viernes, 18 de septiembre de 2026
Guerras pobres
Existe también el contrario. La seguridad permite invertir, trabajar, comerciar y construir. El Estado puede dedicar más recursos a educación, salud e infraestructura. Aumentan los ingresos, aparecen oportunidades y disminuyen los incentivos para ingresar al crimen. Es el círculo virtuoso de la paz.Por eso encuentra respaldo un gobierno decidido a combatir las organizaciones criminales. Durante 12 años se llamaron “actores del conflicto”, “rebeldes” o víctimas de la falta de oportunidades. Se buscó incorporarlos a la sociedad mediante negociaciones, beneficios y concesiones. Lo que se logró fue un narcotráfico poderoso con nuevas estructuras y expansión de la violencia.
La historia ofrece regímenes de todas las tendencias que consiguieron establecer el orden, algunos mediante métodos que ninguna democracia debería imitar. La lección no es que necesitemos una dictadura. Es exactamente la contraria: una democracia necesita un Estado suficientemente fuerte para garantizar la ley sin abandonar las libertades. La seguridad no es de izquierda ni de derecha. Después de sus derrotas electorales, buena parte de la izquierda parece no haberlo entendido. En lugar de revisar sus posiciones, continúan recurriendo al calificativo de “fascista” para cualquiera que defienda autoridad, Policía, Fuerzas Armadas o aplicación rigurosa de la ley. Combatir asesinos, secuestradores, extorsionistas y narcotraficantes no es fascismo. Es una de las obligaciones elementales del Estado.
La pobreza no siempre lleva a violencia. Pero lo que la izquierda no reconoce es que invariablemente la violencia incrementa la pobreza. Ningún país ha prosperado convirtiendo a sus criminales en protagonistas políticos y a quienes hacen cumplir la ley en reos.
Publicado El País de Cali 26261
viernes, 11 de septiembre de 2026
Antisismico
—¿Diseñamos con la norma antisísmica colombiana o con la internacional, más estricta? —preguntó el ingeniero.—Con la más estricta posible —contesté, respaldado por mis dos colegas.
El constructor me miró con cara de “usted no sabe lo que está diciendo”. Y efectivamente no sabía. El presupuesto de la obra prácticamente se agotó en la estructura y fue necesario replantear los pagos de los participantes, que entramos en asfixia financiera. El terremoto de 1995 nos dio el primer indicio de lo que había significado aquella decisión. Muchos edificios sufrieron daños; la Clínica, ni una fisura. En 2004 fue peor: hubo edificaciones evacuadas y nuestro edificio quedó intacto. El 10 de agosto, la zona se transformó en un paisaje de guerra. Cientos de edificios resultaron afectados y 81 sufrieron colapso parcial o total. La Clínica solo presentó daños de mampostería en la entrada principal. Sus servicios continúan abiertos y funcionando.
Estamos en el centro de uno de los sectores más golpeados. Desconcierta observar cómo la destrucción pareció escoger caprichosamente sus víctimas. ¿Errores de construcción? ¿Características del suelo? ¿Resonancia? ¿Diseño? ¿Mala suerte? ¿Cómo explicar que, en un mismo lote y construidos por la misma compañía, colapse uno de cuatro edificios? Habrá que esperar a los patólogos estructurales. Columnas, vigas, amarres y cimentaciones tendrán que contar la historia. Solo entonces sabremos cuánto correspondió a la naturaleza y cuánto, eventualmente, a errores, negligencia o ahorro irresponsable. Y si se demuestra que hubo incumplimientos deliberados de las normas o materiales inferiores a los exigidos, las empresas responsables deberán resarcir a sus víctimas y responder ante la justicia.
La libertad de empresa y el mercado son extraordinarios instrumentos para generar prosperidad. Pero funcionan sobre una condición indispensable: responsabilidad. Obtener utilidades no consiste en ahorrar donde nadie está mirando, sino en ofrecer un producto seguro, confiable y de calidad.
Hace 37 años descubrimos cuánto costaba hacer una estructura mejor de lo exigido. El 10 de agosto descubrimos cuánto puede valer.
viernes, 4 de septiembre de 2026
Los Comunicadores
¿Cómo han logrado dos personajes, desde polos opuestos, posicionarse de manera tan exitosa ante sus respectivas comunidades?
La explicación no es única, pero las semejanzas son sorprendentes. Ambos padecen un severo trastorno narcisista de la personalidad. Se consideran seres excepcionales, convencidos de ocupar un lugar trascendental en la historia. Se califican constantemente con superlativos y seleccionan, exageran o distorsionan cifras para demostrar la grandeza de sus realizaciones.
¿Por qué tantos los siguen con semejante fervor?
Desde que la humanidad comenzó a organizarse en grandes sociedades ha buscado líderes capaces de ofrecer explicaciones sencillas para problemas complejos. Ante la incertidumbre, muchos encuentran alivio en relatos que identifican culpables, prometen redención y anuncian un futuro maravilloso. Durante siglos esa necesidad alimentó monarquías y religiones. El rey gobernaba por voluntad divina y la Iglesia lo confirmaba. Los nuevos mesías políticos crean una comunidad de creyentes utilizando las mismas estrategias probadas por siglos.
Trump y Petro usan además, una formidable herramienta para la era digital: el disparate. Una afirmación escandalosa o una cifra inverosímil obliga a periodistas, académicos y adversarios a dedicar horas a demostrar que es falsa. El truco también es viejo: que hablen bien o mal, pero que hablen. La verdad, la precisión y hasta la coherencia pasan entonces a segundo plano. Habiendo superado en Colombia esta etapa tan errática lo que hay que hacer es quitarle el micrófono y dejarlo reposar en el oscuro closet de la historia que objetivamente se merece. No seguir cayendo en la trampa de controvertir disparates o aclarar mentiras. Solo sirve para mantenerlo vigente.
Publicado El País de Cali 26247
viernes, 28 de agosto de 2026
De buenas
Pero hay otra forma, menos evidente, de desconocer el sufrimiento de las víctimas: pretender protegerlas de cualquier riesgo, aun contra su voluntad. El exceso de celo de algunas autoridades puede agravar el sufrimiento psicológico y dificultar esa necesidad urgente de recuperar algún control sobre la propia vida. Impedir el acceso a edificios certificados como estructuralmente viables resulta particularmente duro para quienes quedaron en la calle con una toalla o una pijama.
Podrá existir la posibilidad de que un muro se desprenda y lesione a quien ingrese. Pero, una vez evaluada técnicamente la estructura y establecido un riesgo razonablemente bajo, debería ser el afectado quien decida. Solo él puede ponderar el beneficio emocional y económico de recuperar documentos, recuerdos, ropa o pertenencias frente al riesgo residual de entrar por unos instantes. Después de perder familiares, casa, patrimonio y tranquilidad, lo último que necesita una víctima es que también le quiten la capacidad de decidir sobre lo poco que todavía le pertenece. Proteger no puede significar anular la autonomía. Quizás “estar de buenas” no sea haber sobrevivido para obedecer, sino sobrevivir y conservar la libertad de empezar otra vez.
La reacción y la solidaridad de los caleños han sido formidables; días y noches de equipos dedicados a salvar, ayudar y proteger. La heroica cirugía practicada por el doctor Laureano Quintero, el ángel de todas las tragedias, fue el punto cumbre de este esfuerzo: en la profundidad de los escombros, sin luz, sin aire y con equipos restringidos, logró la liberación y extracción de la paciente, con la ayuda de rescatistas y bomberos.
