Viktor Orbán es quizá la mejor demostración de cómo una democracia puede deformarse sin desaparecer. No ocurre de un día para otro, ni mediante un golpe abrupto, sino a través de una lenta transformación en la que el diálogo se sustituye por la imposición y el pluralismo por una narrativa única.
Tras la caída del bloque soviético, Orbán emergió como un líder liberal, defensor de la integración europea y de la salida de las tropas soviéticas. Pero con el tiempo —y, sobre todo, con el poder— su proyecto mutó. En 2011 impulsó una nueva Constitución, reformó el sistema judicial y rediseñó las reglas electorales. A partir de allí, su dominio dejó de depender solo de los votos y empezó a apoyarse en la arquitectura institucional.
Su permanencia —cuatro elecciones consecutivas ganadas— consolidó un modelo en el que el poder se retroalimenta: ventaja electoral, control creciente del ecosistema mediático y uso intensivo de los recursos del Estado. El líder liberal derivó hacia un nacionalismo cada vez más rígido, con retórica antiinmigración y una progresiva centralización. Su cercanía con Vladimir Putin y su ambigüedad frente a Ucrania erosionaron su imagen y, poco a poco, su respaldo interno. Rodeado de lealtades incondicionales, pretendía ocultar una corrupción desbordada, marca registrada de todo régimen de poder concentrado. Con el apoyo abierto de Putin y Trump, parecía imbatible. Pero ocurrió lo que temen los poderosos: que los votantes abran los ojos y vean la realidad. Fueron capaces de reaccionar y se expresaron masivamente. Con una participación del 80% le dieron una paliza impensable.
Y es allí donde Hungría deja de ser un caso lejano y se convierte en un espejo para Colombia. Si las campañas estudian cómo Peter Magyar sacudió la resignación, presentando una alternativa creíble y movilizan a la mitad de los apáticos, logrando una participación cercana al 75%, se despeja el camino para acabar con la pesadilla. La abstención —ese silencio cómodo— es la mejor aliada del clientelismo y de los sistemas que se perpetúan. Mientras las elecciones sean limpias, el abuso descarado de los recursos públicos solo da para controlar a un porcentaje de la población. Esa es la lección que nos deja Hungría y nos debería llenar de entusiasmo para motivar a todos los que duermen entre la desesperanza y la inercia.
Publicado El País de Cali. 26115
viernes, 24 de abril de 2026
El espejo de Hungría
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domingo, 19 de abril de 2026
Sociedades suicidas
No es fácil entender por qué las sociedades se suicidan. La explicación no es simple ni única; requiere un entramado de distorsiones que alteran la percepción de la realidad. Se logra imponer una narrativa en la que muchos sienten que caen por un abismo, a pesar de tener los pies firmes en la tierra. Esta ficción, que ignora los logros institucionales para hiperbolizar lo negativo, induce a los más fanáticos a corroborar el mito del desastre mediante la violencia: marchas destructivas, bloqueos que empobrecen y acciones armadas que asesinan. Para imponer esta visión no se requieren mayorías; basta con una minoría radical que amedrente a una población que termina resignada al silencio.
Así se implantó el bolchevismo en Rusia, el nazismo en Alemania, el castrismo en Cuba y el maoísmo en China. Así dominaron los talibanes en Afganistán y los Kim en Corea. El precio siempre es el mismo: hambrunas, matanzas y un sufrimiento enorme, excepto para las élites que centralizan el poder. Es un suicidio colectivo porque, en su origen, muchos creyeron, votaron o toleraron una evolución que empezó en el discurso y terminó en la tragedia de los hechos.
Así se implantó el bolchevismo en Rusia, el nazismo en Alemania, el castrismo en Cuba y el maoísmo en China. Así dominaron los talibanes en Afganistán y los Kim en Corea. El precio siempre es el mismo: hambrunas, matanzas y un sufrimiento enorme, excepto para las élites que centralizan el poder. Es un suicidio colectivo porque, en su origen, muchos creyeron, votaron o toleraron una evolución que empezó en el discurso y terminó en la tragedia de los hechos.
En el epicentro de este colapso reside siempre un perfil psicológico devastador: el narcisismo maligno. Es una patología donde el ego se funde con la sociopatía, la paranoia y el sadismo. El líder se obsesiona por la admiración y denuncia constantemente complots para asesinarlo, lo que estimula el placer de humillar a quienes no le rinden culto.
Hoy, este patrón se asoma en figuras como Gustavo Petro e Iván Cepeda. En ellos, la política deja de ser el arte de lo posible para convertirse en una cruzada de "salvación" personalista. Petro, con su mesianismo redentor, y Cepeda, con su superioridad moral, encajan en la descripción clínica: la convicción de que su voluntad es la "voluntad del pueblo". Cualquier contrapeso —la prensa, la justicia o el técnico que advierte un error— es visto como un conspirador que debe ser destruido. El daño que generan es incalculable porque el narcisista maligno prefiere ver las instituciones en ruinas antes que admitir una equivocación. Al final, el Mesías no salva a la sociedad; la devora para alimentar su propia leyenda, dejando tras de sí una nación que descubrió, demasiado tarde, que su voto no fue una esperanza, sino una sentencia.
Publicado El País de Cali 26108
Hoy, este patrón se asoma en figuras como Gustavo Petro e Iván Cepeda. En ellos, la política deja de ser el arte de lo posible para convertirse en una cruzada de "salvación" personalista. Petro, con su mesianismo redentor, y Cepeda, con su superioridad moral, encajan en la descripción clínica: la convicción de que su voluntad es la "voluntad del pueblo". Cualquier contrapeso —la prensa, la justicia o el técnico que advierte un error— es visto como un conspirador que debe ser destruido. El daño que generan es incalculable porque el narcisista maligno prefiere ver las instituciones en ruinas antes que admitir una equivocación. Al final, el Mesías no salva a la sociedad; la devora para alimentar su propia leyenda, dejando tras de sí una nación que descubrió, demasiado tarde, que su voto no fue una esperanza, sino una sentencia.
Publicado El País de Cali 26108
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