuentes, que ha logrado el récord de la mayor extensión de coca sembrada, que conoce las cárceles, no por el deber de hacerlas seguras y humanitarias, sino por los pactos que logra con los peores hampones condenados, cuya amistad exhibe con orgullo en tarimas.
Por primera vez en la historia reciente del país, la oposición ha convocado las marchas más imponentes de la historia, sin que haya ocurrido un solo incidente, un solo daño, un solo incendio o ataque a la policía.
Son muchos los años en los que el rechazo al gobierno estaba asociado con bombas, destrucción, quemas, asesinatos, ataques a poblaciones, masacres, bloqueos de carreteras. De hecho fue la oposición violenta organizada por Petro, promoviendo por debajo de cuerda todas las formas de violencia, la que llevó al terror de la población y el desconcierto generalizado que terminó en su elección. Estrategia cuidadosamente planeada y ejecutada que ha funcionado en Chile, Perú, Bolivia, Venezuela y se ha intentado en Ecuador y el resto de latinoamérica.
El relato que tratan de diseminar no puede ser más cínico. Los promotores y gestores de una oposición violenta, agresiva, destructiva, causante de un gran número de muertes y daños materiales, ahora se lamentan de una oposición muy ruda.
Hay que creer en la Fuerza de la Verdad. Seguir develando las mentiras, seguir destapando los negociados, seguir interviniendo para que la plata de nuestros impuestos no termine financiando la evolución hacia la satrapía.
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jueves, 17 de julio de 2025
Y de que lado estas?
Como todo lo susceptible de ser afectado por el mundo digital, el conflicto se reduce a dos bandos.Si tiene familiares o amigos palestinos, seguro recibe información constante sobre los atropellos sufridos por su pueblo durante los últimos 50 años, después de ser despojados de sus tierras. Una mayoría buena, trabajadora y pacífica termina bajo el liderazgo de una minoría fanática que decide que la única respuesta a la humillación es la violencia. Todo intento de entendimiento pacífico es saboteado por quienes sólo conciben las soluciones al ritmo de explosivos. La moderación de la OLP y los avances en Cisjordania parecían dar frutos. Pero en Gaza, la agresividad de Hamás solo endureció las condiciones de vida, atrapando a su propia población entre el yugo y el cañón. En ese contexto de desesperanza, muchos justifican la rebelión violenta contra un sistema que sienten injusto. Pero al hacerlo, tienden a cerrar los ojos ante atrocidades innegables. Prefieren pensar que las decapitaciones, los secuestros de mujeres y ancianos, son invenciones del enemigo. Así funciona el sesgo tribal: creemos solo lo que nuestra tribu valida.
Del otro lado, quienes conocen judíos y admiran su disciplina y talento, reconocen una nación que se construyó despues de un enorme sufrimiento. Con esfuerzo y apoyo internacional, lograron una sociedad vibrante y tecnológicamente avanzada. ¿Podrían los palestinos haber hecho algo similar con el territorio asignado en 1947 y el respaldo del poderoso mundo árabe?
Esa nación admirable ha sido atacada sin piedad por grupos que promueven el odio como ideología, y consideran que la única solución consiste en su desaparición, lo que la ha inducido a ser potencia militar. Su supervivencia, depende de su fuerza y con el liderazgo equivocado, la ha usado para perpetrar horrendas matanzas.
Al final, uno escoge bando según a quién escucha más. Y lo hace creyendo que está bien informado, cuando en realidad está bien sesgado. Porque si algo es cierto en toda guerra, es que ninguna es justa, ni equilibrada, ni limpia, y quienes más sufren no son los responsables de la barbarie. Por eso, cuando un jefe de Estado toma partido con fervor —sin matices, sin dudas—, no se alinea con la justicia: se compromete con el oprobio. Un escenario más del galimatías moral que justifica la violencia.
Del otro lado, quienes conocen judíos y admiran su disciplina y talento, reconocen una nación que se construyó despues de un enorme sufrimiento. Con esfuerzo y apoyo internacional, lograron una sociedad vibrante y tecnológicamente avanzada. ¿Podrían los palestinos haber hecho algo similar con el territorio asignado en 1947 y el respaldo del poderoso mundo árabe?
Esa nación admirable ha sido atacada sin piedad por grupos que promueven el odio como ideología, y consideran que la única solución consiste en su desaparición, lo que la ha inducido a ser potencia militar. Su supervivencia, depende de su fuerza y con el liderazgo equivocado, la ha usado para perpetrar horrendas matanzas.
Al final, uno escoge bando según a quién escucha más. Y lo hace creyendo que está bien informado, cuando en realidad está bien sesgado. Porque si algo es cierto en toda guerra, es que ninguna es justa, ni equilibrada, ni limpia, y quienes más sufren no son los responsables de la barbarie. Por eso, cuando un jefe de Estado toma partido con fervor —sin matices, sin dudas—, no se alinea con la justicia: se compromete con el oprobio. Un escenario más del galimatías moral que justifica la violencia.
viernes, 11 de julio de 2025
Dogma por wi-fi
La última joya del pensamiento mágico-petrista circula feliz por las redes: el atentado a Miguel Uribe fue un montaje. Así, sin rubor. Según esta hipótesis digna de Netflix, todo fue teatro: la caída perfectamente ensayada, la sangre artificial regada con pincel n°7, la ambulancia coreografiada, la clínica alquilada por horas, las cirugías simuladas, los partes médicos redactados por libretistas de RCN… hasta el sufrimiento de su familia, todo parte de un reality producido por una extrema derecha en pánico, ante los milagros que descienden de las galaxias con la fluidez del whisky. El dogma, como la fe ciega, tiene esas licencias. Para sus creyentes, cualquier cosa que no encaje con la narrativa del mesías debe ser falsa. Que haya balas, heridas, UCI y médicos no importa: es más fácil creer que todo fue organizado por Batman, con dirección de Mel Gibson y maquillaje de Tarantino.
Uno pensaría que no hay cerebro capaz de repetir tamaño disparate, pero hay miles. Y lo grave es que votan, opinan, y acumulan méritos para que los nombren en cargos del gobierno. Por eso no sobra revisar estas genialidades: no para interactuar con los fundamentalistas del dogma, sino para impedir que quienes aún poseen algo de cordura, se dejen arrastrar.
Es tan inútil escribirle cartas “fraternas” a Petro pidiéndole que respete la ley, o sea un buen demócrata, como explicarle a un tierraplanista cómo funciona un eclipse. Esta gente ve conspiraciones porque las ha hecho. Aún se pueden ver los videos de los “niños” de la primera línea revolcándose en pintura roja y lanzándose al suelo en sincronía con petardos. Un teatro tan bien actuado que mucha gente se lo tragó entero. Y el libreto funcionó: se instaló el caos, se sembró el miedo, y el “salvador” ganó.
Ahora que enfrentan el desmadre del gobierno de un poeta sin métrica, necesitan convencerse de que todo lo que no les conviene, es una farsa de la “extrema derecha”. Tiene que ser un montaje porque les resulta imposible digerir la realidad de quien hizo pactos con el hampa para obtener recursos y votos para su campaña y ahora paga cumplidamente permitiéndoles florecer.
Por eso los llamados al diálogo y al sentido común no deben dirigirse a los guionistas de estas óperas de cartón, sino a los millones de ciudadanos que aún no tienen delirio, pero sí señal de WiFi.
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Uno pensaría que no hay cerebro capaz de repetir tamaño disparate, pero hay miles. Y lo grave es que votan, opinan, y acumulan méritos para que los nombren en cargos del gobierno. Por eso no sobra revisar estas genialidades: no para interactuar con los fundamentalistas del dogma, sino para impedir que quienes aún poseen algo de cordura, se dejen arrastrar.
Es tan inútil escribirle cartas “fraternas” a Petro pidiéndole que respete la ley, o sea un buen demócrata, como explicarle a un tierraplanista cómo funciona un eclipse. Esta gente ve conspiraciones porque las ha hecho. Aún se pueden ver los videos de los “niños” de la primera línea revolcándose en pintura roja y lanzándose al suelo en sincronía con petardos. Un teatro tan bien actuado que mucha gente se lo tragó entero. Y el libreto funcionó: se instaló el caos, se sembró el miedo, y el “salvador” ganó.
