“Es difícil entender cómo Petro sigue teniendo apoyo mayoritario en Cali”, dijo alguien. Otro añadió un dato desconcertante: en una encuesta entre petristas, el 80% considera que la salud ha mejorado notablemente.
“¿Qué?”, fue la reacción. ¿En qué mundo viven?
La respuesta la dio Álvaro Uribe hace un tiempo ante sus seguidores: “mis bodegueros son todos ustedes”.
He preguntado obsesivamente a varios candidatos cuál es su estrategia digital. La respuesta suele ser ingenua: basta con tener presencia en redes; los seguidores espontáneamente ayudan y así el mensaje se difunde.
Una visión peligrosamente candorosa.
Para no entrar en teoría, describamos cómo opera una bodega real. Hay un director y decenas de influencers cada uno con múltiples aparatos. Un grupo rastrea debilidades del candidato que va punteando: una frase sacada de contexto, una foto incómoda, un error menor. Se toma el hecho, se distorsiona, se exagera. Si no escandaliza lo suficiente, se manipula. Texto, imagen, video. Todo es editable.
La meta no es informar, sino producir vergüenza y desprestigio. Cada influencer activa su cadena de seguidores —en su mayoría menores de 35 años— que replican y añaden dramatismo. En minutos hay miles, millones de pantallas amplificando la distorsión. Se mide el impacto. Si fue viral, se multiplican las versiones. Si no funcionó, se fabrica otra historia. El ciclo puede repetirse varias veces en un solo día: propaganda positiva del aliado, demolición sistemática del adversario. Como llega de tantas fuentes, se convierte en verdad indiscutible. Una realidad virtual.
Nada de esto tiene que ver con la “diseminación espontánea” que imaginan los candidatos cándidos. Es ingeniería emocional, segmentada y dirigida.
Mientras unos juegan ajedrez digital, otros creen que están en un picnic democrático.
La pregunta no es cómo alguien mantiene apoyo pese a los hechos.
La pregunta es cómo tantos siguen creyendo que la guerra digital no existe y si habrá quién reaccione.
Publicado El País de Cali 2659
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