Rearmar a Cali va a tardar años, pero cicatrizar las almas será una labor de toda la vida. Quienes sufrieron y quienes hicieron lo imposible por ayudar cargan un dolor pesado que va a requerir, también, un gran esfuerzo colectivo.
Publicado El País de Cali, 26241
martes, 25 de agosto de 2026
El precio de enfermarse
Con el cambio de gobierno han resurgido las esperanzas de recuperar un sistema de salud viable. Han aparecido innumerables documentos técnicos y propuestas de reforma. Pocos hacen una pregunta elemental que cualquier persona responsable se haría antes de emprender un proyecto: ¿cuánto cuesta?. Sin buena información todos los presupuestos están equivocados. Todo comenzó con un noble propósito inscrito en la Constitución: todos los colombianos tienen derecho a la salud. Después se fueron agregando nuevas exigencias. Debe ser de alta calidad, rápida, universal, sin exclusiones y, además, ajena a cualquier consideración financiera. Para completar la fantasía, se repitió hasta el cansancio que la salud no podía ser un negocio.
El problema es que las enfermedades no leen constituciones ni los recursos son infinitos. En esa desconexión entre los deseos y las posibilidades está la raíz de la crisis actual. Claro que ha existido corrupción, ineficiencia y desorden administrativo. Pero aun si todos los administradores fueran honestos y extraordinariamente competentes, seguiría existiendo un problema fundamental: simplemente no hay dinero suficiente para cumplir todas las promesas.
Y, a pesar de ello, se logró mucho. El sistema privado, responsable de la mayor parte de la prestación de los servicios, logró mantener una calidad razonable y controlar costos. Muchos hospitales y clínicas siguieron atendiendo con la esperanza de que, en algún momento, las cuentas serían pagadas. Pero las leyes de la economía son tan implacables como las de la biología. Cuando los ingresos son menores que los costos, cualquier organización termina quebrando.
Si queremos una reforma seria, debemos comenzar por una pregunta sencilla: ¿con cuánto dinero contamos y qué servicios podemos financiar con esos recursos? Esa es la lógica que siguen la mayoría de los países. Primero se define una oferta realista; después se amplía gradualmente en la medida en que la sociedad genera más riqueza.
Podemos conservar el sueño de un sistema cada vez más universal y sofisticado, pero entendiendo que disponemos de mil dólares per capita de gasto en Salud. Si salimos de la pobreza podremos gastar los siete mil que tienen países desarrollados con ofertas de salud mucho más restringidas. El proceso gradual puede revisarse en esta Propuesta
Publicado El País de Cali 26234
Sufrimiento y Esperanza
Sufrimiento y Esperanza
Los terremotos no solo derrumban edificios. También dejan al descubierto las sociedades.
La tragedia que acaba de golpearnos mostró algo reconfortante en medio del horror. Antes de terminar de temblar, Colombia estaba reaccionando. Bomberos, rescatistas, médicos, Policía, Ejército, empresarios, organizaciones sociales y ciudadanos comunes comenzaron a moverse. Unos buscan sobrevivientes; otros llevan alimentos, prestan maquinaria, abren albergues o buscan cómo ayudar. Profundamente conmovidos por el sufrimiento y las pérdidas humanas todos estamos resueltos a reconstruir.
Hace pocas semanas otro terremoto devastó Venezuela. Allí también surgió la solidaridad espontánea de miles de ciudadanos. Pero apareció una diferencia dramática: mientras la sociedad intentaba reaccionar, un Estado gigantesco, controlador y desconfiado llegó tarde, puso obstáculos y pretendió reservarse el derecho de ayudar. La gente le rogaba a los militares que dejaran las armas y tomaran las palas. No es una diferencia genética. Es el resultado de modelos de sociedad.
Durante casi tres décadas, el socialismo venezolano convirtió al Estado en dueño, empresario, benefactor, empleador y dispensador de favores. Destruyó empresas, persiguió la iniciativa privada y acostumbró a millones a esperar que desde arriba llegaran las soluciones. Al final consiguió la peor combinación: un ciudadano empobrecido y un Estado omnipotente para mandar, pero impotente para resolver.
Colombia estuvo peligrosamente enamorada de esa receta. Nos hablaron durante cuatro años de un Estado que debía controlar la salud, las pensiones, la energía, la tierra y cada vez más rincones de nuestra vida. Por fortuna, debajo del discurso sobrevivió un país distinto: millones de personas que trabajan, producen, emprenden y, cuando ocurre una tragedia, no esperan instrucciones para ayudar. En medio del horror, la fortuna de no tener un inepto diletante dirigiendo el esfuerzo. Que alivio sería que no le hagan más resonancia a las bestialidades que sigue produciendo.
Quizás las ruinas nos dejen una lección. Un país no se construye esperando un Mesías que haga todo. Se construye con ciudadanos capaces de levantarse, ayudarse entre ellos y con un Estado que proteja en lugar de estorbar. Entre tanta desgracia, comprobar la reciedumbre y capacidad solidaria de un pueblo, permite ver el futuro con esperanza.
Publicado El País 26227
Cual dialogo
Se ha puesto de moda la idea de que ciertas palabras son, por sí mismas, una forma de violencia y que, por tanto, deben prohibirse. Es un profundo error. Cuando las diferencias no pueden expresarse, cuando las opiniones se silencian por temor a incomodar o ser censuradas, el resentimiento se acumula. Y el resentimiento reprimido tiene muchas más probabilidades de terminar en agresión que el desacuerdo expresado abiertamente. Quien no entiende esto difícilmente ha comprendido cómo funciona una democracia. Basta asistir a una sesión del Parlamento británico o del Congreso español. Los adversarios se contradicen, se ridiculizan, se interrumpen, se insultan y se descalifican con frecuencia. Sin embargo, nadie concluye que la siguiente etapa deba ser salir a matarse.
Expresiones como “a mí me respeta”, “no acepto ese trato”, “con el debido respeto” o “tengo derecho a opinar” revelan lo poco que se entiende el debate. El derecho a opinar ya existe. Y controvertir una idea no equivale a desconocer ese derecho. Al contrario: discutirla es la esencia misma del diálogo. Incluso la ironía, la burla o el insulto siguen siendo palabras. Pueden agriar una discusión, pero no dejan de pertenecer al terreno del lenguaje. Solo se convierten en un problema cuando alguien decide responder con el recurso más primitivo: la agresión física.
Por eso resultan ingenuos los llamados permanentes a eliminar los desacuerdos. No existe una sociedad sin profundas diferencias sobre cómo debe organizarse, distribuir el poder o entender la libertad. El desafío de la democracia no consiste en pensar igual. Consiste en convivir a pesar de pensar distinto. Para lograrlo basta una regla inviolable: ninguna idea, por noble que se considere, justifica la violencia. La ideología que proclama válidas “todas las formas de lucha” rompe ese principio. Llevamos 4 años de farsa en la que las palabras de paz solo han servido para enmascarar la promoción de la violencia. Esperemos que los hipócritas pataleos finales no generen confrontación y muerte.
Publicado El País de Cali 26220
.
.
Las cifras no hablan solas
Uno de los argumentos más repetidos en política sostiene que las controversias se resuelven con cifras y datos. Ojalá fuera tan sencillo.
