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viernes, 11 de septiembre de 2026

Antisismico

Hace 37 años estaba sentado a una mesa con Raúl H. Ortiz, arquitecto; Roberto Caicedo, ingeniero, y el director de la constructora Procom, mirando el plano de lo que seria la Clinica de Oftalmologia de Cali.

—¿Diseñamos con la norma antisísmica colombiana o con la internacional, más estricta? —preguntó el ingeniero.—Con la más estricta posible —contesté, respaldado por mis dos colegas.

El constructor me miró con cara de “usted no sabe lo que está diciendo”. Y efectivamente no sabía. El presupuesto de la obra prácticamente se agotó en la estructura y fue necesario replantear los pagos de los participantes, que entramos en asfixia financiera. El terremoto de 1995 nos dio el primer indicio de lo que había significado aquella decisión. Muchos edificios sufrieron daños; la Clínica, ni una fisura. En 2004 fue peor: hubo edificaciones evacuadas y nuestro edificio quedó intacto. El 10 de agosto, la zona se transformó en un paisaje de guerra. Cientos de edificios resultaron afectados y 81 sufrieron colapso parcial o total. La Clínica solo presentó daños de mampostería en la entrada principal. Sus servicios continúan abiertos y funcionando.

Estamos en el centro de uno de los sectores más golpeados. Desconcierta observar cómo la destrucción pareció escoger caprichosamente sus víctimas. ¿Errores de construcción? ¿Características del suelo? ¿Resonancia? ¿Diseño? ¿Mala suerte? ¿Cómo explicar que, en un mismo lote y construidos por la misma compañía, colapse uno de cuatro edificios? Habrá que esperar a los patólogos estructurales. Columnas, vigas, amarres y cimentaciones tendrán que contar la historia. Solo entonces sabremos cuánto correspondió a la naturaleza y cuánto, eventualmente, a errores, negligencia o ahorro irresponsable. Y si se demuestra que hubo incumplimientos deliberados de las normas o materiales inferiores a los exigidos, las empresas responsables deberán resarcir a sus víctimas y responder ante la justicia.

La libertad de empresa y el mercado son extraordinarios instrumentos para generar prosperidad. Pero funcionan sobre una condición indispensable: responsabilidad. Obtener utilidades no consiste en ahorrar donde nadie está mirando, sino en ofrecer un producto seguro, confiable y de calidad.
Hace 37 años descubrimos cuánto costaba hacer una estructura mejor de lo exigido. El 10 de agosto descubrimos cuánto puede valer.
Publicado El país de Cali 26254


viernes, 28 de agosto de 2026

De buenas

Tal vez una de las expresiones más insensibles que se han oído a raíz del terremoto tenga que ver con la suerte. “Tan de buenas”, le dicen a quien rescataron herido, pero perdió familiares, su hogar y todas sus pertenencias. “A Cali le fue bien porque pudo ser mucho peor” es un consuelo inútil y cruel para quienes han sufrido tanto. Y “lo material se repone; lo importante es la vida” dice muy poco a quien perdió en segundos el fruto de toda una vida de trabajo.

Pero hay otra forma, menos evidente, de desconocer el sufrimiento de las víctimas: pretender protegerlas de cualquier riesgo, aun contra su voluntad. El exceso de celo de algunas autoridades puede agravar el sufrimiento psicológico y dificultar esa necesidad urgente de recuperar algún control sobre la propia vida. Impedir el acceso a edificios certificados como estructuralmente viables resulta particularmente duro para quienes quedaron en la calle con una toalla o una pijama.

Podrá existir la posibilidad de que un muro se desprenda y lesione a quien ingrese. Pero, una vez evaluada técnicamente la estructura y establecido un riesgo razonablemente bajo, debería ser el afectado quien decida. Solo él puede ponderar el beneficio emocional y económico de recuperar documentos, recuerdos, ropa o pertenencias frente al riesgo residual de entrar por unos instantes. Después de perder familiares, casa, patrimonio y tranquilidad, lo último que necesita una víctima es que también le quiten la capacidad de decidir sobre lo poco que todavía le pertenece. Proteger no puede significar anular la autonomía. Quizás “estar de buenas” no sea haber sobrevivido para obedecer, sino sobrevivir y conservar la libertad de empezar otra vez.

La reacción y la solidaridad de los caleños han sido formidables; días y noches de equipos dedicados a salvar, ayudar y proteger. La heroica cirugía practicada por el doctor Laureano Quintero, el ángel de todas las tragedias, fue el punto cumbre de este esfuerzo: en la profundidad de los escombros, sin luz, sin aire y con equipos restringidos, logró la liberación y extracción de la paciente, con la ayuda de rescatistas y bomberos.

Rearmar a Cali va a tardar años, pero cicatrizar las almas será una labor de toda la vida. Quienes sufrieron y quienes hicieron lo imposible por ayudar cargan un dolor pesado que va a requerir, también, un gran esfuerzo colectivo.
Publicado El País de Cali, 26241


martes, 25 de agosto de 2026

Sufrimiento y Esperanza

 


Sufrimiento y Esperanza

Los terremotos no solo derrumban edificios. También dejan al descubierto las sociedades.

