Para los escasísimos ignorantes del fútbol, resulta incomprensible que alguien pague miles de dólares por asistir a un partido. No logramos asimilar el trance de los himnos, las contorsiones con los goles, los abrazos entre desconocidos ni el llanto casi suicida de una derrota. Nos impresiona que la FIFA se haya convertido en una organización con influencia planetaria y mueva billones. Seguimos sin captar la trascendencia de un grupo de hombres persiguiendo un balón durante noventa minutos.Y, sin embargo, el fenómeno es extraordinario. Porque consigue lo que la política es incapaz de lograr: que millones de personas, distintas entre sí, griten al mismo tiempo, celebren juntas, se reconozcan parte de una misma comunidad.
En Colombia hemos cavado una profunda zanja entre dos maneras de entender la sociedad. Están quienes creen que la libertad económica, la iniciativa privada y el mercado son los motores más eficaces para generar prosperidad. Y quienes consideran que un Estado fuerte debe orientar la economía para corregir desigualdades y garantizar derechos.Unos defienden la distribución del poder entre instituciones independientes; otros confían más en liderazgos capaces de acelerar transformaciones profundas. Unos creen que la propiedad privada es un pilar esencial de la libertad; otros sostienen que la redistribución es condición para la justicia social.
Son diferencias válidas en una democracia. Lo que nunca puede ser legítimo es la violencia. Ni las bombas, ni la intimidación, ni la idea de que quien pierde unas elecciones tiene derecho a incendiar el país. Ninguna causa política justifica convertir al adversario en enemigo ni reemplazar los votos por el miedo. Mañana los colombianos volveremos a discrepar. Votaremos distinto, discutiremos con vehemencia y seguiremos convencidos de que nuestra visión del país es la correcta. Pero quizá deberíamos recordar algo que el fútbol enseña mejor que la política: que se puede estar en equipos rivales pero se sigue jugando. Cuando la Selección hace un gol, nadie pregunta por quién votó el que está al lado antes de abrazarlo.Tal vez Colombia comience a sanar el día en que descubramos que todos podemos usar la misma camiseta.Y que, aún después del pitazo final, podemos seguir jugando el mismo partido: el de construir un país en el que todos podamos vivir.
Publicado El País de Cali 26171
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viernes, 19 de junio de 2026
viernes, 12 de junio de 2026
Señales Reveladoras
Pocos dudan de que en Colombia se ha instalado una cultura de la violencia. Una de sus manifestaciones es la forma en que se juzga la respuesta a la agresión. Quien se defiende termina siendo peor que el agresor. Quien mata al asesino que entró a su casa recibe trato de criminal. El que logra defenderse de un atraco callejero es señalado como violento. Los campesinos que reaccionaron frente a secuestros, extorsiones y asesinatos fueron agrupados bajo una misma etiqueta infamante. En el asalto al Palacio de Justicia, condenaron a los defensores y premiaron a los atacantes. Y hoy, la respuesta airada a los insultos y agresiones verbales de Cepeda es presentada como prueba de radicalismo y peligro.
En medio de este ambiente enrarecido aparecen hechos reveladores. El rechazo de Petro y Cepeda a unos resultados electorales que numerosos observadores y organizaciones independientes calificaron como transparentes, demostró que no respetan la mayoría. Su reacción ante una derrota en segunda vuelta se escucha en consignas y marchas: la voluntad propia está por encima de las reglas compartidas. El uso de la justicia para determinar qué camisetas pueden exhibir los ciudadanos y qué palabras están prohibidas. Más allá de los pintorescos fallos, se revela una tendencia de fondo: la tentación de controlar cada vez más espacios de la vida pública.Tampoco se oculta el afán de engañar a los votantes. Deciden borrar la constituyente del programa cuando mucha gente entiende que es el primer paso hacia el dominio totalitario. Y con cada salida en falso se aumenta la distancia entre los candidatos.
Pero quizás la contradicción más llamativa sea proclamarse defensores de la vida mientras se cuentan los 55.000 homicidios de este gobierno, reciben apoyo de bandas armadas y se disemina la intimidación para obtener el voto.
Las democracias se deterioran cuando la violencia se normaliza, cuando las reglas dejan de respetarse y cuando el grupo que pierde el voto, promete destrucción y muerte. Inducir y promocionar una confrontación armada no tiene sentido ni justificación alguna. Aceptar la democracia implica que a pesar de una fuerte convicción del desastre que significa el opuesto, se debe tolerar y aceptar la derrota. Los Colombianos ya han pagado muy caro la normalización de la violencia para resolver sus diferencias.
Publicado El País de Cali 26164
En medio de este ambiente enrarecido aparecen hechos reveladores. El rechazo de Petro y Cepeda a unos resultados electorales que numerosos observadores y organizaciones independientes calificaron como transparentes, demostró que no respetan la mayoría. Su reacción ante una derrota en segunda vuelta se escucha en consignas y marchas: la voluntad propia está por encima de las reglas compartidas. El uso de la justicia para determinar qué camisetas pueden exhibir los ciudadanos y qué palabras están prohibidas. Más allá de los pintorescos fallos, se revela una tendencia de fondo: la tentación de controlar cada vez más espacios de la vida pública.Tampoco se oculta el afán de engañar a los votantes. Deciden borrar la constituyente del programa cuando mucha gente entiende que es el primer paso hacia el dominio totalitario. Y con cada salida en falso se aumenta la distancia entre los candidatos.
Pero quizás la contradicción más llamativa sea proclamarse defensores de la vida mientras se cuentan los 55.000 homicidios de este gobierno, reciben apoyo de bandas armadas y se disemina la intimidación para obtener el voto.
Las democracias se deterioran cuando la violencia se normaliza, cuando las reglas dejan de respetarse y cuando el grupo que pierde el voto, promete destrucción y muerte. Inducir y promocionar una confrontación armada no tiene sentido ni justificación alguna. Aceptar la democracia implica que a pesar de una fuerte convicción del desastre que significa el opuesto, se debe tolerar y aceptar la derrota. Los Colombianos ya han pagado muy caro la normalización de la violencia para resolver sus diferencias.
Publicado El País de Cali 26164
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sábado, 14 de febrero de 2026
El circulo de la pobreza
El disco rayado lo repiten sin cesar políticos, intelectuales y analistas: mientras no haya justicia social, no se podrá controlar la violencia. Desde el inicio de la historia se sabe que las sociedades profundamente desiguales son inestables y más propensas al conflicto. No hay que ser erudito para entenderlo.
Lo que muchos se niegan a examinar es el origen de esa injusticia. La explicación simplona —y electoralmente rentable— es siempre la misma: los ricos explotan a los pobres. Solución: “hay que cambiar el sistema”. El público aplaude y vota. Pero el cambio suele traducirse en más centralización del poder, más estatismo y menos libertad económica. El resultado, invariablemente, es más pobreza y más desigualdad.
La evidencia es incómoda pero sólida: los países más prósperos han construido su riqueza sobre una fórmula sencilla y exigente. Un Estado que garantice seguridad y justicia, que genere confianza y estabilidad, y que proteja una libertad económica real. No un simulacro lleno de regulaciones arbitrarias, privilegios para los cercanos al poder y corrupción disfrazada de sensibilidad social.
La concentración excesiva de poder es la verdadera incubadora de abusos. Por eso los sistemas que prometen redención mediante el control total terminan produciendo nepotismo, clientelismo y desigualdad más profunda. Ninguna sociedad ha eliminado por completo las diferencias, pero las cifras son incontrovertibles: en las economías basadas en la libertad económica, los sectores más pobres viven diez veces mejor que en los países atrapados en el espejismo del mal llamado progresismo.
El error conceptual es atar el progreso social —derechos civiles, laicismo, sostenibilidad ambiental— al intervencionismo económico. La intoxicación de poder deforma las mentes y empuja hacia prácticas que traicionan los valores que dicen defender.
Y escogen ignorar que en el mundo moderno no es la desigualdad la que genera violencia, sino la violencia la que destruye oportunidades, espanta inversión, corroe instituciones y fabrica pobreza. La criminalidad organizada, tolerada o enquistada en el poder, es una fábrica de injusticia mucho más eficaz que cualquier mercado imperfecto.
Seguir repitiendo el eslogan sin mirar la evidencia no es ingenuidad: es terquedad ideológica. Y esa terquedad, cuando gobierna, termina costando vidas.
Lo que muchos se niegan a examinar es el origen de esa injusticia. La explicación simplona —y electoralmente rentable— es siempre la misma: los ricos explotan a los pobres. Solución: “hay que cambiar el sistema”. El público aplaude y vota. Pero el cambio suele traducirse en más centralización del poder, más estatismo y menos libertad económica. El resultado, invariablemente, es más pobreza y más desigualdad.
La evidencia es incómoda pero sólida: los países más prósperos han construido su riqueza sobre una fórmula sencilla y exigente. Un Estado que garantice seguridad y justicia, que genere confianza y estabilidad, y que proteja una libertad económica real. No un simulacro lleno de regulaciones arbitrarias, privilegios para los cercanos al poder y corrupción disfrazada de sensibilidad social.
La concentración excesiva de poder es la verdadera incubadora de abusos. Por eso los sistemas que prometen redención mediante el control total terminan produciendo nepotismo, clientelismo y desigualdad más profunda. Ninguna sociedad ha eliminado por completo las diferencias, pero las cifras son incontrovertibles: en las economías basadas en la libertad económica, los sectores más pobres viven diez veces mejor que en los países atrapados en el espejismo del mal llamado progresismo.
El error conceptual es atar el progreso social —derechos civiles, laicismo, sostenibilidad ambiental— al intervencionismo económico. La intoxicación de poder deforma las mentes y empuja hacia prácticas que traicionan los valores que dicen defender.
Y escogen ignorar que en el mundo moderno no es la desigualdad la que genera violencia, sino la violencia la que destruye oportunidades, espanta inversión, corroe instituciones y fabrica pobreza. La criminalidad organizada, tolerada o enquistada en el poder, es una fábrica de injusticia mucho más eficaz que cualquier mercado imperfecto.
Seguir repitiendo el eslogan sin mirar la evidencia no es ingenuidad: es terquedad ideológica. Y esa terquedad, cuando gobierna, termina costando vidas.
