sábado, 31 de enero de 2026

Discursos y dislates

Hay discursos que revuelven el estómago por la profunda vergüenza que producen. Vergüenza con la humanidad. ¿Cómo es posible que más de 80 millones hayan votado por alguien capaz de soltar tantos dislates durante 70 minutos en Davos? ¿Cómo es posible que un 40% de los colombianos sigan apoyando a quien se dedica a “iluminar” audiencias con disparates que solo exhiben ignorancia, fanatismo y una desconexión alarmante con la realidad?
Pero para nuestro alivio —y como antídoto contra la náusea— es reconfortante constatar que aún existen estadistas de gran calibre, capaces de observar el mundo con lucidez, comprender sus desafíos y actuar en consecuencia. Mark Carney, primer ministro de Canadá, pertenece a esa rara especie. Su intervención en Davos fue una lección de realismo, coherencia y responsabilidad política.
Carney sostuvo que no estamos viviendo una transición, sino una ruptura del orden mundial. Que el llamado sistema internacional basado en reglas se ha erosionado, y que las grandes potencias ya no disimulan el uso de la economía, las finanzas y las armas para imponerse. Frente a ese escenario, los países medianos no pueden seguir fingiendo neutralidad ni refugiarse en la nostalgia del multilateralismo.
La respuesta no es aislarse ni construir fortalezas nacionales, sino fortalecer capacidades propias y tejer alianzas flexibles entre países con valores compatibles. Soberanía hoy no significa encerrarse, sino reducir vulnerabilidades: producir energía, alimentos, tecnología, defensa y conocimiento sin depender de un solo hegemón.
Carney propuso un realismo basado en valores: defender la democracia, los derechos humanos y la legalidad internacional, pero entendiendo que el mundo es imperfecto y que el poder sin principios conduce al desastre. Canadá, dijo, apuesta por diversificar relaciones, invertir masivamente en su economía real y construir coaliciones prácticas para cada problema. Un guión perfecto para Colombia.
Mientras algunos líderes convierten la política global en un espectáculo de egos, amenazas y resentimientos, otros aún recuerdan que gobernar va mucho más allá de las quejas e insultos. En tiempos de ruido, los estadistas no abundan. Por eso, cuando aparece uno, conviene escucharlo.
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domingo, 25 de enero de 2026

Fotos patéticas

La sonrisa se parece a la de mi nieto cuando le doy una medalla que yo gané, como premio por haberse portado bien. La mira con orgullo unos segundos y luego la olvida. A sus tres años ya sabe que no es suya, que puede tocarla pero no le pertenece. No la ganó.
Pero la sonrisa de Trump es otra cosa. Es de satisfacción plena. De premio largamente deseado y finalmente obtenido. En su rostro se lee: “por fin es mío, mío, todo mío”. Su mente distorsionada cree que tocar el oro significa merecerlo. Tan grotesco fue el espectáculo que el Comité Noruego tuvo que aclarar —como a un niño caprichoso— que el Nobel no es transferible ni regalable. Ningun premio lo ha sido. Ni el Nobel ni ningún otro.
La expresión de María Corina también es reveladora: “hago lo que sea con tal de hacerlo pensar en los venezolanos y no en el petróleo”. Inocente. Decente. Buenota.
Es trágico que la humanidad no logre ver, detrás de los discursos promeseros, la distorsión patológica de quien los pronuncia. “Como su país no me dio el Nobel, no me siento obligado a pensar en la paz” es la respuesta esquizofrénica a un llamado diplomático al diálogo, mientras amenaza con desatar una guerra con sus propios aliados europeos.
En otra foto, Delcy está de pie, más bien tiesa, estirando la mano a un sonriente director de la CIA. No está arrodillada. No hace venia. Faltaba más. Frente a ella está quien planeó la extracción de su adorado jefe, una operación militar que dejó 51 venezolanos y 32 cubanos muertos; el mismo que propinó una paliza humillante al régimen. Podrá ser el enviado para dictar instrucciones, pero ella no se inclina. Tal vez cuando llegue el virrey. O el rey. Por ahora, pretende transmitir que su dignidad permanece intacta mientras el amado líder trasnocha en una celda de tres por dos, y el país sigue dando tumbos con una represión que no cede
Las dos fotos ayudan a poner en contexto la reunión entre el “narco-capo, matón y hostil” y el “senil, grosero, esclavista y nazi”, como ellos mismos se califican. Por más que lo deseemos, es muy improbable que dos narcisos tan patológicos lleguen a acuerdos que beneficien a sus países.
El cinismo estratégico del gran negociante ha dado para pensar que el cuento de la llamada y el “gran honor” sean otra jugada para ahorrarse los 570 millones de dólares que le costó sacar a Maduro.



sábado, 17 de enero de 2026

Marshall tropical



«Acabaré con la guerra de Ucrania en 24 horas». Medio millón de muertos después, sigue dándose palmaditas con Putin.
«Estamos al mando… (de Venezuela)» parece ser otra ilusión nacida de la megalomanía. Confía en que la operación del 4 de enero metió tanto miedo al chavismo que todos se volverán ovejas obedientes. No oye a Diosdado, a Padrino ni a la propia Delcy, que no lucen precisamente aterrados ni dispuestos a entregar privilegios, rutas y fortunas.
Surge el espejismo del Plan Marshall y el Dodge, invocados con entusiasmo, como si Europa y Japón se hubieran reconstruido con discursos, amenazas y sanciones. Suena bien hablar de estabilizar la economía reactivando el petróleo para luego transitar hacia elecciones y reconciliación, como si el problema fuese técnico y no criminal.
Pero los países de posguerra estaban derrotados, arrasados y bajo administración directa del ejército estadounidense, que llegó con inversión masiva, planificación conjunta y cooperación multilateral. No había regímenes mafiosos enquistados en el Estado ni ejércitos privados financiados por economías ilegales. Nadie estaba dispuesto a morir por los vencidos.
El Plan Marshall exigía consenso interno, reglas claras y reconstrucción institucional desde abajo. Lo que hoy se anuncia huele más a incautación de recursos estratégicos y a una ejecución dirigida desde Washington, sin desarrollo de capacidades locales y con la percepción de un negocio externo: primero los nuevos dueños, luego —si alcanza— el bienestar del país intervenido.
Liberar a Venezuela y abrir una etapa de prosperidad es un objetivo legítimo. Pero ignorar las razones del éxito de Marshall conduce al fracaso. Creer que un régimen mafioso cooperará de buena fe, mientras se minimiza a la oposición organizada y se desconoce el liderazgo y el reconocimiento internacional de María Corina Machado, no es realismo: es soberbia.
Venezuela no necesita un virreinato con lacayos que no van a obedecer. Necesita poder ciudadano, instituciones propias, justicia y respaldo internacional coherente que empodere a los muchos venezolanos valiosos capaces de reconstruir su país.
Venezuela ya ha sufrido demasiado. Hay que develar ilusiones que la mantendrán en el ciclo de violencia y miseria.

