La riqueza y los privilegios que rodean a los “elegidos por el pueblo” desmontan de entrada cualquier sustento moral de su cruzada contra la pobreza. En cuanto llegan al poder, ellos y sus allegados se convierten en parásitos de lujo: mansiones, escoltas, caravanas de camionetas blindadas, aviones y banquetes con los mismos capitalistas que decían odiar.
Quienes aún se asombran por la habilidad que han mostrado para tomarse el poder, deben admitir que lo han hecho con persistencia. No por mérito, ni trabajo, ni conocimiento —eso lo desprecian—, sino por relecturas rancias de un marxismo fósil. Su recurso no es producir, sino fabricar una narrativa de catástrofe que promete un futuro utópico. Pero todo se revela cuando, ya en el poder, superan los sueños del más ambicioso oligarca.
Nunca fomentan el trabajo: al contrario, lo castigan. Obstaculizan al sector productivo bajo el pretexto de aplicar un modelo “generoso”. Halagan al que quiere vivir del trabajo ajeno y castigan al que quiere vivir del propio. Los jóvenes, obligados a ceder la mitad de su esfuerzo al Estado, terminan por desmotivarse, producir menos o emigrar. El sector privado se encoge, mientras los pocos que resisten cargan con más impuestos. Es un desastre, sí, pero no un accidente: es el plan.
Cuando toda la energía de un gobierno se enfoca en castigar al que produce, expropiar al que ahorra y predicar el igualitarismo como dogma, se destruye el motor de la creación de riqueza: el trabajo disciplinado y creativo. Lo reemplazan por el ideal del subsidio perpetuo, financiado por un Estado imaginario que reparte milagros sin producir nada. Los promotores del adefesio se sorprenden con la pobreza generalizada, pero poco les importa porque ellos han logrado posicionarse en el curubito y a “su pueblo” lo mantienen aturdido con el discurso de la dignidad y un futuro próspero que nunca llega.
Los pocos que aún quieren emprender huyen. Los promotores del parasitismo exhiben a Europa como ejemplo, sin explicar que primero fue rica gracias al trabajo, la libertad y la responsabilidad y hoy enfrenta crisis fiscales, sistemas pensionales insostenibles, una fuerza laboral reemplazada por inmigración… y algo peor: generaciones jóvenes educadas en la idea de que esforzarse no vale la pena. Para qué trabajar, si papá Estado está obligado a resolverlo todo.
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domingo, 30 de noviembre de 2025
viernes, 6 de diciembre de 2024
Parásitos
Los parásitos invaden un organismo, crecen, se multiplican, y consumen sin aportar. Si las defensas no actúan, no se detienen hasta matar a su víctima; entonces comienzan a morir por falta de sustento o saltan desesperados buscando otro huésped.
La riqueza de las sociedades se puede determinar por el balance entre personas que producen y las que solo consumen.
El capitalismo padece parásitos que viven únicamente de una renta pero en la medida en que no aportan, el mercado los va eliminando. En cambio el socialismo busca multiplicar a quienes creen tener el derecho a recibir sin necesidad de producir. Poco a poco, la generación de riqueza y bienestar se agotan y el organismo-país comienza a desfallecer.
Los parásitos, que al principio chupaban felices mientras el cuerpo estaba gordo y rozagante, terminan peleándose por los restos demacrados hasta encontrarse con los huesos. No les queda más opción que saltar, incluso en maltrechas balsas o por peligrosas trochas, para buscar sustento en otros lugares.
Quienes conciben una sociedad de parásitos no logran entender lo que ocurre. Su mantra ha sido combatir el egoísmo y culpar al mercado por la supuesta perversidad del dinero. Mientras piden sacrificio y austeridad a los demás, justifican moralmente el abuso del poder y disfrutan de una opulencia robada.
A medida que la escasez y la pobreza aumentan, aplican más controles, más prohibiciones, más subsidios y menos libertad, cerrando así el círculo de la miseria. Un sector se dedica a producir, y surge la economía subterránea con un mercado negro que mantiene al famélico organismo con vida, aunque con un dramático incremento de la desigualdad.
Es sorprendente que una teoría diseñada para explicar y resolver la pobreza —que no resistió un análisis de coherencia teórica y que, en la práctica, ha generado tanto sufrimiento— siga colonizando mentes que se niegan a estudiar una realidad tan sencilla de sumar y restar.
Es comprensible que influya en mentes jóvenes que, sin haber trabajado nunca, solo perciben derechos y consideran que todo está mal hecho. Sin embargo, cuando personas maduras repiten esta misma cantaleta, queda al descubierto que el discurso igualitario es una farsa. Lo usan para obtener votos y así ascender a niveles de riqueza que jamás habrían alcanzado con su propio trabajo y talento.
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La riqueza de las sociedades se puede determinar por el balance entre personas que producen y las que solo consumen.
El capitalismo padece parásitos que viven únicamente de una renta pero en la medida en que no aportan, el mercado los va eliminando. En cambio el socialismo busca multiplicar a quienes creen tener el derecho a recibir sin necesidad de producir. Poco a poco, la generación de riqueza y bienestar se agotan y el organismo-país comienza a desfallecer.
Los parásitos, que al principio chupaban felices mientras el cuerpo estaba gordo y rozagante, terminan peleándose por los restos demacrados hasta encontrarse con los huesos. No les queda más opción que saltar, incluso en maltrechas balsas o por peligrosas trochas, para buscar sustento en otros lugares.
Quienes conciben una sociedad de parásitos no logran entender lo que ocurre. Su mantra ha sido combatir el egoísmo y culpar al mercado por la supuesta perversidad del dinero. Mientras piden sacrificio y austeridad a los demás, justifican moralmente el abuso del poder y disfrutan de una opulencia robada.
A medida que la escasez y la pobreza aumentan, aplican más controles, más prohibiciones, más subsidios y menos libertad, cerrando así el círculo de la miseria. Un sector se dedica a producir, y surge la economía subterránea con un mercado negro que mantiene al famélico organismo con vida, aunque con un dramático incremento de la desigualdad.
Es sorprendente que una teoría diseñada para explicar y resolver la pobreza —que no resistió un análisis de coherencia teórica y que, en la práctica, ha generado tanto sufrimiento— siga colonizando mentes que se niegan a estudiar una realidad tan sencilla de sumar y restar.
Es comprensible que influya en mentes jóvenes que, sin haber trabajado nunca, solo perciben derechos y consideran que todo está mal hecho. Sin embargo, cuando personas maduras repiten esta misma cantaleta, queda al descubierto que el discurso igualitario es una farsa. Lo usan para obtener votos y así ascender a niveles de riqueza que jamás habrían alcanzado con su propio trabajo y talento.
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