Ahora que enfrentan el desmadre del gobierno de un poeta sin métrica, necesitan convencerse de que todo lo que no les conviene, es una farsa de la “extrema derecha”. Tiene que ser un montaje porque les resulta imposible digerir la realidad de quien hizo pactos con el hampa para obtener recursos y votos para su campaña y ahora paga cumplidamente permitiéndoles florecer.
Por eso los llamados al diálogo y al sentido común no deben dirigirse a los guionistas de estas óperas de cartón, sino a los millones de ciudadanos que aún no tienen delirio, pero sí señal de WiFi.
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viernes, 4 de julio de 2025
La improbable dictadura
Si revisamos los últimos cien años de política en América Latina, el diagnóstico es claro: las dictaduras han encontrado terreno fértil. Todos los países han sufrido alguna. En número de años bajo regímenes autoritarios, hay un amplio rango: desde apenas 4 en Colombia, hasta 60 en Nicaragua (o 71 en México, si se considera el largo monopolio del PRI). En promedio, la región ha pasado 32 de los últimos 100 años bajo dictadura. Una tercera parte de su historia reciente atrapada en el autoritarismo.
¿El campeón de la democracia? Colombia. Y en aparente paradoja también campeona en violencia. Tal vez porque la democracia, en su generosa amplitud, permitió pensar que la diversidad incluía también a quienes empuñaban las armas para llegar al poder. El resultado ha sido una cultura marcada por la transgresión: altas tasas de criminalidad, desconfianza en las instituciones y un concepto libertario que a veces se confunde con hacer “lo que se me dé la gana”.
Esa libertad mal entendida y abusada ha producido un curioso efecto: un rechazo subconsciente y persistente a cualquier intento de centralismo autoritario. Como si el país, por vivir al borde del caos, se estuviese vacunando —aunque con efectos secundarios— contra la obediencia ciega. Aquí muchos viven con miedo, sí, pero también dicen con resignado orgullo: “igual a esto no hay nada”. Un reconocimiento tácito al valor de la libertad.
Sea esa la explicación o no, la verdad estadística es que Colombia ha resistido mejor que otros países los encantos de las dictaduras. Y por eso resulta poco probable que acepte mansamente la que ahora se cocina, entre discursos populistas y reformas impuestas a golpe de megáfono.
Ya son varios los periodos de la historia en que el país ha sufrido incrementos en la capacidad violenta de grupos criminales. Se ha resuelto llamar guerra a este proceder como si fuese un recurso válido para dirimir las diferencias. El resultado ha sido siempre el empeoramiento de la condición que supuestamente se pretende mejorar con la generación de más pobreza, sufrimiento, desolación y muerte.
Por eso resulta tan equivocada la pretensión de solucionar “en la calle” las diferencias que existen con relación a nuevas leyes. Prender la mecha en un país que se enciende fácil es peligroso para todos, incluyendo el dueño del fósforo.
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¿El campeón de la democracia? Colombia. Y en aparente paradoja también campeona en violencia. Tal vez porque la democracia, en su generosa amplitud, permitió pensar que la diversidad incluía también a quienes empuñaban las armas para llegar al poder. El resultado ha sido una cultura marcada por la transgresión: altas tasas de criminalidad, desconfianza en las instituciones y un concepto libertario que a veces se confunde con hacer “lo que se me dé la gana”.
Esa libertad mal entendida y abusada ha producido un curioso efecto: un rechazo subconsciente y persistente a cualquier intento de centralismo autoritario. Como si el país, por vivir al borde del caos, se estuviese vacunando —aunque con efectos secundarios— contra la obediencia ciega. Aquí muchos viven con miedo, sí, pero también dicen con resignado orgullo: “igual a esto no hay nada”. Un reconocimiento tácito al valor de la libertad.
Sea esa la explicación o no, la verdad estadística es que Colombia ha resistido mejor que otros países los encantos de las dictaduras. Y por eso resulta poco probable que acepte mansamente la que ahora se cocina, entre discursos populistas y reformas impuestas a golpe de megáfono.
Ya son varios los periodos de la historia en que el país ha sufrido incrementos en la capacidad violenta de grupos criminales. Se ha resuelto llamar guerra a este proceder como si fuese un recurso válido para dirimir las diferencias. El resultado ha sido siempre el empeoramiento de la condición que supuestamente se pretende mejorar con la generación de más pobreza, sufrimiento, desolación y muerte.
Por eso resulta tan equivocada la pretensión de solucionar “en la calle” las diferencias que existen con relación a nuevas leyes. Prender la mecha en un país que se enciende fácil es peligroso para todos, incluyendo el dueño del fósforo.
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lunes, 30 de junio de 2025
No más reyes
La institución de la Presidencia es una herencia directa de la monarquía. Quienes escribieron las primeras constituciones aún sentían el aliento de los reyes en la nuca. Por eso inventaron una figura similar: lo pusieron a vivir en un palacio y le dieron categoría de reina —“Primera Dama”— a la esposa.
La concentración de poder y privilegios en estos nuevos reyezuelos explica, en parte, el pobre desempeño de muchas democracias modernas. Existen contrapesos que, aunque imperfectos, funcionan. Trump no ha llevado a EE. UU. al abismo porque lo han contenido tribunales, medios y sociedad civil. Petro no ha logrado desbaratar a Colombia porque también lo han parado las Cortes, el Congreso, la prensa y los ciudadanos organizados han frenado muchas de sus regresivas iniciativas.
Pero la realidad es aún más contundente: pese al enorme poder simbólico del Presidente, su capacidad para modificar la vida de los ciudadanos es limitada. El país sigue andando por inercia, indiferente a las barbaridades que diga o haga quien ocupa el palacio, mientras abusa de los micrófonos para imponer su narrativa, justificar errores y mantener la ilusión de que todo lo bueno le pertenece. La vida continúa. Las empresas y la agroindustria siguen produciendo, los arquitectos diseñan, los ingenieros construyen, los médicos atienden, los plomeros destapan, los tenderos venden, los asaderos de pollo alimentan. La gigantesca maquinaria económica no se detiene, y por eso las cifras resisten, incluso con una conducción errática. Ni siquiera sus partidarios le paran bolas y se resisten a responder a sus llamados que buscan convertirlos en carne de cañón.
Los áulicos del poder, claro, usan los pocos datos positivos para defender lo indefendible. La inflación no se ha disparado gracias a la firmeza del Banco de la República. El desempleo ha bajado por el rebusque, única opción ante una formalidad asfixiante que va a empeorar. La devaluación no es alta por la narcoeconomía. La productividad se sostiene por el dinamismo empresarial, no por gestión estatal. Lo poco bueno que ha ocurrido en estos años ha sido a pesar del gobierno, no gracias a él. Tal vez ha llegado el momento de que la figura del Presidente —como las monarquías que la inspiraron— empiece, por fin, su camino hacia la extinción. “No al Rey” es la respuesta a los cultos que eligen a los Mesías.
La concentración de poder y privilegios en estos nuevos reyezuelos explica, en parte, el pobre desempeño de muchas democracias modernas. Existen contrapesos que, aunque imperfectos, funcionan. Trump no ha llevado a EE. UU. al abismo porque lo han contenido tribunales, medios y sociedad civil. Petro no ha logrado desbaratar a Colombia porque también lo han parado las Cortes, el Congreso, la prensa y los ciudadanos organizados han frenado muchas de sus regresivas iniciativas.
Pero la realidad es aún más contundente: pese al enorme poder simbólico del Presidente, su capacidad para modificar la vida de los ciudadanos es limitada. El país sigue andando por inercia, indiferente a las barbaridades que diga o haga quien ocupa el palacio, mientras abusa de los micrófonos para imponer su narrativa, justificar errores y mantener la ilusión de que todo lo bueno le pertenece. La vida continúa. Las empresas y la agroindustria siguen produciendo, los arquitectos diseñan, los ingenieros construyen, los médicos atienden, los plomeros destapan, los tenderos venden, los asaderos de pollo alimentan. La gigantesca maquinaria económica no se detiene, y por eso las cifras resisten, incluso con una conducción errática. Ni siquiera sus partidarios le paran bolas y se resisten a responder a sus llamados que buscan convertirlos en carne de cañón.
