Mostrando las entradas con la etiqueta solidaridad. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta solidaridad. Mostrar todas las entradas

viernes, 28 de agosto de 2026

De buenas

Tal vez una de las expresiones más insensibles que se han oído a raíz del terremoto tenga que ver con la suerte. “Tan de buenas”, le dicen a quien rescataron herido, pero perdió familiares, su hogar y todas sus pertenencias. “A Cali le fue bien porque pudo ser mucho peor” es un consuelo inútil y cruel para quienes han sufrido tanto. Y “lo material se repone; lo importante es la vida” dice muy poco a quien perdió en segundos el fruto de toda una vida de trabajo.

Pero hay otra forma, menos evidente, de desconocer el sufrimiento de las víctimas: pretender protegerlas de cualquier riesgo, aun contra su voluntad. El exceso de celo de algunas autoridades puede agravar el sufrimiento psicológico y dificultar esa necesidad urgente de recuperar algún control sobre la propia vida. Impedir el acceso a edificios certificados como estructuralmente viables resulta particularmente duro para quienes quedaron en la calle con una toalla o una pijama.

Podrá existir la posibilidad de que un muro se desprenda y lesione a quien ingrese. Pero, una vez evaluada técnicamente la estructura y establecido un riesgo razonablemente bajo, debería ser el afectado quien decida. Solo él puede ponderar el beneficio emocional y económico de recuperar documentos, recuerdos, ropa o pertenencias frente al riesgo residual de entrar por unos instantes. Después de perder familiares, casa, patrimonio y tranquilidad, lo último que necesita una víctima es que también le quiten la capacidad de decidir sobre lo poco que todavía le pertenece. Proteger no puede significar anular la autonomía. Quizás “estar de buenas” no sea haber sobrevivido para obedecer, sino sobrevivir y conservar la libertad de empezar otra vez.

La reacción y la solidaridad de los caleños han sido formidables; días y noches de equipos dedicados a salvar, ayudar y proteger. La heroica cirugía practicada por el doctor Laureano Quintero, el ángel de todas las tragedias, fue el punto cumbre de este esfuerzo: en la profundidad de los escombros, sin luz, sin aire y con equipos restringidos, logró la liberación y extracción de la paciente, con la ayuda de rescatistas y bomberos.

Rearmar a Cali va a tardar años, pero cicatrizar las almas será una labor de toda la vida. Quienes sufrieron y quienes hicieron lo imposible por ayudar cargan un dolor pesado que va a requerir, también, un gran esfuerzo colectivo.
Publicado El País de Cali, 26241


martes, 25 de agosto de 2026

Sufrimiento y Esperanza

 


Sufrimiento y Esperanza

Los terremotos no solo derrumban edificios. También dejan al descubierto las sociedades.

La tragedia que acaba de golpearnos mostró algo reconfortante en medio del horror. Antes de terminar de temblar, Colombia estaba reaccionando. Bomberos, rescatistas, médicos, Policía, Ejército, empresarios, organizaciones sociales y ciudadanos comunes comenzaron a moverse. Unos buscan sobrevivientes; otros llevan alimentos, prestan maquinaria, abren albergues o  buscan cómo ayudar. Profundamente conmovidos por el sufrimiento y las pérdidas humanas todos estamos resueltos a reconstruir. 

Hace pocas semanas otro terremoto devastó Venezuela. Allí también surgió la solidaridad espontánea de miles de ciudadanos. Pero apareció una diferencia dramática: mientras la sociedad intentaba reaccionar, un Estado gigantesco, controlador y desconfiado llegó tarde, puso obstáculos y pretendió reservarse el derecho de ayudar. La gente le rogaba  a los militares que dejaran las armas y tomaran las palas. No es una diferencia genética. Es el resultado de modelos de sociedad.

Durante casi tres décadas, el socialismo venezolano convirtió al Estado en dueño, empresario, benefactor, empleador y dispensador de favores. Destruyó empresas, persiguió la iniciativa privada y acostumbró a millones a esperar que desde arriba llegaran las soluciones. Al final consiguió la peor combinación: un ciudadano empobrecido y un Estado omnipotente para mandar, pero impotente para resolver.

Colombia estuvo peligrosamente enamorada de esa receta. Nos hablaron durante cuatro años de un Estado que debía controlar la salud, las pensiones, la energía, la tierra y cada vez más rincones de nuestra vida. Por fortuna, debajo del discurso sobrevivió un país distinto: millones de personas que trabajan, producen, emprenden y, cuando ocurre una tragedia, no esperan instrucciones para ayudar. En medio del horror, la fortuna de no tener un inepto diletante dirigiendo el esfuerzo. Que alivio sería que no le hagan más resonancia a las bestialidades que sigue produciendo. 

Quizás las ruinas nos dejen una lección. Un país no se construye esperando un Mesías que haga todo. Se construye con ciudadanos capaces de levantarse, ayudarse entre ellos y con un Estado que proteja en lugar de estorbar. Entre tanta desgracia, comprobar la reciedumbre y capacidad solidaria de un pueblo, permite ver el futuro con esperanza. 

Publicado El País 26227