Miremos algunos parámetros: Abelardo, carece de legitimidad porque como abogado defendió a delincuentes de cuello blanco. Petro nunca la tuvo porque fue guerrillero, es un exconvicto y ha promovido violencia y destrucción. Cepeda ha dedicado buena parte de su vida política a interactuar y negociar con actores armados.Si el criterio es la experiencia administrativa, Abelardo nunca ha ocupado grandes cargos públicos. Petro llegó a la Presidencia después de una gestión desastrosa de Bogotá. Cepeda, ha sido sólo activista político y nunca ha construido nada. Si se mira el perfil de estadista, Abelardo resulta sofisticado y elitista (y no se pone medias). Petro ha demostrado poca seriedad con sus deshilvanados discursos en medio de trabas y borracheras, incumplimientos, poses intelectuales de ambientalista supergalactico y santero purificado. Cepeda no resuelve si es Mao o Gandhi, no es capaz de presentar una idea sin guía y solo produce tedio con su ideología gris y desueta.
La legitimidad ha dejado de entenderse como el reconocimiento de unas reglas comunes para convertirse en un arma política. Si gana el mío, el sistema es ejemplar; si gana el otro, la democracia está en peligro. Si la decisión favorece mis intereses, es expresión de la voluntad popular; si no, es prueba de manipulación, ignorancia o conspiración. Una democracia no puede funcionar así. El sistema electoral Colombiano ha sido reconocido como impecable y es ejemplo para el mundo. Quien ha sido elegido por esa misma institución difícilmente puede descalificarla sin descalificarse a sí mismo. La legitimidad no puede depender exclusivamente de simpatías, odios o preferencias ideológicas. De lo contrario, la verdad termina siendo simplemente aquello que cada uno alcanza a ver desde la esquina política en la que decidió instalarse.
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