Los áulicos del poder, claro, usan los pocos datos positivos para defender lo indefendible. La inflación no se ha disparado gracias a la firmeza del Banco de la República. El desempleo ha bajado por el rebusque, única opción ante una formalidad asfixiante que va a empeorar. La devaluación no es alta por la narcoeconomía. La productividad se sostiene por el dinamismo empresarial, no por gestión estatal. Lo poco bueno que ha ocurrido en estos años ha sido a pesar del gobierno, no gracias a él. Tal vez ha llegado el momento de que la figura del Presidente —como las monarquías que la inspiraron— empiece, por fin, su camino hacia la extinción. “No al Rey” es la respuesta a los cultos que eligen a los Mesías.
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viernes, 20 de junio de 2025
Niños asesinos
Asesinos de niños! Es el grito que con frecuencia se dirige a quienes piden seguridad. En la retorcida moral de ciertas galaxias ideológicas, se refiere a que, cuando el Ejército o la Policía actúan, matan “niños”.
Desde hace décadas, la estrategia de los mal llamados revolucionarios ha sido el reclutamiento de menores para usarlos como carne de cañón. Así ha operado la guerrilla, secuestrando hijos de campesinos e indígenas. Así funcionan las “primeras líneas” en las ciudades, contratando menores. Manipulan mentes jóvenes, inexpertas, con una mezcla de sueños y amenazas. Con ellos se planean tomas de pueblos, atentados, bloqueos, incendios de buses y bancos. Cuando las fuerzas del orden reaccionan y hay muertes o excesos, se activa el libreto: “terrorismo de Estado”, “asesinos de niños” y los uniformados se inmovilizan. En Cali, es bien conocida la estrategia que destruyó y paralizó la ciudad dos meses. Pero fueron ellos —los que hoy se toman fotos con sus pelos canosos y sus barrigas prominentes— quienes los reclutaron. Ellos los entrenaron, los armaron, los lanzaron al frente y ahora ahogan su culpa con whisky, coca y discursos poéticos incoherentes. Son quienes los involucran en la adrenalina de la violencia, los responsables de su muerte. El Código de Infancia y Adolescencia de Colombia define que niño es menor de 12 años y adolescente de 12 a 18. Calificar de “niño” a un grandulón de 17 años cuya madurez física le da toda la capacidad para agredir no sólo es equivocado e ilegal sino que distorsiona la realidad. No tendrá la madurez mental para que sus actos se juzguen como los de un adulto pero no es un niño. Igual error se comete al llamar “niña” a una joven de 16 años con madurez biológica, mientras se ignora que ese tratamiento infantilizante contribuye a más de cien mil embarazos adolescentes en Colombia, y quince millones en el mundo.
Los 18.000 menores reclutados por la guerrilla, las “primeras líneas” y los “niños sicarios” que con tanta petulancia justifica y protege el compañero presidente, invalidan cualquier autoridad moral de quienes los abusan desde la comodidad de sus cargos. No hay niños asesinos ni asesinos de niños. Hay criminales cobardes instigando adolescentes en la danza de la muerte. Logran esconderse bajo una ampulosa oratoria gracias a una justicia distraída en el palabrerío. 25172
Desde hace décadas, la estrategia de los mal llamados revolucionarios ha sido el reclutamiento de menores para usarlos como carne de cañón. Así ha operado la guerrilla, secuestrando hijos de campesinos e indígenas. Así funcionan las “primeras líneas” en las ciudades, contratando menores. Manipulan mentes jóvenes, inexpertas, con una mezcla de sueños y amenazas. Con ellos se planean tomas de pueblos, atentados, bloqueos, incendios de buses y bancos. Cuando las fuerzas del orden reaccionan y hay muertes o excesos, se activa el libreto: “terrorismo de Estado”, “asesinos de niños” y los uniformados se inmovilizan. En Cali, es bien conocida la estrategia que destruyó y paralizó la ciudad dos meses. Pero fueron ellos —los que hoy se toman fotos con sus pelos canosos y sus barrigas prominentes— quienes los reclutaron. Ellos los entrenaron, los armaron, los lanzaron al frente y ahora ahogan su culpa con whisky, coca y discursos poéticos incoherentes. Son quienes los involucran en la adrenalina de la violencia, los responsables de su muerte. El Código de Infancia y Adolescencia de Colombia define que niño es menor de 12 años y adolescente de 12 a 18. Calificar de “niño” a un grandulón de 17 años cuya madurez física le da toda la capacidad para agredir no sólo es equivocado e ilegal sino que distorsiona la realidad. No tendrá la madurez mental para que sus actos se juzguen como los de un adulto pero no es un niño. Igual error se comete al llamar “niña” a una joven de 16 años con madurez biológica, mientras se ignora que ese tratamiento infantilizante contribuye a más de cien mil embarazos adolescentes en Colombia, y quince millones en el mundo.
Los 18.000 menores reclutados por la guerrilla, las “primeras líneas” y los “niños sicarios” que con tanta petulancia justifica y protege el compañero presidente, invalidan cualquier autoridad moral de quienes los abusan desde la comodidad de sus cargos. No hay niños asesinos ni asesinos de niños. Hay criminales cobardes instigando adolescentes en la danza de la muerte. Logran esconderse bajo una ampulosa oratoria gracias a una justicia distraída en el palabrerío. 25172
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sábado, 14 de junio de 2025
Abatir una estrella
A los cuatro años, Miguel Uribe Turbay vivió el secuestro y asesinato de su madre, Diana Turbay, a manos de Pablo Escobar, aliado del M-19. A los once, fué separado de su padre, encarcelado injustamente. Lo cuenta sin dramatismo ni autocompasión, con serenidad, frente a un grupo que lo escuchó con atención y asombro hace pocos días en Cali. Salimos impresionados por su coherencia, madurez, claridad mental y entusiasmo carismático. Lejos de la promesería política, sus propuestas son modernas, concretas y realizables.Con preparación, experiencia y firmeza, transmite una convicción clara: no puede haber bienestar sin seguridad, ni vida social sin control de la violencia. Propone un país donde emprender no sea un vía crucis, donde la educación sea competitiva y FECODE un aliado, no un obstáculo; donde la salud mejore fortaleciendo lo privado, que hoy responde por la mayoría de atenciones. Insiste en que defender la democracia exige vigilancia ciudadana activa. Por eso ha organizado redes de veeduría electoral, como hizo María Corina Machado en Venezuela.
Su discurso no es de odio, sino de responsabilidad. Por eso resulta obscena la esquizofrenia oficial tras el atentado que sufrió. No es difícil imaginar un Bogotazo si el candidato baleado hubiera sido del Pacto Histórico y el presidente Iván Duque. Tampoco se puede negar la cadena causal entre el ambiente que ha promovido este gobierno —odio, desacato a la ley, deslegitimación de las instituciones— y el clima de violencia. ¿Dónde están ahora los colectivos de abogados que antes hallaban “conexidad” entre la vía institucional de un Presidente que busca dar seguridad y los excesos de los militares? Hoy, quienes ven una relación causal entre el discurso incendiario, que llama al alzamiento general, violando la constitución, y el atentado contra el nieto de “Turbay, torturador de diez mil”, son tildados de “ratas de alcantarilla”.
En realidad lo que huele a alcantarilla es el oportunismo de usar el sufrimiento de una familia para congraciarse con Hamás, su condolencia con la “madre árabe”, (re-Colombiana, nieta de libanés), su preocupación con el “niño” asesino (un gradulón bien armado) y su afán por culpar a los de seguridad, repitiendo la narrativa de victimizar a los atacantes que tan bién le ha funcionado desde el holocausto del Palacio de Justicia.