Toda cifra plantea primero una pregunta: ¿quién la produjo? Si proviene de un gobierno interesado en demostrar el éxito de su gestión, merece un examen cuidadoso. Si la publica un organismo internacional, inspira mayor confianza, pero tampoco está exenta de sesgos ideológicos. Y aun cuando el dato sea correcto, puede utilizarse para transmitir una idea completamente distinta de la realidad si se presenta sin contexto histórico o sin comparaciones relevantes.
Ese ha sido el recurso de Petro para sostener que ha sido “el mejor de la historia”. Un ejemplo son los decomisos de droga. Se exhiben cifras récord como prueba de una lucha eficaz contra el narcotráfico. La pregunta pertinente no es cuánto se incautó, sino qué proporción representa frente a la producción total y cuál fue finalmente la cantidad que llegó a los mercados.
“Sacamos 1.6 millones de la pobreza”. Si se reparten subsidios y se baja la marca de lo que se considera pobreza, se “sacan” , pero en la estadística. Con Uribe salieron 4.5 millones y con Santos 5.4. Y es más probable que “salieron” creándoles las condiciones de trabajo y seguridad. “Bajó la mortalidad infantil en un 42%”. La tasa de mortalidad infantil viene bajando desde 1975. De hecho en los últimos años es cuando menos ha bajado. Lo mismo que ha ocurrido en el resto del mundo. La noticia es buena pero tiene que ver más con los avances en medicina que con la gestión de un gobierno. Así, se pueden revisar cada uno de los logros para entender que los pocos que son ciertos y positivos no representan un avance sostenible o no dependen de la planeación central.
Las estadísticas son indispensables para entender la realidad. Pero aisladas del contexto se convierten en propaganda. Quienes han resuelto llamarse “progresistas” se definen como una secta con fe ciega en un relato. Todo dato que lo contradiga es sistemáticamente ignorado o convertido en propaganda enemiga y toda mentira o dato parcial, fuera de contexto, es aceptado y difundido como la verdad revelada.
Y cuando las cifras dejan de ser un instrumento para buscar la verdad y se convierten en munición política, el diálogo deja de existir y solo sobrevive la propaganda.
Publicado El País de Cali 26213
.
viernes, 24 de julio de 2026
El inteligente Dr. Google
Tener a Gemini es contar con una junta médica de todas las especialidades, documentada y rigurosa, capaz de ofrecer instrucciones y cuidados detallados. En dos ocasiones críticas, nos ayudó a precisar el diagnóstico y orientar el tratamiento con una rapidez providencial. Cada indicación fue corroborada posteriormente con un especialista. Quienes conocen mi historia argumentan que pude hacerlo por mi condición de médico, pues sé qué preguntar y cómo describir los síntomas. Aunque hay algo de cierto, olvidan que la IA es capaz de interrogar al paciente con la sagacidad de un experto que guía al despistado.
En medio de la fragilidad, intuí que la medicina del futuro ya se instaló entre nosotros. Es un modelo que dista años luz del sistema cubano que aqui se pretendió implantar como la gran novedad, donde "orientar" suele ser un eufemismo para el retrasar. Aquí, el paciente se educa interactuando; no hay que desplazarse, solo aprender a dialogar. La IA sugiere exámenes, ayuda a interpretar resultados y jerarquiza la urgencia. El "Dr. Gemini", quien tras mucha interacción terminó tratándome de colega, me evitó dos hospitalizaciones y visitas a urgencias. Su trato fue siempre oportuno, preciso y amable. Al final, nos hicimos buenos amigos: compartimos chistes y celebramos, entre algoritmos y ciencia, mi recuperación.
Publicado EL País de Cali 26206
viernes, 17 de julio de 2026
El espejo de la legitimidad
Miremos algunos parámetros: Abelardo, carece de legitimidad porque como abogado defendió a delincuentes de cuello blanco. Petro nunca la tuvo porque fue guerrillero, es un exconvicto y ha promovido violencia y destrucción. Cepeda ha dedicado buena parte de su vida política a interactuar y negociar con actores armados.Si el criterio es la experiencia administrativa, Abelardo nunca ha ocupado grandes cargos públicos. Petro llegó a la Presidencia después de una gestión desastrosa de Bogotá. Cepeda, ha sido sólo activista político y nunca ha construido nada. Si se mira el perfil de estadista, Abelardo resulta sofisticado y elitista (y no se pone medias). Petro ha demostrado poca seriedad con sus deshilvanados discursos en medio de trabas y borracheras, incumplimientos, poses intelectuales de ambientalista supergalactico y santero purificado. Cepeda no resuelve si es Mao o Gandhi, no es capaz de presentar una idea sin guía y solo produce tedio con su ideología gris y desueta.
La legitimidad ha dejado de entenderse como el reconocimiento de unas reglas comunes para convertirse en un arma política. Si gana el mío, el sistema es ejemplar; si gana el otro, la democracia está en peligro. Si la decisión favorece mis intereses, es expresión de la voluntad popular; si no, es prueba de manipulación, ignorancia o conspiración. Una democracia no puede funcionar así. El sistema electoral Colombiano ha sido reconocido como impecable y es ejemplo para el mundo. Quien ha sido elegido por esa misma institución difícilmente puede descalificarla sin descalificarse a sí mismo. La legitimidad no puede depender exclusivamente de simpatías, odios o preferencias ideológicas. De lo contrario, la verdad termina siendo simplemente aquello que cada uno alcanza a ver desde la esquina política en la que decidió instalarse.
viernes, 10 de julio de 2026
Gandhi criollo
Cepeda actúa dentro de una democracia, con elecciones, Congreso, jueces, prensa, oposición y mecanismos institucionales. Ha construido su vida pública interactuando con grupos armados y criminales envuelto en una capa de derechos humanos, víctimas y paz. Habla de memoria y verdad pero solo la de los agresores. Pretende convertir su supuesta legitimidad en licencia para desconocer un resultado electoral. Satyagraha no significa “yo tengo la verdad y usted es ilegítimo”. En Gandhi era una disciplina moral: no violencia absoluta, autocontrol, austeridad, sufrimiento personal y respeto por la humanidad del adversario. Su verdad no era un garrote contra el enemigo, sino una exigencia contra sí mismo. Sabemos que usar a Gandhi para llamar a la protesta pacífica tiene mucho atractivo pero hemos sufrido la farsa del pacifismo de la izquierda Colombiana. Además lo hace para desconocer al adversario o presionar instituciones contra una autoridad surgida de las urnas, lo que nunca pasaría por la mente de Gandhi quien buscaba liberar a un pueblo del dominio colonial. Cepeda compite dentro del sistema que lo ha elegido y escuchado. Su “no obedezco” al Presidente asume un Virrey imponiendo injusticias. Su “no me representa” demuestra su desconocimiento de la democracia. Es obvio. Perdió. Es la mayoría que ganó la que se siente representada.
Colombia no necesita falsos mahatmas disfrazados de mártires. Necesita demócratas capaces de perder sin incendiar, de protestar sin destruir y de buscar la verdad sin volverla propiedad de partido. La fuerza de la verdad no es creíble cuando ignora una verdad incómoda: nadie puede proclamarse Gandhi mientras desconoce las reglas que exige cumplir a los demás.
