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viernes, 10 de julio de 2026

Temor y violencia

En la frustración de la derrota, muchos han optado por distorsionar el mensaje central de Abelardo, el mismo que convenció a millones de colombianos. La idea es sencilla: si Colombia logra reducir de manera drástica la violencia, el potencial de crecimiento económico, bienestar y progreso será tan grande que no resulta exagerado hablar de un milagro.

Durante décadas nos acostumbraron a creer que vivimos en un país condenado al fracaso: el más desigual, el más pobre, el más explotado. Pero esa narrativa desconoce una realidad evidente. Colombia posee una extraordinaria riqueza humana, una geografía privilegiada y una diversidad cultural excepcional. Lo alcanzado, a pesar de la violencia, es mucho más de lo que solemos reconocer. Precisamente por eso, si logramos controlar el crimen organizado, el salto puede ser enorme.

El debate ha puesto también en evidencia una curiosa moral sin espejo. Se cuestiona a Abelardo por haber ejercido como abogado defensor de delincuentes, olvidando que Cepeda desarrolló la misma profesión. La diferencia es que unos defendían delitos comunes y otros estaban vinculados a organizaciones responsables de secuestros, homicidios y terrorismo. La comparación merece, por lo menos, una reflexión ética.

La misma asimetría aparece frente a la violencia. Se condena —con razón— a cualquier exaltado que amenace a la izquierda. Pero se guarda silencio cuando dirigentes políticos o juveniles hacen bloqueos, destruyen bienes y presentan la confrontación como un camino legítimo.

Por supuesto que Colombia necesita diálogo. Pero el diálogo solo es posible cuando todos aceptan las mismas reglas. Es difícil construir acuerdos con quien considera que las armas son un argumento político o que posee una verdad moral incuestionable. Reducir la violencia exige derrotar a las organizaciones criminales. Pero también requiere aplicar la ley, sin excepciones, contra quienes desde la política o desde cualquier tribuna promuevan, justifiquen o inciten la violencia.

La paz no consiste en tolerar a los violentos. Consiste en garantizar que ningún colombiano vuelva a necesitarlos o a temerles.

Publicado 26191

viernes, 19 de junio de 2026

90 minutos

Para los escasísimos ignorantes del fútbol, resulta incomprensible que alguien pague miles de dólares por asistir a un partido. No logramos asimilar el trance de los himnos, las contorsiones con los goles, los abrazos entre desconocidos ni el llanto casi suicida de una derrota. Nos impresiona que la FIFA se haya convertido en una organización con influencia planetaria y mueva billones. Seguimos sin captar la trascendencia de un grupo de hombres persiguiendo un balón durante noventa minutos.Y, sin embargo, el fenómeno es extraordinario. Porque consigue lo que la política es incapaz de lograr: que millones de personas, distintas entre sí, griten al mismo tiempo, celebren juntas, se reconozcan parte de una misma comunidad.

En Colombia hemos cavado una profunda zanja entre dos maneras de entender la sociedad. Están quienes creen que la libertad económica, la iniciativa privada y el mercado son los motores más eficaces para generar prosperidad. Y quienes consideran que un Estado fuerte debe orientar la economía para corregir desigualdades y garantizar derechos.Unos defienden la distribución del poder entre instituciones independientes; otros confían más en liderazgos capaces de acelerar transformaciones profundas. Unos creen que la propiedad privada es un pilar esencial de la libertad; otros sostienen que la redistribución es condición para la justicia social.

Son diferencias válidas en una democracia. Lo que nunca puede ser legítimo es la violencia. Ni las bombas, ni la intimidación, ni la idea de que quien pierde unas elecciones tiene derecho a incendiar el país. Ninguna causa política justifica convertir al adversario en enemigo ni reemplazar los votos por el miedo. Mañana los colombianos volveremos a discrepar. Votaremos distinto, discutiremos con vehemencia y seguiremos convencidos de que nuestra visión del país es la correcta. Pero quizá deberíamos recordar algo que el fútbol enseña mejor que la política: que se puede estar en equipos rivales pero se sigue jugando. Cuando la Selección hace un gol, nadie pregunta por quién votó el que está al lado antes de abrazarlo.Tal vez Colombia comience a sanar el día en que descubramos que todos podemos usar la misma camiseta.Y que, aún después del pitazo final, podemos seguir jugando el mismo partido: el de construir un país en el que todos podamos vivir.

Publicado El País de Cali 26171


 

viernes, 12 de junio de 2026

Señales Reveladoras

Pocos dudan de que en Colombia se ha instalado una cultura de la violencia. Una de sus manifestaciones es la forma en que se juzga la respuesta a la agresión. Quien se defiende termina siendo peor que el agresor. Quien mata al asesino que entró a su casa recibe trato de criminal. El que logra defenderse de un atraco callejero es señalado como violento. Los campesinos que reaccionaron frente a secuestros, extorsiones y asesinatos fueron agrupados bajo una misma etiqueta infamante. En el asalto al Palacio de Justicia, condenaron a los defensores y premiaron a los atacantes. Y hoy, la respuesta airada a los insultos y agresiones verbales de Cepeda es presentada como prueba de radicalismo y peligro.

En medio de este ambiente enrarecido aparecen hechos reveladores. El rechazo de Petro y Cepeda a unos resultados electorales que numerosos observadores y organizaciones independientes calificaron como transparentes, demostró que no respetan la mayoría. Su reacción ante una derrota en segunda vuelta se escucha en consignas y marchas: la voluntad propia está por encima de las reglas compartidas. El uso de la justicia para determinar qué camisetas pueden exhibir los ciudadanos y qué palabras están prohibidas. Más allá de los pintorescos fallos, se revela una tendencia de fondo: la tentación de controlar cada vez más espacios de la vida pública.Tampoco se oculta el afán de engañar a los votantes. Deciden borrar la constituyente del programa cuando mucha gente entiende que es el primer paso hacia el dominio totalitario. Y con cada salida en falso se aumenta la distancia entre los candidatos.

