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domingo, 25 de enero de 2026

Fotos patéticas

La sonrisa se parece a la de mi nieto cuando le doy una medalla que yo gané, como premio por haberse portado bien. La mira con orgullo unos segundos y luego la olvida. A sus tres años ya sabe que no es suya, que puede tocarla pero no le pertenece. No la ganó.
Pero la sonrisa de Trump es otra cosa. Es de satisfacción plena. De premio largamente deseado y finalmente obtenido. En su rostro se lee: “por fin es mío, mío, todo mío”. Su mente distorsionada cree que tocar el oro significa merecerlo. Tan grotesco fue el espectáculo que el Comité Noruego tuvo que aclarar —como a un niño caprichoso— que el Nobel no es transferible ni regalable. Ningun premio lo ha sido. Ni el Nobel ni ningún otro.
La expresión de María Corina también es reveladora: “hago lo que sea con tal de hacerlo pensar en los venezolanos y no en el petróleo”. Inocente. Decente. Buenota.
Es trágico que la humanidad no logre ver, detrás de los discursos promeseros, la distorsión patológica de quien los pronuncia. “Como su país no me dio el Nobel, no me siento obligado a pensar en la paz” es la respuesta esquizofrénica a un llamado diplomático al diálogo, mientras amenaza con desatar una guerra con sus propios aliados europeos.
En otra foto, Delcy está de pie, más bien tiesa, estirando la mano a un sonriente director de la CIA. No está arrodillada. No hace venia. Faltaba más. Frente a ella está quien planeó la extracción de su adorado jefe, una operación militar que dejó 51 venezolanos y 32 cubanos muertos; el mismo que propinó una paliza humillante al régimen. Podrá ser el enviado para dictar instrucciones, pero ella no se inclina. Tal vez cuando llegue el virrey. O el rey. Por ahora, pretende transmitir que su dignidad permanece intacta mientras el amado líder trasnocha en una celda de tres por dos, y el país sigue dando tumbos con una represión que no cede
Las dos fotos ayudan a poner en contexto la reunión entre el “narco-capo, matón y hostil” y el “senil, grosero, esclavista y nazi”, como ellos mismos se califican. Por más que lo deseemos, es muy improbable que dos narcisos tan patológicos lleguen a acuerdos que beneficien a sus países.
El cinismo estratégico del gran negociante ha dado para pensar que el cuento de la llamada y el “gran honor” sean otra jugada para ahorrarse los 570 millones de dólares que le costó sacar a Maduro.


La tercera foto es local y más prosaica. “El País”, 17 de enero: los patios de Cali repletos de motos decomisadas. La denuncia habla de mala gestión, pero nadie menciona el absurdo central: miles de vehículos amontonados, inubicables, millones de pesos arrancados a los caleños más pobres y enviados a China e India, sin beneficio alguno para la ciudad.

¿Nunca hubo una autoridad capaz de La preguntarse si tiene sentido decomisar lo que no se puede guardar, administrar ni devolver?

Tres fotos distintas. El mismo fondo: poder sin mérito, dignidad fingida e incompetencia institucional. Todo perfectamente en foco.

Publicado El País de Cali 2624



sábado, 17 de enero de 2026

Marshall tropical



«Acabaré con la guerra de Ucrania en 24 horas». Medio millón de muertos después, sigue dándose palmaditas con Putin.
«Estamos al mando… (de Venezuela)» parece ser otra ilusión nacida de la megalomanía. Confía en que la operación del 4 de enero metió tanto miedo al chavismo que todos se volverán ovejas obedientes. No oye a Diosdado, a Padrino ni a la propia Delcy, que no lucen precisamente aterrados ni dispuestos a entregar privilegios, rutas y fortunas.
Surge el espejismo del Plan Marshall y el Dodge, invocados con entusiasmo, como si Europa y Japón se hubieran reconstruido con discursos, amenazas y sanciones. Suena bien hablar de estabilizar la economía reactivando el petróleo para luego transitar hacia elecciones y reconciliación, como si el problema fuese técnico y no criminal.
Pero los países de posguerra estaban derrotados, arrasados y bajo administración directa del ejército estadounidense, que llegó con inversión masiva, planificación conjunta y cooperación multilateral. No había regímenes mafiosos enquistados en el Estado ni ejércitos privados financiados por economías ilegales. Nadie estaba dispuesto a morir por los vencidos.
El Plan Marshall exigía consenso interno, reglas claras y reconstrucción institucional desde abajo. Lo que hoy se anuncia huele más a incautación de recursos estratégicos y a una ejecución dirigida desde Washington, sin desarrollo de capacidades locales y con la percepción de un negocio externo: primero los nuevos dueños, luego —si alcanza— el bienestar del país intervenido.
Liberar a Venezuela y abrir una etapa de prosperidad es un objetivo legítimo. Pero ignorar las razones del éxito de Marshall conduce al fracaso. Creer que un régimen mafioso cooperará de buena fe, mientras se minimiza a la oposición organizada y se desconoce el liderazgo y el reconocimiento internacional de María Corina Machado, no es realismo: es soberbia.
Venezuela no necesita un virreinato con lacayos que no van a obedecer. Necesita poder ciudadano, instituciones propias, justicia y respaldo internacional coherente que empodere a los muchos venezolanos valiosos capaces de reconstruir su país.
Venezuela ya ha sufrido demasiado. Hay que develar ilusiones que la mantendrán en el ciclo de violencia y miseria.

