Pero para nuestro alivio —y como antídoto contra la náusea— es reconfortante constatar que aún existen estadistas de gran calibre, capaces de observar el mundo con lucidez, comprender sus desafíos y actuar en consecuencia. Mark Carney, primer ministro de Canadá, pertenece a esa rara especie. Su intervención en Davos fue una lección de realismo, coherencia y responsabilidad política.
Carney sostuvo que no estamos viviendo una transición, sino una ruptura del orden mundial. Que el llamado sistema internacional basado en reglas se ha erosionado, y que las grandes potencias ya no disimulan el uso de la economía, las finanzas y las armas para imponerse. Frente a ese escenario, los países medianos no pueden seguir fingiendo neutralidad ni refugiarse en la nostalgia del multilateralismo.
La respuesta no es aislarse ni construir fortalezas nacionales, sino fortalecer capacidades propias y tejer alianzas flexibles entre países con valores compatibles. Soberanía hoy no significa encerrarse, sino reducir vulnerabilidades: producir energía, alimentos, tecnología, defensa y conocimiento sin depender de un solo hegemón.
Carney propuso un realismo basado en valores: defender la democracia, los derechos humanos y la legalidad internacional, pero entendiendo que el mundo es imperfecto y que el poder sin principios conduce al desastre. Canadá, dijo, apuesta por diversificar relaciones, invertir masivamente en su economía real y construir coaliciones prácticas para cada problema. Un guión perfecto para Colombia.
Mientras algunos líderes convierten la política global en un espectáculo de egos, amenazas y resentimientos, otros aún recuerdan que gobernar va mucho más allá de las quejas e insultos. En tiempos de ruido, los estadistas no abundan. Por eso, cuando aparece uno, conviene escucharlo.
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