Pero quizás la contradicción más llamativa sea proclamarse defensores de la vida mientras se cuentan los 55.000 homicidios de este gobierno, reciben apoyo de bandas armadas y se disemina la intimidación para obtener el voto.
Las democracias se deterioran cuando la violencia se normaliza, cuando las reglas dejan de respetarse y cuando el grupo que pierde el voto, promete destrucción y muerte. Inducir y promocionar una confrontación armada no tiene sentido ni justificación alguna. Aceptar la democracia implica que a pesar de una fuerte convicción del desastre que significa el opuesto, se debe tolerar y aceptar la derrota. Los Colombianos ya han pagado muy caro la normalización de la violencia para resolver sus diferencias.

Publicado El País de Cali 26164


viernes, 29 de mayo de 2026

El camino de la miseria

A los escépticos. A los decepcionados. A quienes concluyeron que la política es una porquería y que no vale la pena participar porque “todos roban”, “todos incumplen” y “todos terminan trabajando para sus camarillas”.

Quien piensa así suele estar convencido de que su destino depende únicamente de su esfuerzo. Y en buena medida tiene razón: ha trabajado duro, ha madrugado, ha resistido impuestos, trámites absurdos, regulaciones, extorsiones burocráticas y toda clase de obstáculos para levantar una tienda, una fábrica, un consultorio, una finca o un pequeño negocio de arepas. Pero hay algo que no advierte: pudo hacerlo porque todavía vive en un sistema con relativa libertad. Relativa, sí. Muy imperfecta. Pero suficiente para que el esfuerzo individual tenga recompensa. Gracias a eso logró comprar una moto, una casa, un apartamento o sacar adelante una empresa. Sabe cuánto cuesta construir patrimonio, pero no sabe lo fácil que es perderlo.

Por eso esta coyuntura importa. Si decide no participar, o votar con ligereza, puede terminar perdiendo lentamente lo poco o mucho que ha construido. No ocurrirá de un día para otro. Será gradual. Primero más restricciones, más arbitrariedad, menos iniciativa privada. Luego menos oportunidades, menos inversión, menos libertad. Y al final, una vida cada vez más difícil para sus hijos y nietos.

No hace falta ser adivino. Basta con mirar cómo coinciden las propuestas del programa de Cepeda con las medidas aplicadas por Chávez en Venezuela, Castro en Cuba u Ortega en Nicaragua. Y basta preguntarse por qué millones de personas han querido huir de esos países.

Y a los creyentes, convencidos de que “esta vez sí” el socialismo funcionará, convendría recordarles algo elemental: crear burocracia no crea riqueza. Repartir subsidios produce alivio momentáneo, no prosperidad. Tolerar violentos nunca trae paz; trae más muertos, más miedo y más pobreza.Tal vez hoy celebren porque recibieron unos billetes o un cargo regalados, pero cuando todo dependa de un Estado gigantesco administrado por ineptos y corruptos, ni siquiera quienes hoy aplauden podrán vivir dignamente.

Seguirán marchando, cantando consignas y culpando a la burguesía, mientras avanzan —con admirable disciplina y absoluta ceguera— hacia el más viejo destino del populismo: la repartición igualitaria de la miseria.
Publicado EL Pais de Cali, 26150

viernes, 22 de mayo de 2026

Ceguera mental

He dedicado toda mi vida a estudiar, prevenir y tratar la ceguera. He tenido la enorme satisfacción de devolver o mejorar la visión a miles de personas, que han expresado su agradecimiento de muy diversas maneras. Las más gratificantes han sido las sonrisas, los abrazos y la certeza de que, gracias a su visión recuperada, han podido llevar vidas normales y felices.

Por recibir tantas gracias suelo decirles a quienes me rodean que he tenido la fortuna de vivir en gracia. Los fracasos —afortunadamente escasos— han sido un verdadero motor para seguir estudiando, innovando y adaptando nuevas ideas y tecnologías que permitan reducirlos al mínimo.

Pero todo ese conocimiento, poco me ha servido para entender otra forma de ceguera: la mental. ¿Por qué tantos deciden voluntariamente renunciar al pensamiento independiente? ¿Por qué resulta tan atractivo —y tan cómodo— adherir a una ideología que, en su simplicidad, promete resolver todas las dudas y angustias de la vida?

La revolución cubana se instaló en el imaginario latinoamericano como una epopeya: David contra Goliat. Ese mito creó un ancla emocional que se convirtió en marco de referencia para entender el mundo. Reconocer su fracaso implica algo más profundo que un error político: significa aceptar que un sueño, una identidad cultural, es en realidad un espejismo.

El miedo al vacío ideológico lleva a muchos a preferir una mentira reconfortante antes que reconstruir sus creencias desde cero. La ideología no sólo ofrece respuestas; ofrece pertenencia. Romper con ella implica el riesgo del exilio social en los propios círculos intelectuales y políticos. Muy pocos están dispuestos a pagar ese precio. Entre los jóvenes opera además la ley del mínimo esfuerzo intelectual. Se adopta un relato simple de buenos y malos sin necesidad de estudiar ni de confrontar la complejidad de la sociedad. Frente a un mundo contradictorio, el discurso populista ofrece un culpable externo para todo. No hay que pensar: basta con repetir un slogan. Por eso los pintan y los cantan. Cualquier dato que contradiga la narrativa se descarta como propaganda enemiga o conspiración del “imperio”.

La ciencia nos dio herramientas para reducir con éxito la ceguera. Cabe esperar que algún día podamos encontrar las de la ceguera mental que mantiene unas ideas que hace mucho probaron ser un fracaso.

Publicado El País de Cali 26143





viernes, 15 de mayo de 2026

¿El mito comunista?

Hay quienes sostienen que la evolución hacia el comunismo es un mito, porque ya “se sabe” que fracasó en Rusia y en China, aunque siga vivito y coleando en Corea del Norte y Cuba. Creen que las ideologías son blanco o negro: o se es comunista radical, con todas sus consecuencias, o no se es. No alcanzan a entender que cuando una forma de pensar se infiltra en las mentes, el daño no tiene que ser absoluto para ser efectivo.

