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viernes, 20 de febrero de 2026

La adicción universal

La escena ya se volvió estándar. Sentados alrededor de una mesa —familia, amigos o una pareja en plan romántico—Silencio. Cada uno ensimismado en su celular. Comparten mantel, pero no presencia.
A pesar de estudios y advertencias, pareciera que los humanos perdimos la batalla. Estamos dominados por ese “parásito” que se nos coló por los bolsillos hasta instalarse en el cerebro.
Las predicciones optimistas sobre el acceso universal a la información fracasaron. No tanto porque la estupidez humana sea infinita —como sentenció Einstein— sino porque hubo un diseño deliberado. Las grandes corporaciones tecnológicas, hoy más poderosas que muchos Estados, entendieron que el valor supremo ya no es el conocimiento sino la atención. Usted puede decir cualquier disparate: si consigue “likes” y seguidores, es exitoso. Rico, influyente y viral. La verdad quedó fuera del algoritmo.

Lo que parece espontáneo o fruto del talento suele ser el resultado de ingeniería emocional cuidadosamente calibrada. Historias fabricadas para activar indignación, miedo o euforia. El contenido no compite por calidad sino por capacidad de secuestrar segundos.
Como en las elecciones, consumimos y “votamos” a la ligera para lamentarnos después durante años. Nos quejamos de la manipulación digital mientras dedicamos en promedio nueve horas diarias a la pantalla y reenviamos basura sin verificar. Indignados, pero diligentes colaboradores del sistema que criticamos.
La evidencia del deterioro está en el comportamiento cotidiano. Personas educadas se transforman en patanes tecnológicos: tonos estridentes, altavoces a todo volumen, videítos invasivos en cualquier espacio público. Se perdió la noción de convivencia. El derecho a molestar se volvió costumbre.
Los gigantes tecnológicos también tienen responsabilidad. Nunca invirtieron seriamente en educación digital ni en diseños que privilegien la convivencia: dispositivos sin parlantes externos, audífonos integrados, algoritmos que favorezcan contenido verificado.

Nos ofende el diagnóstico de adicción y nos resistimos a creer que el tratamiento es igual al de cualquier otra: parar el consumo. Tan sencillo como no usar redes. Usar el celular para leer, comunicarse, oir música con audífonos, consultar fuentes serias y confiables y gestionar interacciones sociales con decenas de apps que nos facilitan la vida.

Publicado El País de Cali 2652


sábado, 29 de marzo de 2025

Coca al whiskey

Ocuparse de las burradas y mentiras que salen de la presidencia se ha convertido en un ejercicio para expertos en esquizofrenia. Solo tiene sentido en la medida en que mentes ilustradas pretenden validar la imparable verborrea.
Una muestra reciente es la comparación de la coca con el whisky. En el mundo se producen 286,000 millones de litros de alcohol; 3,600 millones de adultos lo consumen, hay 283 millones de alcohólicos con 2.6 millones de muertes anuales. Esto representa un 7% de adicción,con un 2% de irrecuperables y un 0.07% de muertes. Ciertamente, esta droga legal tiene un panorama preocupante.
De coca se producen 2,757,000 kilos, es decir, 100,000 veces menos por peso y 50 veces menos por dosis. Hay 292 millones de usuarios, con una proyección de 58 millones de adictos y 500,000 muertes. La adicción atrapa al 20%, con un 12% de irrecuperables y un 0.2% de muertes.
Si el argumento es que “el whisky es peor que la cocaína”, habría que calcular qué pasaría si, en vez de alcohol, la coca fuese legal y ampliamente consumida. Habría 720 millones de adictos (frente a los 283 millones del alcohol), 86 millones de zombis (contra 5.6 millones del alcohol) y 14 millones de muertes (contra 500,000 del alcohol).
La ligereza para difundir falsedades queda probada. Sus cifras son equivocadas, mal interpretadas y buscan desinformar, distorsionando datos para reforzar su manida lucha de clases. Por eso habla de whisky, propio de ricos y presidentes, contra la coca, que asocia con campesinos pobres. Omite mencionar que en Colombia, entre cerveza y aguardiente se venden 11 billones, y el whisky representa el 4% del mercado.
Todo químico, natural o de laboratorio, que altere el estado mental tiene efectos negativos en el organismo. Todos pueden producir daños agudos por sobredosis y crónicos por adicción. Todos conducen al deterioro, la esclavitud o la muerte del consumidor.
El alcohol está integrado en la cultura de casi todos los pueblos, pese a sus efectos deletéreos sobre la salud. Legalizar y diseminar el uso de drogas solo generará más adicción, sufrimiento y muerte. Con el torpe argumento de la “guerra perdida”, habría que normalizar la enfermedad, el hambre y la pobreza, porque esas “guerras” tampoco se ganan. Queda ilustrado el daño neuronal que se genera cuando se le agrega coca al whisky.
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