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lunes, 12 de enero de 2026

Dictadura madura

Los partidarios de la no violencia no encontramos justificación moral para resolver los conflictos mediante la agresión o la guerra. Pero la experiencia histórica muestra que todo intento de apaciguar a los matones suele traducirse en más atropellos. No hay que ir muy lejos: ahí están las muertes acumuladas de la “paz total”.
¿Qué puede hacer una sociedad dominada por un gobierno criminal, abusivo y violento que se perpetúa en el poder? Se invoca el principio de autodeterminación de los pueblos. Pero ¿de qué autodeterminación hablamos cuando no hay democracia, cuando las elecciones no existen o se manipulan, cuando se persigue, encarcela, tortura o asesina a quien disiente, cuando la única salida para millones es el exilio? Llamar a eso “voluntad popular” es una burla cruel.
Si todo esto ocurre y el mundo mira hacia otro lado invocando la “no injerencia”, estamos ante una forma de complicidad, o de tolerancia culpable. Basta estudiar con detenimiento lo que ocurre en Corea del Norte, donde la dictadura comunista se hereda ya por cuarta generación; o en Irán, Cuba o Nicaragua, donde camarillas enquistadas en el poder condenan al resto de la población a una vida de privaciones “en dignidad”.
Cuántas vestiduras rasgadas con la intervención de Trump en Venezuela. Cuántas invocaciones al derecho internacional, cuántos discursos contra el imperio y sus “verdaderas intenciones”–petróleo, minerales, dominio, liberación– Y, sin embargo, qué poca consideración con el sufrimiento real de los venezolanos: más de ocho millones de desterrados, miles de presos políticos, torturados, asesinados, y un país entregado al crimen organizado. Por ellos no hubo marchas multitudinarias ni indignación global sostenida.
Hay que hacer un balance difícil entre el sufrimiento prolongado de un pueblo sometido por la tiranía y los dilemas legales que implica usar la fuerza cuando todos los caminos pacíficos han sido clausurados.
“El fin no justifica los medios”, se repite con razón. Pero la pregunta sigue abierta, incómoda e inevitable: ¿cuál es el medio legítimo para liberar a un pueblo secuestrado por un sátrapa armado y sostenido por esbirros importados? ¿Va a ser suficiente descabezar a unos pocos para enderezar el rumbo, cuando hay tantos acostumbrados a parasitar el estado, recogiendo la migajas que deja caer la élite corrupta?

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viernes, 17 de octubre de 2025

La bofetada del Nobel

“¡Paz, paz, paz!”, grita el artífice del fraude electoral más descarado mientras ordena reprimir a manifestantes pacíficos, encarcela y tortura a miles de jóvenes —niños, dirían por aquí— y preside una opulenta dictadura que ha llevado a la miseria al 90 % de la población y forzado la emigración humillante, de una tercera parte del país.

“¡Paz total!”clama su émulo, el hombre que prometió amor pero nos ha entregado una violencia encarnizada. Paz que incluye convocar un ejército mundial para “combatir al imperio”, o sea, una tercera guerra mundial a ritmo de vallenato.

Las contradicciones de estos colados en el poder han redefinido lo grotesco. Petro no opina sobre Maduro porque, hay que respetar la autodeterminación de los pueblos. Pero resulta legítimo insultar a los noruegos por premiar con el Nobel a una valiente que defiende la libertad y la democracia. Exhibe su ignorancia cuando añora a los Suecos que nunca lo han entregado y muestra sus dotes de estadista cósmico cuando en plaza pública de otro país incita al ejército a desobedecer a su jefe. Sostiene que la pérdida de la visa fue por el sancocho de exabruptos que soltó ante un escaso auditorio de la ONU asombrado con el nivel de ridículo. Sí logró demostrar la decencia y tolerancia de la democracia americana. En cualquier otro país, incluyendo Colombia, detienen y juzgan al extranjero que se atreva a incitar a la sedición. Debería estar agradecido de que le impidan volver, porque si lo hace, ya sin inmunidad diplomática, lo que arriesga es que su discurso sea desde una celda

“¿Cuál Ucrania ni qué ocho cuartos?”, dijo con displicencia cuando empezó el genocidio de Putin. Ese mismo “respeto” que lo hace guardar silencio ante las matanzas de Ruanda o de cualquier otro lugar donde los asesinos sean sus amigos ideológicos.