La concepción de la sociedad como lucha de clases, la idea de que sólo con guerra se combate la pobreza, la necesidad de centralizar el poder económico y limitar la libertad de empresa y la propiedad: son piezas de un mismo engranaje. Ideas que parten de la fe fanática y que otorgan a sus líderes una supuesta superioridad moral. Solo ellos entienden la historia. Solo ellos pueden salvar al pueblo. Esa misión redentora —el paraíso socialista— termina justificándolo todo: expropiaciones, regulaciones asfixiantes, restricciones a la libre empresa y el ataque sistemático a cualquier institución que permita el disenso. La justicia, el congreso, la prensa, la universidad abierta, la alternancia, la libre opinión: todo se convierte en obstáculo de una “oligarquía” que debe ser reemplazada por el poder popular… convenientemente interpretado por el líder de turno.

El Estado debe ser fuerte para garantizar salud y educación “gratuitas”, lo que ocurre solo en la afiebrada imaginación. La oposición estorba, y sobra. La receta agraria tampoco es nueva: repartir tierras y debilitar la agroindustria. Ya la probaron Stalin, Mao y Castro dejando horrendas hambrunas y millones de muertos.A la versión criolla se le añade un ingrediente original: la indulgencia con el delito y el salvajismo. Las bandas armadas son vistas como consecuencia de la “violencia estructural”, y la respuesta es la convivencia que termina normalizando un Estado criminal. Con la teoría de la “guerra fracasada”, se abraza a todos los mafiosos y se enfrenta con “dignidad” al consumidor.

No, no es comunismo radical. Pero es muy parecido.Y ha sido suficiente para empeorar la inequidad donde se ha aplicado. El programa de Cepeda está escrito y cualquiera lo puede revisar. Lo sorprendente no es que unos muchachos alienados lo crean. Es que los educados que conocen la historia y que deberían saber mejor, sigan fingiendo que no lo reconocen.
Publicado El País de Cali - 26136


viernes, 24 de abril de 2026

El espejo de Hungría

Viktor Orbán es quizá la mejor demostración de cómo una democracia puede deformarse sin desaparecer. No ocurre de un día para otro, ni mediante un golpe abrupto, sino a través de una lenta transformación en la que el diálogo se sustituye por la imposición y el pluralismo por una narrativa única.

Tras la caída del bloque soviético, Orbán emergió como un líder liberal, defensor de la integración europea y de la salida de las tropas soviéticas. Pero con el tiempo —y, sobre todo, con el poder— su proyecto mutó. En 2011 impulsó una nueva Constitución, reformó el sistema judicial y rediseñó las reglas electorales. A partir de allí, su dominio dejó de depender solo de los votos y empezó a apoyarse en la arquitectura institucional.

Su permanencia —cuatro elecciones consecutivas ganadas— consolidó un modelo en el que el poder se retroalimenta: ventaja electoral, control creciente del ecosistema mediático y uso intensivo de los recursos del Estado. El líder liberal derivó hacia un nacionalismo cada vez más rígido, con retórica antiinmigración y una progresiva centralización. Su cercanía con Vladimir Putin y su ambigüedad frente a Ucrania erosionaron su imagen y, poco a poco, su respaldo interno. Rodeado de lealtades incondicionales, pretendía ocultar una corrupción desbordada, marca registrada de todo régimen de poder concentrado. Con el apoyo abierto de Putin y Trump, parecía imbatible. Pero ocurrió lo que temen los poderosos: que los votantes abran los ojos y vean la realidad. Fueron capaces de reaccionar y se expresaron masivamente. Con una participación del 80% le dieron una paliza impensable.

Y es allí donde Hungría deja de ser un caso lejano y se convierte en un espejo para Colombia. Si las campañas estudian cómo Peter Magyar sacudió la resignación, presentando una alternativa creíble y movilizan a la mitad de los apáticos, logrando una participación cercana al 75%, se despeja el camino para acabar con la pesadilla. La abstención —ese silencio cómodo— es la mejor aliada del clientelismo y de los sistemas que se perpetúan. Mientras las elecciones sean limpias, el abuso descarado de los recursos públicos solo da para controlar a un porcentaje de la población. Esa es la lección que nos deja Hungría y nos debería llenar de entusiasmo para motivar a todos los que duermen entre la desesperanza y la inercia.

Publicado El País de Cali. 26115


lunes, 13 de abril de 2026

Alienígenas eligen

Yuval Noah Harari, uno de los autores más influyentes del mundo, advierte que “IA” ya no significa Inteligencia Artificial, sino algo más inquietante: inteligencia alienígena. Por primera vez en la historia, las historias que moldean la realidad ya no nacen en una mente humana. El cerebro humano permitió que un simio relativamente débil dominara el planeta. Inventamos relatos que hicieron posible la cooperación, la ciencia y el progreso. Pero también inventamos otros que nos han llevado a guerras, exterminios y destrucción. La inteligencia nos dio poder. Nunca garantizó sabiduría.

Hasta ahora, todos los inventos ampliaban nuestras capacidades sin reemplazarnos. Una ametralladora o una bomba atómica aumentan el poder de quien las usa, pero no deciden por sí mismas. La inteligencia artificial rompe esa regla. Por primera vez estamos creando algo que no solo ejecuta órdenes, sino que aprende, decide y actúa. La evolución biológica tomó millones de años. La digital, apenas décadas. Y avanza a una velocidad que no entendemos. Hoy nos asombra; mañana puede desplazarnos.El escenario más evidente es el de armas autónomas decidiendo quién vive y quién muere. Pero el riesgo más inmediato es menos visible y mucho más eficaz: el control de la percepción. Rusia y China ya operan ejércitos dedicados a desarrollar inteligencia artificial capaz de producir millones de campañas engañosas en tiempo real. No se trata de propaganda tradicional, sino de simulaciones perfectas: voces clonadas, videos falsos, narrativas diseñadas para dividir sociedades y erosionar la confianza en la democracia. No es teoría. Está sucediendo.