Su discurso no es de odio, sino de responsabilidad. Por eso resulta obscena la esquizofrenia oficial tras el atentado que sufrió. No es difícil imaginar un Bogotazo si el candidato baleado hubiera sido del Pacto Histórico y el presidente Iván Duque. Tampoco se puede negar la cadena causal entre el ambiente que ha promovido este gobierno —odio, desacato a la ley, deslegitimación de las instituciones— y el clima de violencia. ¿Dónde están ahora los colectivos de abogados que antes hallaban “conexidad” entre la vía institucional de un Presidente que busca dar seguridad y los excesos de los militares? Hoy, quienes ven una relación causal entre el discurso incendiario, que llama al alzamiento general, violando la constitución, y el atentado contra el nieto de “Turbay, torturador de diez mil”, son tildados de “ratas de alcantarilla”.
En realidad lo que huele a alcantarilla es el oportunismo de usar el sufrimiento de una familia para congraciarse con Hamás, su condolencia con la “madre árabe”, (re-Colombiana, nieta de libanés), su preocupación con el “niño” asesino (un gradulón bien armado) y su afán por culpar a los de seguridad, repitiendo la narrativa de victimizar a los atacantes que tan bién le ha funcionado desde el holocausto del Palacio de Justicia.
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viernes, 6 de junio de 2025
Bodegueros, Unios!
“Bodeguero” es el desafortunado término que se ha popularizado para referirse a esos “influencers” —otro mal término— que han perfeccionado el arte de manipular el pensamiento político. Los recursos que usan son tan variados como astutos: se inventan historias, las “sustentan” con clips de video editados, actuados, sacados de contexto o generados por inteligencia artificial. Deben ser escandalosos, emotivos o indignantes, para que el consumidor desprevenido o ingenuo se convierta en replicador gratuito. Manipulan cifras, tergiversan hechos, editan declaraciones… todo vale con tal de “hacerse viral”, es decir, lograr que un chisme se esparza instantáneamente gracias a las redes sociales. Nunca había sido tan real aquello de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad.
A quienes todavía les sorprende que una ciudad de tres millones sea sitiada por dos mil adolescentes, les falta entender el verdadero poder de la manipulación organizada en redes. De ahí el concepto de “bodegas”: no se trata de opiniones espontáneas, sino de estrategias centralizadas, donde decenas de cuentas comparten al mismo tiempo el mismo mensaje para lograr un efecto multiplicador. Dirigen y ajustan la estrategia según los resultados medidos cada minuto. Es como sembrar un virus en varios puntos a la vez, no esperar a que se propague espontáneamente a partir de un infectado. Este mecanismo —basado en la nueva realidad social que crearon las redes— lo ha entendido y usado a la perfección la izquierda internacional. Solo han modernizado los preceptos de Lenin. Mientras tanto, la “derecha” —rótulo donde cabe cualquiera que no participe en la manipulación— ni se entera. Solo se lamenta cada vez que constata que una minoría gana elecciones. No se trata de usar los mismos trucos y engaños sino de diseñar una estrategia para que la verdad y el pensamiento racional le llegue a las mentes veleta.
“Mis bodegueros son todos ustedes”, dijo Uribe a un grupo, desconociendo que la verdad espontánea queda pisada por la mentira dirigida. En reiteradas ocasiones he hecho la misma pregunta a excelentes candidatos: ¿cuál es su estrategia digital y cuántas personas componen su equipo de redes? La evasiva o ausencia de respuesta me lleva siempre a la misma conclusión: escalar una montaña con los pies amarrados debe ser realmente difícil.
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A quienes todavía les sorprende que una ciudad de tres millones sea sitiada por dos mil adolescentes, les falta entender el verdadero poder de la manipulación organizada en redes. De ahí el concepto de “bodegas”: no se trata de opiniones espontáneas, sino de estrategias centralizadas, donde decenas de cuentas comparten al mismo tiempo el mismo mensaje para lograr un efecto multiplicador. Dirigen y ajustan la estrategia según los resultados medidos cada minuto. Es como sembrar un virus en varios puntos a la vez, no esperar a que se propague espontáneamente a partir de un infectado. Este mecanismo —basado en la nueva realidad social que crearon las redes— lo ha entendido y usado a la perfección la izquierda internacional. Solo han modernizado los preceptos de Lenin. Mientras tanto, la “derecha” —rótulo donde cabe cualquiera que no participe en la manipulación— ni se entera. Solo se lamenta cada vez que constata que una minoría gana elecciones. No se trata de usar los mismos trucos y engaños sino de diseñar una estrategia para que la verdad y el pensamiento racional le llegue a las mentes veleta.
“Mis bodegueros son todos ustedes”, dijo Uribe a un grupo, desconociendo que la verdad espontánea queda pisada por la mentira dirigida. En reiteradas ocasiones he hecho la misma pregunta a excelentes candidatos: ¿cuál es su estrategia digital y cuántas personas componen su equipo de redes? La evasiva o ausencia de respuesta me lleva siempre a la misma conclusión: escalar una montaña con los pies amarrados debe ser realmente difícil.
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jueves, 29 de mayo de 2025
Ni unidos, ni hundidos
Nos unimos o nos hundimos! Es el eslogan que repiten quienes advierten una nube negra sobre el horizonte colombiano. Pero la pregunta inevitable es: ¿nos unimos en qué? Podríamos ensayar una respuesta: respeto a la democracia, rechazo a la violencia como medio de acción política y defensa de la economía de libre mercado. Hasta ahí, el consenso parece posible. Pero apenas se rasca la superficie, aparecen las grietas. Si hablamos de "progresismo social" —término que la izquierda pretende monopolizar—, encontramos creyentes devotos y ateos furibundos, homofóbicos irredentos y expertos en cada letra del LGBTIQ+++, defensores de una educación y salud estatales y otros que prefieren modelos mixtos; ambientalistas apocalípticos frente a escépticos del cambio climático, feministas militantes junto a machistas tradicionales, guardianes de las costumbres frente a entusiastas de los cambios. La democracia está diseñada, precisamente, para contener esa pluralidad: para que se exprese, se debata y se controvierta sin que nadie saque un arma ni invoque al “pueblo” como pretexto para la barbarie. Las controversias no deben alarmar si se dirimen con palabras, no con piedras o balas. Una sociedad civilizada expone sus diferencias, las discute con argumentos, resuelve algunas y tolera las irresolubles. En medio del actual proceso político, con el variado menú de candidatos, esta expresión múltiple es sana. Las propuestas se decantan y se diferencian unos pocos perfiles.
Con los días veremos a quienes siguen teniendo devoción en las rancias ideas que definen la democracia como una farsa útil al privilegio, el mercado como una herramienta de opresión, y promueven veladamente la violencia. En ese momento no podremos seguir distraídos con diferencias menores. Allí si la viabilidad del país va a depender de que sepamos unirnos en lo esencial. Ese compromiso lo están mostrando ya los candidatos que entienden lo que significa subirse al tren del Socialismo del Siglo XXI. Y el “pueblo” que demostró que no le copia al promotor de una confrontación civil. No hay que preocuparse vaticinando naufragios. Si hay que buscar que el voto se sustente en información seria y no en emociones manipuladas con habilidad y muchos recursos. La participación entusiasta en ese esfuerzo es la herramienta para generar optimismo.
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Con los días veremos a quienes siguen teniendo devoción en las rancias ideas que definen la democracia como una farsa útil al privilegio, el mercado como una herramienta de opresión, y promueven veladamente la violencia. En ese momento no podremos seguir distraídos con diferencias menores. Allí si la viabilidad del país va a depender de que sepamos unirnos en lo esencial. Ese compromiso lo están mostrando ya los candidatos que entienden lo que significa subirse al tren del Socialismo del Siglo XXI. Y el “pueblo” que demostró que no le copia al promotor de una confrontación civil. No hay que preocuparse vaticinando naufragios. Si hay que buscar que el voto se sustente en información seria y no en emociones manipuladas con habilidad y muchos recursos. La participación entusiasta en ese esfuerzo es la herramienta para generar optimismo.
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viernes, 23 de mayo de 2025
Nihao Zonghuo
Hola, China. ¡Tantos temores infundados con la opción de hacer negocios contigo, China querida! Algunos se aterran por la ofensa a Trump, el magnate que solo se interesa por los negocios. Tian na! Si representamos el 0,01 % del comercio global de EE. UU. que tiene con nosotros un superávit que es apenas un 0,1 % del déficit que tienen contigo. Seamos realistas: no existimos.
