sábado, 14 de febrero de 2026

El circulo de la pobreza

El disco rayado lo repiten sin cesar políticos, intelectuales y analistas: mientras no haya justicia social, no se podrá controlar la violencia. Desde el inicio de la historia se sabe que las sociedades profundamente desiguales son inestables y más propensas al conflicto. No hay que ser erudito para entenderlo.
Lo que muchos se niegan a examinar es el origen de esa injusticia. La explicación simplona —y electoralmente rentable— es siempre la misma: los ricos explotan a los pobres. Solución: “hay que cambiar el sistema”. El público aplaude y vota. Pero el cambio suele traducirse en más centralización del poder, más estatismo y menos libertad económica. El resultado, invariablemente, es más pobreza y más desigualdad.
La evidencia es incómoda pero sólida: los países más prósperos han construido su riqueza sobre una fórmula sencilla y exigente. Un Estado que garantice seguridad y justicia, que genere confianza y estabilidad, y que proteja una libertad económica real. No un simulacro lleno de regulaciones arbitrarias, privilegios para los cercanos al poder y corrupción disfrazada de sensibilidad social.
La concentración excesiva de poder es la verdadera incubadora de abusos. Por eso los sistemas que prometen redención mediante el control total terminan produciendo nepotismo, clientelismo y desigualdad más profunda. Ninguna sociedad ha eliminado por completo las diferencias, pero las cifras son incontrovertibles: en las economías basadas en la libertad económica, los sectores más pobres viven diez veces mejor que en los países atrapados en el espejismo del mal llamado progresismo.
El error conceptual es atar el progreso social —derechos civiles, laicismo, sostenibilidad ambiental— al intervencionismo económico. La intoxicación de poder deforma las mentes y empuja hacia prácticas que traicionan los valores que dicen defender.
Y escogen ignorar que en el mundo moderno no es la desigualdad la que genera violencia, sino la violencia la que destruye oportunidades, espanta inversión, corroe instituciones y fabrica pobreza. La criminalidad organizada, tolerada o enquistada en el poder, es una fábrica de injusticia mucho más eficaz que cualquier mercado imperfecto.
Seguir repitiendo el eslogan sin mirar la evidencia no es ingenuidad: es terquedad ideológica. Y esa terquedad, cuando gobierna, termina costando vidas.
Publicado EL Pais de Cali 2645

viernes, 6 de febrero de 2026

Gallos tropicales

“¡Vengan por mí, cobardes!”, gritó uno. Y vinieron.La bravuconería que terminó con la muerte de cerca de cien personas —venezolanos y 32 esclavos cubanos incluidos— estaba siendo imitada por su par ideológico del vecindario. Con idéntico despliegue de testosterona política, logró que se hicieran visibles datos que prefería ocultar: duplicación de las exportaciones netas de cocaína y de los grupos criminales con reducción a la mitad de las extradiciones. Todo acompañado de una patanería diplomática presentada como acto heroico.El daño al país por la descertificación, la pérdida de visas e inclusión de su equipo en la lista Clinton, intentó disimularlos posando de asceta revolucionario: “no necesito bancos ni cuentas”, proclamó. Pero la pureza duró poco. Para intentar zafarse de las sanciones, contrató una firma americana de abogados por diez mil millones. Como siempre, la factura y las consecuencias las pagamos todos. Sus arranques de gallo fino nos salen caros, aunque insista en venderlos como estrategias de inteligencia y soberanía, como si no supiéramos contar muertos y sumar daños.

Trump lo resumió sin rodeos: “se volvió muy querido después del 3 de enero”. “Se disolvió como un Alka Seltzer” dijo Jaime Bayly.