La política moderna ha demostrado que no gana quien tiene la razón, sino quién controla la emoción. Videos bien editados, mensajes simples y repetidos, historias diseñadas para indignar o seducir. Basta con unas horas de exposición para inclinar decisiones. Más de uno ha votado por un bonito video que vió noche anterior en su celular.

En Colombia ya vimos versiones primitivas de este fenómeno: campañas fabricadas, narrativas artificiales, manipulación masiva de percepciones. Y eso era apenas el comienzo. Lo que viene es infinitamente más sofisticado. Si la democracia liberal no aprende a defenderse, las IA terminarán diseñando las decisiones colectivas. Seremos capaces de votar pero no elegir.

Publicado EL País de Cali 26108

domingo, 5 de abril de 2026

Totalistarismo con vaselina

Que existan tantas mentes en las que florece la semilla del marxismo no es extraño. Son el producto de una bien diseñada campaña de adoctrinamiento que empieza en primaria y se perfecciona en la universidad. Igual que el Islam que solo alimenta a su juventud con el Corán, se convierten en fanáticos de una interpretacion de la realidad social que estaba equivocada aun cuando se creó hace 150 años. Seguir hablando de señores feudales y de la explotación infame de la clase obrera no describe en absoluto la complejidad de las sociedades actuales. Pero hay que entender que, para los adeptos a cualquier credo, la pereza mental es una aliada invaluable: simplifica el mundo y ahorra el esfuerzo de pensar.

Lo que sí desconcierta es que personas formadas en libertad, con acceso a teorías modernas y análisis más sofisticados, no sean capaces de reconocer —ni de alarmarse— ante la evolución gradual hacia formas de control cada vez más autoritarias. Siguen anclados en una versión de la historia que ya no aplica. Creen que las dictaduras llegan con tanques, golpes militares y discursos encendidos en balcones. Citan el siglo pasado como si fuera un manual vigente, sin notar que los métodos han cambiado… y mejorado.

En su visión edulcorada del presente, logran incluso aseptizar las horrendas dictaduras del vecindario. No quieren ver que la ideología y el objetivo siguen intactos: la toma del poder para instaurar la famosa “dictadura del proletariado”. Solo que, como ya comprobamos, “mi pueblo” termina siendo un reducido círculo de familiares y amigos, convenientemente ubicados y generosamente enriquecidos, mientras el resto aprende a hacer filas.

La estrategia también evolucionó. Ya no se trata de imponer, sino de seducir. De disfrazarse de democracia. De hablar el lenguaje correcto y envolverse en banderas de paz mientras cambian abrazos por balazos. Ahí entran en escena los llamados “tontos útiles”, que repiten con entusiasmo una neolengua diseñada para que la realidad resulte irrelevante. Embelesados en su ilusión igualitaria, siguen dejando constancia solemne de que no ven periódicos cerrados, ni opositores presos, ni expropiaciones. No logran entender que cuando las vean, ya no va a haber nada que hacer. Les quedará el recurso de arrepentirse y quejarse del engaño mientras buscan una trocha o una balsa.

Publicado El Pais de Cali - 2698 

viernes, 13 de marzo de 2026

Elecciones confiables

Quien haya participado en unas elecciones colombianas con mirada objetiva tiene que admitir que el sistema electoral, en su funcionamiento básico, es uno de los más sólidos que existen. Quien acude a un puesto de votación encuentra una organización impecable: policías vigilando, funcionarios orientando, jueces resolviendo imprevistos, testigos atentos y jurados de mesa que, en su inmensa mayoría, cumplen su tarea con una seriedad y honestidad admirables. Todo ocurre en un ambiente de orden y tranquilidad en el que se respira el alma de la democracia.

La capacidad logística de la Registraduría sería envidiada incluso por muchas democracias avanzadas. Mientras en varios países los resultados tardan días —o semanas— en conocerse, en Colombia en la primera hora ya se tiene una idea bastante clara de la tendencia y, en tres horas, aparecen resultados prácticamente definitivos. El resultado se corrobora con el escrutinio formal, donde se revisan nuevamente las actas con otros actores.

Desde luego existen municipios donde el fusil reemplaza al voto libre y regiones donde opera la compra directa de votos o el viejo clientelismo disfrazado de ayuda social. Son los nombramientos, subsidios y medidas populistas que producen un bienestar transitorio los que distorsionan las elecciones. Y está la trampa mayor: la manipulación de las mentes mediante mentiras y engaños que crean la ilusión del fin de la pobreza entre quienes menos recursos y neuronas tienen. A pesar de toda la evidencia, muchos se resisten a ver que lo único que se ha acabado es la pobreza de los Históricos, sus amigos y sus familiares.

Por eso resulta repulsivo que candidatos y líderes —incluido el presidente— siembren dudas sobre el sistema sin presentar una sola prueba. La democracia no puede funcionar con la regla infantil de: “todo está bien si gano, pero si pierdo entonces hubo fraude”. Estas elecciones le demostraron al país que el régimen no tiene el respaldo que cree tener. Van a intensificar todas las estrategias de distorsión y abuso de los recursos públicos que tan bien les han funcionado. Los políticos y funcionarios que no participan en esas prácticas deben redoblar sus esfuerzos de vigilancia. Y todos debemos ayudar a vencer la resistencia de los apáticos que se privan del orgullo que significa votar en Colombia.
Publicado El País de Cali. 2673

viernes, 6 de marzo de 2026

Del pueblo, por el pueblo y para el pueblo

La célebre frase de Lincoln en Gettysburg es una de las definiciones más sobrias de democracia. No se refiere, desde luego, al “mi pueblo” que suelen invocar los lenguaraces aspirantes a sátrapa. Ese “mi” encierra posesión. Y donde hay posesión, hay esclavitud, que siempre esta en las intenciones últimas de estos personajes.