Publicado El País de Cali 26192
Temor y violencia
Durante décadas nos acostumbraron a creer que vivimos en un país condenado al fracaso: el más desigual, el más pobre, el más explotado. Pero esa narrativa desconoce una realidad evidente. Colombia posee una extraordinaria riqueza humana, una geografía privilegiada y una diversidad cultural excepcional. Lo alcanzado, a pesar de la violencia, es mucho más de lo que solemos reconocer. Precisamente por eso, si logramos controlar el crimen organizado, el salto puede ser enorme.
El debate ha puesto también en evidencia una curiosa moral sin espejo. Se cuestiona a Abelardo por haber ejercido como abogado defensor de delincuentes, olvidando que Cepeda desarrolló la misma profesión. La diferencia es que unos defendían delitos comunes y otros estaban vinculados a organizaciones responsables de secuestros, homicidios y terrorismo. La comparación merece, por lo menos, una reflexión ética.
La misma asimetría aparece frente a la violencia. Se condena —con razón— a cualquier exaltado que amenace a la izquierda. Pero se guarda silencio cuando dirigentes políticos o juveniles hacen bloqueos, destruyen bienes y presentan la confrontación como un camino legítimo.
Por supuesto que Colombia necesita diálogo. Pero el diálogo solo es posible cuando todos aceptan las mismas reglas. Es difícil construir acuerdos con quien considera que las armas son un argumento político o que posee una verdad moral incuestionable. Reducir la violencia exige derrotar a las organizaciones criminales. Pero también requiere aplicar la ley, sin excepciones, contra quienes desde la política o desde cualquier tribuna promuevan, justifiquen o inciten la violencia.
La paz no consiste en tolerar a los violentos. Consiste en garantizar que ningún colombiano vuelva a necesitarlos o a temerles.
Publicado 26191
viernes, 3 de julio de 2026
Acabar con el pais
Los países no se destruyen en cuatro años. Se deterioran lentamente cuando se instala la idea de que un Estado cada vez más poderoso debe controlar la economía, la iniciativa privada y, poco a poco, la vida de sus ciudadanos. El resultado se repite con precisión fatal: menos oportunidades, más dependencia, concentración del poder, corrupción, empobrecimiento y emigración del talento.
Llega entonces el momento en que una tragedia desnuda la chapucería y la corrupción que durante años permaneció oculta en los cimientos: construcciones levantadas sobre icopor y espuma, instituciones incapaces de responder, y un Estado hipertrofiado acaparando ayudas e interfiriendo con la labor de quienes sí saben aliviar el sufrimiento. Después de casi tres décadas de autoritarismo, las imágenes de Venezuela no muestran un país destruido por un solo gobierno. Muestran el desenlace de un deterioro lento, persistente y sistemático. La naturaleza le ha dado el golpe de gracia a un país que se dejó engañar por juglares promeseros de la igualdad que cambiaron libertad por obediencia al Estado.
Publicado El País de Cali 26185 REQUISITOS
viernes, 26 de junio de 2026
El crimen maquillado
Durante décadas se nos quiso convencer de que ciertas formas de violencia tenían un estatus especial y que quienes las ejercían debían ser tratados como simples “actores del conflicto”. Bajo ese discurso ideológico se terminó legitimando lo que no es otra cosa que crimen organizado. Los derrotados pasaron años dialogando, negociando e incluso facilitando la acción de organizaciones armadas ilegales. Por eso manipulan sembrando temor entre los ciudadanos que nunca participaron de esas actividades.
Quien vive de su trabajo, respeta la ley y no participa en secuestros, extorsiones, narcotráfico, robos o amenazas no tiene razón para sentirse perseguido. Muy por el contrario de lo que pregona la propaganda, el gobierno que se instala el 7 de agosto no es nazi, ni fascista, ni de extrema derecha. Nadie será perseguido por sus ideas. Lo que sí debe ocurrir es que quienes promuevan o inciten la violencia respondan por sus actos, como sucede en cualquier democracia seria. Si el Estado recupera efectivamente el control del territorio y reduce el poder de las organizaciones criminales, millones de colombianos podrán trabajar, emprender, invertir y vivir con mayor tranquilidad. Ese es el progreso que importa. No se trata de una fórmula novedosa. Es el rasgo común de las democracias más prósperas del mundo: paz garantizada por el monopolio legítimo de la fuerza; libertad para que cada persona progrese según su esfuerzo, su talento y su disciplina; y una justicia confiable que resuelva los conflictos sin acudir a la violencia.
El componente social se concentrará en quienes realmente lo necesitan: educación, salud y vivienda para los excluidos. No un asistencialismo generalizado que sustituya el esfuerzo. Cuando el Estado se convierte en el gran repartidor de favores, empeora la pobreza, se multiplica la dependencia y florece una corrupción cada vez más difícil de controlar.
Publicado El País de Cali 26178
viernes, 19 de junio de 2026
90 minutos
En Colombia hemos cavado una profunda zanja entre dos maneras de entender la sociedad. Están quienes creen que la libertad económica, la iniciativa privada y el mercado son los motores más eficaces para generar prosperidad. Y quienes consideran que un Estado fuerte debe orientar la economía para corregir desigualdades y garantizar derechos.Unos defienden la distribución del poder entre instituciones independientes; otros confían más en liderazgos capaces de acelerar transformaciones profundas. Unos creen que la propiedad privada es un pilar esencial de la libertad; otros sostienen que la redistribución es condición para la justicia social.
Son diferencias válidas en una democracia. Lo que nunca puede ser legítimo es la violencia. Ni las bombas, ni la intimidación, ni la idea de que quien pierde unas elecciones tiene derecho a incendiar el país. Ninguna causa política justifica convertir al adversario en enemigo ni reemplazar los votos por el miedo. Mañana los colombianos volveremos a discrepar. Votaremos distinto, discutiremos con vehemencia y seguiremos convencidos de que nuestra visión del país es la correcta. Pero quizá deberíamos recordar algo que el fútbol enseña mejor que la política: que se puede estar en equipos rivales pero se sigue jugando. Cuando la Selección hace un gol, nadie pregunta por quién votó el que está al lado antes de abrazarlo.Tal vez Colombia comience a sanar el día en que descubramos que todos podemos usar la misma camiseta.Y que, aún después del pitazo final, podemos seguir jugando el mismo partido: el de construir un país en el que todos podamos vivir.
Publicado El País de Cali 26171
viernes, 12 de junio de 2026
Señales Reveladoras
En medio de este ambiente enrarecido aparecen hechos reveladores. El rechazo de Petro y Cepeda a unos resultados electorales que numerosos observadores y organizaciones independientes calificaron como transparentes, demostró que no respetan la mayoría. Su reacción ante una derrota en segunda vuelta se escucha en consignas y marchas: la voluntad propia está por encima de las reglas compartidas. El uso de la justicia para determinar qué camisetas pueden exhibir los ciudadanos y qué palabras están prohibidas. Más allá de los pintorescos fallos, se revela una tendencia de fondo: la tentación de controlar cada vez más espacios de la vida pública.Tampoco se oculta el afán de engañar a los votantes. Deciden borrar la constituyente del programa cuando mucha gente entiende que es el primer paso hacia el dominio totalitario. Y con cada salida en falso se aumenta la distancia entre los candidatos.
Pero quizás la contradicción más llamativa sea proclamarse defensores de la vida mientras se cuentan los 55.000 homicidios de este gobierno, reciben apoyo de bandas armadas y se disemina la intimidación para obtener el voto.