El Nobel de la Paz, es promovido y otorgado por políticos y académicos de inclinación socialista. Por eso duele tanto en los círculos de izquierda que el premio haya sido entregado a María Corina Machado: una mujer que, sin ejércitos ni discursos incendiarios, encarna mejor la dignidad que todos sus críticos juntos.

Creyeron que su descarado cinismo había contaminado incluso a la izquierda democrática europea. Pero no: todavía hay decencia que atraviesa las fronteras ideológicas. Y esa, sí, es una buena noticia para la paz.



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viernes, 12 de septiembre de 2025

Fascismo a cuentagotas

El argumento de que nuestra propensión a la violencia viene de los antepasados indígenas y los atropellos que sufrieron no tiene sustento ni en la historia ni en la lógica. Esa supuesta predisposición genética se desploma al mirar países con historias mucho más sangrientas que hoy son ejemplo de convivencia pacífica. Guerras civiles, genocidios y dictaduras no los condenaron al odio eterno; aprendieron a diagnosticar su realidad y aplicar la terapia correcta.

¿Por qué nosotros seguimos convencidos de que estamos destinados a matarnos? Porque un pequeño grupo logró instalar una narrativa cómoda y simplista, derivada del Marxismo: No existe comunidad. La sociedad no es sino un escenario de lucha por el poder. Las instituciones son solo trincheras de privilegios y por eso hay que criticarlas y eventualmente arrasarlas. Cortes, Congreso, Registraduría, Fuerzas Armadas, universidades, gremios, prensa, médicos, científicos… nadie se salva del anatema. La receta del iluminado es refundarlo todo y, para conseguirlo, todo vale.

Así surge la paradoja: una izquierda que presume de superioridad moral mientras hace simbiosis con el crimen. Se asocian para “combatir el sistema injusto” y terminan fabricando una cultura mafiosa donde políticos y capos comparten cama, y controlan la crítica con plomo. No es casualidad que Colombia ocupe hoy el segundo lugar mundial en el índice global de crimen organizado (GI-TOC) y que quienes hablan claro y duro, sean silenciados por sicarios. Según la Defensoría del Pueblo hay 790 municipios —el 71 %— con presencia o amenaza de grupos armados. Cobran impuestos, controlan bienes públicos, dictan “justicia” y administran elecciones a punta de fusil. Y todo bajo la mirada cómplice de un gobierno que retribuye los aportes en bultos de billetes y cajas electorales llenas de votos.

De un Estado que impulsa el crimen se pasa, lentamente, a un Estado criminal. No es sino mirar Venezuela. Si hubiese que definir al fascismo en dos palabras, éstas serían las más apropiadas. Pero los incautos y tontos útiles siguen clamando que “no es para tanto”. Son incapaces de ver la degradación, que aun en las revoluciones más abruptas, ha sido paulatina. La meta está bien trazada y los pasos para lograrla se dan lentamente. Las dictaduras pasan inadvertidas porque se van implantando gota a gota.

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viernes, 5 de septiembre de 2025

Madurando la coca

La fábula de la dignidad latinoamericana y el orgullo patrio ha dado para mucho. Sirve para inflar discursos, hinchar pechos y emocionar multitudes dispuestas a dar la vida contra el imperialismo. Lo curioso es que quienes promueven esas visiones jamás se detienen a explicar cómo un país, que también fue colonia, logró convertirse en una de las sociedades más prósperas de la humanidad. No dicen qué los hizo tan fuertes económicamente ni cómo alcanzaron a ser potencia militar. Prefieren la ruta fácil: ignorar que partimos de orígenes similares —indígenas invadidos por europeos— y que en apenas dos siglos unos llegaron a la luna mientras nosotros seguimos hundidos en el barro. La salida mágica: culparlos de todos nuestros males y reciclar el eterno discurso, que está precisamente en la raíz de nuestra pobreza.

