Mostrando las entradas con la etiqueta estatismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta estatismo. Mostrar todas las entradas

viernes, 3 de julio de 2026

Acabar con el pais

Ese es el temor que invade a muchos. Primero pierden la esperanza. Después dejan de invertir. Luego envían su capital al exterior. Y, finalmente, hacen las maletas. Pero un país no se acaba por la ineptitud de un gobierno o los desvaríos de un presidente. Mientras millones de personas sigan trabajando, produciendo, emprendiendo, enseñando y creyendo, el país se sostiene.El temor, sin embargo, no carece de fundamento. Las amenazas del perdedor o la consigna de hacer invivible el país proferida por una progre-chic que no encontró emoción en sus vacaciones de ski, lleva a muchos colombianos a preguntarse si será posible contener la “plaga” de quienes sólo conciben la política a través de las piedras, las bombas y el fuego. Otros se dejan intimidar por los discursos de quienes se proclaman dueños de la verdad revelada y practican una moral elástica, que cambia según la conveniencia. La doble nacionalidad era aceptable pero hoy se convierte en pecado. Quien creó la profesión de visitador de cárceles, negociador con delincuentes y justificador de organizaciones armadas, pretende ser juez moral. Quien relativizó secuestros, atentados y bloqueos amenaza ahora con paralizar el país si la justicia no le concede impunidad a su clan.

Los países no se destruyen en cuatro años. Se deterioran lentamente cuando se instala la idea de que un Estado cada vez más poderoso debe controlar la economía, la iniciativa privada y, poco a poco, la vida de sus ciudadanos. El resultado se repite con precisión fatal: menos oportunidades, más dependencia, concentración del poder, corrupción, empobrecimiento y emigración del talento.

Llega entonces el momento en que una tragedia desnuda la chapucería y la corrupción que durante años permaneció oculta en los cimientos: construcciones levantadas sobre icopor y espuma, instituciones incapaces de responder, y un Estado hipertrofiado acaparando ayudas e interfiriendo con la labor de quienes sí saben aliviar el sufrimiento. Después de casi tres décadas de autoritarismo, las imágenes de Venezuela no muestran un país destruido por un solo gobierno. Muestran el desenlace de un deterioro lento, persistente y sistemático. La naturaleza le ha dado el golpe de gracia a un país que se dejó engañar por juglares promeseros de la igualdad que cambiaron libertad por obediencia al Estado.

Publicado El País de Cali 26185                                                        REQUISITOS



viernes, 24 de abril de 2026

El espejo de Hungría

Viktor Orbán es quizá la mejor demostración de cómo una democracia puede deformarse sin desaparecer. No ocurre de un día para otro, ni mediante un golpe abrupto, sino a través de una lenta transformación en la que el diálogo se sustituye por la imposición y el pluralismo por una narrativa única.

Tras la caída del bloque soviético, Orbán emergió como un líder liberal, defensor de la integración europea y de la salida de las tropas soviéticas. Pero con el tiempo —y, sobre todo, con el poder— su proyecto mutó. En 2011 impulsó una nueva Constitución, reformó el sistema judicial y rediseñó las reglas electorales. A partir de allí, su dominio dejó de depender solo de los votos y empezó a apoyarse en la arquitectura institucional.

Su permanencia —cuatro elecciones consecutivas ganadas— consolidó un modelo en el que el poder se retroalimenta: ventaja electoral, control creciente del ecosistema mediático y uso intensivo de los recursos del Estado. El líder liberal derivó hacia un nacionalismo cada vez más rígido, con retórica antiinmigración y una progresiva centralización. Su cercanía con Vladimir Putin y su ambigüedad frente a Ucrania erosionaron su imagen y, poco a poco, su respaldo interno. Rodeado de lealtades incondicionales, pretendía ocultar una corrupción desbordada, marca registrada de todo régimen de poder concentrado. Con el apoyo abierto de Putin y Trump, parecía imbatible. Pero ocurrió lo que temen los poderosos: que los votantes abran los ojos y vean la realidad. Fueron capaces de reaccionar y se expresaron masivamente. Con una participación del 80% le dieron una paliza impensable.

Y es allí donde Hungría deja de ser un caso lejano y se convierte en un espejo para Colombia. Si las campañas estudian cómo Peter Magyar sacudió la resignación, presentando una alternativa creíble y movilizan a la mitad de los apáticos, logrando una participación cercana al 75%, se despeja el camino para acabar con la pesadilla. La abstención —ese silencio cómodo— es la mejor aliada del clientelismo y de los sistemas que se perpetúan. Mientras las elecciones sean limpias, el abuso descarado de los recursos públicos solo da para controlar a un porcentaje de la población. Esa es la lección que nos deja Hungría y nos debería llenar de entusiasmo para motivar a todos los que duermen entre la desesperanza y la inercia.