Publicado EL Pais de Cali 2645
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jueves, 13 de noviembre de 2025
Dialogo Molotov
No cesan los llamados de las almas bondadosas y llenas de buenas intenciones. “Seamos capaces de ver al prójimo como un ser humano, aunque piense distinto”, repiten con devoción. Hermoso. Sublime. Pero también profundamente ingenuo. Tal vez sea la ilusión de vivir en un mundo de arcoíris o la ansiedad que provoca el conflicto. No es difícil ver que, si la “ideología” de un grupo parte de la eliminación del otro, el diálogo no tiene mucho futuro.
Es lo que pasa con Hamás e Israel: el propósito fundacional del primero es borrar al segundo del mapa. Y es lo que pasa aquí, cuando quienes predican la inclusión justifican la agresión, y quienes gritan “¡paz!” hacen fila para repartir bala. No hay conversación posible cuando una de las partes valida la violencia como método. No aplica la frase de cajón —“la paz se hace con el enemigo”—, porque aquí no se trata de enemigos que piensan distinto, sino de fanáticos que consideran que el otro no debe existir. Sentarse con ellos a dialogar es como invitar a cenar a quien ya decidió comerse al anfitrión.Eso fue exactamente lo que pasó con el bochornoso “proceso de paz” que acabó en Nobel. Un espejismo vendido al mundo como epifanía democrática, mientras los beneficiarios del perdón se rearmaban y los ingenuos aplaudían.
Por supuesto que toda democracia necesita diálogo y tolerancia. Pero implica un acuerdo básico. Lo primero —y más obvio—: respetar la democracia misma, es decir, aceptar la división de poderes, los resultados electorales sin trampas ni intimidaciones, y renunciar a la tentación de manipular jueces o comprar votos. Quien no cumpla con eso, debería ser proscrito de la política de por vida, sin disfraces semánticos. Y, sobre todo, tiene que existir un compromiso inquebrantable con el rechazo a la violencia. No se puede seguir viendo con benevolencia a los grupos armados “por causas sociales”. No puede seguirse tolerando el crimen ni disimulándolo, quitándole “i’s” a lo ilícito. No se puede seguir predicando humanidad mientras se encubren asesinatos, se protegen culpables y se convocan marchas “pacíficas” que terminan a pedradas contra la policía y a fuego contra los bienes públicos.
Bienvenido el diálogo, la discrepancia y todos los puntos de vista. Pero el primer requisito para hablar es no llegar a la mesa con un cóctel molotov en la mano.
25319
Es lo que pasa con Hamás e Israel: el propósito fundacional del primero es borrar al segundo del mapa. Y es lo que pasa aquí, cuando quienes predican la inclusión justifican la agresión, y quienes gritan “¡paz!” hacen fila para repartir bala. No hay conversación posible cuando una de las partes valida la violencia como método. No aplica la frase de cajón —“la paz se hace con el enemigo”—, porque aquí no se trata de enemigos que piensan distinto, sino de fanáticos que consideran que el otro no debe existir. Sentarse con ellos a dialogar es como invitar a cenar a quien ya decidió comerse al anfitrión.Eso fue exactamente lo que pasó con el bochornoso “proceso de paz” que acabó en Nobel. Un espejismo vendido al mundo como epifanía democrática, mientras los beneficiarios del perdón se rearmaban y los ingenuos aplaudían.
Por supuesto que toda democracia necesita diálogo y tolerancia. Pero implica un acuerdo básico. Lo primero —y más obvio—: respetar la democracia misma, es decir, aceptar la división de poderes, los resultados electorales sin trampas ni intimidaciones, y renunciar a la tentación de manipular jueces o comprar votos. Quien no cumpla con eso, debería ser proscrito de la política de por vida, sin disfraces semánticos. Y, sobre todo, tiene que existir un compromiso inquebrantable con el rechazo a la violencia. No se puede seguir viendo con benevolencia a los grupos armados “por causas sociales”. No puede seguirse tolerando el crimen ni disimulándolo, quitándole “i’s” a lo ilícito. No se puede seguir predicando humanidad mientras se encubren asesinatos, se protegen culpables y se convocan marchas “pacíficas” que terminan a pedradas contra la policía y a fuego contra los bienes públicos.
Bienvenido el diálogo, la discrepancia y todos los puntos de vista. Pero el primer requisito para hablar es no llegar a la mesa con un cóctel molotov en la mano.
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domingo, 21 de septiembre de 2025
Universitas despectus
Universitas en latín significaba, simplemente, corporación de profesores y estudiantes. Con el paso de los siglos el concepto se ensanchó hasta convertirse en “centros de conocimiento universal”. Para proteger pensamiento, creatividad e innovación, se les dotó de autonomía: un espacio de libertad y protección para quienes enseñan y aprenden. En los últimos dos siglos ese principio se reforzó para garantizar el debate político sin interferencia gubernamental, cristalizado en el axioma de que “la policía no entra, salvo que lo soliciten las autoridades académicas”.
Es difícil hallar en la historia un ejemplo de un principio tan valioso degradado con tanta eficacia. Aunque es un fenómeno global, en América Latina —y muy especialmente en las universidades públicas— el absurdo ha alcanzado su paroxismo. Una norma concebida para blindar la libertad de pensamiento termina siendo el modus operandi de grupúsculos violentos que ni estudian, ni enseñan, ni entienden lo que es una universidad. Han sido entrenados en el arte de la estupidez destructiva y han convertido la “autonomía” en licencia para atacar y vandalizar.
Anuncian su espectáculo con bombas que llaman eufemísticamente “papas”. Destrozan manos, rostros, vehículos, oficinas, queman buses y camiones, y bloquean calles ante la pasividad de autoridades académicas y civiles que han acabado compartiendo una interpretación grotesca de la autonomía universitaria. Incapaces de llamar delito al delito, se enredan en bizantinas disquisiciones sobre “cruzar la linea” mientras profesores y estudiantes ven erosionada su libertad real para enseñar, investigar y aprender.
El caso de la Univalle roza la caricatura: todos los jueves, puntualmente, hay que convivir con trancones, bombas y quemas rituales de un puñado de patanes subvencionados y entrenados. La población universitaria y los vecinos, rehenes del espectáculo, repiten la misma pregunta: ¿cuándo surgirá una autoridad capaz de imponer orden, respeto y verdadero sentido universitario?
Hasta cuando se va a seguir aceptando el desprecio por el concepto de Universidad que tomó tantos años en desarrollarse y que tanto le ha aportado a la humanidad?
25264
Es difícil hallar en la historia un ejemplo de un principio tan valioso degradado con tanta eficacia. Aunque es un fenómeno global, en América Latina —y muy especialmente en las universidades públicas— el absurdo ha alcanzado su paroxismo. Una norma concebida para blindar la libertad de pensamiento termina siendo el modus operandi de grupúsculos violentos que ni estudian, ni enseñan, ni entienden lo que es una universidad. Han sido entrenados en el arte de la estupidez destructiva y han convertido la “autonomía” en licencia para atacar y vandalizar.
Anuncian su espectáculo con bombas que llaman eufemísticamente “papas”. Destrozan manos, rostros, vehículos, oficinas, queman buses y camiones, y bloquean calles ante la pasividad de autoridades académicas y civiles que han acabado compartiendo una interpretación grotesca de la autonomía universitaria. Incapaces de llamar delito al delito, se enredan en bizantinas disquisiciones sobre “cruzar la linea” mientras profesores y estudiantes ven erosionada su libertad real para enseñar, investigar y aprender.
El caso de la Univalle roza la caricatura: todos los jueves, puntualmente, hay que convivir con trancones, bombas y quemas rituales de un puñado de patanes subvencionados y entrenados. La población universitaria y los vecinos, rehenes del espectáculo, repiten la misma pregunta: ¿cuándo surgirá una autoridad capaz de imponer orden, respeto y verdadero sentido universitario?
Hasta cuando se va a seguir aceptando el desprecio por el concepto de Universidad que tomó tantos años en desarrollarse y que tanto le ha aportado a la humanidad?
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sábado, 26 de julio de 2025
La Oposicion
Una de las fábulas que trata de diseminar el Petrismo y sus fieles devotos consiste en pintar la oposición como implacable. “Nunca en la historia, había tenido que enfrentar un Presidente, una oposición tan radical y despiadada¨, se atreven a decir.
Cuando la realidad, es que por primera vez en muchas décadas, el gobierno enfrenta un oposición civilizada, que argumenta con palabras, que usa los canales regulares de la opinión pública, que protagoniza debates en el Congreso, que acude a las instituciones para contrarrestar a un gobierno caracterizado por la corrupción, el nepotismo, el derroche, el atropello al sector productivo, el chamboneo y el insulto a los gremios que sostienen el país.
Por primera vez en dos a tres generaciones, la oposición es pacífica, no acude a las armas ni amenaza con violencia para oponerse a un gobierno alineado con los delincuentes, que ha logrado el récord de la mayor extensión de coca sembrada, que conoce las cárceles, no por el deber de hacerlas seguras y humanitarias, sino por los pactos que logra con los peores hampones condenados, cuya amistad exhibe con orgullo en tarimas.
Por primera vez en la historia reciente del país, la oposición ha convocado las marchas más imponentes de la historia, sin que haya ocurrido un solo incidente, un solo daño, un solo incendio o ataque a la policía.
Son muchos los años en los que el rechazo al gobierno estaba asociado con bombas, destrucción, quemas, asesinatos, ataques a poblaciones, masacres, bloqueos de carreteras. De hecho fue la oposición violenta organizada por Petro, promoviendo por debajo de cuerda todas las formas de violencia, la que llevó al terror de la población y el desconcierto generalizado que terminó en su elección. Estrategia cuidadosamente planeada y ejecutada que ha funcionado en Chile, Perú, Bolivia, Venezuela y se ha intentado en Ecuador y el resto de latinoamérica.
El relato que tratan de diseminar no puede ser más cínico. Los promotores y gestores de una oposición violenta, agresiva, destructiva, causante de un gran número de muertes y daños materiales, ahora se lamentan de una oposición muy ruda.
Hay que creer en la Fuerza de la Verdad. Seguir develando las mentiras, seguir destapando los negociados, seguir interviniendo para que la plata de nuestros impuestos no termine financiando la evolución hacia la satrapía.
Cuando la realidad, es que por primera vez en muchas décadas, el gobierno enfrenta un oposición civilizada, que argumenta con palabras, que usa los canales regulares de la opinión pública, que protagoniza debates en el Congreso, que acude a las instituciones para contrarrestar a un gobierno caracterizado por la corrupción, el nepotismo, el derroche, el atropello al sector productivo, el chamboneo y el insulto a los gremios que sostienen el país.