De ahí el cuento de que la coca es menos dañina que el whisky. Que la hojita es sagrada, que nuestros ancestros la mascaban para hablar con los dioses. De ahí la desfinanciación del Ejército, la eliminación de la erradicación, el aumento frenético de los cultivos. Y de ahí el respaldo a Maduro, jefe del cartel de los soles, quien convirtió a Venezuela en el más exitoso de los narcoestados, mucho más de lo que Pablo Escobar hubiese podido imaginar. De ahí que sea tan tonto aconsejar que no nos metamos en el lio de Venezuela cuando la alianza es esencial a la supervivencia de ambos. Paradójicamente, la ineptitud para gobernar contrasta con la eficacia para delinquir. Son incapaces de sacar a la gente de la pobreza, pero maestros en impulsar el negocio criminal.

Han creído, fruto de su ilusoria megalomanía, que la operación podía sostenerse indefinidamente, alimentada con dólares fáciles, corrupción institucional y elecciones robadas. Pero han sido tan descarados que los vecinos del norte, recipientes de todo el veneno, resolvieron cerrar la llave del jugoso flujo que mantiene la maquinaria aceitada. los sostiene en el poder y les permite un discurso cínico y ventijuliero.

Si el bloqueo naval logra afectar el flujo verde o la presión logra liberar a Venezuela del totalitarismo criminal, veremos caer el peso como plátano maduro, convirtiendo en humo otro “logro” del gobierno. El mismo estado gaseoso de tanta mentira empacada en épica revolucionaria, mezcolanza ecológica y batiburrillo socialista.

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viernes, 17 de enero de 2025

Fascismo del sigloXXI

Habrá sorprendidos con la amorosa foto de Maduro, Diaz Canel y Ortega abrazados en su objetivo de expandir el Fascismo del Siglo XXI que estimula pesadillas sobre nuestro futuro.
Los une la convicción de pertenecer a un grupo superior que ya no es la raza sino una ¨clase¨que les da superioridad moral. Como no todos los fieles encuadran, hay que inventar símbolos que los diferencien del resto. Un gorrito rojo, y un arma les da la identidad que les permite considerar “escuálidos”, “gusanos”, “fachos” a los demás.
Las milicias bolivarianas de allá o las campesinas de acá siguen el modelo de las SS Hitlerianas. “Proteger la revolución” consiste en darle garrote a quien levante cabeza.
El mundo se asombra con el simplismo intelectual de Maduro y la ignorancia que con tanto orgullo exhibe, pero es que el fascismo no requiere complejidades. Todo el pensamiento cabe en un librito rojo (lease Mao o Kim) y juzgar cualquier cosa, desde una obra de arte hasta un proyecto de ley es candorosamente sencillo: sirve si le conviene a la revolución, tal como la entiende el sabio líder. Si no, a la hoguera. Las sofisticadas estrategias para vender la mentira oficial siguen las enseñanzas de Goebbels, padre de la tramoya propagandística. Su guión se sigue con fidelidad: si los medios no se pliegan, se cierran, hay parlamento mientras sea sumiso y sus miembros aprendan a aplaudir como es debido, la justicia y el sistema electoral son solo para dar apariencia de independencia de poderes, pero quien controvierta, ¨se seca¨, para citar a Maduro.
El militarismo es el eje central del dominio. Se les entrega el control de la economía oficial y subterránea, se los llena de privilegios y quien dude conoce el paredón.
A diferencia del nazismo, el control estatal en manos de perezosos, ignorantes y corruptos solo sirve para generar miseria.
Puestos en el oficio de analizar y comparar sistemas políticos, es difícil encontrar, en la vasta gama de variantes ideológicas, dos que se parezcan tanto como el fascismo y el socialismo del siglo XXI.
Por eso resulta tan irónico el término "facho", usado como insulto, cuando un camarada criollo quiere referirse a alguien que no comulga con su "progresista" dogma.
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martes, 7 de enero de 2025