Publicado El País de Cali. 26115


domingo, 9 de noviembre de 2025

Los salvajes

El primer gran avance de la humanidad se dió por la capacidad para inventar historias, que permitieron la cooperación de muchos individuos. El segundo, dejar de creerlas. Así nació el método científico: observar y comprobar. Lo que se puede reproducir, es real y existe independiente de cuantos se lo crean. La Ciencia superó las explicaciones fantasiosas, y el razonamiento mágico. Gracias a sus avances, los billones que están vivos y llevan vidas cómodas, se permiten seguir creyendo en pseudociencias sustentadas en la pereza mental.
Uno de los campos donde más se nota esta contradicción es la economía. Muchos críticos acérrimos del “odioso mercado” viven felices con sus beneficios. Para justificar esa cómoda esquizofrenia, inventaron un término: “capitalismo salvaje”. Según ellos, los empresarios son bestias sin alma que explotan niños inmigrantes en minas o inmundas fábricas nocturnas. Ejemplos reales, pero marginales, que presentan como prueba de que toda libertad económica deriva en esclavitud.
No importa que esos abusos sean delitos en la mayoría de países. No importa que existan regulaciones, sindicatos, controles. Lo que importa es sostener una moral torcida donde toda empresa privada es sospechosa, y el único comercio puro es el que maneja el Estado. Aquí, el método científico desaparece. No sirve la evidencia de los 30 países más prósperos —todos con economías abiertas y políticas liberales— ni la comparación entre las dos Coreas o las dos Alemanias. Prefieren los mitos.
Cuando una actividad ilegal ocurre en una economía liberal, celebran con morbo: “¡lo sabíamos!”. Pero no alcanzan a ver que esos crímenes ocurren precisamente porque el Estado no cumple su verdadero papel de control del delito y no castiga los abusos porque anda persiguiendo la libre competencia.
El problema no es el mercado, sino los gobiernos corruptos que no cumplen su rol. Son precisamente los países gobernados por socialistas salvajes los que suelen tener Estados colapsados, cooptados por roscas de funcionarios y empresarios amigos, sin reglas claras ni garantías para nadie.
Quienes denuncian al “capitalismo salvaje” como la raíz del mal, lo que en realidad hacen es defender un modelo donde no hay libertad económica, ni innovación, ni incentivos, ni progreso. El salvaje privilegio político… y la pobreza bien repartida.

25313

sábado, 22 de marzo de 2025

Soñar con colas

El aporte más visible que el estatismo le hace al paisaje urbano es la proliferación de colas. Quien haya visitado Cuba y logre ver la realidad, habrá podido constatar que hay colas para todo: cola del pan, cola del arroz, cola para que le digan que no hay nada. Una buena parte de la pobreza se explica por la genial planeación que lleva tener un buen porcentaje de la población parada haciendo colas.
La progresiva intromisión del estado en el sistema de salud está instaurando un novedoso entramado de colas cada vez más largas que son primicia en noticieros.
En la medida en que se siga el camino de reducir la libre competencia y se imponga cada vez más la planeación central, veremos como nos vamos llenando de colas para todo. Habrá que hacerlas para enfermarse y con toda seguridad para morir. Sobre todo si es por falta de medicamentos. En 40 años de ejercicio profesional, nunca había enfrentado una escasez tan grave. No hay duda que el gobierno del cambio está siendo creativo en los métodos para diezmar población. Según la nueva lógica que propone reducir el crimen cambiando el código penal, acabar con el daño de los estupefacientes legalizándolos y reducir la emisión de gases comprando los combustibles fósiles en vez de producirlos, no demora el discurso en el que se propondrá que la forma más efectiva de reducir la tasa de ciertas enfermedades, es facilitarle a los afectados su reincorporación con el polvo cósmico.
Desde luego que ministros y funcionarios repetirán la cartilla de su trasnochado instructor: no está pasando nada. Si se los confronta con la abrumadora evidencia, siempre estarán los gobiernos anteriores y la oligarquía para cargar con la culpa. Jamás reconocerán los daños de sus disparatadas políticas. Su visión de la realidad económica les impide entender que la abundancia es el resultado de cientos de años en los que la oferta se ha ido ajustando a la demanda. Incapaces de ver que el odiado mercado no es otra cosa que un pueblo demandando productos y servicios al mismo pueblo que encuentra la forma de ofrecerlos, ven vampiros y traficantes de la muerte en el esencial movimiento económico de la medicina.
Para probar su punto, llenan chivas de ilusos, confundidos y violentos con los que pretenden implantar el despotismo del tropel para probar que la oclocracia es el camino más seguro a la dictadura.
2581