En realidad, el pueblo somos todos: ricos y pobres, negros y blancos, ilustrados e ignorantes, empresarios y obreros, campesinos y amas de casa. Todos con iguales derechos ante la ley. Todos con derecho a un voto.

Sabemos que la igualdad jurídica luce impecable en el papel constitucional, pero en la práctica suele estar mediada por el poder: económico, político, social o militar. Ningún sistema ha logrado materializar plenamente ese ideal. Sin embargo, hay un principio que sí se ha implementado en casi todas las democracias —incluso en las pantomimas—: un ciudadano, un voto.

Que ese voto sea manipulado es otro asunto. Discursos seductores, clientelismo, presión política, compra de sufragios, intimidación armada —aberración en la que somos tristemente líderes— distorsionan la voluntad popular. Aun así, cuando se menciona la palabra democracia, lo primero que surge es “elecciones”. Es comprensible. Votar es la expresión más visible del poder ciudadano. Y aunque sea una visión simplista, porque la democracia es mucho más, si es válido sostener que es una de sus características más esenciales.

Pero aquí aparece la percepción de casi la mitad del electorado que concluye que un voto, entre millones, no cambia nada. Es la famosa paradoja de Downs, derivada de la pereza mental para informarse y física para acudir. Y como si fuera poco, en 2022 más de un millón de votos fueron anulados porque muchos no lograron marcar correctamente una simple X. Síntoma inquietante de precariedad educativa.

Peor aún es el voto en blanco elevado a gesto moral. “No me gusta ninguno”, dicen algunos, como si estuvieran eligiendo sabor de helado. No se trata de gustos, sino de responsabilidad comunitaria. En democracia no se trata de elegir al ideal; se elige al que menos daño pueda causar.

La democracia es imperfecta, sí. Pero abdicar del voto por desinterés, comodidad o purismo no la mejora. La debilita. Y los vacíos en política no quedan vacíos: los llenan otros. Siempre los llenan otros.

Publicado El Pais de Cali, 2666


viernes, 27 de febrero de 2026

Fabrica de ilusiones


En una reciente reunión política, un senador enumeraba lo mal que le ha ido al Valle con el gobierno Petro: el dragado de Buenaventura, la vía Mulaló–Loboguerrero, el tren de cercanías. Proyectos que estaban “en la puerta del horno” cuando empezó este gobierno y que, por el apoyo masivo que recibió de Cali y el Valle, supuestamente iban a despegar. No ocurrió nada.

“Es difícil entender cómo Petro sigue teniendo apoyo mayoritario en Cali”, dijo alguien. Otro añadió un dato desconcertante: en una encuesta entre petristas, el 80% considera que la salud ha mejorado notablemente.

“¿Qué?”, fue la reacción. ¿En qué mundo viven?

La respuesta la dio Álvaro Uribe hace un tiempo ante sus seguidores: “mis bodegueros son todos ustedes”.

He preguntado obsesivamente a varios candidatos cuál es su estrategia digital. La respuesta suele ser ingenua: basta con tener presencia en redes; los seguidores espontáneamente ayudan y así el mensaje se difunde.

Una visión peligrosamente candorosa.

Para no entrar en teoría, describamos cómo opera una bodega real. Hay un director y decenas de influencers cada uno con múltiples aparatos. Un grupo rastrea debilidades del candidato que va punteando: una frase sacada de contexto, una foto incómoda, un error menor. Se toma el hecho, se distorsiona, se exagera. Si no escandaliza lo suficiente, se manipula. Texto, imagen, video. Todo es editable.

La meta no es informar, sino producir vergüenza y desprestigio. Cada influencer activa su cadena de seguidores —en su mayoría menores de 35 años— que replican y añaden dramatismo. En minutos hay miles, millones de pantallas amplificando la distorsión. Se mide el impacto. Si fue viral, se multiplican las versiones. Si no funcionó, se fabrica otra historia. El ciclo puede repetirse varias veces en un solo día: propaganda positiva del aliado, demolición sistemática del adversario. Como llega de tantas fuentes, se convierte en verdad indiscutible. Una realidad virtual.

Nada de esto tiene que ver con la “diseminación espontánea” que imaginan los candidatos cándidos. Es ingeniería emocional, segmentada y dirigida.

Mientras unos juegan ajedrez digital, otros creen que están en un picnic democrático.

La pregunta no es cómo alguien mantiene apoyo pese a los hechos.

La pregunta es cómo tantos siguen creyendo que la guerra digital no existe y si habrá quién reaccione.

Publicado El País de Cali 2659





viernes, 21 de noviembre de 2025

El espejo de Chile

¿Podemos mirarnos en el espejo de Chile? Intentemos: ambos países vivieron regímenes duros que, con todos sus claroscuros, dejaron paises relativamente ordenados. Chile estuvo a punto de entrar al “primer mundo”; Colombia también avanzaba en esa dirección. En ambos funcionó la alternancia democrática entre izquierdas moderadas y centros prudentes que no se metían demasiado con la economía. Y en ambos terminó llegando una izquierda más radical, ansiosa de “refundar” la nación, pero incapaz de imponer sus reformas regresivas.
El escenario electoral chileno ofrece una lección de matemáticas políticas: se presentaron ocho candidatos —tres de izquierda, dos de centro y tres de derecha— pero la derecha obtuvo el 52% frente al 28% de la izquierda. Y, por primera vez, alcanzó mayoría en el Senado. No lo lograron porque “se unieron”, sino porque los números les daban.
Podemos imaginar algo semejante aquí: una izquierda que ronda el 30%, y un abanico de candidatos en el otro 70%, posiblemente dividido entre un 40% para la derecha y un 30% para el centro. En segunda vuelta ambos finalistas crecen un poco, y la izquierda pierde.
Por eso, en vez de llorar por la “falta de unión”, deberíamos enfocarnos en los factores que realmente deciden la elección. El primero: que la Registraduría y el sistema de conteo se mantengan limpios, visibles, vigilados. No se necesita unidad para eso: se necesita atención.
El segundo: que los órganos de control contrarresten las dos fuentes estructurales del voto oficialista: el millón de votos comprados por Benedetti en la costa y el medio millón de municipios donde se vota con un fusil en la cabeza.
Y el tercero: entender el poder corrosivo de las redes diseñadas para manipular. Con la estrategia adecuada, se dinamita la campaña que más crece y se construye en tiempo récord el mito de un mediocre —un Rodolfo— fabricado para perder en segunda vuelta. Si las campañas con opción real siguen en la luna, creyendo que se trata de llenar plazas y permitir que la información “fluya libremente”, repetirán la historia: unos buenos muchachos narrando su épica mientras los maquiavelos digitales moldean la opinión pública. No nos hundirá la falta de unión. Nos hundirá la falta de sagacidad para no ser arrasados —otra vez— por una avalancha de noticias falsas perfectamente orquestadas.

viernes, 6 de junio de 2025

Bodegueros, Unios!