El mito de la dignidad confrontacional ha causado estragos en América Latina.
Lo verdaderamente inteligente, cuando se tiene una potencia al lado, es aprender de ella y negociar con habilidad, no desafiarla a puño limpio. Así se logra la dignidad. Basta comparar dos islas. Singapur, diminuta y sin recursos naturales, optó por cooperar y aprender. Hoy tiene un PIB per cápita cercano a los 90.000 dólares. Cuba, mucho más grande y rica en recursos, eligió la ideología de la confrontación, y es 10 veces más pobre. El resultado: una población hambreada, reprimida y atrapada en una miseria tan profunda como “digna”. Socialismo o muerte! Cambiaron la o por y.
No hay que hacer mucho análisis ni evaluar datos. Basta comparar una foto de La Habana actual con una de Singapur.
Algo muy defectuoso tiene que haber en la información que reciben quienes aún añoran el socialismo y sueñan con un Estado que les resuelva todo. El reto de quienes todavía pueden informarse y pensar es simple pero urgente: ayudar a que, al menos los no fanatizados, vean la realidad antes de que el próximo gallo vuelva a cantar.
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sábado, 31 de enero de 2026

Discursos y dislates

Hay discursos que revuelven el estómago por la profunda vergüenza que producen. Vergüenza con la humanidad. ¿Cómo es posible que más de 80 millones hayan votado por alguien capaz de soltar tantos dislates durante 70 minutos en Davos? ¿Cómo es posible que un 40% de los colombianos sigan apoyando a quien se dedica a “iluminar” audiencias con disparates que solo exhiben ignorancia, fanatismo y una desconexión alarmante con la realidad?
Pero para nuestro alivio —y como antídoto contra la náusea— es reconfortante constatar que aún existen estadistas de gran calibre, capaces de observar el mundo con lucidez, comprender sus desafíos y actuar en consecuencia. Mark Carney, primer ministro de Canadá, pertenece a esa rara especie. Su intervención en Davos fue una lección de realismo, coherencia y responsabilidad política.
Carney sostuvo que no estamos viviendo una transición, sino una ruptura del orden mundial. Que el llamado sistema internacional basado en reglas se ha erosionado, y que las grandes potencias ya no disimulan el uso de la economía, las finanzas y las armas para imponerse. Frente a ese escenario, los países medianos no pueden seguir fingiendo neutralidad ni refugiarse en la nostalgia del multilateralismo.
La respuesta no es aislarse ni construir fortalezas nacionales, sino fortalecer capacidades propias y tejer alianzas flexibles entre países con valores compatibles. Soberanía hoy no significa encerrarse, sino reducir vulnerabilidades: producir energía, alimentos, tecnología, defensa y conocimiento sin depender de un solo hegemón.
Carney propuso un realismo basado en valores: defender la democracia, los derechos humanos y la legalidad internacional, pero entendiendo que el mundo es imperfecto y que el poder sin principios conduce al desastre. Canadá, dijo, apuesta por diversificar relaciones, invertir masivamente en su economía real y construir coaliciones prácticas para cada problema. Un guión perfecto para Colombia.
Mientras algunos líderes convierten la política global en un espectáculo de egos, amenazas y resentimientos, otros aún recuerdan que gobernar va mucho más allá de las quejas e insultos. En tiempos de ruido, los estadistas no abundan. Por eso, cuando aparece uno, conviene escucharlo.
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domingo, 25 de enero de 2026

Fotos patéticas

La sonrisa se parece a la de mi nieto cuando le doy una medalla que yo gané, como premio por haberse portado bien. La mira con orgullo unos segundos y luego la olvida. A sus tres años ya sabe que no es suya, que puede tocarla pero no le pertenece. No la ganó.
Pero la sonrisa de Trump es otra cosa. Es de satisfacción plena. De premio largamente deseado y finalmente obtenido. En su rostro se lee: “por fin es mío, mío, todo mío”. Su mente distorsionada cree que tocar el oro significa merecerlo. Tan grotesco fue el espectáculo que el Comité Noruego tuvo que aclarar —como a un niño caprichoso— que el Nobel no es transferible ni regalable. Ningun premio lo ha sido. Ni el Nobel ni ningún otro.
La expresión de María Corina también es reveladora: “hago lo que sea con tal de hacerlo pensar en los venezolanos y no en el petróleo”. Inocente. Decente. Buenota.
Es trágico que la humanidad no logre ver, detrás de los discursos promeseros, la distorsión patológica de quien los pronuncia. “Como su país no me dio el Nobel, no me siento obligado a pensar en la paz” es la respuesta esquizofrénica a un llamado diplomático al diálogo, mientras amenaza con desatar una guerra con sus propios aliados europeos.
En otra foto, Delcy está de pie, más bien tiesa, estirando la mano a un sonriente director de la CIA. No está arrodillada. No hace venia. Faltaba más. Frente a ella está quien planeó la extracción de su adorado jefe, una operación militar que dejó 51 venezolanos y 32 cubanos muertos; el mismo que propinó una paliza humillante al régimen. Podrá ser el enviado para dictar instrucciones, pero ella no se inclina. Tal vez cuando llegue el virrey. O el rey. Por ahora, pretende transmitir que su dignidad permanece intacta mientras el amado líder trasnocha en una celda de tres por dos, y el país sigue dando tumbos con una represión que no cede
Las dos fotos ayudan a poner en contexto la reunión entre el “narco-capo, matón y hostil” y el “senil, grosero, esclavista y nazi”, como ellos mismos se califican. Por más que lo deseemos, es muy improbable que dos narcisos tan patológicos lleguen a acuerdos que beneficien a sus países.
El cinismo estratégico del gran negociante ha dado para pensar que el cuento de la llamada y el “gran honor” sean otra jugada para ahorrarse los 570 millones de dólares que le costó sacar a Maduro.



