martes, 25 de agosto de 2026

El precio de enfermarse


Con el cambio de gobierno han resurgido las esperanzas de recuperar un sistema de salud viable. Han aparecido innumerables documentos técnicos y propuestas de reforma. Pocos hacen una pregunta elemental que cualquier persona responsable se haría antes de emprender un proyecto: ¿cuánto cuesta?. Sin buena información todos los presupuestos están equivocados. Todo comenzó con un noble propósito inscrito en la Constitución: todos los colombianos tienen derecho a la salud. Después se fueron agregando nuevas exigencias. Debe ser de alta calidad, rápida, universal, sin exclusiones y, además, ajena a cualquier consideración financiera. Para completar la fantasía, se repitió hasta el cansancio que la salud no podía ser un negocio.

El problema es que las enfermedades no leen constituciones ni los recursos son infinitos. En esa desconexión entre los deseos y las posibilidades está la raíz de la crisis actual. Claro que ha existido corrupción, ineficiencia y desorden administrativo. Pero aun si todos los administradores fueran honestos y extraordinariamente competentes, seguiría existiendo un problema fundamental: simplemente no hay dinero suficiente para cumplir todas las promesas.

Y, a pesar de ello, se logró mucho. El sistema privado, responsable de la mayor parte de la prestación de los servicios, logró mantener una calidad razonable y controlar costos. Muchos hospitales y clínicas siguieron atendiendo con la esperanza de que, en algún momento, las cuentas serían pagadas. Pero las leyes de la economía son tan implacables como las de la biología. Cuando los ingresos son menores que los costos, cualquier organización termina quebrando.

Si queremos una reforma seria, debemos comenzar por una pregunta sencilla: ¿con cuánto dinero contamos y qué servicios podemos financiar con esos recursos? Esa es la lógica que siguen la mayoría de los países. Primero se define una oferta realista; después se amplía gradualmente en la medida en que la sociedad genera más riqueza.

Podemos conservar el sueño de un sistema cada vez más universal y sofisticado, pero entendiendo que disponemos de mil dólares per capita de gasto en Salud. Si salimos de la pobreza podremos gastar los siete mil que tienen países desarrollados con ofertas de salud mucho más restringidas. El proceso gradual puede revisarse en esta Propuesta



Publicado El País de Cali 26234


Sufrimiento y Esperanza

 


Sufrimiento y Esperanza

Los terremotos no solo derrumban edificios. También dejan al descubierto las sociedades.

La tragedia que acaba de golpearnos mostró algo reconfortante en medio del horror. Antes de terminar de temblar, Colombia estaba reaccionando. Bomberos, rescatistas, médicos, Policía, Ejército, empresarios, organizaciones sociales y ciudadanos comunes comenzaron a moverse. Unos buscan sobrevivientes; otros llevan alimentos, prestan maquinaria, abren albergues o  buscan cómo ayudar. Profundamente conmovidos por el sufrimiento y las pérdidas humanas todos estamos resueltos a reconstruir. 

Hace pocas semanas otro terremoto devastó Venezuela. Allí también surgió la solidaridad espontánea de miles de ciudadanos. Pero apareció una diferencia dramática: mientras la sociedad intentaba reaccionar, un Estado gigantesco, controlador y desconfiado llegó tarde, puso obstáculos y pretendió reservarse el derecho de ayudar. La gente le rogaba  a los militares que dejaran las armas y tomaran las palas. No es una diferencia genética. Es el resultado de modelos de sociedad.

Durante casi tres décadas, el socialismo venezolano convirtió al Estado en dueño, empresario, benefactor, empleador y dispensador de favores. Destruyó empresas, persiguió la iniciativa privada y acostumbró a millones a esperar que desde arriba llegaran las soluciones. Al final consiguió la peor combinación: un ciudadano empobrecido y un Estado omnipotente para mandar, pero impotente para resolver.

Colombia estuvo peligrosamente enamorada de esa receta. Nos hablaron durante cuatro años de un Estado que debía controlar la salud, las pensiones, la energía, la tierra y cada vez más rincones de nuestra vida. Por fortuna, debajo del discurso sobrevivió un país distinto: millones de personas que trabajan, producen, emprenden y, cuando ocurre una tragedia, no esperan instrucciones para ayudar. En medio del horror, la fortuna de no tener un inepto diletante dirigiendo el esfuerzo. Que alivio sería que no le hagan más resonancia a las bestialidades que sigue produciendo. 

Quizás las ruinas nos dejen una lección. Un país no se construye esperando un Mesías que haga todo. Se construye con ciudadanos capaces de levantarse, ayudarse entre ellos y con un Estado que proteja en lugar de estorbar. Entre tanta desgracia, comprobar la reciedumbre y capacidad solidaria de un pueblo, permite ver el futuro con esperanza. 