“Bodeguero” es el desafortunado término que se ha popularizado para referirse a esos “influencers” —otro mal término— que han perfeccionado el arte de manipular el pensamiento político. Los recursos que usan son tan variados como astutos: se inventan historias, las “sustentan” con clips de video editados, actuados, sacados de contexto o generados por inteligencia artificial. Deben ser escandalosos, emotivos o indignantes, para que el consumidor desprevenido o ingenuo se convierta en replicador gratuito. Manipulan cifras, tergiversan hechos, editan declaraciones… todo vale con tal de “hacerse viral”, es decir, lograr que un chisme se esparza instantáneamente gracias a las redes sociales. Nunca había sido tan real aquello de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad.

A quienes todavía les sorprende que una ciudad de tres millones sea sitiada por dos mil adolescentes, les falta entender el verdadero poder de la manipulación organizada en redes. De ahí el concepto de “bodegas”: no se trata de opiniones espontáneas, sino de estrategias centralizadas, donde decenas de cuentas comparten al mismo tiempo el mismo mensaje para lograr un efecto multiplicador. Dirigen y ajustan la estrategia según los resultados medidos cada minuto. Es como sembrar un virus en varios puntos a la vez, no esperar a que se propague espontáneamente a partir de un infectado. Este mecanismo —basado en la nueva realidad social que crearon las redes— lo ha entendido y usado a la perfección la izquierda internacional. Solo han modernizado los preceptos de Lenin. Mientras tanto, la “derecha” —rótulo donde cabe cualquiera que no participe en la manipulación— ni se entera. Solo se lamenta cada vez que constata que una minoría gana elecciones. No se trata de usar los mismos trucos y engaños sino de diseñar una estrategia para que la verdad y el pensamiento racional le llegue a las mentes veleta.

“Mis bodegueros son todos ustedes”, dijo Uribe a un grupo, desconociendo que la verdad espontánea queda pisada por la mentira dirigida. En reiteradas ocasiones he hecho la misma pregunta a excelentes candidatos: ¿cuál es su estrategia digital y cuántas personas componen su equipo de redes? La evasiva o ausencia de respuesta me lleva siempre a la misma conclusión: escalar una montaña con los pies amarrados debe ser realmente difícil.

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jueves, 29 de mayo de 2025

Ni unidos, ni hundidos

Nos unimos o nos hundimos! Es el eslogan que repiten quienes advierten una nube negra sobre el horizonte colombiano. Pero la pregunta inevitable es: ¿nos unimos en qué? Podríamos ensayar una respuesta: respeto a la democracia, rechazo a la violencia como medio de acción política y defensa de la economía de libre mercado. Hasta ahí, el consenso parece posible. Pero apenas se rasca la superficie, aparecen las grietas. Si hablamos de "progresismo social" —término que la izquierda pretende monopolizar—, encontramos creyentes devotos y ateos furibundos, homofóbicos irredentos y expertos en cada letra del LGBTIQ+++, defensores de una educación y salud estatales y otros que prefieren modelos mixtos; ambientalistas apocalípticos frente a escépticos del cambio climático, feministas militantes junto a machistas tradicionales, guardianes de las costumbres frente a entusiastas de los cambios. La democracia está diseñada, precisamente, para contener esa pluralidad: para que se exprese, se debata y se controvierta sin que nadie saque un arma ni invoque al “pueblo” como pretexto para la barbarie. Las controversias no deben alarmar si se dirimen con palabras, no con piedras o balas. Una sociedad civilizada expone sus diferencias, las discute con argumentos, resuelve algunas y tolera las irresolubles. En medio del actual proceso político, con el variado menú de candidatos, esta expresión múltiple es sana. Las propuestas se decantan y se diferencian unos pocos perfiles.

Con los días veremos a quienes siguen teniendo devoción en las rancias ideas que definen la democracia como una farsa útil al privilegio, el mercado como una herramienta de opresión, y promueven veladamente la violencia. En ese momento no podremos seguir distraídos con diferencias menores. Allí si la viabilidad del país va a depender de que sepamos unirnos en lo esencial. Ese compromiso lo están mostrando ya los candidatos que entienden lo que significa subirse al tren del Socialismo del Siglo XXI. Y el “pueblo” que demostró que no le copia al promotor de una confrontación civil. No hay que preocuparse vaticinando naufragios. Si hay que buscar que el voto se sustente en información seria y no en emociones manipuladas con habilidad y muchos recursos. La participación entusiasta en ese esfuerzo es la herramienta para generar optimismo.

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domingo, 12 de enero de 2025

Menu dictatorial

La historia de los dictadores más destacados de los últimos cien años ha sido variada.
Muchos comenzaron con golpes militares o después de cruentas guerras, como Franco, Mao, Pol Pot, Suharto, Idi Amin, Gadafi, Bokassa, Mugabe, Batista, Castro, Trujillo, Pinochet y Videla.
Algunos lograron el poder después de turbios procesos en los que fueron “designados”, como Stalin, Hitler, Mussolini, Kim Il Sung, Ceaușescu, Hussein y Maduro.
Otros lo heredaron, como Baby Doc, Somoza, Assad o la dinastía Kim.
Y unos pocos fueron elegidos, pero les quedó gustando el poder, como Papa Doc, Ortega o Chávez.

