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sábado, 17 de enero de 2026

Marshall tropical



«Acabaré con la guerra de Ucrania en 24 horas». Medio millón de muertos después, sigue dándose palmaditas con Putin.
«Estamos al mando… (de Venezuela)» parece ser otra ilusión nacida de la megalomanía. Confía en que la operación del 4 de enero metió tanto miedo al chavismo que todos se volverán ovejas obedientes. No oye a Diosdado, a Padrino ni a la propia Delcy, que no lucen precisamente aterrados ni dispuestos a entregar privilegios, rutas y fortunas.
Surge el espejismo del Plan Marshall y el Dodge, invocados con entusiasmo, como si Europa y Japón se hubieran reconstruido con discursos, amenazas y sanciones. Suena bien hablar de estabilizar la economía reactivando el petróleo para luego transitar hacia elecciones y reconciliación, como si el problema fuese técnico y no criminal.
Pero los países de posguerra estaban derrotados, arrasados y bajo administración directa del ejército estadounidense, que llegó con inversión masiva, planificación conjunta y cooperación multilateral. No había regímenes mafiosos enquistados en el Estado ni ejércitos privados financiados por economías ilegales. Nadie estaba dispuesto a morir por los vencidos.
El Plan Marshall exigía consenso interno, reglas claras y reconstrucción institucional desde abajo. Lo que hoy se anuncia huele más a incautación de recursos estratégicos y a una ejecución dirigida desde Washington, sin desarrollo de capacidades locales y con la percepción de un negocio externo: primero los nuevos dueños, luego —si alcanza— el bienestar del país intervenido.
Liberar a Venezuela y abrir una etapa de prosperidad es un objetivo legítimo. Pero ignorar las razones del éxito de Marshall conduce al fracaso. Creer que un régimen mafioso cooperará de buena fe, mientras se minimiza a la oposición organizada y se desconoce el liderazgo y el reconocimiento internacional de María Corina Machado, no es realismo: es soberbia.
Venezuela no necesita un virreinato con lacayos que no van a obedecer. Necesita poder ciudadano, instituciones propias, justicia y respaldo internacional coherente que empodere a los muchos venezolanos valiosos capaces de reconstruir su país.
Venezuela ya ha sufrido demasiado. Hay que develar ilusiones que la mantendrán en el ciclo de violencia y miseria.

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lunes, 12 de enero de 2026

Dictadura madura

Los partidarios de la no violencia no encontramos justificación moral para resolver los conflictos mediante la agresión o la guerra. Pero la experiencia histórica muestra que todo intento de apaciguar a los matones suele traducirse en más atropellos. No hay que ir muy lejos: ahí están las muertes acumuladas de la “paz total”.
¿Qué puede hacer una sociedad dominada por un gobierno criminal, abusivo y violento que se perpetúa en el poder? Se invoca el principio de autodeterminación de los pueblos. Pero ¿de qué autodeterminación hablamos cuando no hay democracia, cuando las elecciones no existen o se manipulan, cuando se persigue, encarcela, tortura o asesina a quien disiente, cuando la única salida para millones es el exilio? Llamar a eso “voluntad popular” es una burla cruel.
Si todo esto ocurre y el mundo mira hacia otro lado invocando la “no injerencia”, estamos ante una forma de complicidad, o de tolerancia culpable. Basta estudiar con detenimiento lo que ocurre en Corea del Norte, donde la dictadura comunista se hereda ya por cuarta generación; o en Irán, Cuba o Nicaragua, donde camarillas enquistadas en el poder condenan al resto de la población a una vida de privaciones “en dignidad”.
Cuántas vestiduras rasgadas con la intervención de Trump en Venezuela. Cuántas invocaciones al derecho internacional, cuántos discursos contra el imperio y sus “verdaderas intenciones”–petróleo, minerales, dominio, liberación– Y, sin embargo, qué poca consideración con el sufrimiento real de los venezolanos: más de ocho millones de desterrados, miles de presos políticos, torturados, asesinados, y un país entregado al crimen organizado. Por ellos no hubo marchas multitudinarias ni indignación global sostenida.
Hay que hacer un balance difícil entre el sufrimiento prolongado de un pueblo sometido por la tiranía y los dilemas legales que implica usar la fuerza cuando todos los caminos pacíficos han sido clausurados.
“El fin no justifica los medios”, se repite con razón. Pero la pregunta sigue abierta, incómoda e inevitable: ¿cuál es el medio legítimo para liberar a un pueblo secuestrado por un sátrapa armado y sostenido por esbirros importados? ¿Va a ser suficiente descabezar a unos pocos para enderezar el rumbo, cuando hay tantos acostumbrados a parasitar el estado, recogiendo la migajas que deja caer la élite corrupta?

