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viernes, 12 de junio de 2026

Señales Reveladoras

Pocos dudan de que en Colombia se ha instalado una cultura de la violencia. Una de sus manifestaciones es la forma en que se juzga la respuesta a la agresión. Quien se defiende termina siendo peor que el agresor. Quien mata al asesino que entró a su casa recibe trato de criminal. El que logra defenderse de un atraco callejero es señalado como violento. Los campesinos que reaccionaron frente a secuestros, extorsiones y asesinatos fueron agrupados bajo una misma etiqueta infamante. En el asalto al Palacio de Justicia, condenaron a los defensores y premiaron a los atacantes. Y hoy, la respuesta airada a los insultos y agresiones verbales de Cepeda es presentada como prueba de radicalismo y peligro.

En medio de este ambiente enrarecido aparecen hechos reveladores. El rechazo de Petro y Cepeda a unos resultados electorales que numerosos observadores y organizaciones independientes calificaron como transparentes, demostró que no respetan la mayoría. Su reacción ante una derrota en segunda vuelta se escucha en consignas y marchas: la voluntad propia está por encima de las reglas compartidas. El uso de la justicia para determinar qué camisetas pueden exhibir los ciudadanos y qué palabras están prohibidas. Más allá de los pintorescos fallos, se revela una tendencia de fondo: la tentación de controlar cada vez más espacios de la vida pública.Tampoco se oculta el afán de engañar a los votantes. Deciden borrar la constituyente del programa cuando mucha gente entiende que es el primer paso hacia el dominio totalitario. Y con cada salida en falso se aumenta la distancia entre los candidatos.

Pero quizás la contradicción más llamativa sea proclamarse defensores de la vida mientras se cuentan los 55.000 homicidios de este gobierno, reciben apoyo de bandas armadas y se disemina la intimidación para obtener el voto.
Las democracias se deterioran cuando la violencia se normaliza, cuando las reglas dejan de respetarse y cuando el grupo que pierde el voto, promete destrucción y muerte. Inducir y promocionar una confrontación armada no tiene sentido ni justificación alguna. Aceptar la democracia implica que a pesar de una fuerte convicción del desastre que significa el opuesto, se debe tolerar y aceptar la derrota. Los Colombianos ya han pagado muy caro la normalización de la violencia para resolver sus diferencias.

Publicado El País de Cali 26164


sábado, 8 de noviembre de 2025

Revolcar y destruir

Un personaje envanecido que sólo ve el mundo a través del prisma de su gloriosa dignidad. Toda su vida fue agitador y denunciador; jamás constructor. No tiene experiencia organizando, dirigiendo ni integrando equipos con propósito: su currículo es la crítica permanente y la queja. Eso lo dejó en evidencia en la gestión —desastrosa— de Bogotá y del país.

Claro que tiene adeptos. Lo siguen los grupos criminales que protege sin disimulo; los ineptos que comparten su ignorancia sobre economía y gerencia; los vagos y parásitos que creen que la sociedad les debe todo; y unos cuantos ilusos que, entre la maleza, logran pescar alguna promesa con apariencia de buen propósito.

No sorprende lo que ocurre ahora: ha pisado el acelerador del desorden porque siente el final cerca. Sabe que no dejará una obra, ni un avance digno de su nombre; su orgullo se alimenta de la ruina que deja. Su lista de “logros” es, por desgracia, coherente: desbarató la salud, erosionó las finanzas, asestó golpes a las exportaciones, debilitó a Ecopetrol, desestabilizó el Ejército, minó las Cortes y socavó las instancias de control. Su mayor hazaña ha sido aumentar la confrontación para exponer —dice— “las contradicciones” de la democracia que tanto aborrece.

Frente a los límites que le impiden imponer su visión estatista y autoritaria, propone ahora el “poder constituyente”: un eufemismo semántico para seducir a un pueblo sumiso y evitar la palabra “asamblea”, que se comprometió a no convocar. La táctica es elemental y desesperada: intensificar la agitación y el caos.Como el campo ya está en manos de grupos criminales, su plan es revolcar las ciudades. Financia marchas y bloqueos para torpedear la actividad productiva, generar pobreza y sembrar desconcierto —ingredientes imprescindibles de su dieta política. Insulta a potencias y amenaza la financiación de la lucha antidrogas; pone en riesgo la exportación de flores, café, petróleo y carbón; y así sazona su caldo de cultivo: más miseria, más confrontación.

Si no se muestra firmeza en los meses que quedan, el daño será irreversible. Es la defensa mínima de un país que necesita orden, trabajo y sentido común para salir del caos que él mismo cultiva.



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