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lunes, 12 de enero de 2026

Dictadura madura

Los partidarios de la no violencia no encontramos justificación moral para resolver los conflictos mediante la agresión o la guerra. Pero la experiencia histórica muestra que todo intento de apaciguar a los matones suele traducirse en más atropellos. No hay que ir muy lejos: ahí están las muertes acumuladas de la “paz total”.
¿Qué puede hacer una sociedad dominada por un gobierno criminal, abusivo y violento que se perpetúa en el poder? Se invoca el principio de autodeterminación de los pueblos. Pero ¿de qué autodeterminación hablamos cuando no hay democracia, cuando las elecciones no existen o se manipulan, cuando se persigue, encarcela, tortura o asesina a quien disiente, cuando la única salida para millones es el exilio? Llamar a eso “voluntad popular” es una burla cruel.
Si todo esto ocurre y el mundo mira hacia otro lado invocando la “no injerencia”, estamos ante una forma de complicidad, o de tolerancia culpable. Basta estudiar con detenimiento lo que ocurre en Corea del Norte, donde la dictadura comunista se hereda ya por cuarta generación; o en Irán, Cuba o Nicaragua, donde camarillas enquistadas en el poder condenan al resto de la población a una vida de privaciones “en dignidad”.
Cuántas vestiduras rasgadas con la intervención de Trump en Venezuela. Cuántas invocaciones al derecho internacional, cuántos discursos contra el imperio y sus “verdaderas intenciones”–petróleo, minerales, dominio, liberación– Y, sin embargo, qué poca consideración con el sufrimiento real de los venezolanos: más de ocho millones de desterrados, miles de presos políticos, torturados, asesinados, y un país entregado al crimen organizado. Por ellos no hubo marchas multitudinarias ni indignación global sostenida.
Hay que hacer un balance difícil entre el sufrimiento prolongado de un pueblo sometido por la tiranía y los dilemas legales que implica usar la fuerza cuando todos los caminos pacíficos han sido clausurados.
“El fin no justifica los medios”, se repite con razón. Pero la pregunta sigue abierta, incómoda e inevitable: ¿cuál es el medio legítimo para liberar a un pueblo secuestrado por un sátrapa armado y sostenido por esbirros importados? ¿Va a ser suficiente descabezar a unos pocos para enderezar el rumbo, cuando hay tantos acostumbrados a parasitar el estado, recogiendo la migajas que deja caer la élite corrupta?

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sábado, 3 de enero de 2026

Tantos años viejos


A medida que la vida se alarga y el calendario insiste en seguir cambiando, uno desarrolla cierta habilidad para detectar la contradicción entre lo que muchos predican y lo que practican. Llamemos “ideología” al cóctel de creencias políticas, religiosas, culturales y filosóficas… en otras palabras, a esa ensalada mental que cada quien adereza como puede.
Una de las ideas más desconcertantes es la de la eternidad. El infinito temporal sigue siendo un lío que la mente humana no logra digerir. ¿Qué había antes del Big Bang y que habrá después? Los astrofísicos lo explican con un lenguaje tan enrevesado como el de los teólogos, solo que cambian “transubstanciación” por “materia oscura”. Pero algo sí tenemos claro: nuestros átomos seguirán rodando por ahí, y nuestros genes seguirán fabricando parientes, a menos que algún desquiciado Putinesco decida activar la fisión y nos convierta en energía.
El caso es que no deberíamos necesitar amenazas ni recompensas eternas para comportarnos como seres decentes aquí y ahora. No tendría que prometérsenos un penthouse celestial, para ser éticos, respetuosos, trabajadores y pacíficos. Sin embargo, tanta insistencia en la vida eterna produce un curioso efecto: parece que algunos reservan su mejor comportamiento para el más allá, y dejan el más acá lleno de hipocresías, abusos y pecados “perdonables”.
La fórmula es simple: en la tierra hago mis diabluras… y en el cielo me dan upgrade automático porque “Dios es amor”. El problema es que esa obsesión por la recompensa futura termina vaciando de sentido la vida presente. Se bautiza un bebé: “su vida valdrá cuando llegue al cielo”. Se despide a un muerto: “su existencia tiene sentido ahora que empezó la eternidad”. Y entre ambas ceremonias, ¿qué?
Ojalá en el año nuevo consideremos una idea mas simple: asumir que el sentido está en el aquí y en el ahora, en lo que hacemos cada día, en la felicidad de ayudar y en la gratitud recibida. Que la “vida eterna” es, en realidad, la memoria afectuosa que dejamos en quienes nos sobreviven.
Del mismo modo, no deberíamos asustar a nadie con tiquetes al infierno para disuadirlo de destruir vidas por codicia o poder. Basta observar la miserable existencia de quienes creen que la violencia y el crimen son atajos hacia la gloria: su castigo comienza mucho antes de llegar a las llamas.
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jueves, 25 de diciembre de 2025

Que vivan los toros




Uno de los signos más claros del avance de la civilización es la manera como hemos aprendido —lentamente, torpemente— a tratar mejor a los seres con los que compartimos el mundo. El humanismo nos enseñó que el otro merece respeto, que el dolor ajeno importa tanto como el propio, y que ninguna sociedad puede llamarse noble si necesita humillar o destruir para sobrevivir. Aun así, la distancia entre lo que proclamamos y lo que hacemos sigue siendo dolorosa. Basta ver cómo convertimos el sufrimiento en espectáculo: del circo romano pasamos al boxeo y a otras prácticas donde la violencia se celebra como destreza, y donde un golpe certero que deja a alguien tambaleando arranca aplausos en vez de vergüenza.