Estado Todopoderoso

Clasificar las medidas liberales estilo Milei como insensibles ante el sufrimiento humano, se basa en varias falacias:
1- Asumir que se propone suspender las ayudas a los débiles cuando lo que se cuestiona es la eficiencia del Estado. Los sistemas de libre mercado y seguros han demostrado ser confiables para proveer seguridad social.
2- Asumir que hay magia en llamar derecho a las necesidades. Quienes vayan a recibir su pensión en 30 años y se den cuenta que no hay nada ahorrado y que el Estado no da más, podrán juntarse con Argentinos, Venezolanos y Cubanos y contrastar los bellos decretos con la miseria que reciben.
3- Asumir que sin estado no hay nada, y con él, se resuelve todo. La realidad es un continuo en el que se mejora o empeora, en forma lenta y gradual, según todas las posibles combinaciones de sistemas privados movidos por el mercado con sistemas oficiales costosos e ineficientes.
4- Asumir que la planeación central es la solución, cuando invariablemente ha sido un desastre. Unos genios se reúnen y deciden cuántos enfermos hay, cuánto se gasta para curarlos, cual es la educación que se requiere y cómo se entrega, cuánto y cómo se debe ahorrar para el futuro. Pero los cálculos siempre se equivocan y después del jolgorio de unos primeros años en los que se gastan recursos ahorrados, se acaba la fiesta y vienen las penurias.
5- Asumir que por ser implacable, hay terrenos prohibidos para el mercado. No existe mejor control que el pueblo decidiendo libremente lo que hace con sus recursos. La comida, la ropa y el transporte son esenciales y el mercado ha llevado a la baja más espectacular de sus precios de la historia. En cambio, donde interviene el Estado, todo escasea. La doctrina de que solo el Estado es capaz de controlar la ambición y ayudar a los necesitados está en el polo opuesto a la defensa del libre y espontáneo intercambio que abre oportunidades. La una le asigna al estado la protección de los pobres y los reproduce, la otra dice que hay que acabarlos volviéndose ricos.

La búsqueda de la mejor forma de generar prosperidad para todos no es con “inaceptables”. Es analizando resultados reales. No los que imaginamos o deseamos, sino lo que es posible y funciona. Argentina y Venezuela demostraron el incremento de la pobreza con estatismo. Si Milei voltea la torta, habrá ganado ese partido.
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sábado, 3 de junio de 2023

Venezuela

Visitar Venezuela es muy recomendable para todos los Colombianos que quieran hacer futurología, si vencen los temores justificados en muchas historias de abuso de autoridad y dominio del hampa.

El contraste es abrumador. De ida el deterioro se va viendo en forma gradual pero al volver se siente el golpe de frontera. Tuve oportunidad de conocer la Unión Soviética, la China de Mao, la Bulgaria posrevolución y la Cuba de Castro en muchas visitas. La sensación es la misma. Una gente magnífica, con capacidades extraordinarias, apabullada por un régimen al que nadie le ve fin. Elefantes blancos y vías abandonadas, comercio despintado, pobre y saqueado. Historias de muchas fuentes con las que se logra corroborar la verdad de un sistema perverso que terminó expulsando a una tercera parte de la población que prefirió enfrentar el pavimento, el hambre y la xenofobia a quedarse en un país que acabó con la libertad. Vergüenza con los patéticos de Brasilia que se abrazaron o callaron.

En mi juventud tuve conocimiento muy directo de los niveles de corrupción de Perez Jimenez. Las escandalosas cifras de decenas de millones de dólares (7 ceros) terminaron en revuelta. Pero ahora, el socialismo del siglo XXI, si ha sabido para qué son los ceros porque las cifras de robo de la alta elite rondan los miles de millones de dólares (11 ceros), al tiempo que le han sabido quitar 25 ceros a una moneda en la que ya no cree ni el régimen. Esa ha sido la justicia social: lo que le han robado a todos con la inflación se lo reparte la casta dominante. Las historias de lujos y excesos son obscenas y hacen ver la corrupción de Perez Jimenez, los Copei y los Adecos como un sencillo juego de moneditas y la maleta con siete mil dolaritos o los 600 millones de Nicolasito como el pre-kinder de los avivatos. De malas.

Es tal el dominio que hay sobre todas las actividades económicas y el grado de represión y control que cuesta trabajo entender como han hecho para persistir sosteniendo su aporte a la sociedad, demostrando un compromiso con su terruño y una resiliencia admirables. Y eso que, desde la dolarización,que consistió en la aceptación de la realidad por los burros de la economía, el comercio medio respira.

El nivel profesional y académico es impresionante y no tienen nada que envidiarnos. Hacen mil esfuerzos y maniobras para poder prestar un servicio de excelencia, mientras el empobrecido sistema público cada vez es más demorado e insuficiente. Las historias de agravamiento por demoras en la atención, mientras los enfermos hacen el periplo por los “barrio adentro”, nos dan una buena idea de lo que va a pasar con los tales “CAPS”.

Los queridos “Chamos” no salen de su asombro: “¿Qué carajos les pasa a los Colombianos? Cojan un discurso, políticas y programas de Petro y comparenlo con los de Chavez y Maduro. Son exactamente lo mismo. ¿Qué les hace creer que allá el resultado va a ser distinto?” Sonríen con las explicaciones de un “país distinto”. “Solo tienen que dar unos pasitos y cruzar la frontera”. Gracias a Petro ahora es fácil. Cualquiera puede ir y ver para donde vamos, si es que no han visto la miseria y el sufrimiento en las caras de los miles de emigrados.