Las democracias se deterioran cuando la violencia se normaliza, cuando las reglas dejan de respetarse y cuando el grupo que pierde el voto, promete destrucción y muerte. Inducir y promocionar una confrontación armada no tiene sentido ni justificación alguna. Aceptar la democracia implica que a pesar de una fuerte convicción del desastre que significa el opuesto, se debe tolerar y aceptar la derrota. Los Colombianos ya han pagado muy caro la normalización de la violencia para resolver sus diferencias.
Publicado El País de Cali 26164
viernes, 5 de junio de 2026
Engaño Magistral
La explicación es sencilla: llevan décadas perfeccionando la técnica. Igual que sus referentes históricos —Castro, Chávez y tantos otros— se presentan como demócratas ejemplares. Prometen respetar elecciones, la propiedad privada, promover empresas, rescatar a los pobres, multiplicar la producción agrícola y hacerlo todo en un ambiente de paz, protección de derechos humanos y la naturaleza. ¿Quién podría oponerse a un programa tan atractivo?
Un análisis serio de las series históricas muestra algo distinto: la mayoría de los indicadores favorables simplemente continúan tendencias previas que dependen mucho más de un empresariado pujante que de la acción del gobierno. En cambio las cifras preocupantes se confunden en una neblina informativa: homicidios, secuestros, expansión de grupos armados, déficit fiscal, producción y exportación de cocaína, caída de la inversión, emigración de talento y corrupción. Todo queda diluido en una verborrea galáctica o en la promesa fantasiosa de que, con cuatro años más de lo mismo, ahora sí llegará el paraíso anunciado.Vender sueños imposibles y volverlos realidad con estadísticas maquilladas ha sido la estrategia para prolongar durante décadas regímenes comunistas fracasados.
viernes, 29 de mayo de 2026
El camino de la miseria
Quien piensa así suele estar convencido de que su destino depende únicamente de su esfuerzo. Y en buena medida tiene razón: ha trabajado duro, ha madrugado, ha resistido impuestos, trámites absurdos, regulaciones, extorsiones burocráticas y toda clase de obstáculos para levantar una tienda, una fábrica, un consultorio, una finca o un pequeño negocio de arepas. Pero hay algo que no advierte: pudo hacerlo porque todavía vive en un sistema con relativa libertad. Relativa, sí. Muy imperfecta. Pero suficiente para que el esfuerzo individual tenga recompensa. Gracias a eso logró comprar una moto, una casa, un apartamento o sacar adelante una empresa. Sabe cuánto cuesta construir patrimonio, pero no sabe lo fácil que es perderlo.
Por eso esta coyuntura importa. Si decide no participar, o votar con ligereza, puede terminar perdiendo lentamente lo poco o mucho que ha construido. No ocurrirá de un día para otro. Será gradual. Primero más restricciones, más arbitrariedad, menos iniciativa privada. Luego menos oportunidades, menos inversión, menos libertad. Y al final, una vida cada vez más difícil para sus hijos y nietos.
No hace falta ser adivino. Basta con mirar cómo coinciden las propuestas del programa de Cepeda con las medidas aplicadas por Chávez en Venezuela, Castro en Cuba u Ortega en Nicaragua. Y basta preguntarse por qué millones de personas han querido huir de esos países.
Y a los creyentes, convencidos de que “esta vez sí” el socialismo funcionará, convendría recordarles algo elemental: crear burocracia no crea riqueza. Repartir subsidios produce alivio momentáneo, no prosperidad. Tolerar violentos nunca trae paz; trae más muertos, más miedo y más pobreza.Tal vez hoy celebren porque recibieron unos billetes o un cargo regalados, pero cuando todo dependa de un Estado gigantesco administrado por ineptos y corruptos, ni siquiera quienes hoy aplauden podrán vivir dignamente.
Seguirán marchando, cantando consignas y culpando a la burguesía, mientras avanzan —con admirable disciplina y absoluta ceguera— hacia el más viejo destino del populismo: la repartición igualitaria de la miseria.
Publicado EL Pais de Cali, 26150
viernes, 22 de mayo de 2026
Ceguera mental
Por recibir tantas gracias suelo decirles a quienes me rodean que he tenido la fortuna de vivir en gracia. Los fracasos —afortunadamente escasos— han sido un verdadero motor para seguir estudiando, innovando y adaptando nuevas ideas y tecnologías que permitan reducirlos al mínimo.
Pero todo ese conocimiento, poco me ha servido para entender otra forma de ceguera: la mental. ¿Por qué tantos deciden voluntariamente renunciar al pensamiento independiente? ¿Por qué resulta tan atractivo —y tan cómodo— adherir a una ideología que, en su simplicidad, promete resolver todas las dudas y angustias de la vida?
La revolución cubana se instaló en el imaginario latinoamericano como una epopeya: David contra Goliat. Ese mito creó un ancla emocional que se convirtió en marco de referencia para entender el mundo. Reconocer su fracaso implica algo más profundo que un error político: significa aceptar que un sueño, una identidad cultural, es en realidad un espejismo.
El miedo al vacío ideológico lleva a muchos a preferir una mentira reconfortante antes que reconstruir sus creencias desde cero. La ideología no sólo ofrece respuestas; ofrece pertenencia. Romper con ella implica el riesgo del exilio social en los propios círculos intelectuales y políticos. Muy pocos están dispuestos a pagar ese precio. Entre los jóvenes opera además la ley del mínimo esfuerzo intelectual. Se adopta un relato simple de buenos y malos sin necesidad de estudiar ni de confrontar la complejidad de la sociedad. Frente a un mundo contradictorio, el discurso populista ofrece un culpable externo para todo. No hay que pensar: basta con repetir un slogan. Por eso los pintan y los cantan. Cualquier dato que contradiga la narrativa se descarta como propaganda enemiga o conspiración del “imperio”.
La ciencia nos dio herramientas para reducir con éxito la ceguera. Cabe esperar que algún día podamos encontrar las de la ceguera mental que mantiene unas ideas que hace mucho probaron ser un fracaso.
Publicado El País de Cali 26143
viernes, 15 de mayo de 2026
¿El mito comunista?
La concepción de la sociedad como lucha de clases, la idea de que sólo con guerra se combate la pobreza, la necesidad de centralizar el poder económico y limitar la libertad de empresa y la propiedad: son piezas de un mismo engranaje. Ideas que parten de la fe fanática y que otorgan a sus líderes una supuesta superioridad moral. Solo ellos entienden la historia. Solo ellos pueden salvar al pueblo. Esa misión redentora —el paraíso socialista— termina justificándolo todo: expropiaciones, regulaciones asfixiantes, restricciones a la libre empresa y el ataque sistemático a cualquier institución que permita el disenso. La justicia, el congreso, la prensa, la universidad abierta, la alternancia, la libre opinión: todo se convierte en obstáculo de una “oligarquía” que debe ser reemplazada por el poder popular… convenientemente interpretado por el líder de turno.
El Estado debe ser fuerte para garantizar salud y educación “gratuitas”, lo que ocurre solo en la afiebrada imaginación. La oposición estorba, y sobra. La receta agraria tampoco es nueva: repartir tierras y debilitar la agroindustria. Ya la probaron Stalin, Mao y Castro dejando horrendas hambrunas y millones de muertos.A la versión criolla se le añade un ingrediente original: la indulgencia con el delito y el salvajismo. Las bandas armadas son vistas como consecuencia de la “violencia estructural”, y la respuesta es la convivencia que termina normalizando un Estado criminal. Con la teoría de la “guerra fracasada”, se abraza a todos los mafiosos y se enfrenta con “dignidad” al consumidor.