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viernes, 12 de diciembre de 2025

Los valores de la bolsa

Los admiradores de Trump hablan de “un hombre de resultados”. Para muchos, si la economía se movió, lo demás son minucias. En el análisis económico siempre se pueden “escoger cerezas”: se muestran solo cifras en el período y contexto que convienen y los fanáticos aplauden sin auditar.
Como lo demuestra constantemente nuestro narciso tropical, el análisis objetivo de indicadores económicos está muy afectado por ideologia y factores externos, que suelen interpretarse a conveniencia. Si se habla del PIB, todos los presidentes recientes han surfeado el mismo rango del 2–3%. Si se mira la Bolsa (el dato que a Trump le infla el ego y la chequera), Clinton y Obama le ganaron. Y si hablamos de déficit fiscal, Trump dejó uno de los más altos de la historia… y ahora con su “bella ley”, le agrega unos cuantos trillones más la deuda sin el menor sonrojo. Pero incluso si concediéramos que sus números deslumbran, la historia muestra que los liderazgos que de verdad han mejorado a la humanidad no se miden en dólares sino en valores. Y ahí es donde Mr. Orange no clasifica.
Para Trump, el único “valor” es el que se embolsilla él y su clan. Ha demostrado una y otra vez que la ética empresarial es un artilugio estorboso. Que la honestidad es asunto de tontos e inocentes condenados a la pobreza. Que la mentira, el engaño y la manipulación no sólo son válidos: son su “ciencia política”. Que el respeto a las reglas de vida en comunidad solo aplica para los seres inferiores. El flota por encima de cualquier ley, moral o Constitución. Su cosmovisión es simple: triunfar es su derecho natural; quien se interponga merece ser humillado, procesado, encarcelado. La democracia existe para coronarlo. Si gana, es prueba de su genialidad; si pierde, es fraude. Estados Unidos es un templo erigido para él, y el mundo un tablero donde solo se juega a “America First”… entendida como “Trump First”. La historia, con escalofriante consistencia, ha demostrado que líderes muy eficaces pero carentes de valores, han resultado trágicos para la humanidad Es difícil creer que en la democracia americana se logre la excepción.
La confrontación con los dos payasos airados al otro lado del caribe, afectados ambos por la misma enfermedad mental será material de futuros textos de psiquiatría. Solo hay que aspirar a que no generen mucho sufrimiento.

domingo, 26 de octubre de 2025

¿Narcotraficante?

“No creo que el presidente sea narcotraficante, ni creo que sea una persona involucrada en el mundo de lo ilícito”, dijo el eterno candidato de las medias tintas, pocos días después de la genial revelación de la extirpación de la i, para convertir todo en lícito. La declaración no podía ser más insípida. Porque el punto, tal como lo ha planteado el gobierno estadounidense —y como lo viven millones de colombianos—, no es si Petro es un capo mafioso, sino si ha sido facilitador del narcotráfico. Y los hechos, muchos de ellos admitidos o incluso celebrados por los protagonistas, no dejan mucho margen a la duda. Ahí están el “pacto de la Picota”, discutido y conocido; los quince mil millones de aporte fraudulento que Benedetti aseguró haber puesto; los millones que Nicolás no entregó; el maletín de Laura Sarabia; la financiación de Maduro y hasta el famoso turbante lleno de dólares. No se trata de teorías conspirativas, sino de confesiones a micrófono abierto.

Y las pruebas del cumplimiento de esos pactos están a la vista: excarcelaciones y nombramientos de condenados; rechazo a la extradición de narcos; otorgamiento de estatus político a grupos que se autodefinen como criminales; la llamada “paz total” convertida en festival de impunidad; el tarimazo con hampones; el apoyo abierto a Maduro y los acuerdos fronterizos que permiten el libre flujo de armas, coca y delincuentes. A eso se suma el debilitamiento del Ejército, el rompimiento con Israel y la provocación hacia Estados Unidos para dinamitar la cooperación antidrogas. Todo aderezado con una solidaridad conmovedora hacia los traficantes “atacados injustamente”.

Independiente de la credibilidad de Trump, quien revise objetivamente los hechos concluiría que el actual gobierno colombiano ha sido de enorme utilidad para que la exportación de cocaína crezca y los carteles acumulen más poder, dinero y armas, con las que aseguran su influencia política. En 2010 teníamos unas 40.000 hectáreas de coca. Hoy, gracias al modelo progresista, superamos las 250.000. La producción subió un 53% solo en este gobierno, y las incautaciones, medidas como porcentaje de lo producido, están en su punto más bajo histórico. Con las mismas cifras que el gobierno exhibe con orgullo, queda claro que Colombia lanza al consumo mundial más cocaína que nunca.
Así que, aunque el presidente no sea narcotraficante, sus resultados son dignos de un gran capo. La diferencia es que éste, en lugar de huir de la justicia, da discursos sobre ética y soberanía nacional.

viernes, 17 de octubre de 2025

La bofetada del Nobel

“¡Paz, paz, paz!”, grita el artífice del fraude electoral más descarado mientras ordena reprimir a manifestantes pacíficos, encarcela y tortura a miles de jóvenes —niños, dirían por aquí— y preside una opulenta dictadura que ha llevado a la miseria al 90 % de la población y forzado la emigración humillante, de una tercera parte del país.