Luego vienen otros con el susto de quedar amarrados por tu “correa” (Yi dai,Yi lu– la famosa Belt and Road). Es obvio que, siendo grande y poderoso, vas a tener influencia. Es lo normal. Los países que supieron aprovechar la influencia del Tío Sam se volvieron ricos. Aquí, en cambio, parece que nos esforzamos por seguir siendo chiquitos, desconocidos y pobres, repitiendo la vieja cantaleta del “imperialismo”.
Negociar contigo podría traer grandes proyectos de infraestructura, tecnología y un mercado inmenso para nuestras tímidas capacidades productivas. Si tuviésemos olfato, te entregaríamos en concesión el diseño, construcción y operación de toda la red vial y ferroviaria del país. Total, lo que tenemos es una combinación de ingeniería rudimentaria con una visión pichicata que nos impide hacer una obra que no se caiga al año siguiente. Aquí culpamos a la “difícil geografía” cuando se derrumban las carreteras o un túnel demora décadas. Para ti, eso sería un cuento chino.
Podríamos aprovechar la excusa ecológica para traer a BYD, fabricar “el carro eléctrico colombiano”, barato, pequeño, copiable. Tal vez así podríamos parar el genocidio motociclista y aprender lo que significa autoridad y orden en el tránsito.
Pero duibuqi, China. Discúlpanos. Ni este ni ningún plan concreto llevaba el Gran Líder Galáctico. Estaba convencido de que bastaba con darle un gran abrazo comunista y revolucionario a Xi, quien ignora el concepto. No sabía —como tampoco lo sabe la izquierda latinoamericana— que allá lo único que queda de comunista es el nombre y que operas el más salvaje de los capitalismos , lleno de billonarios que ya alcanzan a los gringos.
Lo devolviste con el rabo entre las piernas, sin tren transoceánico, con el cerebro hinchado por una ideología caduca y el pecho inflado en su convicción de haber asombrado al mundo. Y en efecto fueron muchos los noticieros de este verde planeta donde se burlaron de las burradas que fué a soltar allá.
Luego vienen otros con el susto de quedar amarrados por tu “correa” (Yi dai,Yi lu– la famosa Belt and Road). Es obvio que, siendo grande y poderoso, vas a tener influencia. Es lo normal. Los países que supieron aprovechar la influencia del Tío Sam se volvieron ricos. Aquí, en cambio, parece que nos esforzamos por seguir siendo chiquitos, desconocidos y pobres, repitiendo la vieja cantaleta del “imperialismo”.
Negociar contigo podría traer grandes proyectos de infraestructura, tecnología y un mercado inmenso para nuestras tímidas capacidades productivas. Si tuviésemos olfato, te entregaríamos en concesión el diseño, construcción y operación de toda la red vial y ferroviaria del país. Total, lo que tenemos es una combinación de ingeniería rudimentaria con una visión pichicata que nos impide hacer una obra que no se caiga al año siguiente. Aquí culpamos a la “difícil geografía” cuando se derrumban las carreteras o un túnel demora décadas. Para ti, eso sería un cuento chino.
Podríamos aprovechar la excusa ecológica para traer a BYD, fabricar “el carro eléctrico colombiano”, barato, pequeño, copiable. Tal vez así podríamos parar el genocidio motociclista y aprender lo que significa autoridad y orden en el tránsito.
Pero duibuqi, China. Discúlpanos. Ni este ni ningún plan concreto llevaba el Gran Líder Galáctico. Estaba convencido de que bastaba con darle un gran abrazo comunista y revolucionario a Xi, quien ignora el concepto. No sabía —como tampoco lo sabe la izquierda latinoamericana— que allá lo único que queda de comunista es el nombre y que operas el más salvaje de los capitalismos , lleno de billonarios que ya alcanzan a los gringos.
Lo devolviste con el rabo entre las piernas, sin tren transoceánico, con el cerebro hinchado por una ideología caduca y el pecho inflado en su convicción de haber asombrado al mundo. Y en efecto fueron muchos los noticieros de este verde planeta donde se burlaron de las burradas que fué a soltar allá.
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sábado, 17 de mayo de 2025
La farsa ambiental
Visitar el Parque Nacional de las Smoky Mountains es una lección viva sobre cómo proteger el medio ambiente sin aislarlo del ser humano– lección que se repite en los 59 que tiene el país. Allí, la conservación no se logra con exclusión, sino con orden, respeto y educación. Las carreteras que lo cruzan son de una calidad envidiable, diseñadas para integrarse al paisaje. El acceso es libre, pero regulado por la disponibilidad de parqueo. No hay vehículos fuera de lugar, ni basura, ni negocios invadiendo el entorno.
El turismo es masivo, pero silencioso. Los visitantes —de todas las edades y razas— caminan entre bosques frondosos, ríos cristalinos y cascadas poderosas por senderos impecables y señalizados. Los hay para todos los niveles: desde accesibles para sillas de ruedas y coches de bebé hasta desafiantes para los más aventureros. Múltiples centros de información, integrados con sobriedad al paisaje, orientan al visitante, educan, y ofrecen materiales de lectura y actividades formativas.
Los encuentros con animales salvajes son frecuentes, pero casi nunca terminan en incidentes. Nadie se acerca, ni los molesta. La fauna convive con el visitante como si supiera que ese espacio les pertenece a ambos. La limpieza es absoluta; el respeto, palpable. La financiación proviene de donaciones, ventas de artesanías locales y material educativo, y del boyante turismo que se desarrolla alrededor del parque. La comunidad cuida el parque porque lo disfruta y le genera el sustento.
Qué contraste con nuestra realidad. Aquí, proteger significa prohibir. Se cierra el acceso a la naturaleza o se reduce a números ridículos y requisitos fastidiosos. Y lo que no se conoce ni se ama, se abandona. Así, sin recursos para cuidarlos, nuestros parques terminan ocupados por mineros ilegales contaminando ríos, taladores que deforestan sin piedad y grupos de criminales y secuestradores que encuentran refugio. Lo que se había logrado en la primera década de este siglo se está acabando por desatención y descuido. Se pierde la educación ambiental que significa admirar y ver la naturaleza. Si en vez de ilusos discursos que imaginan a América Latina convertida en Amazonía, aplicáramos un modelo real de conservación con acceso abierto y regulado, podríamos convertir nuestra biodiversidad en motor de educación, turismo y orgullo.
El turismo es masivo, pero silencioso. Los visitantes —de todas las edades y razas— caminan entre bosques frondosos, ríos cristalinos y cascadas poderosas por senderos impecables y señalizados. Los hay para todos los niveles: desde accesibles para sillas de ruedas y coches de bebé hasta desafiantes para los más aventureros. Múltiples centros de información, integrados con sobriedad al paisaje, orientan al visitante, educan, y ofrecen materiales de lectura y actividades formativas.
Los encuentros con animales salvajes son frecuentes, pero casi nunca terminan en incidentes. Nadie se acerca, ni los molesta. La fauna convive con el visitante como si supiera que ese espacio les pertenece a ambos. La limpieza es absoluta; el respeto, palpable. La financiación proviene de donaciones, ventas de artesanías locales y material educativo, y del boyante turismo que se desarrolla alrededor del parque. La comunidad cuida el parque porque lo disfruta y le genera el sustento.
Qué contraste con nuestra realidad. Aquí, proteger significa prohibir. Se cierra el acceso a la naturaleza o se reduce a números ridículos y requisitos fastidiosos. Y lo que no se conoce ni se ama, se abandona. Así, sin recursos para cuidarlos, nuestros parques terminan ocupados por mineros ilegales contaminando ríos, taladores que deforestan sin piedad y grupos de criminales y secuestradores que encuentran refugio. Lo que se había logrado en la primera década de este siglo se está acabando por desatención y descuido. Se pierde la educación ambiental que significa admirar y ver la naturaleza. Si en vez de ilusos discursos que imaginan a América Latina convertida en Amazonía, aplicáramos un modelo real de conservación con acceso abierto y regulado, podríamos convertir nuestra biodiversidad en motor de educación, turismo y orgullo.
