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domingo, 27 de abril de 2025

Enfermos delulu

Si una madre decide que sus hijos merecen el colegio más costoso, ropa de marca y transporte en carro blindado con chofer, pero gana tres salarios mínimos, diríamos que vive un delirio financiero. Si afirma que es cuidadosa porque mide el costo de cada comida y paga todo con tarjeta de crédito, no dudamos en reconocer que está perdida y pronto pronto conocerá la ruina. Si la gerente de una fábrica compra maquinaria sobredimensionada, paga salarios por encima del mercado y presume de eficiencia porque calcula el costo de cada producto sin importar cuánto produce ni a qué precio vende, sabremos que su empresa va al fracaso. Peor aún si presume de su acceso a créditos como si fuese la fórmula mágica de la supervivencia.

Pero si un presidente, sus ministros, los magistrados y los dirigentes médicos proclaman que todos los colombianos tienen derecho a que el Estado les resuelva todos sus problemas de salud, los aplaudimos. Para probar su alcance, el sistema registra el volumen de procedimientos y regula sus precios, presumiendo tener control.Todo parece funcionar. Hasta que recordamos que la operación no se sostiene con dinero, sino con unos papelitos que llaman órden de servicio, una ficción que simula ser moneda.

Con un gasto per cápita de mil dólares al año, aspiramos a dar la atención que otros países no han podido dar con siete mil. Cuando los prestadores descubren que los papelitos no son moneda corriente y que hay billones acumulados, comienza el colapso. Se buscan culpables y encuentran los abusos y trampas típicos de la falta de libre competencia. No se sabe cuántos enfermos hay, ni qué padecen, ni en qué etapa están. Nadie tiene claro cuánto cuesta tratar una enfermedade o sanar una persona. Como el indicador es el número de procedimientos, el pagador se especializa en negarlos o aplazarlos; el prestador, para defenderse de tarifas ridículas, en multiplicarlos. Así, el costo real de los tratamientos se dispara porque buena parte de los diagnóstcos se tratan tardíamente, y se diseña un espacio para la corrupción. El resultado es más gasto con menos salud.

La adolescentes dirían que los voceros de tantas fantasías son delulu. Aquí, delulu no es solo moda. Es política pública. La ilusión delirante la terminamos pagando todos, sacando plata del bolsillo y después de mucho sufrimiento.

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sábado, 19 de octubre de 2024

La Ilusión de la información

Desde la transmisión oral, pasando por la invención del papel y la escritura, la imprenta y luego la radio, el telégrafo y la televisión, siempre se tuvo la ilusión que entre más fácil acceso a la información, más nos íbamos a acercar a la verdad.

Nada más lejos de la verdad.

Internet sí que subió las expectativas. Con un pequeño aparato accesible a todo el mundo (hay 8.5 billones de celulares para 8 billones de humanos), al tener disponible toda la información que se ha generado a través de la historia, íbamos a encontrar comunidad de propósitos.
Pero resulta que son las fantasías lo que más fácilmente se ha diseminado a través de la historia y según Harari, es precisamente esa capacidad para inventar historias la que nos ha permitido ser la especie dominante en el planeta. Entre más fantasiosa, más fácil se disemina, lo que permite la colaboración de millones logrando avances, que grupos pequeños no serían nunca capaces de llevar a cabo.

Las cuatro fantasías más efectivas han sido las religiones, las naciones, el dinero y las corporaciones. Son producto de la imaginación y sería imposible hacérselas creer a otra especie. A un inteligente delfín no se lo podría convencer de inmolarse porque va a ir al cielo acuático donde lo esperan 99 delfinas virgenes. A un avispado elefante no se le podría decir que pare su migración porque va a cruzar una frontera. Ningún chimpanzee cambiaría un banano por un billete de 100 dólares. Y ninguna hormiga llevaría hojas a otro hormiguero que pertenezca a la misma corporación.
Pero los humanos si nos creemos esos cuentos y gracias a eso hemos podido cooperar en grandes números y dominar el planeta.
Eso lo saben muy bien quienes logran diseminar historias sencillas que la gente quiere oír aunque nada tengan que ver con la verdad, que es elaborada y difícil de entender. Por eso las mentiras simples y bien empacadas tienen tanto éxito y su diseminación por redes sociales es tan rápida.
El fácil acceso a la información ha sido mucho más efectivo para diseminar mentiras y crear tribus enfrentadas que para conocer la verdad y promover el bienestar.

Hemos logrado acumular gran poder pero no gran sabiduría y si no logramos un equilibrio entre la libertad para acceder a información y la dispendiosa búsqueda de la verdad, tendremos que sufrir cada vez más conflictos.

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