Con los animales, la contradicción es aún más profunda. Mientras nuestra mesa dependa de su carne, millones de seres seguirán viviendo y muriendo en condiciones que preferimos no mirar. Nuestra prepotencia no sólo ha alterado la fauna global; es determinante del calentamiento global y del enorme costo para la salud por la arterioesclerosis. Y sin embargo, algo ha empezado a cambiar: las peleas de perros, gallos y otros horrores van desapareciendo.

La tauromaquia es quizá el último bastión de esa belleza trágica que intenta sobrevivir en medio de un sufrimiento que ya no podemos ignorar. Quien ha asistido a una corrida sabe que allí conviven el arte, la música, la elegancia… y una muerte que, por más que se intente poetizar, sigue siendo conmovedora. La emoción estética no alcanza para silenciar el estremecimiento que produce ver a un animal acorralado, sangrante, vencido por un ritual que la sociedad ya mira con otros ojos.

Es evidente hacia dónde sopla el viento. La sensibilidad contemporánea no acepta que la tradición se defienda a costa del dolor. Los taurófilos deberían comprenderlo: La única forma de preservar la bella tradición estética —los trajes de luces, las cuadrillas, los capotes, las faenas, los olés, los pasodobles, el rejoneo— es eliminando la pica, las banderillas y el estoque– la tortura y muerte del toro. El toro vivo, respetado, entero, no le resta dignidad al rito; quizá se la devuelve.

Toda cultura que aspira a perdurar aprende a transformarse. Tal vez ha llegado la hora de que la tauromaquia descubra que su belleza no depende de la sangre, sino de la emoción que puede despertar sin herir.



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viernes, 19 de diciembre de 2025

La leccion de un Nobel


Hay quienes exhiben su ignorancia con desparpajo… y además lo celebran. Pocos episodios recientes han sido tan trágicos y tan documentados como la debacle venezolana. Ser vecinos y hermanos nos obliga a algo más que a la lástima superficial: nos exige informarnos. Verlos emigrar por millones —siete millones, para ser exactos— debería bastar para despertar interés, pero aún así abundan los que opinan sin saber y pontifican sin haber hecho el mínimo esfuerzo por entender la tragedia que allí se vive día tras día. Tenemos la obligación moral de conocer cómo un país próspero terminó sometido por un régimen ilegítimo, represivo y corrupto. No se trata solo de la diáspora, sino del infierno cotidiano de quienes aún permanecen allí, atrapados entre la miseria y la violencia estatal.

Opinar sin entender el calvario de María Corina Machado resulta grotesco. Ella y sus colaboradores han sufrido persecución, cárcel, desapariciones, torturas y asesinatos, y aun así han persistido en una lucha pacífica, rigurosa y valiente para denunciar un sistema criminal. El contraste con Colombia es doloroso: aquí se tolera con benevolencia, una oposición armada destructora y asesina, mientras en Venezuela se reprime ferozmente incluso al disidente más pacífico.

Quien quiera sacudirse la cómoda ignorancia debería escuchar el discurso de Jørgen Watne Frydnes, Presidente del Comité Noruego del Nobel. No solo describió con precisión quirúrgica el horror venezolano y la resistencia de María Corina; ofreció una de las mejores lecciones modernas sobre democracia. Explicó que la democracia no elimina la confrontación, sino que la canaliza: permite que todas las ideas —desde las más extremas hasta las más moderadas— se expresen sin miedo, sin censura y sin recurrir jamás a la violencia.

Recordó algo elemental que aquí tanto se confunde: los debates vehementes no son “formas de violencia”; son el funcionamiento natural de una sociedad libre. La polarización no es una falla del sistema, sino su esencia: es el espacio donde se enfrentan visiones distintas sin que nadie tenga derecho a silenciar al otro.

El discurso debería ser lectura obligatoria para todo aquel que confunde discrepancia con odio, crítica con agresión o debate con amenaza. La democracia existe precisamente para que la diferencia pueda hablar en voz alta sin que aparezcan verdugos. 25353

viernes, 12 de diciembre de 2025

Los valores de la bolsa

Los admiradores de Trump hablan de “un hombre de resultados”. Para muchos, si la economía se movió, lo demás son minucias. En el análisis económico siempre se pueden “escoger cerezas”: se muestran solo cifras en el período y contexto que convienen y los fanáticos aplauden sin auditar.
Como lo demuestra constantemente nuestro narciso tropical, el análisis objetivo de indicadores económicos está muy afectado por ideologia y factores externos, que suelen interpretarse a conveniencia. Si se habla del PIB, todos los presidentes recientes han surfeado el mismo rango del 2–3%. Si se mira la Bolsa (el dato que a Trump le infla el ego y la chequera), Clinton y Obama le ganaron. Y si hablamos de déficit fiscal, Trump dejó uno de los más altos de la historia… y ahora con su “bella ley”, le agrega unos cuantos trillones más la deuda sin el menor sonrojo. Pero incluso si concediéramos que sus números deslumbran, la historia muestra que los liderazgos que de verdad han mejorado a la humanidad no se miden en dólares sino en valores. Y ahí es donde Mr. Orange no clasifica.
Para Trump, el único “valor” es el que se embolsilla él y su clan. Ha demostrado una y otra vez que la ética empresarial es un artilugio estorboso. Que la honestidad es asunto de tontos e inocentes condenados a la pobreza. Que la mentira, el engaño y la manipulación no sólo son válidos: son su “ciencia política”. Que el respeto a las reglas de vida en comunidad solo aplica para los seres inferiores. El flota por encima de cualquier ley, moral o Constitución. Su cosmovisión es simple: triunfar es su derecho natural; quien se interponga merece ser humillado, procesado, encarcelado. La democracia existe para coronarlo. Si gana, es prueba de su genialidad; si pierde, es fraude. Estados Unidos es un templo erigido para él, y el mundo un tablero donde solo se juega a “America First”… entendida como “Trump First”. La historia, con escalofriante consistencia, ha demostrado que líderes muy eficaces pero carentes de valores, han resultado trágicos para la humanidad Es difícil creer que en la democracia americana se logre la excepción.
La confrontación con los dos payasos airados al otro lado del caribe, afectados ambos por la misma enfermedad mental será material de futuros textos de psiquiatría. Solo hay que aspirar a que no generen mucho sufrimiento.

