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domingo, 19 de abril de 2026

Sociedades suicidas

No es fácil entender por qué las sociedades se suicidan. La explicación no es simple ni única; requiere un entramado de distorsiones que alteran la percepción de la realidad. Se logra imponer una narrativa en la que muchos sienten que caen por un abismo, a pesar de tener los pies firmes en la tierra. Esta ficción, que ignora los logros institucionales para hiperbolizar lo negativo, induce a los más fanáticos a corroborar el mito del desastre mediante la violencia: marchas destructivas, bloqueos que empobrecen y acciones armadas que asesinan. Para imponer esta visión no se requieren mayorías; basta con una minoría radical que amedrente a una población que termina resignada al silencio.

Así se implantó el bolchevismo en Rusia, el nazismo en Alemania, el castrismo en Cuba y el maoísmo en China. Así dominaron los talibanes en Afganistán y los Kim en Corea. El precio siempre es el mismo: hambrunas, matanzas y un sufrimiento enorme, excepto para las élites que centralizan el poder. Es un suicidio colectivo porque, en su origen, muchos creyeron, votaron o toleraron una evolución que empezó en el discurso y terminó en la tragedia de los hechos.

En el epicentro de este colapso reside siempre un perfil psicológico devastador: el narcisismo maligno. Es una patología donde el ego se funde con la sociopatía, la paranoia y el sadismo. El líder se obsesiona por la admiración y denuncia constantemente complots para asesinarlo, lo que estimula el placer de humillar a quienes no le rinden culto.

Hoy, este patrón se asoma en figuras como Gustavo Petro e Iván Cepeda. En ellos, la política deja de ser el arte de lo posible para convertirse en una cruzada de "salvación" personalista. Petro, con su mesianismo redentor, y Cepeda, con su superioridad moral, encajan en la descripción clínica: la convicción de que su voluntad es la "voluntad del pueblo". Cualquier contrapeso —la prensa, la justicia o el técnico que advierte un error— es visto como un conspirador que debe ser destruido. El daño que generan es incalculable porque el narcisista maligno prefiere ver las instituciones en ruinas antes que admitir una equivocación. Al final, el Mesías no salva a la sociedad; la devora para alimentar su propia leyenda, dejando tras de sí una nación que descubrió, demasiado tarde, que su voto no fue una esperanza, sino una sentencia.
Publicado El País de Cali 26108

viernes, 12 de diciembre de 2025

Los valores de la bolsa

Los admiradores de Trump hablan de “un hombre de resultados”. Para muchos, si la economía se movió, lo demás son minucias. En el análisis económico siempre se pueden “escoger cerezas”: se muestran solo cifras en el período y contexto que convienen y los fanáticos aplauden sin auditar.
Como lo demuestra constantemente nuestro narciso tropical, el análisis objetivo de indicadores económicos está muy afectado por ideologia y factores externos, que suelen interpretarse a conveniencia. Si se habla del PIB, todos los presidentes recientes han surfeado el mismo rango del 2–3%. Si se mira la Bolsa (el dato que a Trump le infla el ego y la chequera), Clinton y Obama le ganaron. Y si hablamos de déficit fiscal, Trump dejó uno de los más altos de la historia… y ahora con su “bella ley”, le agrega unos cuantos trillones más la deuda sin el menor sonrojo. Pero incluso si concediéramos que sus números deslumbran, la historia muestra que los liderazgos que de verdad han mejorado a la humanidad no se miden en dólares sino en valores. Y ahí es donde Mr. Orange no clasifica.
Para Trump, el único “valor” es el que se embolsilla él y su clan. Ha demostrado una y otra vez que la ética empresarial es un artilugio estorboso. Que la honestidad es asunto de tontos e inocentes condenados a la pobreza. Que la mentira, el engaño y la manipulación no sólo son válidos: son su “ciencia política”. Que el respeto a las reglas de vida en comunidad solo aplica para los seres inferiores. El flota por encima de cualquier ley, moral o Constitución. Su cosmovisión es simple: triunfar es su derecho natural; quien se interponga merece ser humillado, procesado, encarcelado. La democracia existe para coronarlo. Si gana, es prueba de su genialidad; si pierde, es fraude. Estados Unidos es un templo erigido para él, y el mundo un tablero donde solo se juega a “America First”… entendida como “Trump First”. La historia, con escalofriante consistencia, ha demostrado que líderes muy eficaces pero carentes de valores, han resultado trágicos para la humanidad Es difícil creer que en la democracia americana se logre la excepción.
La confrontación con los dos payasos airados al otro lado del caribe, afectados ambos por la misma enfermedad mental será material de futuros textos de psiquiatría. Solo hay que aspirar a que no generen mucho sufrimiento.