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jueves, 8 de mayo de 2025
El Sistema
Siempre que alguien se lamenta de la inequidad, concluye que hay que cambiar el sistema. Una palabra poderosa, usada con una ligereza desconcertante. Tras años de ensayo y error, de confrontación de ideas y sacrificios, vivimos bajo un sistema que, aunque imperfecto, hemos construido colectivamente: democracia liberal y economía de mercado. El mismo modelo hacia el cual ha evolucionado buena parte del mundo civilizado, alcanzando niveles inéditos de prosperidad y libertad.
Claro que existen defectos: inequidad, pobreza extrema, corrupción, violencia. Pero estas no son consecuencia del sistema en sí, sino del mal uso de la libertad que este ofrece y de la incomprensión de sus principios. Confundir fallas de funcionamiento con defectos estructurales ha llevado a muchos a abrazar la verborrea revolucionaria, esa que insiste en revolcarlo todo, arrasar con las instituciones imperfectas, destruir el aparato productivo y estatizar los servicios. El Estado —ese ente mágico que, por arte de burocracia, nos dará salud, educación, comida, vivienda y felicidad.
Y cuando el “iluminado” de turno promete la utopía, entonces sí nos asustamos. Ahí es cuando recordamos que la democracia, con todo y sus defectos, vale oro. Y que la economía de mercado, con todas sus inequidades, sigue siendo el mejor generador de riqueza que ha conocido la humanidad. Porque cambiar el sistema no es limpiar la casa: es incendiarla.
Cambiar el sistema implica recorrer un camino ya muy transitado, uno que ha demostrado no llevar a la ansiada equidad, sino a la miseria repartida y a la concentración de poder y privilegios en unos pocos. Un camino que pocos desean recorrer, salvo quienes sueñan con instalarse en la cúpula y vivir del esfuerzo ajeno, recurriendo a la represión disfrazada de justicia social.
Si de verdad queremos reducir la pobreza y la desigualdad, dejemos de pedir sandeces. No hay que cambiar el sistema. Hay que cambiar la ignorancia, la pereza mental, el desprecio por el mérito. Con educación en ética y controles reales se reduce la corrupción. Con educación en no-violencia se invalidan discursos armados. Con educación en Ciencia, se reducen las fantasías y los mitos que nos llevan a creer en las soluciones milagrosas. Y todo se puede hacer con el sistema de libertad económica, diversidad de opiniones e instituciones que nos rige.
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Claro que existen defectos: inequidad, pobreza extrema, corrupción, violencia. Pero estas no son consecuencia del sistema en sí, sino del mal uso de la libertad que este ofrece y de la incomprensión de sus principios. Confundir fallas de funcionamiento con defectos estructurales ha llevado a muchos a abrazar la verborrea revolucionaria, esa que insiste en revolcarlo todo, arrasar con las instituciones imperfectas, destruir el aparato productivo y estatizar los servicios. El Estado —ese ente mágico que, por arte de burocracia, nos dará salud, educación, comida, vivienda y felicidad.
Y cuando el “iluminado” de turno promete la utopía, entonces sí nos asustamos. Ahí es cuando recordamos que la democracia, con todo y sus defectos, vale oro. Y que la economía de mercado, con todas sus inequidades, sigue siendo el mejor generador de riqueza que ha conocido la humanidad. Porque cambiar el sistema no es limpiar la casa: es incendiarla.
Cambiar el sistema implica recorrer un camino ya muy transitado, uno que ha demostrado no llevar a la ansiada equidad, sino a la miseria repartida y a la concentración de poder y privilegios en unos pocos. Un camino que pocos desean recorrer, salvo quienes sueñan con instalarse en la cúpula y vivir del esfuerzo ajeno, recurriendo a la represión disfrazada de justicia social.
Si de verdad queremos reducir la pobreza y la desigualdad, dejemos de pedir sandeces. No hay que cambiar el sistema. Hay que cambiar la ignorancia, la pereza mental, el desprecio por el mérito. Con educación en ética y controles reales se reduce la corrupción. Con educación en no-violencia se invalidan discursos armados. Con educación en Ciencia, se reducen las fantasías y los mitos que nos llevan a creer en las soluciones milagrosas. Y todo se puede hacer con el sistema de libertad económica, diversidad de opiniones e instituciones que nos rige.
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domingo, 4 de mayo de 2025
Mitu
Es inaceptable que un hombre invada verbal o físicamente el espacio personal de una mujer sin ser invitado. En muchos mamíferos, la hembra atrae y el macho avanza, impulsado por el deseo de transmitir sus genes. Pero habría que recordarle a algunos que ya no saltamos de rama en rama. Miles de años de civilización deberían bastar para controlar los primitivos instintos de reproducción.
Sin embargo, la interacción entre los sexos sigue siendo un aspecto central de la vida social, y la línea entre una atracción mutua y un avance no deseado puede ser difusa. La percepción es subjetiva y está determinada por el contexto cultural y las experiencias personales. En Arabia, un tobillo desnudo puede desatar pasiones; en Cali, la anatomía al descubierto es parte del paisaje.
Las mujeres podrían reflexionar sobre el impacto de sus propios instintos. La obsesion por los halagos y las miradas puede llevarlas a la esclavitud de las influencias externas. La belleza se convierte en una máscara impuesta por estereotipos diseminados en medios y redes sociales: maquillajes, modas efímeras y cirugías que derivan en deformaciones corporales difíciles de entender en cualquier marco estético. Gastan fortunas en “sentirse bien”, lo que a menudo significa seducir al "macho alfa" de turno.
Ignorar los riesgos de ciertos contextos es, al mismo tiempo, ingenuidad y terquedad. En Colombia, dejar un portátil costoso en un parque garantiza su desaparición. El ladrón es culpable, sí, pero también hubo imprudencia.
Del mismo modo, una mujer que decide exhibir sus atributos en un lugar solitario se expone a un peligro real. Eso no justifica jamás la agresión, pero mientras el machismo primitivo siga vivo, la mezcla de provocación y vulnerabilidad puede ser explosiva. Para los árabes, la mujer siempre es responsable de la violacion y siempre que un hombre y una mujer están juntos, el demonio está en la mitad.
El movimiento Me Too (yo también fui víctima del acoso sexual) ha sido esencial para visibilizar el acoso, pero podría también promover una pedagogía más profunda: liberarse no sólo del acosador, sino también de la obsesión por gustarle. El respeto propio, y no solo el ajeno, es parte clave de la verdadera emancipación.
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Sin embargo, la interacción entre los sexos sigue siendo un aspecto central de la vida social, y la línea entre una atracción mutua y un avance no deseado puede ser difusa. La percepción es subjetiva y está determinada por el contexto cultural y las experiencias personales. En Arabia, un tobillo desnudo puede desatar pasiones; en Cali, la anatomía al descubierto es parte del paisaje.
Las mujeres podrían reflexionar sobre el impacto de sus propios instintos. La obsesion por los halagos y las miradas puede llevarlas a la esclavitud de las influencias externas. La belleza se convierte en una máscara impuesta por estereotipos diseminados en medios y redes sociales: maquillajes, modas efímeras y cirugías que derivan en deformaciones corporales difíciles de entender en cualquier marco estético. Gastan fortunas en “sentirse bien”, lo que a menudo significa seducir al "macho alfa" de turno.
Ignorar los riesgos de ciertos contextos es, al mismo tiempo, ingenuidad y terquedad. En Colombia, dejar un portátil costoso en un parque garantiza su desaparición. El ladrón es culpable, sí, pero también hubo imprudencia.
Del mismo modo, una mujer que decide exhibir sus atributos en un lugar solitario se expone a un peligro real. Eso no justifica jamás la agresión, pero mientras el machismo primitivo siga vivo, la mezcla de provocación y vulnerabilidad puede ser explosiva. Para los árabes, la mujer siempre es responsable de la violacion y siempre que un hombre y una mujer están juntos, el demonio está en la mitad.