domingo, 30 de noviembre de 2025

Farsa socialista

La riqueza y los privilegios que rodean a los “elegidos por el pueblo” desmontan de entrada cualquier sustento moral de su cruzada contra la pobreza. En cuanto llegan al poder, ellos y sus allegados se convierten en parásitos de lujo: mansiones, escoltas, caravanas de camionetas blindadas, aviones y banquetes con los mismos capitalistas que decían odiar.

Quienes aún se asombran por la habilidad que han mostrado para tomarse el poder, deben admitir que lo han hecho con persistencia. No por mérito, ni trabajo, ni conocimiento —eso lo desprecian—, sino por relecturas rancias de un marxismo fósil. Su recurso no es producir, sino fabricar una narrativa de catástrofe que promete un futuro utópico. Pero todo se revela cuando, ya en el poder, superan los sueños del más ambicioso oligarca.
Nunca fomentan el trabajo: al contrario, lo castigan. Obstaculizan al sector productivo bajo el pretexto de aplicar un modelo “generoso”. Halagan al que quiere vivir del trabajo ajeno y castigan al que quiere vivir del propio. Los jóvenes, obligados a ceder la mitad de su esfuerzo al Estado, terminan por desmotivarse, producir menos o emigrar. El sector privado se encoge, mientras los pocos que resisten cargan con más impuestos. Es un desastre, sí, pero no un accidente: es el plan.

Cuando toda la energía de un gobierno se enfoca en castigar al que produce, expropiar al que ahorra y predicar el igualitarismo como dogma, se destruye el motor de la creación de riqueza: el trabajo disciplinado y creativo. Lo reemplazan por el ideal del subsidio perpetuo, financiado por un Estado imaginario que reparte milagros sin producir nada. Los promotores del adefesio se sorprenden con la pobreza generalizada, pero poco les importa porque ellos han logrado posicionarse en el curubito y a “su pueblo” lo mantienen aturdido con el discurso de la dignidad y un futuro próspero que nunca llega.
Los pocos que aún quieren emprender huyen. Los promotores del parasitismo exhiben a Europa como ejemplo, sin explicar que primero fue rica gracias al trabajo, la libertad y la responsabilidad y hoy enfrenta crisis fiscales, sistemas pensionales insostenibles, una fuerza laboral reemplazada por inmigración… y algo peor: generaciones jóvenes educadas en la idea de que esforzarse no vale la pena. Para qué trabajar, si papá Estado está obligado a resolverlo todo.
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viernes, 28 de noviembre de 2025

Sensibilidad social

Es casi un dogma universal: la derecha es insensible al sufrimiento humano y la izquierda la auténtica salvadora de los pobres. El mito tiene raíces históricas: durante siglos las élites acumularon privilegios a costa del trabajo de los desposeídos. Desde los señores feudales hasta los capitanes de industria hubo infinitas formas de abuso. Y no hay duda de que el socialismo clásico puso a las comunidades a pensar en que la mejor manera de vivir en armonía es cuando una gran mayoría logra resolver sus necesidades básicas y todos tienen la esperanza y posibilidad de mejorar sus condiciones de vida.

La tragedia vino cuando se adoptó la violencia como “partera de la historia”: la idea de que solo refundando de golpe la sociedad –la revolución– se obtienen cambios reales. De allí la obsesión recurrente por resucitar la constituyente y la benevolencia hacia quienes usan las armas “para lograr un cambio”.

En mi oficio médico he tenido el privilegio de tratar con miles de personas de todos los estratos, ideologías y oficios. La relativa intimidad de la relación, me permite afirmar algo obvio pero ignorado: ya no existen los señores feudales, industriales abusivos, como no hay obispos inquisidores. Hoy la gran mayoría de los ciudadanos, con una variada mezcla de ideas de izquierda y de derecha, busca aliviar el sufrimiento y abrir oportunidades.

Los datos son tozudos: los ajustes graduales y progresivos consiguen avances sociales más profundos y duraderos que cualquier revolución violenta. Sin excepción, los países que elevaron el nivel de vida de la mayoría lo lograron con mejoras graduales y diálogo democrático, bajo un Estado fuerte que garantiza orden y respeta la vida y la propiedad. El contraste es evidente: basta comparar las consecuencias de agredir a un policía o matar a un soldado en Colombia con las de hacerlo en Canadá o Singapur.

La preocupación por los desvalidos no es propiedad privada de ninguna ideología. La diferencia la marca la estrategia. O se permanece atado a las fórmulas del siglo XIX —la guerra como vía mágica para refundar la sociedad y acabar con la injusticia— o se entiende que las sociedades actuales son mucho más complejas que esa división simplista de explotadores y explotados. La modernidad exige libertad, instituciones confiables y un Estado que haga cumplir la ley.

