Es paradójico que quienes se sienten determinados a dejar una huella en la historia, sean quienes más la ignoran. Si se estudia con cuidado la génesis de los horrores que los humanos se han autoinfligido es fácil concluir que casi todos han surgido de la imaginación y no de condiciones objetivas, como muchos repiten. Si los cuentos que se inventan no son para promover la cooperación sino para generar odio y estimular la división, lo que termina ocurriendo es destrucción y muerte. Ha sido una constante histórica la aparición de relatos con variantes alrededor de una realidad infernal, una sociedad injusta con miles muriendo de hambre y enfermedad, un pueblo sin acceso a educación y oportunidades y la ambición por el bienestar material destruyendo el planeta y llevándo al apocalipsis.
Los jóvenes que comienzan a descubrir el mundo se fascinan y conmueven con las historias de horror y poco les importa que la evolución de las estadísticas muestran todos los indicadores negativos disminuyendo y los positivos mejorando. Pocos se detienen a ver su propia realidad, que suele ser en muchos casos bastante más sabrosa que la que les han pintado.
Se impone el poder de la repetición de mentiras y la cuidadosa selección de lo negativo, va quedando grabada en mentes susceptibles con lo que se logra el escenario planeado: todo quedó mal hecho y hay que cambiar para llegar a un imaginario mundo perfecto, que se describe y se enseña con candoroso fervor y consagración. Una vez se ha trazado el camino de la nueva sociedad idealizada y feliz se tienen que entender y aceptar los sacrificios. Vienen épocas de disrupción, destrucción, desorganización, desabastecimiento, hambre y sufrimiento. Se hace necesario remover a los herejes. Se fusila, se encarcela, se exilia, porque todo se justifica en el camino hacia el futuro venturoso.
Casi todas las guerras, purgas, exterminios y atrocidades han seguido éste mismo guión. Siguen frescos en la memoria los del siglo pasado y fáciles de ver, los presentes. Y todos tienen en común que cuando los ilusos seguidores, comienzan una senda sin fin de penurias, no dejan de preguntarse cómo fue que se creyeron la historia y porque no reaccionaron a tiempo.
“Escapar de la amenaza, duplica el miedo. Enfrentarla, lo reduce a la mitad” (Les dice Churchill, a quienes preguntan qué hacer)
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viernes, 3 de mayo de 2024
viernes, 12 de abril de 2024
Medicina sin engaños
¿Qué nombre recibe la medicina basada en evidencia científica, que sigue un riguroso método para corroborar la validez de los procedimientos diagnósticos y terapéuticos? Medicina.
¿Qué ocurre con un tratamiento alternativo, natural, ancestral, herbal, tradicional, chino, cuando se demuestra que sirve usando el método científico? Entra a formar parte de la medicina.
El bioquímico español J. M. Mulet enseña en su libro la evidencia que respalda a las llamadas opciones alternativas y muestra por qué algunos funcionan a medias y cómo muchos son engaños de mentes confundidas con buenas intenciones y muchos otros no son más que un tramposo negocio.
Porque la verdad es que la Medicina (si, así a secas) es a donde acuden la mayoría de los mortales cuando se enferman o se accidentan, incluyendo los que viven de criticarla usando métodos “alternativos”.
Válido que en una sociedad libre, haya otras opciones para diagnosticar y tratar enfermedades.
Lo que viola derechos elementales, es la intervención del estado con acciones claramente asimétricas y abusivas.
Los médicos, los que estudian largos años, los que pasan exámenes, los que ascienden en un estricto sistema de filtración de calidad, los que siguen estudiando toda la vida, son sometidos a toda clase de normas, regulaciones, restricciones, algunas llegando al nivel de la ridiculez. Acosados por la presión de atender consultas y cirugías, con equipos cada vez más precisos y costosos, no tienen tiempo ni mente para llenar tanto requisito y documento. Aparecen, convenientemente, empresas que hacen el trabajito por valores que van sumando para aumentar el costo de sostener una práctica ética y de calidad, y el valor que paga el paciente.
En cambio si el alternativo se llama curandero, brujo, yerbatero y su método incluye leer cartas, aplicar el zodiaco, fumar al enfermo, crackear huesos, vender pastillas de azúcar y agua con nombres pseudocientíficos, clavar agujas o cualquier otro tipo de pase mágico, que no esté respaldado por evidencia científica alguna, el estado le da plena libertad de funcionar sin ningún control. La celebración de la ignorancia que venera lo “natural” y “ancestral” convertida en brazo legal para perseguir y restringir la medicina real con sus odiados químicos, láseres, equipos sofisticados, a la que siempre acuden los enfermos de verdad.
¿Qué ocurre con un tratamiento alternativo, natural, ancestral, herbal, tradicional, chino, cuando se demuestra que sirve usando el método científico? Entra a formar parte de la medicina.
El bioquímico español J. M. Mulet enseña en su libro la evidencia que respalda a las llamadas opciones alternativas y muestra por qué algunos funcionan a medias y cómo muchos son engaños de mentes confundidas con buenas intenciones y muchos otros no son más que un tramposo negocio.
Porque la verdad es que la Medicina (si, así a secas) es a donde acuden la mayoría de los mortales cuando se enferman o se accidentan, incluyendo los que viven de criticarla usando métodos “alternativos”.
Válido que en una sociedad libre, haya otras opciones para diagnosticar y tratar enfermedades.
Lo que viola derechos elementales, es la intervención del estado con acciones claramente asimétricas y abusivas.
Los médicos, los que estudian largos años, los que pasan exámenes, los que ascienden en un estricto sistema de filtración de calidad, los que siguen estudiando toda la vida, son sometidos a toda clase de normas, regulaciones, restricciones, algunas llegando al nivel de la ridiculez. Acosados por la presión de atender consultas y cirugías, con equipos cada vez más precisos y costosos, no tienen tiempo ni mente para llenar tanto requisito y documento. Aparecen, convenientemente, empresas que hacen el trabajito por valores que van sumando para aumentar el costo de sostener una práctica ética y de calidad, y el valor que paga el paciente.
En cambio si el alternativo se llama curandero, brujo, yerbatero y su método incluye leer cartas, aplicar el zodiaco, fumar al enfermo, crackear huesos, vender pastillas de azúcar y agua con nombres pseudocientíficos, clavar agujas o cualquier otro tipo de pase mágico, que no esté respaldado por evidencia científica alguna, el estado le da plena libertad de funcionar sin ningún control. La celebración de la ignorancia que venera lo “natural” y “ancestral” convertida en brazo legal para perseguir y restringir la medicina real con sus odiados químicos, láseres, equipos sofisticados, a la que siempre acuden los enfermos de verdad.
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