Por primera vez en dos a tres generaciones, la oposición es pacífica, no acude a las armas ni amenaza con violencia para oponerse a un gobierno alineado con los delincuentes, que ha logrado el récord de la mayor extensión de coca sembrada, que conoce las cárceles, no por el deber de hacerlas seguras y humanitarias, sino por los pactos que logra con los peores hampones condenados, cuya amistad exhibe con orgullo en tarimas.
Por primera vez en la historia reciente del país, la oposición ha convocado las marchas más imponentes de la historia, sin que haya ocurrido un solo incidente, un solo daño, un solo incendio o ataque a la policía.
Son muchos los años en los que el rechazo al gobierno estaba asociado con bombas, destrucción, quemas, asesinatos, ataques a poblaciones, masacres, bloqueos de carreteras. De hecho fue la oposición violenta organizada por Petro, promoviendo por debajo de cuerda todas las formas de violencia, la que llevó al terror de la población y el desconcierto generalizado que terminó en su elección. Estrategia cuidadosamente planeada y ejecutada que ha funcionado en Chile, Perú, Bolivia, Venezuela y se ha intentado en Ecuador y el resto de latinoamérica.
El relato que tratan de diseminar no puede ser más cínico. Los promotores y gestores de una oposición violenta, agresiva, destructiva, causante de un gran número de muertes y daños materiales, ahora se lamentan de una oposición muy ruda.
Hay que creer en la Fuerza de la Verdad. Seguir develando las mentiras, seguir destapando los negociados, seguir interviniendo para que la plata de nuestros impuestos no termine financiando la evolución hacia la satrapía.
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viernes, 4 de julio de 2025
La improbable dictadura
Si revisamos los últimos cien años de política en América Latina, el diagnóstico es claro: las dictaduras han encontrado terreno fértil. Todos los países han sufrido alguna. En número de años bajo regímenes autoritarios, hay un amplio rango: desde apenas 4 en Colombia, hasta 60 en Nicaragua (o 71 en México, si se considera el largo monopolio del PRI). En promedio, la región ha pasado 32 de los últimos 100 años bajo dictadura. Una tercera parte de su historia reciente atrapada en el autoritarismo.
¿El campeón de la democracia? Colombia. Y en aparente paradoja también campeona en violencia. Tal vez porque la democracia, en su generosa amplitud, permitió pensar que la diversidad incluía también a quienes empuñaban las armas para llegar al poder. El resultado ha sido una cultura marcada por la transgresión: altas tasas de criminalidad, desconfianza en las instituciones y un concepto libertario que a veces se confunde con hacer “lo que se me dé la gana”.
Esa libertad mal entendida y abusada ha producido un curioso efecto: un rechazo subconsciente y persistente a cualquier intento de centralismo autoritario. Como si el país, por vivir al borde del caos, se estuviese vacunando —aunque con efectos secundarios— contra la obediencia ciega. Aquí muchos viven con miedo, sí, pero también dicen con resignado orgullo: “igual a esto no hay nada”. Un reconocimiento tácito al valor de la libertad.
Sea esa la explicación o no, la verdad estadística es que Colombia ha resistido mejor que otros países los encantos de las dictaduras. Y por eso resulta poco probable que acepte mansamente la que ahora se cocina, entre discursos populistas y reformas impuestas a golpe de megáfono.
Ya son varios los periodos de la historia en que el país ha sufrido incrementos en la capacidad violenta de grupos criminales. Se ha resuelto llamar guerra a este proceder como si fuese un recurso válido para dirimir las diferencias. El resultado ha sido siempre el empeoramiento de la condición que supuestamente se pretende mejorar con la generación de más pobreza, sufrimiento, desolación y muerte.
Por eso resulta tan equivocada la pretensión de solucionar “en la calle” las diferencias que existen con relación a nuevas leyes. Prender la mecha en un país que se enciende fácil es peligroso para todos, incluyendo el dueño del fósforo.
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¿El campeón de la democracia? Colombia. Y en aparente paradoja también campeona en violencia. Tal vez porque la democracia, en su generosa amplitud, permitió pensar que la diversidad incluía también a quienes empuñaban las armas para llegar al poder. El resultado ha sido una cultura marcada por la transgresión: altas tasas de criminalidad, desconfianza en las instituciones y un concepto libertario que a veces se confunde con hacer “lo que se me dé la gana”.
Esa libertad mal entendida y abusada ha producido un curioso efecto: un rechazo subconsciente y persistente a cualquier intento de centralismo autoritario. Como si el país, por vivir al borde del caos, se estuviese vacunando —aunque con efectos secundarios— contra la obediencia ciega. Aquí muchos viven con miedo, sí, pero también dicen con resignado orgullo: “igual a esto no hay nada”. Un reconocimiento tácito al valor de la libertad.
Sea esa la explicación o no, la verdad estadística es que Colombia ha resistido mejor que otros países los encantos de las dictaduras. Y por eso resulta poco probable que acepte mansamente la que ahora se cocina, entre discursos populistas y reformas impuestas a golpe de megáfono.
Ya son varios los periodos de la historia en que el país ha sufrido incrementos en la capacidad violenta de grupos criminales. Se ha resuelto llamar guerra a este proceder como si fuese un recurso válido para dirimir las diferencias. El resultado ha sido siempre el empeoramiento de la condición que supuestamente se pretende mejorar con la generación de más pobreza, sufrimiento, desolación y muerte.
Por eso resulta tan equivocada la pretensión de solucionar “en la calle” las diferencias que existen con relación a nuevas leyes. Prender la mecha en un país que se enciende fácil es peligroso para todos, incluyendo el dueño del fósforo.
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jueves, 29 de mayo de 2025
Ni unidos, ni hundidos
Nos unimos o nos hundimos! Es el eslogan que repiten quienes advierten una nube negra sobre el horizonte colombiano. Pero la pregunta inevitable es: ¿nos unimos en qué? Podríamos ensayar una respuesta: respeto a la democracia, rechazo a la violencia como medio de acción política y defensa de la economía de libre mercado. Hasta ahí, el consenso parece posible. Pero apenas se rasca la superficie, aparecen las grietas. Si hablamos de "progresismo social" —término que la izquierda pretende monopolizar—, encontramos creyentes devotos y ateos furibundos, homofóbicos irredentos y expertos en cada letra del LGBTIQ+++, defensores de una educación y salud estatales y otros que prefieren modelos mixtos; ambientalistas apocalípticos frente a escépticos del cambio climático, feministas militantes junto a machistas tradicionales, guardianes de las costumbres frente a entusiastas de los cambios. La democracia está diseñada, precisamente, para contener esa pluralidad: para que se exprese, se debata y se controvierta sin que nadie saque un arma ni invoque al “pueblo” como pretexto para la barbarie. Las controversias no deben alarmar si se dirimen con palabras, no con piedras o balas. Una sociedad civilizada expone sus diferencias, las discute con argumentos, resuelve algunas y tolera las irresolubles. En medio del actual proceso político, con el variado menú de candidatos, esta expresión múltiple es sana. Las propuestas se decantan y se diferencian unos pocos perfiles.
Con los días veremos a quienes siguen teniendo devoción en las rancias ideas que definen la democracia como una farsa útil al privilegio, el mercado como una herramienta de opresión, y promueven veladamente la violencia. En ese momento no podremos seguir distraídos con diferencias menores. Allí si la viabilidad del país va a depender de que sepamos unirnos en lo esencial. Ese compromiso lo están mostrando ya los candidatos que entienden lo que significa subirse al tren del Socialismo del Siglo XXI. Y el “pueblo” que demostró que no le copia al promotor de una confrontación civil. No hay que preocuparse vaticinando naufragios. Si hay que buscar que el voto se sustente en información seria y no en emociones manipuladas con habilidad y muchos recursos. La participación entusiasta en ese esfuerzo es la herramienta para generar optimismo.
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Con los días veremos a quienes siguen teniendo devoción en las rancias ideas que definen la democracia como una farsa útil al privilegio, el mercado como una herramienta de opresión, y promueven veladamente la violencia. En ese momento no podremos seguir distraídos con diferencias menores. Allí si la viabilidad del país va a depender de que sepamos unirnos en lo esencial. Ese compromiso lo están mostrando ya los candidatos que entienden lo que significa subirse al tren del Socialismo del Siglo XXI. Y el “pueblo” que demostró que no le copia al promotor de una confrontación civil. No hay que preocuparse vaticinando naufragios. Si hay que buscar que el voto se sustente en información seria y no en emociones manipuladas con habilidad y muchos recursos. La participación entusiasta en ese esfuerzo es la herramienta para generar optimismo.
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viernes, 17 de enero de 2025
Fascismo del sigloXXI
Habrá sorprendidos con la amorosa foto de Maduro, Diaz Canel y Ortega abrazados en su objetivo de expandir el Fascismo del Siglo XXI que estimula pesadillas sobre nuestro futuro.
Los une la convicción de pertenecer a un grupo superior que ya no es la raza sino una ¨clase¨que les da superioridad moral. Como no todos los fieles encuadran, hay que inventar símbolos que los diferencien del resto. Un gorrito rojo, y un arma les da la identidad que les permite considerar “escuálidos”, “gusanos”, “fachos” a los demás.
Las milicias bolivarianas de allá o las campesinas de acá siguen el modelo de las SS Hitlerianas. “Proteger la revolución” consiste en darle garrote a quien levante cabeza.
El mundo se asombra con el simplismo intelectual de Maduro y la ignorancia que con tanto orgullo exhibe, pero es que el fascismo no requiere complejidades. Todo el pensamiento cabe en un librito rojo (lease Mao o Kim) y juzgar cualquier cosa, desde una obra de arte hasta un proyecto de ley es candorosamente sencillo: sirve si le conviene a la revolución, tal como la entiende el sabio líder. Si no, a la hoguera. Las sofisticadas estrategias para vender la mentira oficial siguen las enseñanzas de Goebbels, padre de la tramoya propagandística. Su guión se sigue con fidelidad: si los medios no se pliegan, se cierran, hay parlamento mientras sea sumiso y sus miembros aprendan a aplaudir como es debido, la justicia y el sistema electoral son solo para dar apariencia de independencia de poderes, pero quien controvierta, ¨se seca¨, para citar a Maduro.
El militarismo es el eje central del dominio. Se les entrega el control de la economía oficial y subterránea, se los llena de privilegios y quien dude conoce el paredón.
