“¡Vengan por mí, cobardes!”, gritó uno. Y vinieron.La bravuconería que terminó con la muerte de cerca de cien personas —venezolanos y 32 esclavos cubanos incluidos— estaba siendo imitada por su par ideológico del vecindario. Con idéntico despliegue de testosterona política, logró que se hicieran visibles datos que prefería ocultar: duplicación de las exportaciones netas de cocaína y de los grupos criminales con reducción a la mitad de las extradiciones. Todo acompañado de una patanería diplomática presentada como acto heroico.El daño al país por la descertificación, la pérdida de visas e inclusión de su equipo en la lista Clinton, intentó disimularlos posando de asceta revolucionario: “no necesito bancos ni cuentas”, proclamó. Pero la pureza duró poco. Para intentar zafarse de las sanciones, contrató una firma americana de abogados por diez mil millones. Como siempre, la factura y las consecuencias las pagamos todos. Sus arranques de gallo fino nos salen caros, aunque insista en venderlos como estrategias de inteligencia y soberanía, como si no supiéramos contar muertos y sumar daños.
Trump lo resumió sin rodeos: “se volvió muy querido después del 3 de enero”. “Se disolvió como un Alka Seltzer” dijo Jaime Bayly.El mito de la dignidad confrontacional ha causado estragos en América Latina.
Lo verdaderamente inteligente, cuando se tiene una potencia al lado, es aprender de ella y negociar con habilidad, no desafiarla a puño limpio. Así se logra la dignidad. Basta comparar dos islas. Singapur, diminuta y sin recursos naturales, optó por cooperar y aprender. Hoy tiene un PIB per cápita cercano a los 90.000 dólares. Cuba, mucho más grande y rica en recursos, eligió la ideología de la confrontación, y es 10 veces más pobre. El resultado: una población hambreada, reprimida y atrapada en una miseria tan profunda como “digna”. Socialismo o muerte! Cambiaron la o por y.
No hay que hacer mucho análisis ni evaluar datos. Basta comparar una foto de La Habana actual con una de Singapur.
Algo muy defectuoso tiene que haber en la información que reciben quienes aún añoran el socialismo y sueñan con un Estado que les resuelva todo. El reto de quienes todavía pueden informarse y pensar es simple pero urgente: ayudar a que, al menos los no fanatizados, vean la realidad antes de que el próximo gallo vuelva a cantar.