La tragedia que acaba de golpearnos mostró algo reconfortante en medio del horror. Antes de terminar de temblar, Colombia estaba reaccionando. Bomberos, rescatistas, médicos, Policía, Ejército, empresarios, organizaciones sociales y ciudadanos comunes comenzaron a moverse. Unos buscan sobrevivientes; otros llevan alimentos, prestan maquinaria, abren albergues o  buscan cómo ayudar. Profundamente conmovidos por el sufrimiento y las pérdidas humanas todos estamos resueltos a reconstruir. 

Hace pocas semanas otro terremoto devastó Venezuela. Allí también surgió la solidaridad espontánea de miles de ciudadanos. Pero apareció una diferencia dramática: mientras la sociedad intentaba reaccionar, un Estado gigantesco, controlador y desconfiado llegó tarde, puso obstáculos y pretendió reservarse el derecho de ayudar. La gente le rogaba  a los militares que dejaran las armas y tomaran las palas. No es una diferencia genética. Es el resultado de modelos de sociedad.

Durante casi tres décadas, el socialismo venezolano convirtió al Estado en dueño, empresario, benefactor, empleador y dispensador de favores. Destruyó empresas, persiguió la iniciativa privada y acostumbró a millones a esperar que desde arriba llegaran las soluciones. Al final consiguió la peor combinación: un ciudadano empobrecido y un Estado omnipotente para mandar, pero impotente para resolver.

Colombia estuvo peligrosamente enamorada de esa receta. Nos hablaron durante cuatro años de un Estado que debía controlar la salud, las pensiones, la energía, la tierra y cada vez más rincones de nuestra vida. Por fortuna, debajo del discurso sobrevivió un país distinto: millones de personas que trabajan, producen, emprenden y, cuando ocurre una tragedia, no esperan instrucciones para ayudar. En medio del horror, la fortuna de no tener un inepto diletante dirigiendo el esfuerzo. Que alivio sería que no le hagan más resonancia a las bestialidades que sigue produciendo. 

Quizás las ruinas nos dejen una lección. Un país no se construye esperando un Mesías que haga todo. Se construye con ciudadanos capaces de levantarse, ayudarse entre ellos y con un Estado que proteja en lugar de estorbar. Entre tanta desgracia, comprobar la reciedumbre y capacidad solidaria de un pueblo, permite ver el futuro con esperanza. 

Publicado El País 26227


martes, 29 de octubre de 2024

16 Conferencias

Que 16 veces hayan sido capaces de reunirse representantes de casi toda la humanidad a discutir las medidas que hay que tomar para preservar el planeta con su diversa fauna y flora, es muy esperanzador.
Después de entender el enorme esfuerzo y dedicación que implica organizar esas reuniones y aplaudir el trabajo de Gobernadora, Alcalde y todo el equipo implicado, se pueden poner en perspectiva las críticas. Puede ser cierto que hay más literatura que hechos o que muchos incumplen los pactos, pero el solo hecho de que sean capaces de reunirse, dialogar y pensar en el bienestar universal es un enorme avance. Porque es con la suma gradual y paciente de pequeños aportes, ideas e innovaciones que se logran superar las dificultades. Entendiendo los avances previos y construyendo con un diálogo civilizado la progresión. No es con visiones apocalípticas, producto de información incompleta que entra a una mente turbada por un Marxismo mal reciclado, que concluyen que hay que arrasar con todo, para poder crear su imaginario mundo feliz.

Independiente de que tanto le aporte al mundo este esfuerzo de tantos en Cali, es indudable que la ciudad sí se ha beneficiado. Más importante aún que el transitorio provecho económico directo, es la recuperación del espíritu cívico y de comunidad que se genera por la confianza en sus dirigentes. Muy significativo para una ciudad que hace muy poco fue símbolo de vandalismo, violencia y desgobierno que llevó a que muchos de sus talentos la abandonaran.
Lo que se ha logrado en la zona verde es prueba irrefutable de que con seguridad y orden se avanza en civilización y bienestar para todos. Recuperar las calles para los caminantes, sacando los vehículos, es un acierto que ha sido probado en innumerables pueblos y ciudades del mundo. Los pocos ensayos tímidos que se han hecho en Colombia, como Cartagena y Villa de Leyva han sido un impulso para el comercio, el turismo y la calidad de vida.

Sacar los carros del centro y de San Antonio ha sido un clamor de muchos años de quienes han tenido la experiencia de ver iniciativas similares y experimentar sus beneficios. Si se hace en forma planeada y organizada, integrando los vendedores ambulantes a la solución, se puede convertir en un ejemplo que se disemine a otros sectores y otras ciudades y se convierta en modelo de ciudad sabrosa de vivir.
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