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domingo, 23 de noviembre de 2025

Estadolatría

Quedan muy pocos que creen en el comunismo tal como lo concibió Marx y lo aplicaron Stalin, Mao y Fidel. La mayoría reconoce que esas propuestas crearon una gran masa empobrecida dominada por una élite violenta. Sin embargo, gran parte de la filosofía política actual sigue influida por el socialismo. “No creo en el Estado pequeño”, puede sentenciar un reconocido capitalista.
El modelo predominante es una democracia liberal con un Estado fuerte que regula todo y se responsabiliza del bienestar general. “A la manera de las socialdemocracias escandinavas”. Pero no se entiende que, aunque los principios generales sean loables, es el detalle cuantitativo lo que lleva al desastre. Tan simple como que no se puede repartir riqueza que no existe.
Un mito recurrente afirma que, si se repartiera la fortuna de los más ricos, se solucionarían los problemas. En Colombia, confiscar la riqueza de los billonarios cubriría solo tres meses del presupuesto nacional. Este mito imagina la riqueza como monedas de oro en baules , cuando en realidad está representada por empresas que generan empleos y prosperidad. Por ejemplo, las 77.000 personas que viven dignamente gracias a las empresas de Luis Carlos Sarmiento.
“El Estado tiene la obligación de garantizar la salud a todos los colombianos”, escribe una campeona de la libre empresa. Pero, ¿y eso tan bonito cuanto cuesta? ¿De dónde salen los recursos? “Del Estado”, responden Petro, gremios médicos, y hasta los más “neoliberales”. Pocos se preguntan quién es realmente el Estado: son personas que administran recursos confiscados a quienes trabajan y producen. Al no ser fruto de su propio esfuerzo, padecen la propensión a que parte de esos recursos tiendan a deslizarse hacia sus bolsillos, lo que los lleva a querer confiscar cada vez más. (léase reformas tributarias)
Las necesidades son infinitas, pero si todos creen que quien debe satisfacerlas es el Estado, la riqueza se reduce gradualmente al pasar de manos productivas a improductivas. Como no se hace el diagnóstico correcto, el remedio es cada vez más Estado, en un ciclo de pobreza comprobado por Cuba, Venezuela y Argentina. En la obsesión por la equidad se escoge ignorar que en las economías liberales, el ingreso de los pobres es diez veces mayor que en las estatizadas. No se logra entender que el exceso de Estado y la falta de libertad son los ingredientes de la pobreza.
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viernes, 21 de noviembre de 2025

El espejo de Chile

¿Podemos mirarnos en el espejo de Chile? Intentemos: ambos países vivieron regímenes duros que, con todos sus claroscuros, dejaron paises relativamente ordenados. Chile estuvo a punto de entrar al “primer mundo”; Colombia también avanzaba en esa dirección. En ambos funcionó la alternancia democrática entre izquierdas moderadas y centros prudentes que no se metían demasiado con la economía. Y en ambos terminó llegando una izquierda más radical, ansiosa de “refundar” la nación, pero incapaz de imponer sus reformas regresivas.
El escenario electoral chileno ofrece una lección de matemáticas políticas: se presentaron ocho candidatos —tres de izquierda, dos de centro y tres de derecha— pero la derecha obtuvo el 52% frente al 28% de la izquierda. Y, por primera vez, alcanzó mayoría en el Senado. No lo lograron porque “se unieron”, sino porque los números les daban.
Podemos imaginar algo semejante aquí: una izquierda que ronda el 30%, y un abanico de candidatos en el otro 70%, posiblemente dividido entre un 40% para la derecha y un 30% para el centro. En segunda vuelta ambos finalistas crecen un poco, y la izquierda pierde.
Por eso, en vez de llorar por la “falta de unión”, deberíamos enfocarnos en los factores que realmente deciden la elección. El primero: que la Registraduría y el sistema de conteo se mantengan limpios, visibles, vigilados. No se necesita unidad para eso: se necesita atención.
El segundo: que los órganos de control contrarresten las dos fuentes estructurales del voto oficialista: el millón de votos comprados por Benedetti en la costa y el medio millón de municipios donde se vota con un fusil en la cabeza.
Y el tercero: entender el poder corrosivo de las redes diseñadas para manipular. Con la estrategia adecuada, se dinamita la campaña que más crece y se construye en tiempo récord el mito de un mediocre —un Rodolfo— fabricado para perder en segunda vuelta. Si las campañas con opción real siguen en la luna, creyendo que se trata de llenar plazas y permitir que la información “fluya libremente”, repetirán la historia: unos buenos muchachos narrando su épica mientras los maquiavelos digitales moldean la opinión pública. No nos hundirá la falta de unión. Nos hundirá la falta de sagacidad para no ser arrasados —otra vez— por una avalancha de noticias falsas perfectamente orquestadas.

domingo, 16 de noviembre de 2025

Sabrosura socialista

Que la historia la escriben quienes ganan las guerras es algo conocido. Pero podría agregarse que predomina la de quienes escriben mucho.
La intelectualidad política mundial, promueve las ideas socialistas, mientras disfruta de las ventajas del capitalismo. Sus exponentes reciben sin reparos los corrosivos billetes cuando sus libros, obras y películas se venden. Viven sabroso gracias a los sueldos de universidades y fundaciones que han prosperado en el inmundo capitalismo. Son teóricos de las ciencias sociales y les fascina elucubrar sobre modelos organizativos imaginados por grandes pensadores como ellos. Se molestan y ofenden cuando, con cifras y datos, se les demuestra que es la libertad, y no la planeación, la que más contribuye a la generación y mejor distribución de la riqueza. Desprecian e ignoran toda evidencia que haga tambalear los cimientos de su dogmático edificio ideológico.
Para seguir disfrutando de sus cómodas e intelectuales vidas, recurren al doble artificio de la transfiguración del presente y el pasado.
El relato de la actualidad se distorsiona atribuyéndole al mercado fallas que son producto del crimen, la corrupción o el intervencionismo estatal que interfiere con la libertad, limitando las leyes de oferta y demanda. Al capital se lo culpa de todos los dramas de la pobreza y la libertad económica se vuelve sinónimo de egoísmo. Cuando el bien común que promueven termina en farsa, logran corroer la solidaridad.
El segundo recurso, con el que son particularmente virtuosos, consiste en contar la historia de manera que valide su ideología. No se los ve dictando conferencias ni escribiendo libros sobre las horrendas dictaduras de Stalin, Mao, Kim, Pol Pot, Castro, Ceausescu, Hoxha, Zhivkov, Kádár o Honecker. En cambio, son prolijos en los recuentos de los horrores y atropellos de Franco y Pinochet, lo que sin duda afecta su objetividad y credibilidad, especialmente cuando evitan mencionar la transición pacífica del poder que sentó las bases de la prosperidad.
Ante las fallas de la democracia, los críticos piden un cambio de sistema. Pero cuando el cambio comienza a materializarse en forma de dictadura socialista, son los primeros en huir despavoridos.
Hay que persistir en el esfuerzo para lograr que muchos vean su entorno con objetividad y lean la historia con imparcialidad.

