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viernes, 19 de diciembre de 2025
La leccion de un Nobel
Hay quienes exhiben su ignorancia con desparpajo… y además lo celebran. Pocos episodios recientes han sido tan trágicos y tan documentados como la debacle venezolana. Ser vecinos y hermanos nos obliga a algo más que a la lástima superficial: nos exige informarnos. Verlos emigrar por millones —siete millones, para ser exactos— debería bastar para despertar interés, pero aún así abundan los que opinan sin saber y pontifican sin haber hecho el mínimo esfuerzo por entender la tragedia que allí se vive día tras día. Tenemos la obligación moral de conocer cómo un país próspero terminó sometido por un régimen ilegítimo, represivo y corrupto. No se trata solo de la diáspora, sino del infierno cotidiano de quienes aún permanecen allí, atrapados entre la miseria y la violencia estatal.
Opinar sin entender el calvario de María Corina Machado resulta grotesco. Ella y sus colaboradores han sufrido persecución, cárcel, desapariciones, torturas y asesinatos, y aun así han persistido en una lucha pacífica, rigurosa y valiente para denunciar un sistema criminal. El contraste con Colombia es doloroso: aquí se tolera con benevolencia, una oposición armada destructora y asesina, mientras en Venezuela se reprime ferozmente incluso al disidente más pacífico.
Quien quiera sacudirse la cómoda ignorancia debería escuchar el discurso de Jørgen Watne Frydnes, Presidente del Comité Noruego del Nobel. No solo describió con precisión quirúrgica el horror venezolano y la resistencia de María Corina; ofreció una de las mejores lecciones modernas sobre democracia. Explicó que la democracia no elimina la confrontación, sino que la canaliza: permite que todas las ideas —desde las más extremas hasta las más moderadas— se expresen sin miedo, sin censura y sin recurrir jamás a la violencia.
Recordó algo elemental que aquí tanto se confunde: los debates vehementes no son “formas de violencia”; son el funcionamiento natural de una sociedad libre. La polarización no es una falla del sistema, sino su esencia: es el espacio donde se enfrentan visiones distintas sin que nadie tenga derecho a silenciar al otro.
El discurso debería ser lectura obligatoria para todo aquel que confunde discrepancia con odio, crítica con agresión o debate con amenaza. La democracia existe precisamente para que la diferencia pueda hablar en voz alta sin que aparezcan verdugos. 25353
viernes, 17 de octubre de 2025
La bofetada del Nobel
“¡Paz, paz, paz!”, grita el artífice del fraude electoral más descarado mientras ordena reprimir a manifestantes pacíficos, encarcela y tortura a miles de jóvenes —niños, dirían por aquí— y preside una opulenta dictadura que ha llevado a la miseria al 90 % de la población y forzado la emigración humillante, de una tercera parte del país.
“¡Paz total!”clama su émulo, el hombre que prometió amor pero nos ha entregado una violencia encarnizada. Paz que incluye convocar un ejército mundial para “combatir al imperio”, o sea, una tercera guerra mundial a ritmo de vallenato.
Las contradicciones de estos colados en el poder han redefinido lo grotesco. Petro no opina sobre Maduro porque, hay que respetar la autodeterminación de los pueblos. Pero resulta legítimo insultar a los noruegos por premiar con el Nobel a una valiente que defiende la libertad y la democracia. Exhibe su ignorancia cuando añora a los Suecos que nunca lo han entregado y muestra sus dotes de estadista cósmico cuando en plaza pública de otro país incita al ejército a desobedecer a su jefe. Sostiene que la pérdida de la visa fue por el sancocho de exabruptos que soltó ante un escaso auditorio de la ONU asombrado con el nivel de ridículo. Sí logró demostrar la decencia y tolerancia de la democracia americana. En cualquier otro país, incluyendo Colombia, detienen y juzgan al extranjero que se atreva a incitar a la sedición. Debería estar agradecido de que le impidan volver, porque si lo hace, ya sin inmunidad diplomática, lo que arriesga es que su discurso sea desde una celda
“¿Cuál Ucrania ni qué ocho cuartos?”, dijo con displicencia cuando empezó el genocidio de Putin. Ese mismo “respeto” que lo hace guardar silencio ante las matanzas de Ruanda o de cualquier otro lugar donde los asesinos sean sus amigos ideológicos.
El Nobel de la Paz, es promovido y otorgado por políticos y académicos de inclinación socialista. Por eso duele tanto en los círculos de izquierda que el premio haya sido entregado a María Corina Machado: una mujer que, sin ejércitos ni discursos incendiarios, encarna mejor la dignidad que todos sus críticos juntos.
Creyeron que su descarado cinismo había contaminado incluso a la izquierda democrática europea. Pero no: todavía hay decencia que atraviesa las fronteras ideológicas. Y esa, sí, es una buena noticia para la paz.
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“¡Paz total!”clama su émulo, el hombre que prometió amor pero nos ha entregado una violencia encarnizada. Paz que incluye convocar un ejército mundial para “combatir al imperio”, o sea, una tercera guerra mundial a ritmo de vallenato.
Las contradicciones de estos colados en el poder han redefinido lo grotesco. Petro no opina sobre Maduro porque, hay que respetar la autodeterminación de los pueblos. Pero resulta legítimo insultar a los noruegos por premiar con el Nobel a una valiente que defiende la libertad y la democracia. Exhibe su ignorancia cuando añora a los Suecos que nunca lo han entregado y muestra sus dotes de estadista cósmico cuando en plaza pública de otro país incita al ejército a desobedecer a su jefe. Sostiene que la pérdida de la visa fue por el sancocho de exabruptos que soltó ante un escaso auditorio de la ONU asombrado con el nivel de ridículo. Sí logró demostrar la decencia y tolerancia de la democracia americana. En cualquier otro país, incluyendo Colombia, detienen y juzgan al extranjero que se atreva a incitar a la sedición. Debería estar agradecido de que le impidan volver, porque si lo hace, ya sin inmunidad diplomática, lo que arriesga es que su discurso sea desde una celda
“¿Cuál Ucrania ni qué ocho cuartos?”, dijo con displicencia cuando empezó el genocidio de Putin. Ese mismo “respeto” que lo hace guardar silencio ante las matanzas de Ruanda o de cualquier otro lugar donde los asesinos sean sus amigos ideológicos.
El Nobel de la Paz, es promovido y otorgado por políticos y académicos de inclinación socialista. Por eso duele tanto en los círculos de izquierda que el premio haya sido entregado a María Corina Machado: una mujer que, sin ejércitos ni discursos incendiarios, encarna mejor la dignidad que todos sus críticos juntos.
Creyeron que su descarado cinismo había contaminado incluso a la izquierda democrática europea. Pero no: todavía hay decencia que atraviesa las fronteras ideológicas. Y esa, sí, es una buena noticia para la paz.
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