En medio de este ambiente enrarecido aparecen hechos reveladores. El rechazo de Petro y Cepeda a unos resultados electorales que numerosos observadores y organizaciones independientes calificaron como transparentes, demostró que no respetan la mayoría. Su reacción ante una derrota en segunda vuelta se escucha en consignas y marchas: la voluntad propia está por encima de las reglas compartidas. El uso de la justicia para determinar qué camisetas pueden exhibir los ciudadanos y qué palabras están prohibidas. Más allá de los pintorescos fallos, se revela una tendencia de fondo: la tentación de controlar cada vez más espacios de la vida pública.Tampoco se oculta el afán de engañar a los votantes. Deciden borrar la constituyente del programa cuando mucha gente entiende que es el primer paso hacia el dominio totalitario. Y con cada salida en falso se aumenta la distancia entre los candidatos.
Pero quizás la contradicción más llamativa sea proclamarse defensores de la vida mientras se cuentan los 55.000 homicidios de este gobierno, reciben apoyo de bandas armadas y se disemina la intimidación para obtener el voto.
Las democracias se deterioran cuando la violencia se normaliza, cuando las reglas dejan de respetarse y cuando el grupo que pierde el voto, promete destrucción y muerte. Inducir y promocionar una confrontación armada no tiene sentido ni justificación alguna. Aceptar la democracia implica que a pesar de una fuerte convicción del desastre que significa el opuesto, se debe tolerar y aceptar la derrota. Los Colombianos ya han pagado muy caro la normalización de la violencia para resolver sus diferencias.
Publicado El País de Cali 26164
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