A diferencia del nazismo, el control estatal en manos de perezosos, ignorantes y corruptos solo sirve para generar miseria.
Puestos en el oficio de analizar y comparar sistemas políticos, es difícil encontrar, en la vasta gama de variantes ideológicas, dos que se parezcan tanto como el fascismo y el socialismo del siglo XXI.
Por eso resulta tan irónico el término "facho", usado como insulto, cuando un camarada criollo quiere referirse a alguien que no comulga con su "progresista" dogma.
2518
Los une la convicción de pertenecer a un grupo superior que ya no es la raza sino una ¨clase¨que les da superioridad moral. Como no todos los fieles encuadran, hay que inventar símbolos que los diferencien del resto. Un gorrito rojo, y un arma les da la identidad que les permite considerar “escuálidos”, “gusanos”, “fachos” a los demás.
Las milicias bolivarianas de allá o las campesinas de acá siguen el modelo de las SS Hitlerianas. “Proteger la revolución” consiste en darle garrote a quien levante cabeza.
El mundo se asombra con el simplismo intelectual de Maduro y la ignorancia que con tanto orgullo exhibe, pero es que el fascismo no requiere complejidades. Todo el pensamiento cabe en un librito rojo (lease Mao o Kim) y juzgar cualquier cosa, desde una obra de arte hasta un proyecto de ley es candorosamente sencillo: sirve si le conviene a la revolución, tal como la entiende el sabio líder. Si no, a la hoguera. Las sofisticadas estrategias para vender la mentira oficial siguen las enseñanzas de Goebbels, padre de la tramoya propagandística. Su guión se sigue con fidelidad: si los medios no se pliegan, se cierran, hay parlamento mientras sea sumiso y sus miembros aprendan a aplaudir como es debido, la justicia y el sistema electoral son solo para dar apariencia de independencia de poderes, pero quien controvierta, ¨se seca¨, para citar a Maduro.
El militarismo es el eje central del dominio. Se les entrega el control de la economía oficial y subterránea, se los llena de privilegios y quien dude conoce el paredón.
A diferencia del nazismo, el control estatal en manos de perezosos, ignorantes y corruptos solo sirve para generar miseria.
Puestos en el oficio de analizar y comparar sistemas políticos, es difícil encontrar, en la vasta gama de variantes ideológicas, dos que se parezcan tanto como el fascismo y el socialismo del siglo XXI.
Por eso resulta tan irónico el término "facho", usado como insulto, cuando un camarada criollo quiere referirse a alguien que no comulga con su "progresista" dogma.
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viernes, 8 de noviembre de 2024
Trumpeados
Es probable que la división de las sociedades en dos mitades casi iguales sea consecuencia del flujo de información por las redes. Al no haber una dirección que guíe, las opiniones se van distribuyendo a lado y lado de una línea imaginaria que las divide. En USA, en Colombia y en muchas elecciones honestas la división es tan exacta que se vuelve problemática, por la dificultad de definir el ganador. Por eso, independiente de la frustración del 50%, los resultados rápidos y contundentes evitan confusión y confrontación. Un conteo muy apretado y demorado, tenía el potencial de degenerar en violencia alentada por quien sin duda iba a gritar “fraude!” e iba a convocar a sus fanáticos a pelear infernalmente. “Fight like hell” fue el llamado en Enero del 2021.
Inquieta la pregunta de lo que pasará con Colombia y lo más probable es que no mayor cosa. Primero habría que explicarle dónde queda y porque no es “Columbia”. Y en cuanto a diferencias ideológicas con Petro, también habría que explicar qué es ideología. Porque Trump no profesa ninguna, excepto el culto a sí mismo y su inmarcesible genialidad. Es un pragmático que solo ve a la humanidad en términos de transacciones, y es su habilidad para sacar adelante negocios lo que vale. Por algo escribió un libro que la promueve como arte.
Así que no hay que temer hostilidad. Él se entendió muy bien con AMLO, Putin, Kim y otros sátrapas, que lo supieron lamber. Con Petro, que ya sacó la lengua, encontrará mucha afinidad. Ambos son narcisos irredentos, desprecian la democracia y sus instituciones, incluyendo el poder judicial y electoral, cuando no les favorece. Ambos son virtuosos de la mentira que usan para sembrar odio y crear divisiones generando desconcierto y relatividad moral y ambos usan turbas violentas para imponerse. Pero sigue siendo incierta su estrategia con una región que considera su patio trasero y a la que le da muy poca importancia.
Con relación al mundo, se debe reconocer que a pesar de su insufrible personalidad, no inició guerras durante su mandato y posiblemente termine la de Ucrania con una oferta que Zelenski no podrá rechazar. O entrega las provincias orientales o se queda sin apoyo. Apretará muy duro a Irán reduciendo los niveles de agresión en el medio oriente.
Contentos o no, Trumpeados quedamos y solo queda apegarse a lo positivo.
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Inquieta la pregunta de lo que pasará con Colombia y lo más probable es que no mayor cosa. Primero habría que explicarle dónde queda y porque no es “Columbia”. Y en cuanto a diferencias ideológicas con Petro, también habría que explicar qué es ideología. Porque Trump no profesa ninguna, excepto el culto a sí mismo y su inmarcesible genialidad. Es un pragmático que solo ve a la humanidad en términos de transacciones, y es su habilidad para sacar adelante negocios lo que vale. Por algo escribió un libro que la promueve como arte.
Así que no hay que temer hostilidad. Él se entendió muy bien con AMLO, Putin, Kim y otros sátrapas, que lo supieron lamber. Con Petro, que ya sacó la lengua, encontrará mucha afinidad. Ambos son narcisos irredentos, desprecian la democracia y sus instituciones, incluyendo el poder judicial y electoral, cuando no les favorece. Ambos son virtuosos de la mentira que usan para sembrar odio y crear divisiones generando desconcierto y relatividad moral y ambos usan turbas violentas para imponerse. Pero sigue siendo incierta su estrategia con una región que considera su patio trasero y a la que le da muy poca importancia.
Con relación al mundo, se debe reconocer que a pesar de su insufrible personalidad, no inició guerras durante su mandato y posiblemente termine la de Ucrania con una oferta que Zelenski no podrá rechazar. O entrega las provincias orientales o se queda sin apoyo. Apretará muy duro a Irán reduciendo los niveles de agresión en el medio oriente.
Contentos o no, Trumpeados quedamos y solo queda apegarse a lo positivo.
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viernes, 4 de octubre de 2024
Coherencia
Cuando una persona no ve lo que lo rodea, decimos que está ciego. Cuando no oye las alarmas, concluimos que está sordo. Cuando no huele lo que le puede pasar, que le dio Covid y si se empeña en diseminarlo, que no tiene tacto. ¿Puede alguien desconectarse de la realidad, teniendo sus sentidos y cerebro intactos?
La capacidad para captar la realidad y actuar en consecuencia, ha sido determinante para la supervivencia. Si nuestro distante abuelo hubiese confundido león con gato, no estaríamos sus herederos recorriendo este mundo apegados a paradigmas. Es bien conocido el ejemplo del conductor que enfrenta en una curva a otro carro descontrolado de donde le gritan “Cerdo!”. Y está bajando la ventanilla para contestar el insulto, cuando atropella al marrano que le trataban de anunciar.
Nuestros filtros mentales definen no solo lo que vemos y oímos sino lo que creemos. La esquizofrenia o locura es el pensamiento desconectado de la realidad. Pero tiene que estar muy avanzada para que la diagnostiquen y traten. Hay muchas variantes menores, que pululan silvestres. Asombra la capacidad para expresar un pensamiento y salir a hacer exactamente lo contrario. La incoherencia entre lo que se piensa y cómo se actúa, no parece producir, en muchos, incomodidad alguna.
Un grandilocuente discurso de paz seguido de la convocatoria a la guerra civil en las ciudades, para defender el atropello al orden constitucional con la destrucción y quema de las ciudades, bautizada por decreto como calentamiento de los ánimos y desbordamiento de los ímpetus.
Se exalta la importancia de la presencia del Estado en todo el territorio, mientras se lanzan directivas que bloquean la capacidad de las fuerzas armadas facilitando el accionar de grupos criminales, quienes duplican el número de municipios controlados sembrando el terror con extorsiones, secuestros y masacres.
Se expone la satisfacción con cifras, mientras la suma de los indicadores de venta de casas, exportaciones, comercio y crecimiento económico pasaron de un incremento del +121% en el gobierno de Duque, a un deterioro del -103%.
El presupuesto aumenta el gasto en burocracia mientras se toman medidas para reducir grandes fuentes de ingresos del Estado.
Se escandalizan porque lo llaman loco. Pero la incoherencia y desconexión de la realidad se parecen mucho a la locura.
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La capacidad para captar la realidad y actuar en consecuencia, ha sido determinante para la supervivencia. Si nuestro distante abuelo hubiese confundido león con gato, no estaríamos sus herederos recorriendo este mundo apegados a paradigmas. Es bien conocido el ejemplo del conductor que enfrenta en una curva a otro carro descontrolado de donde le gritan “Cerdo!”. Y está bajando la ventanilla para contestar el insulto, cuando atropella al marrano que le trataban de anunciar.
Nuestros filtros mentales definen no solo lo que vemos y oímos sino lo que creemos. La esquizofrenia o locura es el pensamiento desconectado de la realidad. Pero tiene que estar muy avanzada para que la diagnostiquen y traten. Hay muchas variantes menores, que pululan silvestres. Asombra la capacidad para expresar un pensamiento y salir a hacer exactamente lo contrario. La incoherencia entre lo que se piensa y cómo se actúa, no parece producir, en muchos, incomodidad alguna.
Un grandilocuente discurso de paz seguido de la convocatoria a la guerra civil en las ciudades, para defender el atropello al orden constitucional con la destrucción y quema de las ciudades, bautizada por decreto como calentamiento de los ánimos y desbordamiento de los ímpetus.
Se exalta la importancia de la presencia del Estado en todo el territorio, mientras se lanzan directivas que bloquean la capacidad de las fuerzas armadas facilitando el accionar de grupos criminales, quienes duplican el número de municipios controlados sembrando el terror con extorsiones, secuestros y masacres.
Se expone la satisfacción con cifras, mientras la suma de los indicadores de venta de casas, exportaciones, comercio y crecimiento económico pasaron de un incremento del +121% en el gobierno de Duque, a un deterioro del -103%.
