viernes, 2 de octubre de 2026

Los niños de la guerrilla

Comencemos por precisar las palabras. En la legislación colombiana, niño es el menor de 12 años; entre los 12 y los 18 el término correcto es adolescente. Todos son menores de edad y todos merecen especial protección. La diferencia no es trivial. Durante la adolescencia aparece una desconcertante disociación: cuerpos que pueden parecer adultos y mentes que todavía están desarrollando la experiencia, el juicio y la capacidad para medir las consecuencias de sus decisiones. Precisamente esa vulnerabilidad facilita algunos de los abusos más repugnantes de la guerra.

Muchachas explotadas sexualmente. Jóvenes reclutados mediante amenazas, engaños o seducción. Adolescentes convertidos en combatientes, mensajeros, vigilantes o escudos de organizaciones criminales. El crimen original está allí: reclutarlos. Sin embargo, buena parte de la discusión comienza después, cuando esos menores ya están dentro de un campamento armado. Entonces aparece el dilema terrible: ¿cómo combatir una organización criminal que incorpora deliberadamente menores a sus filas? La respuesta fácil es exigir operaciones impecablemente “quirúrgicas” en las que se neutralice a los criminales y se rescate a todos los adolescentes. Ojalá la guerra funcionara como en las películas. El Derecho Internacional Humanitario no dice que todo campamento donde haya menores se vuelve intocable. Si la moral no fuese de doble faz, se debería oir un largo lamento por los 768 militares muertos durante el pasado gobierno. Muchos, solo unos meses mayores que los “niños” del clamor fariseo.

Los “defensores de la paz” pretenden que no veamos la perversión que se transparenta en su máscara humanitaria: cuanto mayor protección reciben los los campamentos con menores, mayor es el incentivo para seguirlos reclutando. Por algo aumentaron en 2.000 durante los 4 años que pasaron.

La guerra es horrible precisamente porque no permite soluciones inmaculadas. Y resulta demasiado cómodo juzgar sus decisiones más difíciles desde un escritorio. La indignación se debe concentrar en quienes arrancan a los menores de sus familias, los adoctrinan, los explotan y los exponen al combate y la muerte.



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