sábado, 17 de enero de 2026

Marshall tropical



«Acabaré con la guerra de Ucrania en 24 horas». Medio millón de muertos después, sigue dándose palmaditas con Putin.
«Estamos al mando… (de Venezuela)» parece ser otra ilusión nacida de la megalomanía. Confía en que la operación del 4 de enero metió tanto miedo al chavismo que todos se volverán ovejas obedientes. No oye a Diosdado, a Padrino ni a la propia Delcy, que no lucen precisamente aterrados ni dispuestos a entregar privilegios, rutas y fortunas.
Surge el espejismo del Plan Marshall y el Dodge, invocados con entusiasmo, como si Europa y Japón se hubieran reconstruido con discursos, amenazas y sanciones. Suena bien hablar de estabilizar la economía reactivando el petróleo para luego transitar hacia elecciones y reconciliación, como si el problema fuese técnico y no criminal.
Pero los países de posguerra estaban derrotados, arrasados y bajo administración directa del ejército estadounidense, que llegó con inversión masiva, planificación conjunta y cooperación multilateral. No había regímenes mafiosos enquistados en el Estado ni ejércitos privados financiados por economías ilegales. Nadie estaba dispuesto a morir por los vencidos.
El Plan Marshall exigía consenso interno, reglas claras y reconstrucción institucional desde abajo. Lo que hoy se anuncia huele más a incautación de recursos estratégicos y a una ejecución dirigida desde Washington, sin desarrollo de capacidades locales y con la percepción de un negocio externo: primero los nuevos dueños, luego —si alcanza— el bienestar del país intervenido.
Liberar a Venezuela y abrir una etapa de prosperidad es un objetivo legítimo. Pero ignorar las razones del éxito de Marshall conduce al fracaso. Creer que un régimen mafioso cooperará de buena fe, mientras se minimiza a la oposición organizada y se desconoce el liderazgo y el reconocimiento internacional de María Corina Machado, no es realismo: es soberbia.
Venezuela no necesita un virreinato con lacayos que no van a obedecer. Necesita poder ciudadano, instituciones propias, justicia y respaldo internacional coherente que empodere a los muchos venezolanos valiosos capaces de reconstruir su país.
Venezuela ya ha sufrido demasiado. Hay que develar ilusiones que la mantendrán en el ciclo de violencia y miseria.