El presupuesto aumenta el gasto en burocracia mientras se toman medidas para reducir grandes fuentes de ingresos del Estado.
Se escandalizan porque lo llaman loco. Pero la incoherencia y desconexión de la realidad se parecen mucho a la locura.
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viernes, 20 de septiembre de 2024
Protestas Angelicales
En la larga historia de Colombia, la promoción de la violencia ha contado con múltiples actores agazapados. La hipótesis central es que la inequidad económica conduce necesariamente a la violencia, y que mientras no se logre el nirvana de la igualdad social, estamos condenados a matarnos los unos a los otros.
El armamentario que sustenta esta doctrina consta de un vocabulario que se disemina con mucha habilidad y que la sociedad repite sin mucha elaboración. Todos los incautos han adoptado términos como “estallido social”, “actores en conflicto”,”cese bilateral de fuego”, “guerra civil”, “razones humanitarias”, “terrorismo de estado” y muchas otras que he ido compilando en el Diccionario de Barbarismos. Se ha logrado implantar una “cultura” que puede considerarse única de la Colombianidad que explica cómo un país diverso, rico en recursos, con gente educada, capaz y trabajadora, logre la paradoja de ser uno de los más violentos del mundo. Son tantas sus cualidades y tan inmenso su potencial que a pesar del enorme lastre que significa la violencia, ha logrado sobreaguar y de hecho navegar lentamente hacia la prosperidad.
Hasta ahora, y con excepción de las épocas de Samper, la deformación cultural había sido sutil y discreta. Se ha logrado que todos comiencen a usar el mismo lenguaje por osmosis. Así como se acabaron los adjetivos porque todo es “complicado”, se implantan palabras por moda y pocos meditan sobre las implicaciones de lo que están diciendo.
Pero ahora se han destapado las cartas con la pieza maestra concebida por la fiscal Camargo en su directiva. Las “situaciones caóticas en las que se comenten delitos..se deben a emociones intensas” y no se pueden considerar criminales. Las “alteraciones del orden público” y los insultos y agresiones verbales a las autoridades son “metáforas”. Cuando se cometen “hurtos o agresiones sexuales” en medio de una protesta, no se pueden considerar relacionadas. Los ataques y agresiones a la policía son “legítima defensa”.
En la legislación de la mayoría de los países el lenguaje que promueve la violencia es ilegal. Y aquí, nadie menos que la fiscal, produce un pasquín que invita a la destrucción, al hurto, a la agresión, prohibiendole a la policía actuar. Así, con eufemismos bárbaros, seguiremos diseminando violencia.
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El armamentario que sustenta esta doctrina consta de un vocabulario que se disemina con mucha habilidad y que la sociedad repite sin mucha elaboración. Todos los incautos han adoptado términos como “estallido social”, “actores en conflicto”,”cese bilateral de fuego”, “guerra civil”, “razones humanitarias”, “terrorismo de estado” y muchas otras que he ido compilando en el Diccionario de Barbarismos. Se ha logrado implantar una “cultura” que puede considerarse única de la Colombianidad que explica cómo un país diverso, rico en recursos, con gente educada, capaz y trabajadora, logre la paradoja de ser uno de los más violentos del mundo. Son tantas sus cualidades y tan inmenso su potencial que a pesar del enorme lastre que significa la violencia, ha logrado sobreaguar y de hecho navegar lentamente hacia la prosperidad.
Hasta ahora, y con excepción de las épocas de Samper, la deformación cultural había sido sutil y discreta. Se ha logrado que todos comiencen a usar el mismo lenguaje por osmosis. Así como se acabaron los adjetivos porque todo es “complicado”, se implantan palabras por moda y pocos meditan sobre las implicaciones de lo que están diciendo.
Pero ahora se han destapado las cartas con la pieza maestra concebida por la fiscal Camargo en su directiva. Las “situaciones caóticas en las que se comenten delitos..se deben a emociones intensas” y no se pueden considerar criminales. Las “alteraciones del orden público” y los insultos y agresiones verbales a las autoridades son “metáforas”. Cuando se cometen “hurtos o agresiones sexuales” en medio de una protesta, no se pueden considerar relacionadas. Los ataques y agresiones a la policía son “legítima defensa”.
En la legislación de la mayoría de los países el lenguaje que promueve la violencia es ilegal. Y aquí, nadie menos que la fiscal, produce un pasquín que invita a la destrucción, al hurto, a la agresión, prohibiendole a la policía actuar. Así, con eufemismos bárbaros, seguiremos diseminando violencia.
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viernes, 21 de junio de 2024
Riqueza va, pobreza viene
Toda reunión en la que se hable de la situación del país comienza exponiendo lo mal que estamos en el ranking de inequidad. Los asistentes se escurren en sus asientos, asumiendo su pecado, por el hecho de estar vestidos y disfrutando de 3 comidas al día. La culpa de la tragedia se distribuye entre los “ricos” quienes se empeñan en no repartir sus escasos o abundantes bienes. La excepción son los vociferantes amigos del comunismo quienes suelen poseer mucho más que la mayoría de “su pueblo”, pero lo de ellos no cuenta porque rico es solo quien tiene más que ellos y la equidad aplica es para todos los demás.
Una pandemia latinoamericana ha logrado infectar muchas mentes con el virus socialista enredador de neuronas que lleva a creer que el problema es distribuir la riqueza y no generarla. Nubla la visión impidiendo ver que también llevamos décadas clasificando como uno de los países más violentos con presencia de anacrónicas guerrillas, que existen porque las han justificado y se han tolerado todas sus acciones destructoras pintandolas de políticas.
No es difícil sumar las pérdidas y daños de 50 años de bombas, oleoductos rotos, comercios quemados, recursos malgastados en armas, minas, helicópteros caídos y las centenas de miles de jóvenes sacrificados. Ese es el costo directo porque el indirecto es mucho peor. Cinturones de miseria requiriendo subsidios, por los millones de desplazados de sus tierras donde podían llevar una vida digna. Para rematar, quienes logran un nivel educativo huyen de la “potencia de la vida” para lograr sobrevivir en el mundo civilizado. Poco se habla del sacrificio que significa separarse de sus familias y la dura vida que llevan. Sacamos pecho con esos seres que sostienen medio país con sus remesas y constituyen un importante “producto de exportación”.
La inequidad no es culpa de los que han logrado salir del pantano con honestidad y resulta absurdo perseguirlos y decomisar sus ahorros como lo hace la inviable reforma pensional. El camino a la prosperidad con equidad se construye desarmando un discurso que se quiere imponer con bombas. La violencia no es la consecuencia de la inequidad. Es su más importante causa. Seguirla justificando llevará a infinitas negociaciones con interminables cadenas de disidencias, y a enseñar cada vez mejor, la peor lección: el crimen sí paga.
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Una pandemia latinoamericana ha logrado infectar muchas mentes con el virus socialista enredador de neuronas que lleva a creer que el problema es distribuir la riqueza y no generarla. Nubla la visión impidiendo ver que también llevamos décadas clasificando como uno de los países más violentos con presencia de anacrónicas guerrillas, que existen porque las han justificado y se han tolerado todas sus acciones destructoras pintandolas de políticas.
No es difícil sumar las pérdidas y daños de 50 años de bombas, oleoductos rotos, comercios quemados, recursos malgastados en armas, minas, helicópteros caídos y las centenas de miles de jóvenes sacrificados. Ese es el costo directo porque el indirecto es mucho peor. Cinturones de miseria requiriendo subsidios, por los millones de desplazados de sus tierras donde podían llevar una vida digna. Para rematar, quienes logran un nivel educativo huyen de la “potencia de la vida” para lograr sobrevivir en el mundo civilizado. Poco se habla del sacrificio que significa separarse de sus familias y la dura vida que llevan. Sacamos pecho con esos seres que sostienen medio país con sus remesas y constituyen un importante “producto de exportación”.
La inequidad no es culpa de los que han logrado salir del pantano con honestidad y resulta absurdo perseguirlos y decomisar sus ahorros como lo hace la inviable reforma pensional. El camino a la prosperidad con equidad se construye desarmando un discurso que se quiere imponer con bombas. La violencia no es la consecuencia de la inequidad. Es su más importante causa. Seguirla justificando llevará a infinitas negociaciones con interminables cadenas de disidencias, y a enseñar cada vez mejor, la peor lección: el crimen sí paga.
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viernes, 7 de junio de 2024
El enredo fundamental
No para la imaginación de los soñadores proponiendo que nos pongamos de acuerdo en las metas: acabar con la pobreza, con la violencia , con la injusticia e instaurar un paraíso de felicidad. Desde luego que eso es lo que quisiéramos y si nos infecta el virus del pendejismo simplista, terminamos todos bailando el mismo jarabe.
El dilema está en el método. Definir cuál es el camino que debemos recorrer para acercarnos a las ansiadas metas. Por un lado está el socialismo y la progresiva estatización sustentado con la fe en una teoría, en contra de la evidencia de una realidad empobrecedora, comprobada en todas las latitudes, todas las culturas y en todos los modelos.
Por el otro está la evidencia que demuestra cuáles son los pilares del bienestar de los 30 países más ricos que sí han logrado niveles de prosperidad uniformes y la erradicación de la miseria.
-La economía de libre mercado con respeto de la propiedad privada y reducción de la interferencia del estado y sus excesivas regulaciones.
-La democracia y su separación de poderes. Si, hay que defender el congreso con todo y sus cuestionados políticos impulsando la capacidad de discernimiento para ser capaces de elegir los más honestos y dedicados, y al lento poder judicial apoyando los magistrados y jueces más eficientes y más comprometidos con la defensa de la constitución.
-La prensa libre aceptando que a pesar de distorsiones y ligerezas es muy superior a la mordaza oficial disfrazada de verdad.
-Un sistema electoral independiente y limpio que no se invalida por la ocasional y esporádica trampa de unos pocos.
-Unas fuerzas armadas profesionales, no politizadas, educadas y bien dotadas que no se estigmatizan por esporádicos abusos, capaces de combatir el crimen y la violencia, en todas sus creativas variantes,
Estas cinco columnas se están resquebrajando en el actual régimen. Protegerlas debe ser el eje para lograr la unión que logre borrar de una vez por todas el adefesio ideológico que conduce a la ruina. Ese es el acuerdo fundamental que debe recibir el apoyo de todas las corrientes. El modelo de salud, pensión, educación, energético y todo lo demás, se resuelven con el diálogo civilizado que solo es posible si está sustentado en las cinco columnas.
