viernes, 10 de julio de 2026

Gandhi criollo

Iván Cepeda ha decidido vestirse con el ropaje moral de Gandhi. Habla de la fuerza de la verdad —satyagraha—, e invoca la desobediencia civil. Los incautos deben tener cuidado: no basta tomar prestadas las palabras de Gandhi para heredar su autoridad moral. Gandhi enfrentó un imperio colonial. Su lucha nació contra leyes injustas, impuestas por una potencia extranjera a un pueblo sometido. La Marcha de la Sal no fue un berrinche político, sino un acto público y pacífico contra una norma concreta. Gandhi desobedecía, pero aceptaba el castigo. No buscaba incendiar al pueblo, sino avergonzar al poder con sacrificio propio.

Cepeda actúa dentro de una democracia, con elecciones, Congreso, jueces, prensa, oposición y mecanismos institucionales. Ha construido su vida pública interactuando con grupos armados y criminales envuelto en una capa de derechos humanos, víctimas y paz. Habla de memoria y verdad pero solo la de los agresores. Pretende convertir su supuesta legitimidad en licencia para desconocer un resultado electoral. Satyagraha no significa “yo tengo la verdad y usted es ilegítimo”. En Gandhi era una disciplina moral: no violencia absoluta, autocontrol, austeridad, sufrimiento personal y respeto por la humanidad del adversario. Su verdad no era un garrote contra el enemigo, sino una exigencia contra sí mismo. Sabemos que usar a Gandhi para llamar a la protesta pacífica tiene mucho atractivo pero hemos sufrido la farsa del pacifismo de la izquierda Colombiana. Además lo hace para desconocer al adversario o presionar instituciones contra una autoridad surgida de las urnas, lo que nunca pasaría por la mente de Gandhi quien buscaba liberar a un pueblo del dominio colonial. Cepeda compite dentro del sistema que lo ha elegido y escuchado. Su “no obedezco” al Presidente asume un Virrey imponiendo injusticias. Su “no me representa” demuestra su desconocimiento de la democracia. Es obvio. Perdió. Es la mayoría que ganó la que se siente representada.

Colombia no necesita falsos mahatmas disfrazados de mártires. Necesita demócratas capaces de perder sin incendiar, de protestar sin destruir y de buscar la verdad sin volverla propiedad de partido. La fuerza de la verdad no es creíble cuando ignora una verdad incómoda: nadie puede proclamarse Gandhi mientras desconoce las reglas que exige cumplir a los demás.

Publicado El País de Cali 26192



Temor y violencia

En la frustración de la derrota, muchos han optado por distorsionar el mensaje central de Abelardo, el mismo que convenció a millones de colombianos. La idea es sencilla: si Colombia logra reducir de manera drástica la violencia, el potencial de crecimiento económico, bienestar y progreso será tan grande que no resulta exagerado hablar de un milagro.

Durante décadas nos acostumbraron a creer que vivimos en un país condenado al fracaso: el más desigual, el más pobre, el más explotado. Pero esa narrativa desconoce una realidad evidente. Colombia posee una extraordinaria riqueza humana, una geografía privilegiada y una diversidad cultural excepcional. Lo alcanzado, a pesar de la violencia, es mucho más de lo que solemos reconocer. Precisamente por eso, si logramos controlar el crimen organizado, el salto puede ser enorme.

El debate ha puesto también en evidencia una curiosa moral sin espejo. Se cuestiona a Abelardo por haber ejercido como abogado defensor de delincuentes, olvidando que Cepeda desarrolló la misma profesión. La diferencia es que unos defendían delitos comunes y otros estaban vinculados a organizaciones responsables de secuestros, homicidios y terrorismo. La comparación merece, por lo menos, una reflexión ética.

La misma asimetría aparece frente a la violencia. Se condena —con razón— a cualquier exaltado que amenace a la izquierda. Pero se guarda silencio cuando dirigentes políticos o juveniles hacen bloqueos, destruyen bienes y presentan la confrontación como un camino legítimo.

Por supuesto que Colombia necesita diálogo. Pero el diálogo solo es posible cuando todos aceptan las mismas reglas. Es difícil construir acuerdos con quien considera que las armas son un argumento político o que posee una verdad moral incuestionable. Reducir la violencia exige derrotar a las organizaciones criminales. Pero también requiere aplicar la ley, sin excepciones, contra quienes desde la política o desde cualquier tribuna promuevan, justifiquen o inciten la violencia.

La paz no consiste en tolerar a los violentos. Consiste en garantizar que ningún colombiano vuelva a necesitarlos o a temerles.

Publicado 26191