Iván Cepeda ha decidido vestirse con el ropaje moral de Gandhi. Habla de la fuerza de la verdad —satyagraha—, e invoca la desobediencia civil. Los incautos deben tener cuidado: no basta tomar prestadas las palabras de Gandhi para heredar su autoridad moral. Gandhi enfrentó un imperio colonial. Su lucha nació contra leyes injustas, impuestas por una potencia extranjera a un pueblo sometido. La Marcha de la Sal no fue un berrinche político, sino un acto público y pacífico contra una norma concreta. Gandhi desobedecía, pero aceptaba el castigo. No buscaba incendiar al pueblo, sino avergonzar al poder con sacrificio propio.
Cepeda actúa dentro de una democracia, con elecciones, Congreso, jueces, prensa, oposición y mecanismos institucionales. Ha construido su vida pública interactuando con grupos armados y criminales envuelto en una capa de derechos humanos, víctimas y paz. Habla de memoria y verdad pero solo la de los agresores. Pretende convertir su supuesta legitimidad en licencia para desconocer un resultado electoral. Satyagraha no significa “yo tengo la verdad y usted es ilegítimo”. En Gandhi era una disciplina moral: no violencia absoluta, autocontrol, austeridad, sufrimiento personal y respeto por la humanidad del adversario. Su verdad no era un garrote contra el enemigo, sino una exigencia contra sí mismo. Sabemos que usar a Gandhi para llamar a la protesta pacífica tiene mucho atractivo pero hemos sufrido la farsa del pacifismo de la izquierda Colombiana. Además lo hace para desconocer al adversario o presionar instituciones contra una autoridad surgida de las urnas, lo que nunca pasaría por la mente de Gandhi quien buscaba liberar a un pueblo del dominio colonial. Cepeda compite dentro del sistema que lo ha elegido y escuchado. Su “no obedezco” al Presidente asume un Virrey imponiendo injusticias. Su “no me representa” demuestra su desconocimiento de la democracia. Es obvio. Perdió. Es la mayoría que ganó la que se siente representada.
Colombia no necesita falsos mahatmas disfrazados de mártires. Necesita demócratas capaces de perder sin incendiar, de protestar sin destruir y de buscar la verdad sin volverla propiedad de partido. La fuerza de la verdad no es creíble cuando ignora una verdad incómoda: nadie puede proclamarse Gandhi mientras desconoce las reglas que exige cumplir a los demás.
Publicado El País de Cali 26192
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