Es elemental, pero sin libertad y orden no avanza la añorada prosperidad para todos.
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El dilema está en el método. Definir cuál es el camino que debemos recorrer para acercarnos a las ansiadas metas. Por un lado está el socialismo y la progresiva estatización sustentado con la fe en una teoría, en contra de la evidencia de una realidad empobrecedora, comprobada en todas las latitudes, todas las culturas y en todos los modelos.
Por el otro está la evidencia que demuestra cuáles son los pilares del bienestar de los 30 países más ricos que sí han logrado niveles de prosperidad uniformes y la erradicación de la miseria.
-La economía de libre mercado con respeto de la propiedad privada y reducción de la interferencia del estado y sus excesivas regulaciones.
-La democracia y su separación de poderes. Si, hay que defender el congreso con todo y sus cuestionados políticos impulsando la capacidad de discernimiento para ser capaces de elegir los más honestos y dedicados, y al lento poder judicial apoyando los magistrados y jueces más eficientes y más comprometidos con la defensa de la constitución.
-La prensa libre aceptando que a pesar de distorsiones y ligerezas es muy superior a la mordaza oficial disfrazada de verdad.
-Un sistema electoral independiente y limpio que no se invalida por la ocasional y esporádica trampa de unos pocos.
-Unas fuerzas armadas profesionales, no politizadas, educadas y bien dotadas que no se estigmatizan por esporádicos abusos, capaces de combatir el crimen y la violencia, en todas sus creativas variantes,
Estas cinco columnas se están resquebrajando en el actual régimen. Protegerlas debe ser el eje para lograr la unión que logre borrar de una vez por todas el adefesio ideológico que conduce a la ruina. Ese es el acuerdo fundamental que debe recibir el apoyo de todas las corrientes. El modelo de salud, pensión, educación, energético y todo lo demás, se resuelven con el diálogo civilizado que solo es posible si está sustentado en las cinco columnas.
Es elemental, pero sin libertad y orden no avanza la añorada prosperidad para todos.
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viernes, 26 de abril de 2024
Tres mentiras y un truco
Era previsible que el ensimismado líder climático no captase el mensaje.
Con la estrategia propia del facho, se rodea de un séquito zalamero que incluye periodistas, para aislarse de la realidad. Así convirtieron en 180.000, el número de participantes en las marchas de todo el país, cuando los recuentos serios, incluyendo los que cualquier escéptico puede hacer calculando densidad y extensión en fotos, dieron 2.5 millones.
Una rebajita del 93%, con la que acomoda la segunda mentira. Salió la “clase dominante”. No podría su Marxista cerebrito verlo de otra forma. Aquí no hay posibilidad de acuerdos, ni de gobierno para todos. Aquí lo que hay es un iluminado apretando a unos pocos opresores que se molestan porque ya no pueden seguir pisando a los oprimidos.
La enojosa contradicción resulta cuando se hacen las cuentas bien y se revisa la variadisima participación. Las monjitas y ancianos en silla de ruedas con oxígeno pertenecen a la clase dominante! Sin duda, una de las más numerosas del mundo.
La tercera, la más descarada y cínica y la más repetida por su rebaño es que lo masivo de la marcha prueba que estamos ante un gobernante tolerante y pacífico. “Nunca antes habían podido los Colombianos protestar en paz” , balan, sin el menor asomo de sonrojo. Las marchas blancas han sido pacíficas por decisión de quienes protestan. Desde las masivas, de rechazo a las FARC, hasta las más recientes. Todas las demás, especialmente las promovidas por Petro y sus secuaces han terminado en ataques a policías, quemas y destrucción. Siempre han sido los manifestantes los responsables de la violencia que la policía ha tratado de contener.
Las mentiras son tan descaradas que hasta sus partidarios se alarman.
Por eso saca de su sombrero de ilusiones el truco de la victimización, usado por todos los que, estando en el poder, se niegan a asumir su responsabilidad. Que todos son asesinos. (si, incluyendo las ancianas y los niños). Que lo quieren matar. Que la protesta es parte de un golpe. Que no lo dejan arrasar este sistema miserable para reemplazarlo por el paraíso que describe con primor la declamación viral de un niño petrista. Mostrará que la pelea es con sindicatos pagados, hampones negociados, e indígenas comprados, quienes respaldarán su fallida gestión y demostrarán con la agresión, cómo pretenden imponerse.
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Con la estrategia propia del facho, se rodea de un séquito zalamero que incluye periodistas, para aislarse de la realidad. Así convirtieron en 180.000, el número de participantes en las marchas de todo el país, cuando los recuentos serios, incluyendo los que cualquier escéptico puede hacer calculando densidad y extensión en fotos, dieron 2.5 millones.
Una rebajita del 93%, con la que acomoda la segunda mentira. Salió la “clase dominante”. No podría su Marxista cerebrito verlo de otra forma. Aquí no hay posibilidad de acuerdos, ni de gobierno para todos. Aquí lo que hay es un iluminado apretando a unos pocos opresores que se molestan porque ya no pueden seguir pisando a los oprimidos.
La enojosa contradicción resulta cuando se hacen las cuentas bien y se revisa la variadisima participación. Las monjitas y ancianos en silla de ruedas con oxígeno pertenecen a la clase dominante! Sin duda, una de las más numerosas del mundo.
La tercera, la más descarada y cínica y la más repetida por su rebaño es que lo masivo de la marcha prueba que estamos ante un gobernante tolerante y pacífico. “Nunca antes habían podido los Colombianos protestar en paz” , balan, sin el menor asomo de sonrojo. Las marchas blancas han sido pacíficas por decisión de quienes protestan. Desde las masivas, de rechazo a las FARC, hasta las más recientes. Todas las demás, especialmente las promovidas por Petro y sus secuaces han terminado en ataques a policías, quemas y destrucción. Siempre han sido los manifestantes los responsables de la violencia que la policía ha tratado de contener.
Las mentiras son tan descaradas que hasta sus partidarios se alarman.
Por eso saca de su sombrero de ilusiones el truco de la victimización, usado por todos los que, estando en el poder, se niegan a asumir su responsabilidad. Que todos son asesinos. (si, incluyendo las ancianas y los niños). Que lo quieren matar. Que la protesta es parte de un golpe. Que no lo dejan arrasar este sistema miserable para reemplazarlo por el paraíso que describe con primor la declamación viral de un niño petrista. Mostrará que la pelea es con sindicatos pagados, hampones negociados, e indígenas comprados, quienes respaldarán su fallida gestión y demostrarán con la agresión, cómo pretenden imponerse.
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viernes, 5 de abril de 2024
Confusionismo
Aunque pueda parecer simplista, el panorama político de los dos últimos siglos se ha visto moldeado por tres corrientes, cada una con sus variantes.
Está el Fascismo. Arraigado en un cuento de superioridad nacional o racial, abraza la confrontación violenta como su modus operandi. Su objetivo es imponerse sobre aquellos que considera inferiores, sea por sometimiento o aniquilación. Cuando no se ve posible, crean muros y barreras para poder vivir los privilegios de la superioridad en aislamiento.Los modernos fascistas adoptan disfraces democráticos, pero su esencia sigue siendo la sumisión ciega al gran líder. Los “otros” son todos de extrema izquierda.
Está el Marxismo que plantea una lucha perpetua entre clases, con los oprimidos destinados a dominar a los opresores mediante la violencia. Aunque su mantra es la equidad, sus resultados suelen consolidar élites poderosas y privilegiadas, rodeadas de una masa empobrecida. Son expertos en camuflarse bajo la apariencia de demócratas pacíficos, hasta que toman el poder y adoptan su verdadera faz. Por fuera de ellos, todo es extrema derecha.
Está el Liberalismo: abraza una visión optimista de la humanidad, creyendo en la cooperación sobre el conflicto. Reconoce valores e intereses compartidos entre las personas, abogando por el diálogo como herramienta para resolver injusticias. A diferencia de las doctrinas anteriores, el Liberalismo no se aferra a dogmas ni cultos mesiánicos, ajusta estrategias y cambia líderes. No disemina historias imaginarias que lleven a generar odio hacia los semejantes. Su búsqueda de la libertad, acepta críticas y cambios pacíficos, premiando la iniciativa individual y el aporte a la sociedad como generadores de bienestar. Invariablemente ha resultado en expansion de la democracia, de los derechos individuales y en bienestar creciente para las comunidades que lo saben entender y aplicar.
Sin embargo, entre estas corrientes también se encuentra el Confusionismo, que, lejos de las enseñanzas de Confucio, nubla el pensamiento racional con retórica vacía, dificultando la comprensión de la realidad y la toma de decisiones positivas a largo plazo para la comunidad. Es en buena parte el responsable de los triunfos electorales que se transforman gradual o rapidamente en autocracias. Heil Petro y su capacidad destructora de instituciones.
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Está el Fascismo. Arraigado en un cuento de superioridad nacional o racial, abraza la confrontación violenta como su modus operandi. Su objetivo es imponerse sobre aquellos que considera inferiores, sea por sometimiento o aniquilación. Cuando no se ve posible, crean muros y barreras para poder vivir los privilegios de la superioridad en aislamiento.Los modernos fascistas adoptan disfraces democráticos, pero su esencia sigue siendo la sumisión ciega al gran líder. Los “otros” son todos de extrema izquierda.
Está el Marxismo que plantea una lucha perpetua entre clases, con los oprimidos destinados a dominar a los opresores mediante la violencia. Aunque su mantra es la equidad, sus resultados suelen consolidar élites poderosas y privilegiadas, rodeadas de una masa empobrecida. Son expertos en camuflarse bajo la apariencia de demócratas pacíficos, hasta que toman el poder y adoptan su verdadera faz. Por fuera de ellos, todo es extrema derecha.
Está el Liberalismo: abraza una visión optimista de la humanidad, creyendo en la cooperación sobre el conflicto. Reconoce valores e intereses compartidos entre las personas, abogando por el diálogo como herramienta para resolver injusticias. A diferencia de las doctrinas anteriores, el Liberalismo no se aferra a dogmas ni cultos mesiánicos, ajusta estrategias y cambia líderes. No disemina historias imaginarias que lleven a generar odio hacia los semejantes. Su búsqueda de la libertad, acepta críticas y cambios pacíficos, premiando la iniciativa individual y el aporte a la sociedad como generadores de bienestar. Invariablemente ha resultado en expansion de la democracia, de los derechos individuales y en bienestar creciente para las comunidades que lo saben entender y aplicar.