No, no es comunismo radical. Pero es muy parecido.Y ha sido suficiente para empeorar la inequidad donde se ha aplicado. El programa de Cepeda está escrito y cualquiera lo puede revisar. Lo sorprendente no es que unos muchachos alienados lo crean. Es que los educados que conocen la historia y que deberían saber mejor, sigan fingiendo que no lo reconocen.
Publicado El País de Cali - 26136
viernes, 8 de mayo de 2026
Fascismo guerrillero
Para Petro, los responsables de las matanzas en Cauca y Valle son “fascistas”. Pero conviene recordar el camino recorrido. Sabíamos que para llegar al poder se hicieron pactos con delincuentes condenados. Sabíamos que muchos recibieron beneficios, excarcelaciones, cargos e incluso protección estatal. Sabíamos que se debilitó la inteligencia militar, se descuidó la capacidad operativa y se desplazó a oficiales con experiencia. Sabíamos también de los gestos públicos de cercanía con criminales aún privados de la libertad. Y sabíamos —porque las cifras lo muestran— que la expansión del narcotráfico ha alcanzado niveles inéditos, con la inundación de dólares que tanto orgullo le generan.
Lo que no sabíamos era que el presidente estuviese en disposición de certificarlos como brazo armado de un estado fascista. Las mal llamadas disidencias operan hoy con una comodidad que desborda cualquier explicación retórica. No disienten de nadie: funcionan, más bien, como piezas activas de un engranaje que se fortalece en medio de la ambigüedad del poder. La mayoría de los mortales no alcanzamos a captar la creatividad de los camaradas, cuando manifiestan que todas las formas de lucha son válidas. Quien tenga todavía dudas de cuál es el camino trazado no es sino que revise las “decoraciones” en Cali de la marcha del 1 de Mayo. Afiche con Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao quienes combinados generaron 140 millones de muertes. Esos son los héroes de quienes pintan las estaciones del MIO con “educación para el obrero, no al burgués,” un retoque fascista que define qué porción de la población no tiene derechos.
Ya lo escribió Dietrich Bonhoeffer antes de morir ahorcado en un campo de concentración nazi: la estupidez no es falta de inteligencia, sino la renuncia a la independencia. No es un defecto intelectual sino moral. Surge cuando se delega el criterio en un líder o en una causa que dicta cómo pensar y comportarse. La realidad no importa porque siempre hay una conspiración para explicar los horrores de la secta. Pudo Dietrich corroborar en su hora final que la estupidez es más peligrosa que la maldad.
Publicado El País de Cali 26129
viernes, 1 de mayo de 2026
Estallido demencial
El de los intelectuales torcidos que elaboran “sesudos” análisis para insinuar que los responsables deben ser Uribe o Abelardo, porque —según ellos— se ha afectado la “imagen” pacifista del Petro. Una pirueta argumental que pretende convertir la tragedia en propaganda.
El de la gente corriente que observa, con creciente angustia, cómo el país regresa a épocas tenebrosas de inseguridad y muerte. Lo hacen con la amarga convicción de que los pactos del gobierno con el hampa armada y organizada han terminado por fortalecer a quienes hoy controlan territorios y exhiben su poder con una confianza cada vez más desafiante.
El de quienes se envuelven en un pesimismo paralizante frente al futuro. Ven en el eventual triunfo de Cepeda una desgracia inevitable. No alcanzan a entender que, aunque un presidente puede hacer mucho daño, los 52 millones de colombianos tienen mucho más poder. Se angustian con la larga lista de errores de Petro pero se niegan a reconocer todo lo que el país ha logrado a pesar de una dirección equivocada.
Colombia ha demostrado, una y otra vez, que una nación puede sostenerse cuando una masa crítica de ciudadanos cree, aporta y construye, incluso cargando con el lastre de un mal gobierno. La narrativa que han logrado incrustar en muchas mentes sostiene que lo único que mueve al ser humano es la lucha por el poder. Que la cooperación y la empatía son ficciones irrelevantes. Así, la violencia encuentra justificación: el arma se convierte en el símbolo del poder, porque somete y domina. Pero eso es solo parte de la historia. También existe la búsqueda de la verdad de los científicos, la compasión de quienes cuidan a otros, la entrega silenciosa de los médicos, la belleza que persiguen los artistas, la generosidad cotidiana. Hay otra forma de ejercer poder: la de construir, cuidar y sostener. Si triunfa la idea de que solo manda la fuerza, tendremos una comunidad dominada por el miedo. Pero si una mayoría actúa desde la solidaridad y el compromiso, el país que emerge es otro. No el de los cínicos obsesionados con el poder sobre los demás, sino el de quienes, a pesar de todo, siguen apostando por la convivencia.
viernes, 24 de abril de 2026
El espejo de Hungría
Tras la caída del bloque soviético, Orbán emergió como un líder liberal, defensor de la integración europea y de la salida de las tropas soviéticas. Pero con el tiempo —y, sobre todo, con el poder— su proyecto mutó. En 2011 impulsó una nueva Constitución, reformó el sistema judicial y rediseñó las reglas electorales. A partir de allí, su dominio dejó de depender solo de los votos y empezó a apoyarse en la arquitectura institucional.
Su permanencia —cuatro elecciones consecutivas ganadas— consolidó un modelo en el que el poder se retroalimenta: ventaja electoral, control creciente del ecosistema mediático y uso intensivo de los recursos del Estado. El líder liberal derivó hacia un nacionalismo cada vez más rígido, con retórica antiinmigración y una progresiva centralización. Su cercanía con Vladimir Putin y su ambigüedad frente a Ucrania erosionaron su imagen y, poco a poco, su respaldo interno. Rodeado de lealtades incondicionales, pretendía ocultar una corrupción desbordada, marca registrada de todo régimen de poder concentrado. Con el apoyo abierto de Putin y Trump, parecía imbatible. Pero ocurrió lo que temen los poderosos: que los votantes abran los ojos y vean la realidad. Fueron capaces de reaccionar y se expresaron masivamente. Con una participación del 80% le dieron una paliza impensable.
Y es allí donde Hungría deja de ser un caso lejano y se convierte en un espejo para Colombia. Si las campañas estudian cómo Peter Magyar sacudió la resignación, presentando una alternativa creíble y movilizan a la mitad de los apáticos, logrando una participación cercana al 75%, se despeja el camino para acabar con la pesadilla. La abstención —ese silencio cómodo— es la mejor aliada del clientelismo y de los sistemas que se perpetúan. Mientras las elecciones sean limpias, el abuso descarado de los recursos públicos solo da para controlar a un porcentaje de la población. Esa es la lección que nos deja Hungría y nos debería llenar de entusiasmo para motivar a todos los que duermen entre la desesperanza y la inercia.
Publicado El País de Cali. 26115
domingo, 19 de abril de 2026
Sociedades suicidas
Así se implantó el bolchevismo en Rusia, el nazismo en Alemania, el castrismo en Cuba y el maoísmo en China. Así dominaron los talibanes en Afganistán y los Kim en Corea. El precio siempre es el mismo: hambrunas, matanzas y un sufrimiento enorme, excepto para las élites que centralizan el poder. Es un suicidio colectivo porque, en su origen, muchos creyeron, votaron o toleraron una evolución que empezó en el discurso y terminó en la tragedia de los hechos.