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lunes, 12 de enero de 2026

Dictadura madura

Los partidarios de la no violencia no encontramos justificación moral para resolver los conflictos mediante la agresión o la guerra. Pero la experiencia histórica muestra que todo intento de apaciguar a los matones suele traducirse en más atropellos. No hay que ir muy lejos: ahí están las muertes acumuladas de la “paz total”.
¿Qué puede hacer una sociedad dominada por un gobierno criminal, abusivo y violento que se perpetúa en el poder? Se invoca el principio de autodeterminación de los pueblos. Pero ¿de qué autodeterminación hablamos cuando no hay democracia, cuando las elecciones no existen o se manipulan, cuando se persigue, encarcela, tortura o asesina a quien disiente, cuando la única salida para millones es el exilio? Llamar a eso “voluntad popular” es una burla cruel.
Si todo esto ocurre y el mundo mira hacia otro lado invocando la “no injerencia”, estamos ante una forma de complicidad, o de tolerancia culpable. Basta estudiar con detenimiento lo que ocurre en Corea del Norte, donde la dictadura comunista se hereda ya por cuarta generación; o en Irán, Cuba o Nicaragua, donde camarillas enquistadas en el poder condenan al resto de la población a una vida de privaciones “en dignidad”.
Cuántas vestiduras rasgadas con la intervención de Trump en Venezuela. Cuántas invocaciones al derecho internacional, cuántos discursos contra el imperio y sus “verdaderas intenciones”–petróleo, minerales, dominio, liberación– Y, sin embargo, qué poca consideración con el sufrimiento real de los venezolanos: más de ocho millones de desterrados, miles de presos políticos, torturados, asesinados, y un país entregado al crimen organizado. Por ellos no hubo marchas multitudinarias ni indignación global sostenida.
Hay que hacer un balance difícil entre el sufrimiento prolongado de un pueblo sometido por la tiranía y los dilemas legales que implica usar la fuerza cuando todos los caminos pacíficos han sido clausurados.
“El fin no justifica los medios”, se repite con razón. Pero la pregunta sigue abierta, incómoda e inevitable: ¿cuál es el medio legítimo para liberar a un pueblo secuestrado por un sátrapa armado y sostenido por esbirros importados? ¿Va a ser suficiente descabezar a unos pocos para enderezar el rumbo, cuando hay tantos acostumbrados a parasitar el estado, recogiendo la migajas que deja caer la élite corrupta?

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sábado, 3 de enero de 2026

Tantos años viejos


A medida que la vida se alarga y el calendario insiste en seguir cambiando, uno desarrolla cierta habilidad para detectar la contradicción entre lo que muchos predican y lo que practican. Llamemos “ideología” al cóctel de creencias políticas, religiosas, culturales y filosóficas… en otras palabras, a esa ensalada mental que cada quien adereza como puede.
Una de las ideas más desconcertantes es la de la eternidad. El infinito temporal sigue siendo un lío que la mente humana no logra digerir. ¿Qué había antes del Big Bang y que habrá después? Los astrofísicos lo explican con un lenguaje tan enrevesado como el de los teólogos, solo que cambian “transubstanciación” por “materia oscura”. Pero algo sí tenemos claro: nuestros átomos seguirán rodando por ahí, y nuestros genes seguirán fabricando parientes, a menos que algún desquiciado Putinesco decida activar la fisión y nos convierta en energía.
El caso es que no deberíamos necesitar amenazas ni recompensas eternas para comportarnos como seres decentes aquí y ahora. No tendría que prometérsenos un penthouse celestial, para ser éticos, respetuosos, trabajadores y pacíficos. Sin embargo, tanta insistencia en la vida eterna produce un curioso efecto: parece que algunos reservan su mejor comportamiento para el más allá, y dejan el más acá lleno de hipocresías, abusos y pecados “perdonables”.
La fórmula es simple: en la tierra hago mis diabluras… y en el cielo me dan upgrade automático porque “Dios es amor”. El problema es que esa obsesión por la recompensa futura termina vaciando de sentido la vida presente. Se bautiza un bebé: “su vida valdrá cuando llegue al cielo”. Se despide a un muerto: “su existencia tiene sentido ahora que empezó la eternidad”. Y entre ambas ceremonias, ¿qué?
Ojalá en el año nuevo consideremos una idea mas simple: asumir que el sentido está en el aquí y en el ahora, en lo que hacemos cada día, en la felicidad de ayudar y en la gratitud recibida. Que la “vida eterna” es, en realidad, la memoria afectuosa que dejamos en quienes nos sobreviven.
Del mismo modo, no deberíamos asustar a nadie con tiquetes al infierno para disuadirlo de destruir vidas por codicia o poder. Basta observar la miserable existencia de quienes creen que la violencia y el crimen son atajos hacia la gloria: su castigo comienza mucho antes de llegar a las llamas.
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