Sin embargo, entre estas corrientes también se encuentra el Confusionismo, que, lejos de las enseñanzas de Confucio, nubla el pensamiento racional con retórica vacía, dificultando la comprensión de la realidad y la toma de decisiones positivas a largo plazo para la comunidad. Es en buena parte el responsable de los triunfos electorales que se transforman gradual o rapidamente en autocracias. Heil Petro y su capacidad destructora de instituciones.
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miércoles, 6 de marzo de 2024
La Moral revelada
Los fundamentalistas religiosos se creen poseedores de la verdad e imbuidos de la única moral aceptable. Citan pasajes bíblicos, coránicos, o de cualquier otro libro que consideren sagrado como inspiración para su comportamiento. Invocando siempre la paz, la justicia y la bondad han sido capaces de involucrarse en toda clase de atrocidades: sacrificios humanos para aplacar Dioses, bombas o actos suicidas que generan destrucción y muerte, explotación, tortura de mujeres y esclavitud descarada o encubierta, asesinatos selectivos y crueles de quienes se atreven a criticar o caricaturizar a sus profetas, para mencionar solo algunos de los más conocidos.
Por suerte en occidente, con excepción de USA, quedan pocos, pero se dan silvestres en otros lares y generan indescriptible sufrimiento a sus semejantes que con frecuencia son connacionales o inclusive correligionarios.
Lo que si padecemos es la diseminación viral del fundamentalismo ideológico. Al igual que sus pares en la religión, fueron educados con unos pocos textos que repiten distintas versiones de lo mismo y se les enseñó que era la fe en esas creencias lo que valía. Se llegó a la osadía de calificar esa visión como científica lo que la volvió indiscutible. Se les prohibió la lectura de “basura” y el intercambio de ideas por fuera del culto. Se les enseñó que si había contradicción entre la realidad y el ideario, había que interpretarla y torcerla hasta adaptarla a su verdad. Se los convenció que solo su moral era humanista, que solo ellos se ocupaban del prójimo y la naturaleza en forma adecuada y que su sistema social era tan puro que muchos, ni siquiera los beneficiados, lo iban a entender. Por eso había que imponerlo con violencia. Los no creyentes son nazis o fachos y si no se tiene el poder, es legítimo matarlos, secuestrarlos, amedrentarlos y despojarlos. Si se tiene el poder, hay que encarcelarlos, exiliarlos o desaparecerlos con el amplio menú de opciones que ha sabido desarrollar la perfidia humana.
En nombre de un bien superior común, encuentran validación moral para destruir, asaltar, quemar o matar uniformados o cualquiera que se les oponga, invirtiendo los valores sociales, premiando, nombrando y promoviendo criminales mientras se persigue con toda clase de restricciones y regulaciones a los que están tratando de producir.
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Por suerte en occidente, con excepción de USA, quedan pocos, pero se dan silvestres en otros lares y generan indescriptible sufrimiento a sus semejantes que con frecuencia son connacionales o inclusive correligionarios.
Lo que si padecemos es la diseminación viral del fundamentalismo ideológico. Al igual que sus pares en la religión, fueron educados con unos pocos textos que repiten distintas versiones de lo mismo y se les enseñó que era la fe en esas creencias lo que valía. Se llegó a la osadía de calificar esa visión como científica lo que la volvió indiscutible. Se les prohibió la lectura de “basura” y el intercambio de ideas por fuera del culto. Se les enseñó que si había contradicción entre la realidad y el ideario, había que interpretarla y torcerla hasta adaptarla a su verdad. Se los convenció que solo su moral era humanista, que solo ellos se ocupaban del prójimo y la naturaleza en forma adecuada y que su sistema social era tan puro que muchos, ni siquiera los beneficiados, lo iban a entender. Por eso había que imponerlo con violencia. Los no creyentes son nazis o fachos y si no se tiene el poder, es legítimo matarlos, secuestrarlos, amedrentarlos y despojarlos. Si se tiene el poder, hay que encarcelarlos, exiliarlos o desaparecerlos con el amplio menú de opciones que ha sabido desarrollar la perfidia humana.
En nombre de un bien superior común, encuentran validación moral para destruir, asaltar, quemar o matar uniformados o cualquiera que se les oponga, invirtiendo los valores sociales, premiando, nombrando y promoviendo criminales mientras se persigue con toda clase de restricciones y regulaciones a los que están tratando de producir.
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Location:
Cali, Valle del Cauca, Colombia
lunes, 10 de julio de 2023
Delito politico
No son muchas las culturas que han logrado el nivel de sofisticación del lenguaje de Colombia, para justificar la violencia.
Si una persona toma un arma y agrede a otro, causando heridas o la muerte, eso suele llamarse delito y es castigado por las leyes en todas las sociedades. Si lo que motivó al agresor fue satisfacer una necesidad, sigue siendo delito, no importa si era para llevar comida a sus hijos o para lucir un reloj costoso. Entra en la categoría del simple, pobre o ignorante delincuente.
Ahora, si el agresor es educado y logra armar un discurso con visos intelectuales y llama a su motivación “política”, entonces no solo lo tenemos que entender, sino justificar y aplaudir.
Una buena parte de la sociedad vive fascinada con el mito de los “freedom fighters” o luchadores de la libertad, que tanta inspiración le proporciona a cierta intelectualidad europea mientras toman vinos elegantes, y a una que otra adolescente danesa despistada.
El horror de las torturas a secuestrados, los despedazados por bombas y minas, los quemados y desfigurados por molotov y otros artefactos caseros, se encubre con la diseminación de un neolenguaje que toda la sociedad comienza a repetir con obediencia de monja devota.
“El secuestro es político” sentencian con propiedad, como si eso aliviara en algo el sufrimiento de la víctima y su familia. “Fue un delito político” dictaminan, borrando la carne quemada, los huesos destrozados, y las lágrimas de los padres de unos inocentes y desarmados muchachos que disfrazaron con camuflado para convertirlos en “objetivo militar”. La letra la lanzan los mismos criminales y asesinos y luego todos cantan al unísono.
La justificación política para agredir o matar debería ser un agravante, no un atenuante, y endurecer el juicio y el rechazo social. Precisamente por ser personas educadas, informadas de lo que ha sido la desgracia de la violencia a través de la historia. Y porque, debido a su capacidad intelectual, están en posición de defender sus ideas sin necesidad de recurrir a la violencia. Pretender imponer la violencia a bala y con crueldad no solo es cobarde sino que representa una de las más burdas expresiones de la estupidez humana
Pero en nuestra desquiciada cultura, hemos resuelto que la palabra “político” es el más válido de los atenuantes y somos, por mucho, los más eficaces del mundo en aplicarlo, con lo que hemos merecido por muchos años el poco deseable título de ser el país más violento del mundo.
En la trampa cultural caen muchos, inclusive los más pacíficos y con las mejores intenciones. No se dan cuenta que al incorporar el léxico justificatorio de atropellos y abusos, están contribuyendo a su diseminación. El lenguaje es nuestra forma de interpretar el mundo y la banalidad para usarlo, conduce a empeorar el horror. Se debe ser claro. Las diferencias sociales no son “formas de violencia”. Quien quiera contribuir a un país civilizado que se acerque en algo a la paz y prosperidad, tiene que ser consciente de sus palabras. Un sumario de las barbaridades más frecuentemente usadas, generadoras de confusión y que contribuyen a perpetuar la violencia, pueden consultarse en https://bit.ly/diccionariodebarbarismos.
Si una persona toma un arma y agrede a otro, causando heridas o la muerte, eso suele llamarse delito y es castigado por las leyes en todas las sociedades. Si lo que motivó al agresor fue satisfacer una necesidad, sigue siendo delito, no importa si era para llevar comida a sus hijos o para lucir un reloj costoso. Entra en la categoría del simple, pobre o ignorante delincuente.
Ahora, si el agresor es educado y logra armar un discurso con visos intelectuales y llama a su motivación “política”, entonces no solo lo tenemos que entender, sino justificar y aplaudir.
Una buena parte de la sociedad vive fascinada con el mito de los “freedom fighters” o luchadores de la libertad, que tanta inspiración le proporciona a cierta intelectualidad europea mientras toman vinos elegantes, y a una que otra adolescente danesa despistada.
El horror de las torturas a secuestrados, los despedazados por bombas y minas, los quemados y desfigurados por molotov y otros artefactos caseros, se encubre con la diseminación de un neolenguaje que toda la sociedad comienza a repetir con obediencia de monja devota.
“El secuestro es político” sentencian con propiedad, como si eso aliviara en algo el sufrimiento de la víctima y su familia. “Fue un delito político” dictaminan, borrando la carne quemada, los huesos destrozados, y las lágrimas de los padres de unos inocentes y desarmados muchachos que disfrazaron con camuflado para convertirlos en “objetivo militar”. La letra la lanzan los mismos criminales y asesinos y luego todos cantan al unísono.
La justificación política para agredir o matar debería ser un agravante, no un atenuante, y endurecer el juicio y el rechazo social. Precisamente por ser personas educadas, informadas de lo que ha sido la desgracia de la violencia a través de la historia. Y porque, debido a su capacidad intelectual, están en posición de defender sus ideas sin necesidad de recurrir a la violencia. Pretender imponer la violencia a bala y con crueldad no solo es cobarde sino que representa una de las más burdas expresiones de la estupidez humana
Pero en nuestra desquiciada cultura, hemos resuelto que la palabra “político” es el más válido de los atenuantes y somos, por mucho, los más eficaces del mundo en aplicarlo, con lo que hemos merecido por muchos años el poco deseable título de ser el país más violento del mundo.
En la trampa cultural caen muchos, inclusive los más pacíficos y con las mejores intenciones. No se dan cuenta que al incorporar el léxico justificatorio de atropellos y abusos, están contribuyendo a su diseminación. El lenguaje es nuestra forma de interpretar el mundo y la banalidad para usarlo, conduce a empeorar el horror. Se debe ser claro. Las diferencias sociales no son “formas de violencia”. Quien quiera contribuir a un país civilizado que se acerque en algo a la paz y prosperidad, tiene que ser consciente de sus palabras. Un sumario de las barbaridades más frecuentemente usadas, generadoras de confusión y que contribuyen a perpetuar la violencia, pueden consultarse en https://bit.ly/diccionariodebarbarismos.
