Así se implantó el bolchevismo en Rusia, el nazismo en Alemania, el castrismo en Cuba y el maoísmo en China. Así dominaron los talibanes en Afganistán y los Kim en Corea. El precio siempre es el mismo: hambrunas, matanzas y un sufrimiento enorme, excepto para las élites que centralizan el poder. Es un suicidio colectivo porque, en su origen, muchos creyeron, votaron o toleraron una evolución que empezó en el discurso y terminó en la tragedia de los hechos.
Hoy, este patrón se asoma en figuras como Gustavo Petro e Iván Cepeda. En ellos, la política deja de ser el arte de lo posible para convertirse en una cruzada de "salvación" personalista. Petro, con su mesianismo redentor, y Cepeda, con su superioridad moral, encajan en la descripción clínica: la convicción de que su voluntad es la "voluntad del pueblo". Cualquier contrapeso —la prensa, la justicia o el técnico que advierte un error— es visto como un conspirador que debe ser destruido. El daño que generan es incalculable porque el narcisista maligno prefiere ver las instituciones en ruinas antes que admitir una equivocación. Al final, el Mesías no salva a la sociedad; la devora para alimentar su propia leyenda, dejando tras de sí una nación que descubrió, demasiado tarde, que su voto no fue una esperanza, sino una sentencia.
Publicado El País de Cali 26108