Hola, China. ¡Tantos temores infundados con la opción de hacer negocios contigo, China querida! Algunos se aterran por la ofensa a Trump, el magnate que solo se interesa por los negocios. Tian na! Si representamos el 0,01 % del comercio global de EE. UU. que tiene con nosotros un superávit que es apenas un 0,1 % del déficit que tienen contigo. Seamos realistas: no existimos.
Luego vienen otros con el susto de quedar amarrados por tu “correa” (Yi dai,Yi lu– la famosa Belt and Road). Es obvio que, siendo grande y poderoso, vas a tener influencia. Es lo normal. Los países que supieron aprovechar la influencia del Tío Sam se volvieron ricos. Aquí, en cambio, parece que nos esforzamos por seguir siendo chiquitos, desconocidos y pobres, repitiendo la vieja cantaleta del “imperialismo”.
Negociar contigo podría traer grandes proyectos de infraestructura, tecnología y un mercado inmenso para nuestras tímidas capacidades productivas. Si tuviésemos olfato, te entregaríamos en concesión el diseño, construcción y operación de toda la red vial y ferroviaria del país. Total, lo que tenemos es una combinación de ingeniería rudimentaria con una visión pichicata que nos impide hacer una obra que no se caiga al año siguiente. Aquí culpamos a la “difícil geografía” cuando se derrumban las carreteras o un túnel demora décadas. Para ti, eso sería un cuento chino.
Podríamos aprovechar la excusa ecológica para traer a BYD, fabricar “el carro eléctrico colombiano”, barato, pequeño, copiable. Tal vez así podríamos parar el genocidio motociclista y aprender lo que significa autoridad y orden en el tránsito.
Pero duibuqi, China. Discúlpanos. Ni este ni ningún plan concreto llevaba el Gran Líder Galáctico. Estaba convencido de que bastaba con darle un gran abrazo comunista y revolucionario a Xi, quien ignora el concepto. No sabía —como tampoco lo sabe la izquierda latinoamericana— que allá lo único que queda de comunista es el nombre y que operas el más salvaje de los capitalismos , lleno de billonarios que ya alcanzan a los gringos.
Lo devolviste con el rabo entre las piernas, sin tren transoceánico, con el cerebro hinchado por una ideología caduca y el pecho inflado en su convicción de haber asombrado al mundo. Y en efecto fueron muchos los noticieros de este verde planeta donde se burlaron de las burradas que fué a soltar allá.
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viernes, 23 de mayo de 2025
viernes, 11 de abril de 2025
Bye Bye USA
El ocaso de la “Era Americana” se intuía en el horizonte, pero pocos imaginaron que un megalómano le imprimiría semejante impulso hacia su declive. La clave de su hegemonía global no residía en la fuerza militar ni en la riqueza, sino en la prodigiosa concentración de talento. A lo largo de su historia, supieron convocar a los espíritus más brillantes, atraídos por universidades de excelencia y por un sistema que exaltaba la libertad de emprender. La humanidad produce genios a un ritmo constante; quien logre reunirlos, posee la fórmula secreta de la supremacía.
En las últimas décadas, los apellidos de los grandes referentes en ciencia y tecnología han empezado a cambiar. En los congresos médicos, por ejemplo, las figuras estelares llevan rostros asiáticos: chinos, indios, de orígenes diversos. El muro de restricciones migratorias y la sombra de la xenofobia, alentadas por el trumpismo, amenazan con erosionar esta ventaja histórica.
Mientras tanto, China ha leído con agudeza el signo de los tiempos. Supo que debía educar y liberar. Pasó de inundar al mundo con baratijas a construir, con paso firme, una potencia interna deslumbrante: autopistas infinitas, trenes que desafían al tiempo, rascacielos que se elevan como esculturas, industrias pujantes y una tecnología que ya no imita, sino crea. La innovación, antaño bastión americano, empieza a tener nuevos dueños.
Con un PIB que roza al estadounidense, una población tres veces mayor y una voluntad clara de expandir su influencia, no es arriesgado predecir que el eje del poder girará. Junto a India y otros países que han comprendido los secretos del capitalismo, conformarán un bloque que superará con holgura la gravitación de Estados Unidos.
Como corolario, las absurdas guerras arancelarias han sembrado desconfianza en el comercio global. Muchos países buscarán nuevos caminos, tejiendo redes entre sí, comerciando con Asia y con todo aquel que entienda que la prosperidad nace de la apertura, no del encierro.
En este nuevo tablero, naciones como Colombia tendrían una oportunidad dorada, si tan solo lograran romper con la vieja liturgia del lamento y la protesta, esa ideología fatigada que convierte la pobreza en un dogma y el odio en bandera.
25102
En las últimas décadas, los apellidos de los grandes referentes en ciencia y tecnología han empezado a cambiar. En los congresos médicos, por ejemplo, las figuras estelares llevan rostros asiáticos: chinos, indios, de orígenes diversos. El muro de restricciones migratorias y la sombra de la xenofobia, alentadas por el trumpismo, amenazan con erosionar esta ventaja histórica.
Mientras tanto, China ha leído con agudeza el signo de los tiempos. Supo que debía educar y liberar. Pasó de inundar al mundo con baratijas a construir, con paso firme, una potencia interna deslumbrante: autopistas infinitas, trenes que desafían al tiempo, rascacielos que se elevan como esculturas, industrias pujantes y una tecnología que ya no imita, sino crea. La innovación, antaño bastión americano, empieza a tener nuevos dueños.
Con un PIB que roza al estadounidense, una población tres veces mayor y una voluntad clara de expandir su influencia, no es arriesgado predecir que el eje del poder girará. Junto a India y otros países que han comprendido los secretos del capitalismo, conformarán un bloque que superará con holgura la gravitación de Estados Unidos.
Como corolario, las absurdas guerras arancelarias han sembrado desconfianza en el comercio global. Muchos países buscarán nuevos caminos, tejiendo redes entre sí, comerciando con Asia y con todo aquel que entienda que la prosperidad nace de la apertura, no del encierro.
En este nuevo tablero, naciones como Colombia tendrían una oportunidad dorada, si tan solo lograran romper con la vieja liturgia del lamento y la protesta, esa ideología fatigada que convierte la pobreza en un dogma y el odio en bandera.
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