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jueves, 13 de noviembre de 2025

Dialogo Molotov

No cesan los llamados de las almas bondadosas y llenas de buenas intenciones. “Seamos capaces de ver al prójimo como un ser humano, aunque piense distinto”, repiten con devoción. Hermoso. Sublime. Pero también profundamente ingenuo. Tal vez sea la ilusión de vivir en un mundo de arcoíris o la ansiedad que provoca el conflicto. No es difícil ver que, si la “ideología” de un grupo parte de la eliminación del otro, el diálogo no tiene mucho futuro.
Es lo que pasa con Hamás e Israel: el propósito fundacional del primero es borrar al segundo del mapa. Y es lo que pasa aquí, cuando quienes predican la inclusión justifican la agresión, y quienes gritan “¡paz!” hacen fila para repartir bala. No hay conversación posible cuando una de las partes valida la violencia como método. No aplica la frase de cajón —“la paz se hace con el enemigo”—, porque aquí no se trata de enemigos que piensan distinto, sino de fanáticos que consideran que el otro no debe existir. Sentarse con ellos a dialogar es como invitar a cenar a quien ya decidió comerse al anfitrión.Eso fue exactamente lo que pasó con el bochornoso “proceso de paz” que acabó en Nobel. Un espejismo vendido al mundo como epifanía democrática, mientras los beneficiarios del perdón se rearmaban y los ingenuos aplaudían.
Por supuesto que toda democracia necesita diálogo y tolerancia. Pero implica un acuerdo básico. Lo primero —y más obvio—: respetar la democracia misma, es decir, aceptar la división de poderes, los resultados electorales sin trampas ni intimidaciones, y renunciar a la tentación de manipular jueces o comprar votos. Quien no cumpla con eso, debería ser proscrito de la política de por vida, sin disfraces semánticos. Y, sobre todo, tiene que existir un compromiso inquebrantable con el rechazo a la violencia. No se puede seguir viendo con benevolencia a los grupos armados “por causas sociales”. No puede seguirse tolerando el crimen ni disimulándolo, quitándole “i’s” a lo ilícito. No se puede seguir predicando humanidad mientras se encubren asesinatos, se protegen culpables y se convocan marchas “pacíficas” que terminan a pedradas contra la policía y a fuego contra los bienes públicos.
Bienvenido el diálogo, la discrepancia y todos los puntos de vista. Pero el primer requisito para hablar es no llegar a la mesa con un cóctel molotov en la mano.

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domingo, 9 de noviembre de 2025

Los salvajes

El primer gran avance de la humanidad se dió por la capacidad para inventar historias, que permitieron la cooperación de muchos individuos. El segundo, dejar de creerlas. Así nació el método científico: observar y comprobar. Lo que se puede reproducir, es real y existe independiente de cuantos se lo crean. La Ciencia superó las explicaciones fantasiosas, y el razonamiento mágico. Gracias a sus avances, los billones que están vivos y llevan vidas cómodas, se permiten seguir creyendo en pseudociencias sustentadas en la pereza mental.
Uno de los campos donde más se nota esta contradicción es la economía. Muchos críticos acérrimos del “odioso mercado” viven felices con sus beneficios. Para justificar esa cómoda esquizofrenia, inventaron un término: “capitalismo salvaje”. Según ellos, los empresarios son bestias sin alma que explotan niños inmigrantes en minas o inmundas fábricas nocturnas. Ejemplos reales, pero marginales, que presentan como prueba de que toda libertad económica deriva en esclavitud.
No importa que esos abusos sean delitos en la mayoría de países. No importa que existan regulaciones, sindicatos, controles. Lo que importa es sostener una moral torcida donde toda empresa privada es sospechosa, y el único comercio puro es el que maneja el Estado. Aquí, el método científico desaparece. No sirve la evidencia de los 30 países más prósperos —todos con economías abiertas y políticas liberales— ni la comparación entre las dos Coreas o las dos Alemanias. Prefieren los mitos.
Cuando una actividad ilegal ocurre en una economía liberal, celebran con morbo: “¡lo sabíamos!”. Pero no alcanzan a ver que esos crímenes ocurren precisamente porque el Estado no cumple su verdadero papel de control del delito y no castiga los abusos porque anda persiguiendo la libre competencia.
El problema no es el mercado, sino los gobiernos corruptos que no cumplen su rol. Son precisamente los países gobernados por socialistas salvajes los que suelen tener Estados colapsados, cooptados por roscas de funcionarios y empresarios amigos, sin reglas claras ni garantías para nadie.
Quienes denuncian al “capitalismo salvaje” como la raíz del mal, lo que en realidad hacen es defender un modelo donde no hay libertad económica, ni innovación, ni incentivos, ni progreso. El salvaje privilegio político… y la pobreza bien repartida.

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sábado, 8 de noviembre de 2025

Revolcar y destruir

Un personaje envanecido que sólo ve el mundo a través del prisma de su gloriosa dignidad. Toda su vida fue agitador y denunciador; jamás constructor. No tiene experiencia organizando, dirigiendo ni integrando equipos con propósito: su currículo es la crítica permanente y la queja. Eso lo dejó en evidencia en la gestión —desastrosa— de Bogotá y del país.

