viernes, 13 de marzo de 2026

Elecciones confiables

Quien haya participado en unas elecciones colombianas con mirada objetiva tiene que admitir que el sistema electoral, en su funcionamiento básico, es uno de los más sólidos que existen. Quien acude a un puesto de votación encuentra una organización impecable: policías vigilando, funcionarios orientando, jueces resolviendo imprevistos, testigos atentos y jurados de mesa que, en su inmensa mayoría, cumplen su tarea con una seriedad y honestidad admirables. Todo ocurre en un ambiente de orden y tranquilidad en el que se respira el alma de la democracia.

La capacidad logística de la Registraduría sería envidiada incluso por muchas democracias avanzadas. Mientras en varios países los resultados tardan días —o semanas— en conocerse, en Colombia en la primera hora ya se tiene una idea bastante clara de la tendencia y, en tres horas, aparecen resultados prácticamente definitivos. El resultado se corrobora con el escrutinio formal, donde se revisan nuevamente las actas con otros actores.

Desde luego existen municipios donde el fusil reemplaza al voto libre y regiones donde opera la compra directa de votos o el viejo clientelismo disfrazado de ayuda social. Son los nombramientos, subsidios y medidas populistas que producen un bienestar transitorio los que distorsionan las elecciones. Y está la trampa mayor: la manipulación de las mentes mediante mentiras y engaños que crean la ilusión del fin de la pobreza entre quienes menos recursos y neuronas tienen. A pesar de toda la evidencia, muchos se resisten a ver que lo único que se ha acabado es la pobreza de los Históricos, sus amigos y sus familiares.

Por eso resulta repulsivo que candidatos y líderes —incluido el presidente— siembren dudas sobre el sistema sin presentar una sola prueba. La democracia no puede funcionar con la regla infantil de: “todo está bien si gano, pero si pierdo entonces hubo fraude”. Estas elecciones le demostraron al país que el régimen no tiene el respaldo que cree tener. Van a intensificar todas las estrategias de distorsión y abuso de los recursos públicos que tan bien les han funcionado. Los políticos y funcionarios que no participan en esas prácticas deben redoblar sus esfuerzos de vigilancia. Y todos debemos ayudar a vencer la resistencia de los apáticos que se privan del orgullo que significa votar en Colombia.
Publicado El País de Cali. 2673