El movimiento Me Too (yo también fui víctima del acoso sexual) ha sido esencial para visibilizar el acoso, pero podría también promover una pedagogía más profunda: liberarse no sólo del acosador, sino también de la obsesión por gustarle. El respeto propio, y no solo el ajeno, es parte clave de la verdadera emancipación.
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domingo, 27 de abril de 2025
Enfermos delulu
Si una madre decide que sus hijos merecen el colegio más costoso, ropa de marca y transporte en carro blindado con chofer, pero gana tres salarios mínimos, diríamos que vive un delirio financiero. Si afirma que es cuidadosa porque mide el costo de cada comida y paga todo con tarjeta de crédito, no dudamos en reconocer que está perdida y pronto pronto conocerá la ruina. Si la gerente de una fábrica compra maquinaria sobredimensionada, paga salarios por encima del mercado y presume de eficiencia porque calcula el costo de cada producto sin importar cuánto produce ni a qué precio vende, sabremos que su empresa va al fracaso. Peor aún si presume de su acceso a créditos como si fuese la fórmula mágica de la supervivencia.
Pero si un presidente, sus ministros, los magistrados y los dirigentes médicos proclaman que todos los colombianos tienen derecho a que el Estado les resuelva todos sus problemas de salud, los aplaudimos. Para probar su alcance, el sistema registra el volumen de procedimientos y regula sus precios, presumiendo tener control.Todo parece funcionar. Hasta que recordamos que la operación no se sostiene con dinero, sino con unos papelitos que llaman órden de servicio, una ficción que simula ser moneda.
Con un gasto per cápita de mil dólares al año, aspiramos a dar la atención que otros países no han podido dar con siete mil. Cuando los prestadores descubren que los papelitos no son moneda corriente y que hay billones acumulados, comienza el colapso. Se buscan culpables y encuentran los abusos y trampas típicos de la falta de libre competencia. No se sabe cuántos enfermos hay, ni qué padecen, ni en qué etapa están. Nadie tiene claro cuánto cuesta tratar una enfermedade o sanar una persona. Como el indicador es el número de procedimientos, el pagador se especializa en negarlos o aplazarlos; el prestador, para defenderse de tarifas ridículas, en multiplicarlos. Así, el costo real de los tratamientos se dispara porque buena parte de los diagnóstcos se tratan tardíamente, y se diseña un espacio para la corrupción. El resultado es más gasto con menos salud.
La adolescentes dirían que los voceros de tantas fantasías son delulu. Aquí, delulu no es solo moda. Es política pública. La ilusión delirante la terminamos pagando todos, sacando plata del bolsillo y después de mucho sufrimiento.
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Pero si un presidente, sus ministros, los magistrados y los dirigentes médicos proclaman que todos los colombianos tienen derecho a que el Estado les resuelva todos sus problemas de salud, los aplaudimos. Para probar su alcance, el sistema registra el volumen de procedimientos y regula sus precios, presumiendo tener control.Todo parece funcionar. Hasta que recordamos que la operación no se sostiene con dinero, sino con unos papelitos que llaman órden de servicio, una ficción que simula ser moneda.
Con un gasto per cápita de mil dólares al año, aspiramos a dar la atención que otros países no han podido dar con siete mil. Cuando los prestadores descubren que los papelitos no son moneda corriente y que hay billones acumulados, comienza el colapso. Se buscan culpables y encuentran los abusos y trampas típicos de la falta de libre competencia. No se sabe cuántos enfermos hay, ni qué padecen, ni en qué etapa están. Nadie tiene claro cuánto cuesta tratar una enfermedade o sanar una persona. Como el indicador es el número de procedimientos, el pagador se especializa en negarlos o aplazarlos; el prestador, para defenderse de tarifas ridículas, en multiplicarlos. Así, el costo real de los tratamientos se dispara porque buena parte de los diagnóstcos se tratan tardíamente, y se diseña un espacio para la corrupción. El resultado es más gasto con menos salud.
La adolescentes dirían que los voceros de tantas fantasías son delulu. Aquí, delulu no es solo moda. Es política pública. La ilusión delirante la terminamos pagando todos, sacando plata del bolsillo y después de mucho sufrimiento.
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domingo, 20 de abril de 2025
La paz que no fue
“La paz se hace con el enemigo” escribió Rodrigo Guerrero, médico, salubrista, exalcalde de Cali, maestro lúcido que desarmaba los gritos con argumentos. En las aulas, enfrentaba a los “revolucionarios” que agitaban consignas. Él respondía con razones. Al final, solo les quedaba el ruido. Sabía desnudar la torpeza.
Repasando sus escritos en los que enfoca la violencia como un problema de salud pública, presenta un análisis racional de sus causas y la medición cuidadosa de los efectos de las intervenciones. Sigue la tasa de homicidios por 100.000 habitantes, una de las medidas más usadas en el mundo como indicador del nivel de violencia. Colombia ha cargado como un cáncer una de las tasas más altas del mundo y Cali es la ciudad campeona de la muerte en el país, con tasas que en los últimos 15 años que han oscilado entre 90 y 50, con la caída más dramática –30%–precisamente en la segunda alcaldía del Dr. Guerrero. Logró cambiar la cháchara de paz por prevención efectiva.
Aún así, asumo el riesgo de disentir con el experto. Para hacer la paz con el enemigo, es preciso que exista. En la guerra entre países, el enemigo tiene bandera. En la guerra civil, un bando, una causa. Pero aquí no hay guerra. Hay crimen. Bandas armadas que se disfrazan de proyecto político. Narcos con discurso. Sicarios con retórica.
La cultura de violencia en Colombia comienza por adoptar el lenguaje de la guerra para describir la proliferación y empoderamiento de bandas armadas con estructura y comportamiento típicamente criminal. Han logrado envolverse en un discurso político que toda la sociedad incorpora. Por eso se puede hablar de “cultura”. Algo en lo que todo el mundo cree.Tanto que su vocero más preclaro fue elegido presidente y desde ese cargo es su más firme defensor. Pero en realidad no hay un “enemigo” porque no hay guerra. Solo criminalidad desbordada, que ahora exige diálogo, cuotas, pactos. Si creemos en los números, la caída más profunda en homicidios —50%— se dio durante el gobierno de Álvaro Uribe, cuando se les llamó por su nombre: delincuentes. Hoy, en cambio, empoderados, expanden su influencia y sus dominios, repitiendo el gastado y anacrónico relato de la lucha armada que no tiene sustento alguno en la realidad.
En la mal llamada “paz total”, la mal llamada “guerra” sigue con su horrenda cuota de muertes.
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Repasando sus escritos en los que enfoca la violencia como un problema de salud pública, presenta un análisis racional de sus causas y la medición cuidadosa de los efectos de las intervenciones. Sigue la tasa de homicidios por 100.000 habitantes, una de las medidas más usadas en el mundo como indicador del nivel de violencia. Colombia ha cargado como un cáncer una de las tasas más altas del mundo y Cali es la ciudad campeona de la muerte en el país, con tasas que en los últimos 15 años que han oscilado entre 90 y 50, con la caída más dramática –30%–precisamente en la segunda alcaldía del Dr. Guerrero. Logró cambiar la cháchara de paz por prevención efectiva.
Aún así, asumo el riesgo de disentir con el experto. Para hacer la paz con el enemigo, es preciso que exista. En la guerra entre países, el enemigo tiene bandera. En la guerra civil, un bando, una causa. Pero aquí no hay guerra. Hay crimen. Bandas armadas que se disfrazan de proyecto político. Narcos con discurso. Sicarios con retórica.
La cultura de violencia en Colombia comienza por adoptar el lenguaje de la guerra para describir la proliferación y empoderamiento de bandas armadas con estructura y comportamiento típicamente criminal. Han logrado envolverse en un discurso político que toda la sociedad incorpora. Por eso se puede hablar de “cultura”. Algo en lo que todo el mundo cree.Tanto que su vocero más preclaro fue elegido presidente y desde ese cargo es su más firme defensor. Pero en realidad no hay un “enemigo” porque no hay guerra. Solo criminalidad desbordada, que ahora exige diálogo, cuotas, pactos. Si creemos en los números, la caída más profunda en homicidios —50%— se dio durante el gobierno de Álvaro Uribe, cuando se les llamó por su nombre: delincuentes. Hoy, en cambio, empoderados, expanden su influencia y sus dominios, repitiendo el gastado y anacrónico relato de la lucha armada que no tiene sustento alguno en la realidad.