Claro que tiene adeptos. Lo siguen los grupos criminales que protege sin disimulo; los ineptos que comparten su ignorancia sobre economía y gerencia; los vagos y parásitos que creen que la sociedad les debe todo; y unos cuantos ilusos que, entre la maleza, logran pescar alguna promesa con apariencia de buen propósito.

No sorprende lo que ocurre ahora: ha pisado el acelerador del desorden porque siente el final cerca. Sabe que no dejará una obra, ni un avance digno de su nombre; su orgullo se alimenta de la ruina que deja. Su lista de “logros” es, por desgracia, coherente: desbarató la salud, erosionó las finanzas, asestó golpes a las exportaciones, debilitó a Ecopetrol, desestabilizó el Ejército, minó las Cortes y socavó las instancias de control. Su mayor hazaña ha sido aumentar la confrontación para exponer —dice— “las contradicciones” de la democracia que tanto aborrece.

Frente a los límites que le impiden imponer su visión estatista y autoritaria, propone ahora el “poder constituyente”: un eufemismo semántico para seducir a un pueblo sumiso y evitar la palabra “asamblea”, que se comprometió a no convocar. La táctica es elemental y desesperada: intensificar la agitación y el caos.Como el campo ya está en manos de grupos criminales, su plan es revolcar las ciudades. Financia marchas y bloqueos para torpedear la actividad productiva, generar pobreza y sembrar desconcierto —ingredientes imprescindibles de su dieta política. Insulta a potencias y amenaza la financiación de la lucha antidrogas; pone en riesgo la exportación de flores, café, petróleo y carbón; y así sazona su caldo de cultivo: más miseria, más confrontación.

Si no se muestra firmeza en los meses que quedan, el daño será irreversible. Es la defensa mínima de un país que necesita orden, trabajo y sentido común para salir del caos que él mismo cultiva.



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lunes, 3 de noviembre de 2025

El pueblo unido...

..Jamás será vencido!” gritaban, con emoción ruinosa y cadencia desgastada, los miles de manifestantes que el gobierno logró reunir en la Plaza de Bolívar a punta de mucho esfuerzo… y más dinero.
El gran líder ya aprendió —a la mala— que sus convocatorias a “tomar las calles” no llenaban más de un par de cuadras. Haber llegado al poder, así fuese con fraude o con alquimia electoral, le distorsionó la percepción de la realidad: llegó a creerse el Mesías de una multitud fervorosa lista para marchar apenas levantara la ceja. Tuvieron que recordarle sus asesores, con la suavidad que se usa ante un paciente irritable, que las plazas no las llenan con poesía sino con presupuesto. Las marchas, le recordaron, se hacen con planeación… y con plata. Así que desempolvaron la vieja receta de siempre, la que tan buenos dividendos les dio en los gloriosos tiempos del caos callejero: unos pocos energúmenos para bloquear avenidas “pacíficamente”, golpeando y bombardeando a cualquiera que ose pasar; y unos cuantos buses traídos de las zonas más deprimidas, con promesas de paseo, refrigerio y sancocho. El resto es coreografía: un puñado de muchachos estratégicamente ubicados inicia el cántico milenario y el coro obedece, repitiendo una consigna que suena a eco de museo.

Desde la juventud la vengo oyendo en los más diversos escenarios. Siempre me pareció una pieza de la arqueología política, una reliquia que sobrevivió a la extinción de las ideas. Casi nunca la entonan los que realmente son “del pueblo”, ni quienes están unidos por algo más que el rencor: la cantan grupos vencidos por su propia incapacidad de innovar, por su parálisis productiva, por la comodidad de culpar al sistema mientras el sistema les paga el almuerzo. El pueblo? Está trabajando y no tiene tiempo para cánticos insulsos. Unido? No logran apoyo sino es con chantaje a empleados oficiales? Vencido? Las guerras de veras se acabaron hace mucho con las sociedades reguladas por instituciones democráticas. Ya no se trata de vencer sino de cooperar, ver el bien común y progresar. Trabajando duro. Es en eso que está el pueblo.

Lo que sí se logró fué que se contaran. Dos y medio millones. Traducido: un seis por ciento de la masa votante. Esa es, con generosidad estadística, la realidad de la izquierda en Colombia. Con una estrategia de trampas, alianzas non sanctas y un 50% de apáticos, logran ganar elecciones.Tanta gente aún se pregunta cómo llegamos a tener un presidente que parece escapado de un hospital psiquiátrico con megáfono prestado. La respuesta es sencilla: los locos gritan más fuerte, y los cuerdos, a veces, se cansan de discutir. Pero confío en que aún quede lucidez suficiente para despertar y reaccionar antes de que el daño sea irreversible.

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domingo, 2 de noviembre de 2025

IA para el fanatismo

Una niña es detenida en el aeropuerto de Londres mientras intenta volar a Ammán. Tiene 13 años y una convicción sagrada: unirse al Estado Islámico para librar la guerra santa contra la hipocresía de Occidente. Cuando le muestran los testimonios de esclavas sexuales y los horrores cometidos por los héroes que idolatraba, despierta abruptamente. Llevaba meses sumergida en videos de propaganda mística y política, con cánticos celestiales y explosiones inspiradoras. No es un caso aislado: cientos de jóvenes buscan “propósito” en montajes donde el fanatismo se ve épico, casi poético.

El drama motiva a un grupo de lúcidos programadores jóvenes a crear un sistema de inteligencia artificial capaz de sabotear los algoritmos que repiten lo mismo hasta el delirio. Lograron que, junto a los falsos videos gloriosos, aparecieran los testimonios de quienes han escapado y sobrevivieron a la pesadilla, con lo que se ha logrado reducir la migración al espejismo.

El fenómeno es universal. Aquí hemos logrado nuestra versión criolla de alienación con realidad aumentada. Jóvenes –niños, diría Petro– escriben su propio guion heroico, grabado en 4K, para proclamarse “guerreros de la justicia social”. La “Resistencia Popular Bogotá 9.0” se organiza desde cafés de autor, entre laptops relucientes, lino artesanal y pausas para el flat white. Son los hijos de la tierra, dicen, mientras coordinan con indígenas pagados y manipulados y celebran como triunfo haber atravesado el brazo de un policía con flechas ancestrales.