lunes, 17 de febrero de 2025

El anhelado cambio

Sin importar la ubicación en el espectro ideológico, casi sin excepción, todo el que opina sobre Colombia sostiene la necesidad de un cambio para acabar con la corrupción y la inequidad, que tienen la connotación de una maldición de los cielos.
Si el analista se inclina hacia la izquierda, el cambio implica estatizar, subir impuestos, controlar precios, intervenir la justicia, las elecciones, la prensa y aplicar una larga lista de regulaciones y barreras que “aseguren la justicia social”. Lo llaman cambiar el sistema.
Si se inclina hacia la derecha, defiende la propiedad privada, la libertad de empresa, el respeto a los precios establecidos por el mercado, la separación de poderes y la libertad de opinión. Aún así, coincide en lograr un sistema que de igualdad de oportunidades, educación y salud gratuitas, garantizadas por el Estado y la obligación de quienes logran cierta prosperidad de contar con un brazo social. Se apoyará en la moral cristiana y encontrará muchas coincidencias con la teología de la liberación.
Si analizamos la inequidad, es cierto que en el índice de Gini salimos mal, pero hay que considerar que su cálculo ignora la informalidad (consecuencia del exceso de regulaciones, controles y tributos) y se basa en encuestas de percepción. Su confiabilidad genera dudas: según este índice, EE. UU. está peor que Haití y Bolivia, mientras que Venezuela aparece mejor que Costa Rica. Quienes se lamentan por nuestro Gini deberían preguntarse cuántas balsas van de Florida a Haití. Además, en distribución de riqueza estamos mejor que EE. UU., Brasil y Rusia, y en desarrollo humano estamos a la par de México, Brasil y China.
Si queremos disminuir la inequidad y la corrupción el remedio no consiste en más Estado. Somos pobres por la violencia y la corrupción del estatismo. Para prosperar, basta con leer nuestro escudo: Libertad y Orden.
El cambio necesario consiste en aplicar una fórmula probada: reducir el poder de las bandas criminales, fortaleciendo la justicia. Al recobrar la confianza y la libertad que da la paz, la economía florece. Regresan los talentos colombianos y se atraen otros. Para entenderlo, no hay que estudiar economía; basta con comparar cómo evolucionaron los índices entre 2002 y 2010 y cómo han cambiado desde 2023. Se está probando que el cambio puede ser para empeorar.

domingo, 25 de agosto de 2024

Pobres Ricos

Antes de leer, hágase la pregunta: ¿soy rico? o pobre. Seguramente su respuesta será: “depende”. Porque la riqueza es relativa. Depende con quien me compare. Si miro a todos los que están por debajo de mi, soy muy rico, pero si miro a todos los que están por encima, resulto miserablemente pobre.

Se plantean sesudas deliberaciones de cómo acabar con la pobreza. Cuando se aplican las fórmulas, resultan invariablemente equivocadas, porque ese es el estado natural del hombre cuando llega a este mundo sin padrinos, educación o trabajo. Nadie tiene la capacidad, y menos el interés, de crear pobreza.
Lo que sí se puede, es crear riqueza. Todo grupo que coopere disciplinadamente en cualquier actividad, genera riqueza. Ese ha sido el secreto repetido de las comunidades judías en todo el mundo en su larga historia. Y es el secreto de la prosperidad de los 30 países más ricos. Sea produciendo alimentos, fabricando cosas o prestando servicios, todos tienen en común que han podido cooperar, bajo un estado que da seguridad, libertad y garantiza igualdad de condiciones para competir. Sin embargo, por este trópico se sigue repitiendo la falacia que explica la pobreza como consecuencia de la riqueza.

Y claro que nos tiene que molestar la convivencia de inmensamente ricos con los solemnemente pobres. Cuesta mucho digerir que en el juego libre de la economía se generen diferencias tan abrumadoras. El problema es que cada vez que el estado ha asumido el papel de justiciero social absoluto, ha terminado empeorando la pobreza, concentrando la riqueza en un círculo todavía más pequeño que lo controla todo, y que ya no se llaman ricos, sino camaradas. Eso ha llevado a los pragmáticos, a los que prefieren actuar con la realidad, a tratar de definir qué constituye una “justa” intervención del estado para generar el equilibrio. Si se le va la mano en restricciones, normas, impuestos, aranceles y controles, se frena la economía y la poca riqueza que se genera es acaparada por los funcionarios del estado. Si se llega al libertinaje, aparecen los monopolios, los abusos, las ambiciones desmedidas En ambos casos se dan aberrantes carencias para los que quedan por fuera.

Como su medición está tan influida por la ideología, no siempre es fácil saber la verdad de la miseria. Se arman grandes engaños y se crean mitos cuidadosamente publicitados como el de Cuba, donde logran envolver la miseria masiva en un hipócrita ropaje de dignidad. O se desconoce la labor de fundaciones, empresas solidarias y cooperativas con el bálsamo social que logran.
Entonces, ¿qué es riqueza exagerada? Segunda pregunta: conoce a alguien con menos riqueza que la suya, que Ud haya evaluado como poseedor de una riqueza exagerada? ¿Acaso la suya no es exagerada?. Decidir dónde está el límite resulta fútil y quienes se empeñan en límites arbitrarios, terminan también golpeando la generación de riqueza. Con candor se denuncia al “neoliberalismo” como causante de las asimetrías, y se oculta que toda concentración de poder en manos del estado termina generando unos personajes que superan en lujos y privilegios a los vilipendiados “ricos”.