Hoy, este patrón se asoma en figuras como Gustavo Petro e Iván Cepeda. En ellos, la política deja de ser el arte de lo posible para convertirse en una cruzada de "salvación" personalista. Petro, con su mesianismo redentor, y Cepeda, con su superioridad moral, encajan en la descripción clínica: la convicción de que su voluntad es la "voluntad del pueblo". Cualquier contrapeso —la prensa, la justicia o el técnico que advierte un error— es visto como un conspirador que debe ser destruido. El daño que generan es incalculable porque el narcisista maligno prefiere ver las instituciones en ruinas antes que admitir una equivocación. Al final, el Mesías no salva a la sociedad; la devora para alimentar su propia leyenda, dejando tras de sí una nación que descubrió, demasiado tarde, que su voto no fue una esperanza, sino una sentencia.
Publicado El País de Cali 26108
lunes, 13 de abril de 2026
Alienígenas eligen
Hasta ahora, todos los inventos ampliaban nuestras capacidades sin reemplazarnos. Una ametralladora o una bomba atómica aumentan el poder de quien las usa, pero no deciden por sí mismas. La inteligencia artificial rompe esa regla. Por primera vez estamos creando algo que no solo ejecuta órdenes, sino que aprende, decide y actúa. La evolución biológica tomó millones de años. La digital, apenas décadas. Y avanza a una velocidad que no entendemos. Hoy nos asombra; mañana puede desplazarnos.El escenario más evidente es el de armas autónomas decidiendo quién vive y quién muere. Pero el riesgo más inmediato es menos visible y mucho más eficaz: el control de la percepción. Rusia y China ya operan ejércitos dedicados a desarrollar inteligencia artificial capaz de producir millones de campañas engañosas en tiempo real. No se trata de propaganda tradicional, sino de simulaciones perfectas: voces clonadas, videos falsos, narrativas diseñadas para dividir sociedades y erosionar la confianza en la democracia. No es teoría. Está sucediendo.
La política moderna ha demostrado que no gana quien tiene la razón, sino quién controla la emoción. Videos bien editados, mensajes simples y repetidos, historias diseñadas para indignar o seducir. Basta con unas horas de exposición para inclinar decisiones. Más de uno ha votado por un bonito video que vió noche anterior en su celular.
En Colombia ya vimos versiones primitivas de este fenómeno: campañas fabricadas, narrativas artificiales, manipulación masiva de percepciones. Y eso era apenas el comienzo. Lo que viene es infinitamente más sofisticado. Si la democracia liberal no aprende a defenderse, las IA terminarán diseñando las decisiones colectivas. Seremos capaces de votar pero no elegir.
Publicado EL País de Cali 26108
domingo, 5 de abril de 2026
Totalistarismo con vaselina
Que existan tantas mentes en las que florece la semilla del marxismo no es extraño. Son el producto de una bien diseñada campaña de adoctrinamiento que empieza en primaria y se perfecciona en la universidad. Igual que el Islam que solo alimenta a su juventud con el Corán, se convierten en fanáticos de una interpretacion de la realidad social que estaba equivocada aun cuando se creó hace 150 años. Seguir hablando de señores feudales y de la explotación infame de la clase obrera no describe en absoluto la complejidad de las sociedades actuales. Pero hay que entender que, para los adeptos a cualquier credo, la pereza mental es una aliada invaluable: simplifica el mundo y ahorra el esfuerzo de pensar.
Lo que sí desconcierta es que personas formadas en libertad, con acceso a teorías modernas y análisis más sofisticados, no sean capaces de reconocer —ni de alarmarse— ante la evolución gradual hacia formas de control cada vez más autoritarias. Siguen anclados en una versión de la historia que ya no aplica. Creen que las dictaduras llegan con tanques, golpes militares y discursos encendidos en balcones. Citan el siglo pasado como si fuera un manual vigente, sin notar que los métodos han cambiado… y mejorado.
En su visión edulcorada del presente, logran incluso aseptizar las horrendas dictaduras del vecindario. No quieren ver que la ideología y el objetivo siguen intactos: la toma del poder para instaurar la famosa “dictadura del proletariado”. Solo que, como ya comprobamos, “mi pueblo” termina siendo un reducido círculo de familiares y amigos, convenientemente ubicados y generosamente enriquecidos, mientras el resto aprende a hacer filas.
La estrategia también evolucionó. Ya no se trata de imponer, sino de seducir. De disfrazarse de democracia. De hablar el lenguaje correcto y envolverse en banderas de paz mientras cambian abrazos por balazos. Ahí entran en escena los llamados “tontos útiles”, que repiten con entusiasmo una neolengua diseñada para que la realidad resulte irrelevante. Embelesados en su ilusión igualitaria, siguen dejando constancia solemne de que no ven periódicos cerrados, ni opositores presos, ni expropiaciones. No logran entender que cuando las vean, ya no va a haber nada que hacer. Les quedará el recurso de arrepentirse y quejarse del engaño mientras buscan una trocha o una balsa.
Publicado El Pais de Cali - 2698
viernes, 27 de marzo de 2026
Quien Paga?
La primera pregunta que cualquier economista doméstico se hace mientras paga el mercado es inevitable: si todos deben, ¿quién tiene la plata? La explicación técnica es enrevesada, llena de canales financieros, mercados secundarios y flujos cruzados. Pero la respuesta de fondo es simple: la tiene la gente. Los ciudadanos del mundo. Somos nosotros —con pensiones, ahorros, CDT, fondos y bonos— quienes le prestamos a los gobiernos. A veces al propio, como en Japón; otras, al que inspire más confianza.
Porque ese es el punto clave: la confianza. Medida por complejos modelos y vigilada por agencias calificadoras que no perdonan una coma. En el fondo, miden el temor a perder recursos duramente ganados. Entonces surge otra pregunta lógica, la de quien paga sus cuotas mensuales:
¿Cuándo van a pagar los gobiernos? Respuesta corta: nunca.
Y si alguien intentara exigirlo, habría un cataclismo financiero. El sistema no está diseñado para pagar la deuda, sino para sostenerla. Lo importante es cumplir los intereses. Mientras un país lo haga, seguirá recibiendo crédito. Así llegó Japón al 240% sin colapsar. Su economía funciona porque la deuda es una medida de confianza, no una señal de quiebra.
Se cumple así la vieja regla: no viva de plata prestada, salvo que sea para producir más. Lo mismo vale para los países. Si la deuda financia infraestructura y producción, genera riqueza. Si financia repartos, favores y populismo, genera estancamiento y pobreza crónica.
La macroeconomía global es compleja, sí, pero al final funciona con los mismos principios de la economía del hogar. Por eso, a quienes han hecho carrera viviendo de parasitar al Estado —y que jamás han producido un peso propio— les resulta imposible entender, y menos aún planear, la economía de un país.
