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sábado, 8 de noviembre de 2025

Revolcar y destruir

Un personaje envanecido que sólo ve el mundo a través del prisma de su gloriosa dignidad. Toda su vida fue agitador y denunciador; jamás constructor. No tiene experiencia organizando, dirigiendo ni integrando equipos con propósito: su currículo es la crítica permanente y la queja. Eso lo dejó en evidencia en la gestión —desastrosa— de Bogotá y del país.

Claro que tiene adeptos. Lo siguen los grupos criminales que protege sin disimulo; los ineptos que comparten su ignorancia sobre economía y gerencia; los vagos y parásitos que creen que la sociedad les debe todo; y unos cuantos ilusos que, entre la maleza, logran pescar alguna promesa con apariencia de buen propósito.

No sorprende lo que ocurre ahora: ha pisado el acelerador del desorden porque siente el final cerca. Sabe que no dejará una obra, ni un avance digno de su nombre; su orgullo se alimenta de la ruina que deja. Su lista de “logros” es, por desgracia, coherente: desbarató la salud, erosionó las finanzas, asestó golpes a las exportaciones, debilitó a Ecopetrol, desestabilizó el Ejército, minó las Cortes y socavó las instancias de control. Su mayor hazaña ha sido aumentar la confrontación para exponer —dice— “las contradicciones” de la democracia que tanto aborrece.

Frente a los límites que le impiden imponer su visión estatista y autoritaria, propone ahora el “poder constituyente”: un eufemismo semántico para seducir a un pueblo sumiso y evitar la palabra “asamblea”, que se comprometió a no convocar. La táctica es elemental y desesperada: intensificar la agitación y el caos.Como el campo ya está en manos de grupos criminales, su plan es revolcar las ciudades. Financia marchas y bloqueos para torpedear la actividad productiva, generar pobreza y sembrar desconcierto —ingredientes imprescindibles de su dieta política. Insulta a potencias y amenaza la financiación de la lucha antidrogas; pone en riesgo la exportación de flores, café, petróleo y carbón; y así sazona su caldo de cultivo: más miseria, más confrontación.

Si no se muestra firmeza en los meses que quedan, el daño será irreversible. Es la defensa mínima de un país que necesita orden, trabajo y sentido común para salir del caos que él mismo cultiva.



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martes, 12 de agosto de 2025

Revolución profunda

Que los muchachos crean que Colombia necesita una revolución profunda, vale. Es natural. En la juventud muchos pensamos que todo estaba mal hecho, nos indignamos con la pobreza y quisimos revolcar el sistema para acabar con los privilegios y la injusticia. Pero algunos tuvimos la oportunidad de conocer la Unión Soviética, la Europa del Este, Cuba, China… y el desconcierto fue brutal. Las injusticias eran peores, la miseria seguía, y los privilegios eran más obscenos. Comprendimos que el problema no era solo el modelo, sino la concentración del poder.

Sí, también en las democracias liberales existe una concentración de poder económico repulsiva. Pero el mercado, cuando es realmente libre, tiende a generar equilibrio. No se trata de idealizarlo ni de renunciar al anhelo de una sociedad más equilibrada (justa, no, porque esa palabra ya se prostituyó), sino de aceptar una conclusión que salta a la vista para quien quiera observar el mundo: las sociedades donde opera la libertad económica tienen más posibilidades de progreso social.
No llegamos a esa idea por leer grandes tratados, —ni “El Capital” ni “La Riqueza de las Naciones”—, sino por observar la realidad: la humanidad progresa cuando es capaz de medir, comparar, repetir lo que funciona y desechar lo que no.

Por eso es desconcertante que pensadores ya maduros —que han construido, creado, trabajado— se entusiasmen con la “revolución profunda”. ¿Olvidaron toda su experiencia? ¿O sufren una regresión neuronal?
Quien ha intentado construir algo en serio sabe lo difícil que es: requiere conocimiento, esfuerzo, tiempo, y aun así el riesgo de fracasar es alto. Los proyectos fallan, las personas decepcionan, las circunstancias cambian. Y quien sabe construir, también sabe que levantar sobre lo ya construido es siempre más sensato que arrasar con todo para empezar de cero.

La historia ha mostrado que las revoluciones terminan invariablemente en ruinas o cementerios.

Lo que funciona —aunque imperfecto— es la libertad para el intercambio libre de bienes e ideas en un entorno sin violencia. Perfeccionar esas herramientas debería ser la meta de toda sociedad racional. No se debe perder la ilusión de mejorar la sociedad, pero reciclar utopías no es el camino. “En tiempos de engaño universal, lo revolucionario es decir la verdad” dijo George Orwell.

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