Ese es el temor que invade a muchos. Primero pierden la esperanza. Después dejan de invertir. Luego envían su capital al exterior. Y, finalmente, hacen las maletas. Pero un país no se acaba por la ineptitud de un gobierno o los desvaríos de un presidente. Mientras millones de personas sigan trabajando, produciendo, emprendiendo, enseñando y creyendo, el país se sostiene.El temor, sin embargo, no carece de fundamento. Las amenazas del perdedor o la consigna de hacer invivible el país proferida por una progre-chic que no encontró emoción en sus vacaciones de ski, lleva a muchos colombianos a preguntarse si será posible contener la “plaga” de quienes sólo conciben la política a través de las piedras, las bombas y el fuego. Otros se dejan intimidar por los discursos de quienes se proclaman dueños de la verdad revelada y practican una moral elástica, que cambia según la conveniencia. La doble nacionalidad era aceptable pero hoy se convierte en pecado. Quien creó la profesión de visitador de cárceles, negociador con delincuentes y justificador de organizaciones armadas, pretende ser juez moral. Quien relativizó secuestros, atentados y bloqueos amenaza ahora con paralizar el país si la justicia no le concede impunidad a su clan.
Los países no se destruyen en cuatro años. Se deterioran lentamente cuando se instala la idea de que un Estado cada vez más poderoso debe controlar la economía, la iniciativa privada y, poco a poco, la vida de sus ciudadanos. El resultado se repite con precisión fatal: menos oportunidades, más dependencia, concentración del poder, corrupción, empobrecimiento y emigración del talento.
Llega entonces el momento en que una tragedia desnuda la chapucería y la corrupción que durante años permaneció oculta en los cimientos: construcciones levantadas sobre icopor y espuma, instituciones incapaces de responder, y un Estado hipertrofiado acaparando ayudas e interfiriendo con la labor de quienes sí saben aliviar el sufrimiento. Después de casi tres décadas de autoritarismo, las imágenes de Venezuela no muestran un país destruido por un solo gobierno. Muestran el desenlace de un deterioro lento, persistente y sistemático. La naturaleza le ha dado el golpe de gracia a un país que se dejó engañar por juglares promeseros de la igualdad que cambiaron libertad por obediencia al Estado.
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viernes, 3 de julio de 2026
miércoles, 6 de marzo de 2024
La Moral revelada
Los fundamentalistas religiosos se creen poseedores de la verdad e imbuidos de la única moral aceptable. Citan pasajes bíblicos, coránicos, o de cualquier otro libro que consideren sagrado como inspiración para su comportamiento. Invocando siempre la paz, la justicia y la bondad han sido capaces de involucrarse en toda clase de atrocidades: sacrificios humanos para aplacar Dioses, bombas o actos suicidas que generan destrucción y muerte, explotación, tortura de mujeres y esclavitud descarada o encubierta, asesinatos selectivos y crueles de quienes se atreven a criticar o caricaturizar a sus profetas, para mencionar solo algunos de los más conocidos.
Por suerte en occidente, con excepción de USA, quedan pocos, pero se dan silvestres en otros lares y generan indescriptible sufrimiento a sus semejantes que con frecuencia son connacionales o inclusive correligionarios.
Lo que si padecemos es la diseminación viral del fundamentalismo ideológico. Al igual que sus pares en la religión, fueron educados con unos pocos textos que repiten distintas versiones de lo mismo y se les enseñó que era la fe en esas creencias lo que valía. Se llegó a la osadía de calificar esa visión como científica lo que la volvió indiscutible. Se les prohibió la lectura de “basura” y el intercambio de ideas por fuera del culto. Se les enseñó que si había contradicción entre la realidad y el ideario, había que interpretarla y torcerla hasta adaptarla a su verdad. Se los convenció que solo su moral era humanista, que solo ellos se ocupaban del prójimo y la naturaleza en forma adecuada y que su sistema social era tan puro que muchos, ni siquiera los beneficiados, lo iban a entender. Por eso había que imponerlo con violencia. Los no creyentes son nazis o fachos y si no se tiene el poder, es legítimo matarlos, secuestrarlos, amedrentarlos y despojarlos. Si se tiene el poder, hay que encarcelarlos, exiliarlos o desaparecerlos con el amplio menú de opciones que ha sabido desarrollar la perfidia humana.
En nombre de un bien superior común, encuentran validación moral para destruir, asaltar, quemar o matar uniformados o cualquiera que se les oponga, invirtiendo los valores sociales, premiando, nombrando y promoviendo criminales mientras se persigue con toda clase de restricciones y regulaciones a los que están tratando de producir.
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Por suerte en occidente, con excepción de USA, quedan pocos, pero se dan silvestres en otros lares y generan indescriptible sufrimiento a sus semejantes que con frecuencia son connacionales o inclusive correligionarios.
Lo que si padecemos es la diseminación viral del fundamentalismo ideológico. Al igual que sus pares en la religión, fueron educados con unos pocos textos que repiten distintas versiones de lo mismo y se les enseñó que era la fe en esas creencias lo que valía. Se llegó a la osadía de calificar esa visión como científica lo que la volvió indiscutible. Se les prohibió la lectura de “basura” y el intercambio de ideas por fuera del culto. Se les enseñó que si había contradicción entre la realidad y el ideario, había que interpretarla y torcerla hasta adaptarla a su verdad. Se los convenció que solo su moral era humanista, que solo ellos se ocupaban del prójimo y la naturaleza en forma adecuada y que su sistema social era tan puro que muchos, ni siquiera los beneficiados, lo iban a entender. Por eso había que imponerlo con violencia. Los no creyentes son nazis o fachos y si no se tiene el poder, es legítimo matarlos, secuestrarlos, amedrentarlos y despojarlos. Si se tiene el poder, hay que encarcelarlos, exiliarlos o desaparecerlos con el amplio menú de opciones que ha sabido desarrollar la perfidia humana.
En nombre de un bien superior común, encuentran validación moral para destruir, asaltar, quemar o matar uniformados o cualquiera que se les oponga, invirtiendo los valores sociales, premiando, nombrando y promoviendo criminales mientras se persigue con toda clase de restricciones y regulaciones a los que están tratando de producir.
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Cali, Valle del Cauca, Colombia
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