La célebre frase de Lincoln en Gettysburg es una de las definiciones más sobrias de democracia. No se refiere, desde luego, al “mi pueblo” que suelen invocar los lenguaraces aspirantes a sátrapa. Ese “mi” encierra posesión. Y donde hay posesión, hay esclavitud, que siempre esta en las intenciones últimas de estos personajes.
En realidad, el pueblo somos todos: ricos y pobres, negros y blancos, ilustrados e ignorantes, empresarios y obreros, campesinos y amas de casa. Todos con iguales derechos ante la ley. Todos con derecho a un voto.
Sabemos que la igualdad jurídica luce impecable en el papel constitucional, pero en la práctica suele estar mediada por el poder: económico, político, social o militar. Ningún sistema ha logrado materializar plenamente ese ideal. Sin embargo, hay un principio que sí se ha implementado en casi todas las democracias —incluso en las pantomimas—: un ciudadano, un voto.
Que ese voto sea manipulado es otro asunto. Discursos seductores, clientelismo, presión política, compra de sufragios, intimidación armada —aberración en la que somos tristemente líderes— distorsionan la voluntad popular. Aun así, cuando se menciona la palabra democracia, lo primero que surge es “elecciones”. Es comprensible. Votar es la expresión más visible del poder ciudadano. Y aunque sea una visión simplista, porque la democracia es mucho más, si es válido sostener que es una de sus características más esenciales.
Pero aquí aparece la percepción de casi la mitad del electorado que concluye que un voto, entre millones, no cambia nada. Es la famosa paradoja de Downs, derivada de la pereza mental para informarse y física para acudir. Y como si fuera poco, en 2022 más de un millón de votos fueron anulados porque muchos no lograron marcar correctamente una simple X. Síntoma inquietante de precariedad educativa.
Peor aún es el voto en blanco elevado a gesto moral. “No me gusta ninguno”, dicen algunos, como si estuvieran eligiendo sabor de helado. No se trata de gustos, sino de responsabilidad comunitaria. En democracia no se trata de elegir al ideal; se elige al que menos daño pueda causar.
La democracia es imperfecta, sí. Pero abdicar del voto por desinterés, comodidad o purismo no la mejora. La debilita. Y los vacíos en política no quedan vacíos: los llenan otros. Siempre los llenan otros.
Publicado El Pais de Cali, 2666
viernes, 6 de marzo de 2026
Del pueblo, por el pueblo y para el pueblo
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