“¡Paz total!”clama su émulo, el hombre que prometió amor pero nos ha entregado una violencia encarnizada. Paz que incluye convocar un ejército mundial para “combatir al imperio”, o sea, una tercera guerra mundial a ritmo de vallenato.

Las contradicciones de estos colados en el poder han redefinido lo grotesco. Petro no opina sobre Maduro porque, hay que respetar la autodeterminación de los pueblos. Pero resulta legítimo insultar a los noruegos por premiar con el Nobel a una valiente que defiende la libertad y la democracia. Exhibe su ignorancia cuando añora a los Suecos que nunca lo han entregado y muestra sus dotes de estadista cósmico cuando en plaza pública de otro país incita al ejército a desobedecer a su jefe. Sostiene que la pérdida de la visa fue por el sancocho de exabruptos que soltó ante un escaso auditorio de la ONU asombrado con el nivel de ridículo. Sí logró demostrar la decencia y tolerancia de la democracia americana. En cualquier otro país, incluyendo Colombia, detienen y juzgan al extranjero que se atreva a incitar a la sedición. Debería estar agradecido de que le impidan volver, porque si lo hace, ya sin inmunidad diplomática, lo que arriesga es que su discurso sea desde una celda

“¿Cuál Ucrania ni qué ocho cuartos?”, dijo con displicencia cuando empezó el genocidio de Putin. Ese mismo “respeto” que lo hace guardar silencio ante las matanzas de Ruanda o de cualquier otro lugar donde los asesinos sean sus amigos ideológicos.

El Nobel de la Paz, es promovido y otorgado por políticos y académicos de inclinación socialista. Por eso duele tanto en los círculos de izquierda que el premio haya sido entregado a María Corina Machado: una mujer que, sin ejércitos ni discursos incendiarios, encarna mejor la dignidad que todos sus críticos juntos.

Creyeron que su descarado cinismo había contaminado incluso a la izquierda democrática europea. Pero no: todavía hay decencia que atraviesa las fronteras ideológicas. Y esa, sí, es una buena noticia para la paz.



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viernes, 5 de septiembre de 2025

Madurando la coca

La fábula de la dignidad latinoamericana y el orgullo patrio ha dado para mucho. Sirve para inflar discursos, hinchar pechos y emocionar multitudes dispuestas a dar la vida contra el imperialismo. Lo curioso es que quienes promueven esas visiones jamás se detienen a explicar cómo un país, que también fue colonia, logró convertirse en una de las sociedades más prósperas de la humanidad. No dicen qué los hizo tan fuertes económicamente ni cómo alcanzaron a ser potencia militar. Prefieren la ruta fácil: ignorar que partimos de orígenes similares —indígenas invadidos por europeos— y que en apenas dos siglos unos llegaron a la luna mientras nosotros seguimos hundidos en el barro. La salida mágica: culparlos de todos nuestros males y reciclar el eterno discurso, que está precisamente en la raíz de nuestra pobreza.

De ahí el cuento de que la coca es menos dañina que el whisky. Que la hojita es sagrada, que nuestros ancestros la mascaban para hablar con los dioses. De ahí la desfinanciación del Ejército, la eliminación de la erradicación, el aumento frenético de los cultivos. Y de ahí el respaldo a Maduro, jefe del cartel de los soles, quien convirtió a Venezuela en el más exitoso de los narcoestados, mucho más de lo que Pablo Escobar hubiese podido imaginar. De ahí que sea tan tonto aconsejar que no nos metamos en el lio de Venezuela cuando la alianza es esencial a la supervivencia de ambos. Paradójicamente, la ineptitud para gobernar contrasta con la eficacia para delinquir. Son incapaces de sacar a la gente de la pobreza, pero maestros en impulsar el negocio criminal.

Han creído, fruto de su ilusoria megalomanía, que la operación podía sostenerse indefinidamente, alimentada con dólares fáciles, corrupción institucional y elecciones robadas. Pero han sido tan descarados que los vecinos del norte, recipientes de todo el veneno, resolvieron cerrar la llave del jugoso flujo que mantiene la maquinaria aceitada. los sostiene en el poder y les permite un discurso cínico y ventijuliero.