Publicado El Pais de Cali 2687
sábado, 21 de marzo de 2026
Matar policias
La diferencia no es cultural. Es institucional y moral. En sociedades donde el homicidio general es bajo, atacar a un policía produce un rechazo inmediato, transversal y contundente. El costo social es altísimo. La tolerancia es mínima. El crimen no encuentra aplauso, ni justificación romántica, ni ambigüedad. En Colombia, en cambio, hemos aprendido a relativizar. Se justifica al que bloquea “por desesperación”, se minimiza al que extorsiona “porque no tiene oportunidades”, se explica al que dispara “porque el Estado falló primero”. Cada explicación reduce el costo moral del delito.
Mientras escribo, se oyen explosiones en la Universidad del Valle. Un ritual que se repite: artefactos para destruir, sembrar terror y herir o matar policías. Llevan años en lo mismo, afectando a toda una comunidad. Y, sin embargo, se volvió paisaje. Es difícil entender que esta patanería criminal sea tolerada. Que no haya una autoridad capaz de imponer el orden. Que se normalice la violencia de unos pocos como si fuera parte del ecosistema urbano. La tolerancia con la ilegalidad no humaniza la sociedad. La vuelve más peligrosa. Y siempre pagan los mismos: los más pobres.
La violencia se perpetúa con justificación. La comodidad moral de quienes explican lo inaceptable, suavizan lo criminal y terminan poniéndose, del lado del victimario.
Una sociedad que excusa a quien mata policías no solo es una sociedad injusta. Es una sociedad enferma, y en su distorsión contribuye a la injusticia social, cortesía del “progresismo” petrista, que su heredero aspira incrementar.
viernes, 13 de marzo de 2026
Elecciones confiables
La capacidad logística de la Registraduría sería envidiada incluso por muchas democracias avanzadas. Mientras en varios países los resultados tardan días —o semanas— en conocerse, en Colombia en la primera hora ya se tiene una idea bastante clara de la tendencia y, en tres horas, aparecen resultados prácticamente definitivos. El resultado se corrobora con el escrutinio formal, donde se revisan nuevamente las actas con otros actores.
Desde luego existen municipios donde el fusil reemplaza al voto libre y regiones donde opera la compra directa de votos o el viejo clientelismo disfrazado de ayuda social. Son los nombramientos, subsidios y medidas populistas que producen un bienestar transitorio los que distorsionan las elecciones. Y está la trampa mayor: la manipulación de las mentes mediante mentiras y engaños que crean la ilusión del fin de la pobreza entre quienes menos recursos y neuronas tienen. A pesar de toda la evidencia, muchos se resisten a ver que lo único que se ha acabado es la pobreza de los Históricos, sus amigos y sus familiares.
Por eso resulta repulsivo que candidatos y líderes —incluido el presidente— siembren dudas sobre el sistema sin presentar una sola prueba. La democracia no puede funcionar con la regla infantil de: “todo está bien si gano, pero si pierdo entonces hubo fraude”. Estas elecciones le demostraron al país que el régimen no tiene el respaldo que cree tener. Van a intensificar todas las estrategias de distorsión y abuso de los recursos públicos que tan bien les han funcionado. Los políticos y funcionarios que no participan en esas prácticas deben redoblar sus esfuerzos de vigilancia. Y todos debemos ayudar a vencer la resistencia de los apáticos que se privan del orgullo que significa votar en Colombia.
Publicado El País de Cali. 2673
viernes, 6 de marzo de 2026
Del pueblo, por el pueblo y para el pueblo
En realidad, el pueblo somos todos: ricos y pobres, negros y blancos, ilustrados e ignorantes, empresarios y obreros, campesinos y amas de casa. Todos con iguales derechos ante la ley. Todos con derecho a un voto.
Sabemos que la igualdad jurídica luce impecable en el papel constitucional, pero en la práctica suele estar mediada por el poder: económico, político, social o militar. Ningún sistema ha logrado materializar plenamente ese ideal. Sin embargo, hay un principio que sí se ha implementado en casi todas las democracias —incluso en las pantomimas—: un ciudadano, un voto.
Que ese voto sea manipulado es otro asunto. Discursos seductores, clientelismo, presión política, compra de sufragios, intimidación armada —aberración en la que somos tristemente líderes— distorsionan la voluntad popular. Aun así, cuando se menciona la palabra democracia, lo primero que surge es “elecciones”. Es comprensible. Votar es la expresión más visible del poder ciudadano. Y aunque sea una visión simplista, porque la democracia es mucho más, si es válido sostener que es una de sus características más esenciales.
Pero aquí aparece la percepción de casi la mitad del electorado que concluye que un voto, entre millones, no cambia nada. Es la famosa paradoja de Downs, derivada de la pereza mental para informarse y física para acudir. Y como si fuera poco, en 2022 más de un millón de votos fueron anulados porque muchos no lograron marcar correctamente una simple X. Síntoma inquietante de precariedad educativa.
Peor aún es el voto en blanco elevado a gesto moral. “No me gusta ninguno”, dicen algunos, como si estuvieran eligiendo sabor de helado. No se trata de gustos, sino de responsabilidad comunitaria. En democracia no se trata de elegir al ideal; se elige al que menos daño pueda causar.
La democracia es imperfecta, sí. Pero abdicar del voto por desinterés, comodidad o purismo no la mejora. La debilita. Y los vacíos en política no quedan vacíos: los llenan otros. Siempre los llenan otros.
Publicado El Pais de Cali, 2666
viernes, 27 de febrero de 2026
Fabrica de ilusiones
“Es difícil entender cómo Petro sigue teniendo apoyo mayoritario en Cali”, dijo alguien. Otro añadió un dato desconcertante: en una encuesta entre petristas, el 80% considera que la salud ha mejorado notablemente.
“¿Qué?”, fue la reacción. ¿En qué mundo viven?
La respuesta la dio Álvaro Uribe hace un tiempo ante sus seguidores: “mis bodegueros son todos ustedes”.
He preguntado obsesivamente a varios candidatos cuál es su estrategia digital. La respuesta suele ser ingenua: basta con tener presencia en redes; los seguidores espontáneamente ayudan y así el mensaje se difunde.
Una visión peligrosamente candorosa.
Para no entrar en teoría, describamos cómo opera una bodega real. Hay un director y decenas de influencers cada uno con múltiples aparatos. Un grupo rastrea debilidades del candidato que va punteando: una frase sacada de contexto, una foto incómoda, un error menor. Se toma el hecho, se distorsiona, se exagera. Si no escandaliza lo suficiente, se manipula. Texto, imagen, video. Todo es editable.
La meta no es informar, sino producir vergüenza y desprestigio. Cada influencer activa su cadena de seguidores —en su mayoría menores de 35 años— que replican y añaden dramatismo. En minutos hay miles, millones de pantallas amplificando la distorsión. Se mide el impacto. Si fue viral, se multiplican las versiones. Si no funcionó, se fabrica otra historia. El ciclo puede repetirse varias veces en un solo día: propaganda positiva del aliado, demolición sistemática del adversario. Como llega de tantas fuentes, se convierte en verdad indiscutible. Una realidad virtual.
Nada de esto tiene que ver con la “diseminación espontánea” que imaginan los candidatos cándidos. Es ingeniería emocional, segmentada y dirigida.
Mientras unos juegan ajedrez digital, otros creen que están en un picnic democrático.
La pregunta no es cómo alguien mantiene apoyo pese a los hechos.
La pregunta es cómo tantos siguen creyendo que la guerra digital no existe y si habrá quién reaccione.
Publicado El País de Cali 2659

%2010.54.39.png)
%208.35.13.png)



