“No creo que el presidente sea narcotraficante, ni creo que sea una persona involucrada en el mundo de lo ilícito”, dijo el eterno candidato de las medias tintas, pocos días después de la genial revelación de la extirpación de la i, para convertir todo en lícito. La declaración no podía ser más insípida. Porque el punto, tal como lo ha planteado el gobierno estadounidense —y como lo viven millones de colombianos—, no es si Petro es un capo mafioso, sino si ha sido facilitador del narcotráfico. Y los hechos, muchos de ellos admitidos o incluso celebrados por los protagonistas, no dejan mucho margen a la duda. Ahí están el “pacto de la Picota”, discutido y conocido; los quince mil millones de aporte fraudulento que Benedetti aseguró haber puesto; los millones que Nicolás no entregó; el maletín de Laura Sarabia; la financiación de Maduro y hasta el famoso turbante lleno de dólares. No se trata de teorías conspirativas, sino de confesiones a micrófono abierto.
Y las pruebas del cumplimiento de esos pactos están a la vista: excarcelaciones y nombramientos de condenados; rechazo a la extradición de narcos; otorgamiento de estatus político a grupos que se autodefinen como criminales; la llamada “paz total” convertida en festival de impunidad; el tarimazo con hampones; el apoyo abierto a Maduro y los acuerdos fronterizos que permiten el libre flujo de armas, coca y delincuentes. A eso se suma el debilitamiento del Ejército, el rompimiento con Israel y la provocación hacia Estados Unidos para dinamitar la cooperación antidrogas. Todo aderezado con una solidaridad conmovedora hacia los traficantes “atacados injustamente”.
Independiente de la credibilidad de Trump, quien revise objetivamente los hechos concluiría que el actual gobierno colombiano ha sido de enorme utilidad para que la exportación de cocaína crezca y los carteles acumulen más poder, dinero y armas, con las que aseguran su influencia política. En 2010 teníamos unas 40.000 hectáreas de coca. Hoy, gracias al modelo progresista, superamos las 250.000. La producción subió un 53% solo en este gobierno, y las incautaciones, medidas como porcentaje de lo producido, están en su punto más bajo histórico. Con las mismas cifras que el gobierno exhibe con orgullo, queda claro que Colombia lanza al consumo mundial más cocaína que nunca.
Así que, aunque el presidente no sea narcotraficante, sus resultados son dignos de un gran capo. La diferencia es que éste, en lugar de huir de la justicia, da discursos sobre ética y soberanía nacional.
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domingo, 26 de octubre de 2025
sábado, 29 de marzo de 2025
Coca al whiskey
Ocuparse de las burradas y mentiras que salen de la presidencia se ha convertido en un ejercicio para expertos en esquizofrenia. Solo tiene sentido en la medida en que mentes ilustradas pretenden validar la imparable verborrea.
Una muestra reciente es la comparación de la coca con el whisky. En el mundo se producen 286,000 millones de litros de alcohol; 3,600 millones de adultos lo consumen, hay 283 millones de alcohólicos con 2.6 millones de muertes anuales. Esto representa un 7% de adicción,con un 2% de irrecuperables y un 0.07% de muertes. Ciertamente, esta droga legal tiene un panorama preocupante.
De coca se producen 2,757,000 kilos, es decir, 100,000 veces menos por peso y 50 veces menos por dosis. Hay 292 millones de usuarios, con una proyección de 58 millones de adictos y 500,000 muertes. La adicción atrapa al 20%, con un 12% de irrecuperables y un 0.2% de muertes.
Si el argumento es que “el whisky es peor que la cocaína”, habría que calcular qué pasaría si, en vez de alcohol, la coca fuese legal y ampliamente consumida. Habría 720 millones de adictos (frente a los 283 millones del alcohol), 86 millones de zombis (contra 5.6 millones del alcohol) y 14 millones de muertes (contra 500,000 del alcohol).
La ligereza para difundir falsedades queda probada. Sus cifras son equivocadas, mal interpretadas y buscan desinformar, distorsionando datos para reforzar su manida lucha de clases. Por eso habla de whisky, propio de ricos y presidentes, contra la coca, que asocia con campesinos pobres. Omite mencionar que en Colombia, entre cerveza y aguardiente se venden 11 billones, y el whisky representa el 4% del mercado.
Todo químico, natural o de laboratorio, que altere el estado mental tiene efectos negativos en el organismo. Todos pueden producir daños agudos por sobredosis y crónicos por adicción. Todos conducen al deterioro, la esclavitud o la muerte del consumidor.
El alcohol está integrado en la cultura de casi todos los pueblos, pese a sus efectos deletéreos sobre la salud. Legalizar y diseminar el uso de drogas solo generará más adicción, sufrimiento y muerte. Con el torpe argumento de la “guerra perdida”, habría que normalizar la enfermedad, el hambre y la pobreza, porque esas “guerras” tampoco se ganan. Queda ilustrado el daño neuronal que se genera cuando se le agrega coca al whisky.
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Una muestra reciente es la comparación de la coca con el whisky. En el mundo se producen 286,000 millones de litros de alcohol; 3,600 millones de adultos lo consumen, hay 283 millones de alcohólicos con 2.6 millones de muertes anuales. Esto representa un 7% de adicción,con un 2% de irrecuperables y un 0.07% de muertes. Ciertamente, esta droga legal tiene un panorama preocupante.
De coca se producen 2,757,000 kilos, es decir, 100,000 veces menos por peso y 50 veces menos por dosis. Hay 292 millones de usuarios, con una proyección de 58 millones de adictos y 500,000 muertes. La adicción atrapa al 20%, con un 12% de irrecuperables y un 0.2% de muertes.
Si el argumento es que “el whisky es peor que la cocaína”, habría que calcular qué pasaría si, en vez de alcohol, la coca fuese legal y ampliamente consumida. Habría 720 millones de adictos (frente a los 283 millones del alcohol), 86 millones de zombis (contra 5.6 millones del alcohol) y 14 millones de muertes (contra 500,000 del alcohol).
La ligereza para difundir falsedades queda probada. Sus cifras son equivocadas, mal interpretadas y buscan desinformar, distorsionando datos para reforzar su manida lucha de clases. Por eso habla de whisky, propio de ricos y presidentes, contra la coca, que asocia con campesinos pobres. Omite mencionar que en Colombia, entre cerveza y aguardiente se venden 11 billones, y el whisky representa el 4% del mercado.
Todo químico, natural o de laboratorio, que altere el estado mental tiene efectos negativos en el organismo. Todos pueden producir daños agudos por sobredosis y crónicos por adicción. Todos conducen al deterioro, la esclavitud o la muerte del consumidor.
El alcohol está integrado en la cultura de casi todos los pueblos, pese a sus efectos deletéreos sobre la salud. Legalizar y diseminar el uso de drogas solo generará más adicción, sufrimiento y muerte. Con el torpe argumento de la “guerra perdida”, habría que normalizar la enfermedad, el hambre y la pobreza, porque esas “guerras” tampoco se ganan. Queda ilustrado el daño neuronal que se genera cuando se le agrega coca al whisky.
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