Publicado El País 26227


Cual dialogo

Diálogo: palabras que se cruzan entre dos personas. La libertad de expresión significa precisamente eso: poder usar cualquier combinación de palabras, por duras o incómodas que resulten, siempre que no constituyan una incitación directa a la violencia o una amenaza contra los derechos de los demás.

Se ha puesto de moda la idea de que ciertas palabras son, por sí mismas, una forma de violencia y que, por tanto, deben prohibirse. Es un profundo error. Cuando las diferencias no pueden expresarse, cuando las opiniones se silencian por temor a incomodar o ser censuradas, el resentimiento se acumula. Y el resentimiento reprimido tiene muchas más probabilidades de terminar en agresión que el desacuerdo expresado abiertamente. Quien no entiende esto difícilmente ha comprendido cómo funciona una democracia. Basta asistir a una sesión del Parlamento británico o del Congreso español. Los adversarios se contradicen, se ridiculizan, se interrumpen, se insultan y se descalifican con frecuencia. Sin embargo, nadie concluye que la siguiente etapa deba ser salir a matarse.

Expresiones como “a mí me respeta”, “no acepto ese trato”, “con el debido respeto” o “tengo derecho a opinar” revelan lo poco que se entiende el debate. El derecho a opinar ya existe. Y controvertir una idea no equivale a desconocer ese derecho. Al contrario: discutirla es la esencia misma del diálogo. Incluso la ironía, la burla o el insulto siguen siendo palabras. Pueden agriar una discusión, pero no dejan de pertenecer al terreno del lenguaje. Solo se convierten en un problema cuando alguien decide responder con el recurso más primitivo: la agresión física.

Por eso resultan ingenuos los llamados permanentes a eliminar los desacuerdos. No existe una sociedad sin profundas diferencias sobre cómo debe organizarse, distribuir el poder o entender la libertad. El desafío de la democracia no consiste en pensar igual. Consiste en convivir a pesar de pensar distinto. Para lograrlo basta una regla inviolable: ninguna idea, por noble que se considere, justifica la violencia. La ideología que proclama válidas “todas las formas de lucha” rompe ese principio. Llevamos 4 años de farsa en la que las palabras de paz solo han servido para enmascarar la promoción de la violencia. Esperemos que los hipócritas pataleos finales no generen confrontación y muerte.

Publicado El País de Cali 26220




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Las cifras no hablan solas

Uno de los argumentos más repetidos en política sostiene que las controversias se resuelven con cifras y datos. Ojalá fuera tan sencillo.

Toda cifra plantea primero una pregunta: ¿quién la produjo? Si proviene de un gobierno interesado en demostrar el éxito de su gestión, merece un examen cuidadoso. Si la publica un organismo internacional, inspira mayor confianza, pero tampoco está exenta de sesgos ideológicos. Y aun cuando el dato sea correcto, puede utilizarse para transmitir una idea completamente distinta de la realidad si se presenta sin contexto histórico o sin comparaciones relevantes.

Ese ha sido el recurso de Petro para sostener que ha sido “el mejor de la historia”. Un ejemplo son los decomisos de droga. Se exhiben cifras récord como prueba de una lucha eficaz contra el narcotráfico. La pregunta pertinente no es cuánto se incautó, sino qué proporción representa frente a la producción total y cuál fue finalmente la cantidad que llegó a los mercados.

“Sacamos 1.6 millones de la pobreza”. Si se reparten subsidios y se baja la marca de lo que se considera pobreza, se “sacan” , pero en la estadística. Con Uribe salieron 4.5 millones y con Santos 5.4. Y es más probable que “salieron” creándoles las condiciones de trabajo y seguridad. “Bajó la mortalidad infantil en un 42%”. La tasa de mortalidad infantil viene bajando desde 1975. De hecho en los últimos años es cuando menos ha bajado. Lo mismo que ha ocurrido en el resto del mundo. La noticia es buena pero tiene que ver más con los avances en medicina que con la gestión de un gobierno. Así, se pueden revisar cada uno de los logros para entender que los pocos que son ciertos y positivos no representan un avance sostenible o no dependen de la planeación central.

Las estadísticas son indispensables para entender la realidad. Pero aisladas del contexto se convierten en propaganda. Quienes han resuelto llamarse “progresistas” se definen como una secta con fe ciega en un relato. Todo dato que lo contradiga es sistemáticamente ignorado o convertido en propaganda enemiga y toda mentira o dato parcial, fuera de contexto, es aceptado y difundido como la verdad revelada.

Y cuando las cifras dejan de ser un instrumento para buscar la verdad y se convierten en munición política, el diálogo deja de existir y solo sobrevive la propaganda.

Publicado El País de Cali 26213