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viernes, 23 de junio de 2023
Delito Politico
No son muchas las culturas que han logrado el nivel de sofisticación del lenguaje de Colombia, para justificar la violencia.
Si una persona toma un arma y agrede a otro , causando heridas o la muerte, eso suele llamarse delito y es castigado por las leyes en todas las sociedades. Si lo que motivó al agresor fue satisfacer una necesidad, sigue siendo delito, no importa si era para llevar comida a sus hijos o para lucir un reloj costoso. Entra en la categoría del simple, pobre o ignorante delincuente.
Ahora, si el agresor es educado y logra armar un discurso con visos intelectuales y llama a su motivación “política”, entonces no solo lo tenemos que entender, sino justificar y aplaudir.
Una buena parte de la sociedad vive fascinada con el mito de los “freedom fighters”luchadores de la libertad, que tanta inspiración le proporciona a cierta intelectualidad europea mientras toman vino cómodamente, y a una que otra adolescente danesa despistada.
El horror de las torturas a secuestrados, los despedazados por bombas y minas, los quemados y desfigurados por molotov y otros artefactos caseros, se encubre con la diseminación de un neolenguaje que toda la sociedad comienza a repetir con obediencia de monja devota.
“El secuestro es político” sentencian con propiedad, como si eso aliviara en algo el sufrimiento de la víctima y su familia. “Fue un delito político” borrando la carne quemada y los huesos destrozados, y lágrimas de los padres de unos inocentes y desarmados muchachos que vistieron de verde para asustar a nadie. El dictum lo lanzan los mismos criminales y asesinos y luego la sociedad entera repite con obediencia de borrego amaestrado.
La justificación política para agredir o matar debería ser un agravante, y endurecer el juicio y el rechazo social. Precisamente por ser personas educadas, informadas de lo que ha sido la desgracia de la violencia a través de la historia. Y porque, debido a su capacidad intelectual, están en posición de defender sus ideas sin necesidad de recurrir a la violencia. Pretender imponer la violencia a bala y con crueldad no solo es cobarde sino que representa una de las más burdas expresiones de la estupidez humana
Pero en nuestra particular cultura, hemos resuelto que es el más efectivo de los atenuantes y somos, de lejos los más eficaces del mundo en aplicarlo, lo que nos dio por muchos años el poco deseable título de ser el país más violento del mundo.
En la trampa cultural caen muchos, inclusive los más pacíficos y con las mejores intenciones. No se dan cuenta que al incorporar el léxico justificatorio de atropellos y abusos, están contribuyendo a su diseminación. El lenguaje es nuestra forma de interpretar el mundo y la banalidad para usarlo, conduce a empeorar el horror. Se debe ser claro. Las diferencias sociales no son “formas de violencia”. Quien quiera contribuir a un país civilizado que se acerque un poco a la paz, tiene que ser consciente de sus palabras. Puede consultarse una breve lista en https://bit.ly/diccionariodebarbarismos.
Si una persona toma un arma y agrede a otro , causando heridas o la muerte, eso suele llamarse delito y es castigado por las leyes en todas las sociedades. Si lo que motivó al agresor fue satisfacer una necesidad, sigue siendo delito, no importa si era para llevar comida a sus hijos o para lucir un reloj costoso. Entra en la categoría del simple, pobre o ignorante delincuente.
Ahora, si el agresor es educado y logra armar un discurso con visos intelectuales y llama a su motivación “política”, entonces no solo lo tenemos que entender, sino justificar y aplaudir.
Una buena parte de la sociedad vive fascinada con el mito de los “freedom fighters”luchadores de la libertad, que tanta inspiración le proporciona a cierta intelectualidad europea mientras toman vino cómodamente, y a una que otra adolescente danesa despistada.
El horror de las torturas a secuestrados, los despedazados por bombas y minas, los quemados y desfigurados por molotov y otros artefactos caseros, se encubre con la diseminación de un neolenguaje que toda la sociedad comienza a repetir con obediencia de monja devota.
“El secuestro es político” sentencian con propiedad, como si eso aliviara en algo el sufrimiento de la víctima y su familia. “Fue un delito político” borrando la carne quemada y los huesos destrozados, y lágrimas de los padres de unos inocentes y desarmados muchachos que vistieron de verde para asustar a nadie. El dictum lo lanzan los mismos criminales y asesinos y luego la sociedad entera repite con obediencia de borrego amaestrado.
La justificación política para agredir o matar debería ser un agravante, y endurecer el juicio y el rechazo social. Precisamente por ser personas educadas, informadas de lo que ha sido la desgracia de la violencia a través de la historia. Y porque, debido a su capacidad intelectual, están en posición de defender sus ideas sin necesidad de recurrir a la violencia. Pretender imponer la violencia a bala y con crueldad no solo es cobarde sino que representa una de las más burdas expresiones de la estupidez humana
Pero en nuestra particular cultura, hemos resuelto que es el más efectivo de los atenuantes y somos, de lejos los más eficaces del mundo en aplicarlo, lo que nos dio por muchos años el poco deseable título de ser el país más violento del mundo.
En la trampa cultural caen muchos, inclusive los más pacíficos y con las mejores intenciones. No se dan cuenta que al incorporar el léxico justificatorio de atropellos y abusos, están contribuyendo a su diseminación. El lenguaje es nuestra forma de interpretar el mundo y la banalidad para usarlo, conduce a empeorar el horror. Se debe ser claro. Las diferencias sociales no son “formas de violencia”. Quien quiera contribuir a un país civilizado que se acerque un poco a la paz, tiene que ser consciente de sus palabras. Puede consultarse una breve lista en https://bit.ly/diccionariodebarbarismos.
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viernes, 16 de junio de 2023
Lucha de clases
Todo un capítulo, esencial en la ideología Marxista es la lucha de clases. Una elaboración que aun en el siglo 19 fue equivocada, se sigue reciclando para interpretar la sociedad encajonando la realidad en unos preceptos falsos. Una falacia repetida incansablemente por décadas y grabada en la mente de los creyentes como dogma. ¿Está realmente conformada la sociedad por clases inamovibles? Y si fuese así, el destino es que estén en lucha violenta permanente hasta que una clase aniquile a la otra? Es indiscutible que toda sociedad, incluyendo las que han logrado estadíos avanzados de comunismo, tienen su población distribuida en un amplio espectro de ingresos económicos, privilegios y nivel cultural, que difícilmente constituyen “clases”. Se pueden dar grados de educación y cultura muy variables en todos los segmentos. Millonarios ignorantes e incultos rodeados de brillos con una vida amargada y campesinos pobres y sabios con una existencia sobria y equilibrada. La movilidad ocurre en todos los sentidos. Desde el pobre, visionario, trabajador, disciplinado y recursivo que se sube en pocos años a la cima económica hasta el super rico vago y botaratas que acaba con una fortuna y termina en la calle. Y una enorme “clase” media en constante mutación, que difícilmente se puede encasillar.
Esa visión de opresores y oprimidos es esencial para justificar las medidas autoritarias que van configurando gradualmente la dictadura del proletariado. Los autodenominados intelectuales no son capaces de entender la sociedad como una compleja red de capacidades e intereses que pueden interactuar en paz, respetando un marco legal, por lo que terminan con el simplismo de dos facciones incompatibles, en guerra permanente. Sencillo y fácil de vender. Obviamente no hay espacio para el diálogo y la cooperación porque lo que prima es el odio a “los otros”. Las mentes no infectadas por tan dañina falacia, viven la vida real y perciben una sociedad muy distinta en la que, a pesar de las muchas diferencias, se forjan relaciones de ayuda y cooperación mutua con fuertes lazos de amistad y solidaridad.
Hay quienes sostienen que mencionar el peligro totalitario no tiene sentido en este país tan estructurado y para nada aplica al gobierno del cambio que solo nos quiere llevar hacia una socialdemocracia moderna.
Los deseos no les permiten leer los afiches minuciosamente preparados por funcionarios en la escuálida marcha del gobierno: “el poder destructor, perverso y satánico de los medios…que le hace creer a la clase trabajadora que es mejor ser esclavo…eso solo lo hace satanás”
¿No ven como se sigue el guión de la confrontación? Para acallar la crítica, hay que satanizar los medios. Lo novedoso es que es literal. No se libra una guerra contra los opresores, sino contra el mismísimo lucifer y su infernal fábrica de pobres.
No podrán entender que nadie fabrica pobres y que los países son ricos porque han logrado que un gran número de sus ciudadanos entiendan que lo que hay que hacer es proponerse a crear riqueza.
Que desperdicio lograr que la juventud salga a la calle portando carteles que parecen salidos del purgatorio de la ignorancia.
Esa visión de opresores y oprimidos es esencial para justificar las medidas autoritarias que van configurando gradualmente la dictadura del proletariado. Los autodenominados intelectuales no son capaces de entender la sociedad como una compleja red de capacidades e intereses que pueden interactuar en paz, respetando un marco legal, por lo que terminan con el simplismo de dos facciones incompatibles, en guerra permanente. Sencillo y fácil de vender. Obviamente no hay espacio para el diálogo y la cooperación porque lo que prima es el odio a “los otros”. Las mentes no infectadas por tan dañina falacia, viven la vida real y perciben una sociedad muy distinta en la que, a pesar de las muchas diferencias, se forjan relaciones de ayuda y cooperación mutua con fuertes lazos de amistad y solidaridad.
Hay quienes sostienen que mencionar el peligro totalitario no tiene sentido en este país tan estructurado y para nada aplica al gobierno del cambio que solo nos quiere llevar hacia una socialdemocracia moderna.
Los deseos no les permiten leer los afiches minuciosamente preparados por funcionarios en la escuálida marcha del gobierno: “el poder destructor, perverso y satánico de los medios…que le hace creer a la clase trabajadora que es mejor ser esclavo…eso solo lo hace satanás”
¿No ven como se sigue el guión de la confrontación? Para acallar la crítica, hay que satanizar los medios. Lo novedoso es que es literal. No se libra una guerra contra los opresores, sino contra el mismísimo lucifer y su infernal fábrica de pobres.
No podrán entender que nadie fabrica pobres y que los países son ricos porque han logrado que un gran número de sus ciudadanos entiendan que lo que hay que hacer es proponerse a crear riqueza.
Que desperdicio lograr que la juventud salga a la calle portando carteles que parecen salidos del purgatorio de la ignorancia.
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