Todos han competido en atrocidades, muertes y sufrimiento con sus connacionales, siempre sustentados en una caprichosa y pasajera ideología convertida en culto.
Hay que tener la objetividad muy comprometida para no reconocer que el socialismo del siglo XXI hasido un desastre para Venezuela. Todos los indicadores de bienestar son negativos, y el éxodo de un tercio de la población condena, sin discusión, al atroz régimen.

El final de estos dictadores también ha sido diverso
Tranquilos y con mausoleo terminaron Franco, Mao, Stalin, Kim Il Sung, Papa Doc, Castro y Chávez.
Asesinados, linchados o suicidados fueron Hitler, Mussolini, Ceaușescu, Trujillo, Somoza, Gadafi y Hussein.
Sacados a escobazos fueron Batista, Videla, Pol Pot, Suharto, Baby Doc, Idi Amin, Bokassa, Mugabe y Assad.

Así, la probabilidad de que Maduro salga por las buenas es muy baja. Solo uno de 27 (Pinochet) ha hecho una entrega pacífica del poder. No es alentador saber que el 50 % de la población mundial vive bajo monarquías o dictaduras. Todo indica que, al paso que va, si no lo sacan por la fuerza, le estará disputando el mausoleo a Chávez en unos años —ojalá pocos— para que lo visiten los pocos venezolanos que queden.

Casi todos los dictadores se han inventado una pantomima democrática que pretende legitimidad. Pero nunca se había podido develar la trampa con tan poderosa evidencia. El insulso pronunciamiento de “no voy, pero estoy” demuestra, una vez más, la comunidad de propósitos. Si no terminamos en la ominosa lista, será por la resiliencia y la dignidad de los compatriotas que todavía prefieren trabajar en lugar de parasitar, y no van a permitir que se acabe con el país por seguir la vacua ilusión del Estado salvador.



viernes, 8 de noviembre de 2024

Trumpeados

Es probable que la división de las sociedades en dos mitades casi iguales sea consecuencia del flujo de información por las redes. Al no haber una dirección que guíe, las opiniones se van distribuyendo a lado y lado de una línea imaginaria que las divide. En USA, en Colombia y en muchas elecciones honestas la división es tan exacta que se vuelve problemática, por la dificultad de definir el ganador. Por eso, independiente de la frustración del 50%, los resultados rápidos y contundentes evitan confusión y confrontación. Un conteo muy apretado y demorado, tenía el potencial de degenerar en violencia alentada por quien sin duda iba a gritar “fraude!” e iba a convocar a sus fanáticos a pelear infernalmente. “Fight like hell” fue el llamado en Enero del 2021.
Inquieta la pregunta de lo que pasará con Colombia y lo más probable es que no mayor cosa. Primero habría que explicarle dónde queda y porque no es “Columbia”. Y en cuanto a diferencias ideológicas con Petro, también habría que explicar qué es ideología. Porque Trump no profesa ninguna, excepto el culto a sí mismo y su inmarcesible genialidad. Es un pragmático que solo ve a la humanidad en términos de transacciones, y es su habilidad para sacar adelante negocios lo que vale. Por algo escribió un libro que la promueve como arte.
Así que no hay que temer hostilidad. Él se entendió muy bien con AMLO, Putin, Kim y otros sátrapas, que lo supieron lamber. Con Petro, que ya sacó la lengua, encontrará mucha afinidad. Ambos son narcisos irredentos, desprecian la democracia y sus instituciones, incluyendo el poder judicial y electoral, cuando no les favorece. Ambos son virtuosos de la mentira que usan para sembrar odio y crear divisiones generando desconcierto y relatividad moral y ambos usan turbas violentas para imponerse. Pero sigue siendo incierta su estrategia con una región que considera su patio trasero y a la que le da muy poca importancia.
Con relación al mundo, se debe reconocer que a pesar de su insufrible personalidad, no inició guerras durante su mandato y posiblemente termine la de Ucrania con una oferta que Zelenski no podrá rechazar. O entrega las provincias orientales o se queda sin apoyo. Apretará muy duro a Irán reduciendo los niveles de agresión en el medio oriente.
Contentos o no, Trumpeados quedamos y solo queda apegarse a lo positivo.
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viernes, 2 de agosto de 2024

El Gran Embuste

El cubrimiento mediático de las recientes “elecciones” se contaminó con la farsa. Actuaron todos como si estuviesen reportando una verdadera elección democrática. Cuando el Patán al mando había proclamado que ganaría “por las buenas o por las malas”, había amenazado con “baño de sangre”, había inhabilitado a los principales candidatos, encarcelado a miles de opositores, silenciado la prensa, asesinado a cientos de inconformes y conformado “colectivos” que reparten bala y golpes sin piedad. Cualquiera de esos hechos que no fueron documentados en los reportajes, habría sido suficiente para reconocer que todo el proceso era una farsa.

Los noticieros Colombianos fueron especialmente anodinos. Destacaban como evidencia de participación los pocos cientos de votantes en los consulados. Cuando la realidad fue que menos del 1% de los 8 millones de exiliados pudieron participar. Una tercera parte de la población del país anulada. Si además se consideran las misiones internacionales de observación a las que no se les permitió entrar y los auditores de la oposición a los que se les negó la vigilancia, la evidencia era abrumadora. Un trabajo periodístico serio habría consistido en recopilar estas cifras para demostrar que la elección no reunía los mínimos requisitos para merecer un cubrimiento como si se tratase de una justa libre y abierta.

El trabajo cuidadoso del equipo de Corina, de duplicar el recuento con la fuente directa de las actas, finalmente comprobó la patraña. No importaba lo que dieran las sumas, se sabía que el ventrudo dictador saldría a agitar sus llantas envuelto en su disfraz de bufón, en la gran tarima que armaron, al mismo tiempo que la trampa.
No demoraron los aplausos de Putin, Xi y distinguidos payasos de latinoamérica, quienes validaron “la autonomía de los pueblos”, y el “respeto por los asuntos internos”, aun antes de anunciarse los resultados, demostrando que la hipocresía se convierte en virtud, cuando es tan descarada.