La marcha es pacífica, pero llevan “Capucha, vinagre, papas bomba, molotovs y actitud beligerante, no olviden grabar TODO. Sin video, no hay opresión.”
El guion es conocido: provocar, filmar y editar para que parezca defensa propia. Pero el Alcalde Galán es un tibio que les destruye su épica.
“Compañeros, esto no prende. ¿Dónde está la represión? ¡Queremos gas, no abrazos institucionales!”, “Subí clip con niños llorando.”Como no los golpean, diseminan creativos conceptos: “violencia simbólica por omisión”. Pero eso no es problema: en postproducción se añaden humo y gritos reciclados, “nos estan matando” mientras al fondo, un vendedor ambulante ofrece arepas.

¿Habrá aqui quien programe una IA para conectar a estos hijos de papi y mami, revolucionarios de Telegram con la realidad?
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domingo, 26 de octubre de 2025

¿Narcotraficante?

“No creo que el presidente sea narcotraficante, ni creo que sea una persona involucrada en el mundo de lo ilícito”, dijo el eterno candidato de las medias tintas, pocos días después de la genial revelación de la extirpación de la i, para convertir todo en lícito. La declaración no podía ser más insípida. Porque el punto, tal como lo ha planteado el gobierno estadounidense —y como lo viven millones de colombianos—, no es si Petro es un capo mafioso, sino si ha sido facilitador del narcotráfico. Y los hechos, muchos de ellos admitidos o incluso celebrados por los protagonistas, no dejan mucho margen a la duda. Ahí están el “pacto de la Picota”, discutido y conocido; los quince mil millones de aporte fraudulento que Benedetti aseguró haber puesto; los millones que Nicolás no entregó; el maletín de Laura Sarabia; la financiación de Maduro y hasta el famoso turbante lleno de dólares. No se trata de teorías conspirativas, sino de confesiones a micrófono abierto.

Y las pruebas del cumplimiento de esos pactos están a la vista: excarcelaciones y nombramientos de condenados; rechazo a la extradición de narcos; otorgamiento de estatus político a grupos que se autodefinen como criminales; la llamada “paz total” convertida en festival de impunidad; el tarimazo con hampones; el apoyo abierto a Maduro y los acuerdos fronterizos que permiten el libre flujo de armas, coca y delincuentes. A eso se suma el debilitamiento del Ejército, el rompimiento con Israel y la provocación hacia Estados Unidos para dinamitar la cooperación antidrogas. Todo aderezado con una solidaridad conmovedora hacia los traficantes “atacados injustamente”.

Independiente de la credibilidad de Trump, quien revise objetivamente los hechos concluiría que el actual gobierno colombiano ha sido de enorme utilidad para que la exportación de cocaína crezca y los carteles acumulen más poder, dinero y armas, con las que aseguran su influencia política. En 2010 teníamos unas 40.000 hectáreas de coca. Hoy, gracias al modelo progresista, superamos las 250.000. La producción subió un 53% solo en este gobierno, y las incautaciones, medidas como porcentaje de lo producido, están en su punto más bajo histórico. Con las mismas cifras que el gobierno exhibe con orgullo, queda claro que Colombia lanza al consumo mundial más cocaína que nunca.
Así que, aunque el presidente no sea narcotraficante, sus resultados son dignos de un gran capo. La diferencia es que éste, en lugar de huir de la justicia, da discursos sobre ética y soberanía nacional.

viernes, 24 de octubre de 2025

Guerra sin fin

Tuve el privilegio de vivir cuatro años en el mundo árabe y conocer de cerca su cultura. Mi trabajo me permitió interactuar con cientos de personas de todas las condiciones: desde príncipes billonarios en jet privado hasta beduinos en lomo de camello; desde damas asustadas y sometidas hasta mujeres rebeldes y visionarias. Tuve amigos y colegas sirios, libaneses, palestinos, egipcios, kuwaitíes, saudíes, emiratíes, bahreiníes, yemenitas, omaníes y cataríes. Muchos educados en Europa o Estados Unidos, cultos, equilibrados, con vidas normales y posiciones políticas diversas. Pero todos, sin excepción, compartían un punto de unión: el odio a los judíos. No es un sentimiento superficial. Es una convicción enseñada desde la infancia y reforzada cinco veces al día por los altavoces de las mezquitas. La peregrinación a La Meca, en teoría un acto de fe y reconciliación, se convierte en una inmersión en discursos de odio que justifican la violencia como deber religioso. El resultado está a la vista: nueve grandes guerras, dos intifadas, incontables operaciones militares, atentados suicidas, ataques con cohetes e invasiones. El propósito declarado de grupos como Hamás es la desaparición del Estado de Israel, una meta que comparten millones con distintos grados de fanatismo. Para la mayoría del mundo musulmán, Israel es una afrenta impuesta por las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial.

Del otro lado, los judíos permanecen firmes en su derecho a ocupar lo que consideran su tierra ancestral. Han construido una sociedad próspera, una democracia sólida, una sociedad basada en principios y una fuerza militar que les ha permitido sobrevivir rodeados de enemigos.

El ataque de Hamás el 7 de octubre fue de una sevicia y crueldad horrenda. Seguido por ataques de Hezbolá en el norte, milicias en Siria e Irak, misiles desde Irán y hutíes atacando barcos: una coreografía de agresión, sincronizada y predecible. Israel se defiende con brutal eficacia, y el sufrimiento ocasionado a los palestinos es indescriptible lo que genera la condena fervorosa del mundo mediático. Un conflicto donde la violencia es el idioma común, no podrá terminar mientras la fábrica de fanatismo y rencor siga funcionando. El mismo proceso que aquí vivimos con la producción constante de un discurso que solo alimenta el ciclo interminable del odio.
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