En la mal llamada “paz total”, la mal llamada “guerra” sigue con su horrenda cuota de muertes.
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viernes, 11 de abril de 2025
Bye Bye USA
El ocaso de la “Era Americana” se intuía en el horizonte, pero pocos imaginaron que un megalómano le imprimiría semejante impulso hacia su declive. La clave de su hegemonía global no residía en la fuerza militar ni en la riqueza, sino en la prodigiosa concentración de talento. A lo largo de su historia, supieron convocar a los espíritus más brillantes, atraídos por universidades de excelencia y por un sistema que exaltaba la libertad de emprender. La humanidad produce genios a un ritmo constante; quien logre reunirlos, posee la fórmula secreta de la supremacía.
En las últimas décadas, los apellidos de los grandes referentes en ciencia y tecnología han empezado a cambiar. En los congresos médicos, por ejemplo, las figuras estelares llevan rostros asiáticos: chinos, indios, de orígenes diversos. El muro de restricciones migratorias y la sombra de la xenofobia, alentadas por el trumpismo, amenazan con erosionar esta ventaja histórica.
Mientras tanto, China ha leído con agudeza el signo de los tiempos. Supo que debía educar y liberar. Pasó de inundar al mundo con baratijas a construir, con paso firme, una potencia interna deslumbrante: autopistas infinitas, trenes que desafían al tiempo, rascacielos que se elevan como esculturas, industrias pujantes y una tecnología que ya no imita, sino crea. La innovación, antaño bastión americano, empieza a tener nuevos dueños.
Con un PIB que roza al estadounidense, una población tres veces mayor y una voluntad clara de expandir su influencia, no es arriesgado predecir que el eje del poder girará. Junto a India y otros países que han comprendido los secretos del capitalismo, conformarán un bloque que superará con holgura la gravitación de Estados Unidos.
Como corolario, las absurdas guerras arancelarias han sembrado desconfianza en el comercio global. Muchos países buscarán nuevos caminos, tejiendo redes entre sí, comerciando con Asia y con todo aquel que entienda que la prosperidad nace de la apertura, no del encierro.
En este nuevo tablero, naciones como Colombia tendrían una oportunidad dorada, si tan solo lograran romper con la vieja liturgia del lamento y la protesta, esa ideología fatigada que convierte la pobreza en un dogma y el odio en bandera.
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En las últimas décadas, los apellidos de los grandes referentes en ciencia y tecnología han empezado a cambiar. En los congresos médicos, por ejemplo, las figuras estelares llevan rostros asiáticos: chinos, indios, de orígenes diversos. El muro de restricciones migratorias y la sombra de la xenofobia, alentadas por el trumpismo, amenazan con erosionar esta ventaja histórica.
Mientras tanto, China ha leído con agudeza el signo de los tiempos. Supo que debía educar y liberar. Pasó de inundar al mundo con baratijas a construir, con paso firme, una potencia interna deslumbrante: autopistas infinitas, trenes que desafían al tiempo, rascacielos que se elevan como esculturas, industrias pujantes y una tecnología que ya no imita, sino crea. La innovación, antaño bastión americano, empieza a tener nuevos dueños.
Con un PIB que roza al estadounidense, una población tres veces mayor y una voluntad clara de expandir su influencia, no es arriesgado predecir que el eje del poder girará. Junto a India y otros países que han comprendido los secretos del capitalismo, conformarán un bloque que superará con holgura la gravitación de Estados Unidos.
Como corolario, las absurdas guerras arancelarias han sembrado desconfianza en el comercio global. Muchos países buscarán nuevos caminos, tejiendo redes entre sí, comerciando con Asia y con todo aquel que entienda que la prosperidad nace de la apertura, no del encierro.
En este nuevo tablero, naciones como Colombia tendrían una oportunidad dorada, si tan solo lograran romper con la vieja liturgia del lamento y la protesta, esa ideología fatigada que convierte la pobreza en un dogma y el odio en bandera.
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viernes, 4 de abril de 2025
Fervor del voto
Se percibe mucha preocupación ante la posibilidad de que un régimen cada vez más radical perdure otros 4 años con alto riesgo de eternizarse y conducir el país a la tan conocida y probada miseria. La preocupación es válida. Las encuestas y las elecciones mostraron que del histórico 10%, la izquierda unida pasó a tener un 30% de devotos, producto de una paciente y dedicada labor de infiltración del sistema educativo y las redes sociales. Con 50% de abstención el 30% hace fácilmente mayoría.
Habiendo 4200 religiones vigentes en el mundo, concebir una nueva que use estrategias probadas por siglos, no parece tarea difícil. Se establece una verdad, revelada en unos pocos libros. Se define un paraíso al que todos llegaremos siempre y cuando seamos fieles a la verdad. Se crea un demonio responsable de todo lo malo y se idolatra a un Mesías que nos va a conducir por el camino de salvación. No hay argumento, no hay evidencia, no hay dato alguno que puedan contradecir el dogma. Basta con tener fe en el nuevo culto. Los esfuerzos por desarmar esa fe son tan inútiles como los que se puedan hacer con la fe religiosa. La convicción está grabada en las circunvoluciones más profundas, lo que lleva a los feligreses a estrellarse con la realidad con la misma resolución de los fieles que se estrellaron contra las torres gemelas. Actuar sobre este grupo implica reconquistar el sistema educativo, empezando por las Universidades donde se forman los profesores que transmiten el culto a los más jóvenes.
El trabajo para todos los herejes, consiste en educar y motivar a la gran masa de apáticos. Hacerles ver que su asco por la política se sustenta precisamente en la apatía que permite a unos pocos usar al estado como un botín. Que en la medida en que predomine el credo, seguiremos perdiendo libertad y diseminando la pobreza.
¿Qué podemos hacer?– preguntan angustiados quienes ven al país deslizándose lentamente por el barranco del fasciscmo del siglo XXI. Toda persona que tenga una convicción firme de la importancia de la participación en política, así sea solo votando, tiene la posibilidad de convencer al menos un apático para que vote racionalmente sin dejarse llevar por ilusiones, discursos promeseros o emociones de última hora. Si cada ser pensante motiva a otro a votar, se salva el país y la democracia.
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Habiendo 4200 religiones vigentes en el mundo, concebir una nueva que use estrategias probadas por siglos, no parece tarea difícil. Se establece una verdad, revelada en unos pocos libros. Se define un paraíso al que todos llegaremos siempre y cuando seamos fieles a la verdad. Se crea un demonio responsable de todo lo malo y se idolatra a un Mesías que nos va a conducir por el camino de salvación. No hay argumento, no hay evidencia, no hay dato alguno que puedan contradecir el dogma. Basta con tener fe en el nuevo culto. Los esfuerzos por desarmar esa fe son tan inútiles como los que se puedan hacer con la fe religiosa. La convicción está grabada en las circunvoluciones más profundas, lo que lleva a los feligreses a estrellarse con la realidad con la misma resolución de los fieles que se estrellaron contra las torres gemelas. Actuar sobre este grupo implica reconquistar el sistema educativo, empezando por las Universidades donde se forman los profesores que transmiten el culto a los más jóvenes.
El trabajo para todos los herejes, consiste en educar y motivar a la gran masa de apáticos. Hacerles ver que su asco por la política se sustenta precisamente en la apatía que permite a unos pocos usar al estado como un botín. Que en la medida en que predomine el credo, seguiremos perdiendo libertad y diseminando la pobreza.
¿Qué podemos hacer?– preguntan angustiados quienes ven al país deslizándose lentamente por el barranco del fasciscmo del siglo XXI. Toda persona que tenga una convicción firme de la importancia de la participación en política, así sea solo votando, tiene la posibilidad de convencer al menos un apático para que vote racionalmente sin dejarse llevar por ilusiones, discursos promeseros o emociones de última hora. Si cada ser pensante motiva a otro a votar, se salva el país y la democracia.
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