Si el bloqueo naval logra afectar el flujo verde o la presión logra liberar a Venezuela del totalitarismo criminal, veremos caer el peso como plátano maduro, convirtiendo en humo otro “logro” del gobierno. El mismo estado gaseoso de tanta mentira empacada en épica revolucionaria, mezcolanza ecológica y batiburrillo socialista.

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viernes, 17 de enero de 2025

Fascismo del sigloXXI

Habrá sorprendidos con la amorosa foto de Maduro, Diaz Canel y Ortega abrazados en su objetivo de expandir el Fascismo del Siglo XXI que estimula pesadillas sobre nuestro futuro.
Los une la convicción de pertenecer a un grupo superior que ya no es la raza sino una ¨clase¨que les da superioridad moral. Como no todos los fieles encuadran, hay que inventar símbolos que los diferencien del resto. Un gorrito rojo, y un arma les da la identidad que les permite considerar “escuálidos”, “gusanos”, “fachos” a los demás.
Las milicias bolivarianas de allá o las campesinas de acá siguen el modelo de las SS Hitlerianas. “Proteger la revolución” consiste en darle garrote a quien levante cabeza.
El mundo se asombra con el simplismo intelectual de Maduro y la ignorancia que con tanto orgullo exhibe, pero es que el fascismo no requiere complejidades. Todo el pensamiento cabe en un librito rojo (lease Mao o Kim) y juzgar cualquier cosa, desde una obra de arte hasta un proyecto de ley es candorosamente sencillo: sirve si le conviene a la revolución, tal como la entiende el sabio líder. Si no, a la hoguera. Las sofisticadas estrategias para vender la mentira oficial siguen las enseñanzas de Goebbels, padre de la tramoya propagandística. Su guión se sigue con fidelidad: si los medios no se pliegan, se cierran, hay parlamento mientras sea sumiso y sus miembros aprendan a aplaudir como es debido, la justicia y el sistema electoral son solo para dar apariencia de independencia de poderes, pero quien controvierta, ¨se seca¨, para citar a Maduro.
El militarismo es el eje central del dominio. Se les entrega el control de la economía oficial y subterránea, se los llena de privilegios y quien dude conoce el paredón.
A diferencia del nazismo, el control estatal en manos de perezosos, ignorantes y corruptos solo sirve para generar miseria.
Puestos en el oficio de analizar y comparar sistemas políticos, es difícil encontrar, en la vasta gama de variantes ideológicas, dos que se parezcan tanto como el fascismo y el socialismo del siglo XXI.
Por eso resulta tan irónico el término "facho", usado como insulto, cuando un camarada criollo quiere referirse a alguien que no comulga con su "progresista" dogma.
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viernes, 2 de agosto de 2024

El Gran Embuste

El cubrimiento mediático de las recientes “elecciones” se contaminó con la farsa. Actuaron todos como si estuviesen reportando una verdadera elección democrática. Cuando el Patán al mando había proclamado que ganaría “por las buenas o por las malas”, había amenazado con “baño de sangre”, había inhabilitado a los principales candidatos, encarcelado a miles de opositores, silenciado la prensa, asesinado a cientos de inconformes y conformado “colectivos” que reparten bala y golpes sin piedad. Cualquiera de esos hechos que no fueron documentados en los reportajes, habría sido suficiente para reconocer que todo el proceso era una farsa.

Los noticieros Colombianos fueron especialmente anodinos. Destacaban como evidencia de participación los pocos cientos de votantes en los consulados. Cuando la realidad fue que menos del 1% de los 8 millones de exiliados pudieron participar. Una tercera parte de la población del país anulada. Si además se consideran las misiones internacionales de observación a las que no se les permitió entrar y los auditores de la oposición a los que se les negó la vigilancia, la evidencia era abrumadora. Un trabajo periodístico serio habría consistido en recopilar estas cifras para demostrar que la elección no reunía los mínimos requisitos para merecer un cubrimiento como si se tratase de una justa libre y abierta.

El trabajo cuidadoso del equipo de Corina, de duplicar el recuento con la fuente directa de las actas, finalmente comprobó la patraña. No importaba lo que dieran las sumas, se sabía que el ventrudo dictador saldría a agitar sus llantas envuelto en su disfraz de bufón, en la gran tarima que armaron, al mismo tiempo que la trampa.
No demoraron los aplausos de Putin, Xi y distinguidos payasos de latinoamérica, quienes validaron “la autonomía de los pueblos”, y el “respeto por los asuntos internos”, aun antes de anunciarse los resultados, demostrando que la hipocresía se convierte en virtud, cuando es tan descarada.

Pero la estulticia no para. Ahora resulta que si publica las actas, el mundo le va a creer. Obviamente no coincidirán con los datos que recogió la oposición, pero ya dispondremos de 6 años para resolver el entuerto.
Mientras tanto el líder galáctico se interesa por submarinos y distrae con guerras mientras toma buena nota de la fórmula para eternizarse en el poder.



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