Pero la estulticia no para. Ahora resulta que si publica las actas, el mundo le va a creer. Obviamente no coincidirán con los datos que recogió la oposición, pero ya dispondremos de 6 años para resolver el entuerto.
Mientras tanto el líder galáctico se interesa por submarinos y distrae con guerras mientras toma buena nota de la fórmula para eternizarse en el poder.



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miércoles, 28 de febrero de 2024

Los arrepentidos

En la medida en que se van dando cuenta del inocultable desastre que está resultando el salvador cambio, los arrepentidos votantes buscan explicaciones a su limitada visión.

Una de las que más está haciendo carrera es la hipótesis del enfermito. Debemos tener compasión y comprensión porque sus disparates, sus ausencias, sus incumplimientos se explican por un problema de adicción. Y que si nos revela cuál de los múltiples polvos o líquidos que tanto alaba como inocuos es el que le confunde la mente, y se pone en tratamiento, el país va a coger por buen camino.

La historia resultará muy útil para aliviar la culpa de quienes fueron tan livianos a la hora de votar. Pero la tesis es falsa, porque así sea verdad que el abuso de psicoactivos han contribuido a empeorar las cosas, la explicación es superficial y no va al meollo del asunto.

La realidad es que el trastorno narcisista de la personalidad se podría diagnosticar fácilmente oyendo un par de discursos o entrevistas. Lo advirtieron muchísimos expertos en el asunto y bastaba hacer una sencilla búsqueda en google para confirmar que no sólo reúne todos los criterios que lo confirman, sino que formas muy avanzadas son prácticamente intratables. Pero además que era muy seguro que la condición se iba a empeorar si lograba el gran triunfo de la Presidencia.
La gravedad del asunto se podía anticipar con la simple lectura del programa de gobierno que no es sino un trasnochado socialismo del siglo XXI, o sea Marxismo mal reciclado, disfrazado de renovación política y económica.

Quienes ahora se desconciertan con el desproporcionado aumento de la burocracia, con los cabecillas del crimen en pomposos cargos con jugosos sueldos, con el aumento de todas las formas de delito, con la poca seriedad y los incumplimientos, con la incontrolable paseadera, con la progresiva asfixia a la clase media, solo tienen que revisar la historia reciente para saber que todo se podía predecir.

Los arrepentidos tienen que ser conscientes de su deber con el país, con todos los Colombianos. Si expresan abiertamente lo que están sintiendo y explican su desconcierto, y las razones por las que cayeron en el engaño, van a hacer una enorme contribución a que los montajes y embustes del futuro sean detectados y expuestos y el destino del país no vuelva a caer en mentes tan irresponsables y chapuceras.
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viernes, 14 de julio de 2023

Poder elegir

La fórmula está inventada y ha funcionado a la perfección en todos los países en los que la dictadura se ha sabido disfrazar de democracia. Se basa en una convicción ideológica profundamente arraigada en la mente de sus ejecutores. Ellos poseen la validación moral por el hecho de expresar constantemente que su misión es ayudar a los desposeídos, lo que los ubica en “el lado correcto de la historia”. No importa que establezcan una nueva oligarquía en la que los privilegiados son ellos y las masas vivan de las migajas que dejan caer de su opulenta mesa. No importa que en la medida que implementan sus maravillosas reformas, haya cada vez más “gusanos” y “escuálidos” que arriesgan sus vidas para abandonar el “paraíso de equidad”. No importa que los homicidios aumenten, la delincuencia prospere y cientos de empresas quiebren. Siempre se podrá encontrar un maligno responsable que daña las buenas intenciones del “progresismo”. Los recursos verbales son tan infinitos como la estupidez de quienes consumen la fábula, mientras su calidad de vida se deteriora. La democracia con alternancia del poder es una entelequia inventada por la burguesía. Por eso hay que acabar con las normas e instituciones creadas durante 200 años de un “capitalismo depredador”.

Sabiendo que su real apoyo no pasa del 10%, ese asunto de la voluntad de las mayorías se convierte en un estorbo superable. La reforma del sistema electoral, se complementa con la toma de la registraduría por los cuadros más comprometidos del partido.

La digitalización de todas nuestras actividades ha representado un gran avance en comodidad y eficiencia. Celebré la aparición de la cédula digital y fui uno de los primeros en tenerla. Estaba orgulloso de vivir en un país avanzado que ya no me exigía cargar un cartoncito para comprobar mi existencia. De pronto, un día dejó de funcionar y me pasé 6 meses enviando correos, haciendo llamadas, explorando el website donde se explica lo sencillo que es el proceso. Mi desaparición del mundo digital me demostró muy bien la distancia que hay entre las buenas ideas y la forma como las ponen en uso los funcionarios. 9 veces me enviaron la clave con el extenso instructivo que cumplía minuciosamente. Un funcionario me recomendó ir personalmente a la registraduría, pero me empeñé en dilucidar hasta dónde podía llegar la inoperancia y la despersonalización. Finalmente recuperé la existencia de la misma misteriosa forma como la había perdido.

Un minúsculo incidente que hace pensar en la Venezuela que ha logrado Madurar “el sistema de votación más moderno del mundo”, una de las herramientas cruciales para envolver esa horrenda y abusiva dictadura con ropaje democrático. Para no mencionar Cuba donde las elecciones se ganan con el 97%.

Bienvenida la digitalización de todas nuestras interacciones. Pero es bien sabido que donde hay un software, aparece una trampa. En el mundo de las finanzas, son billones lo que se logran robar los modernos pillos con toda clase de ardides. A pesar de sofisticados essfuerzos no ha sido posible impedir que Corea del Norte logre robar 1.7 billones de dólares al año en cryptomonedas, recursos que usa para sus progresistas misiles nucleares.
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