viernes, 4 de septiembre de 2026

Los Comunicadores

Aun los más severos críticos de Trump reconocen su extraordinaria habilidad como comunicador. Se las ha arreglado para permanecer durante años en primera línea de las noticias y tiene 111 millones de seguidores que han leido cada uno de sus 60.000 mensajes con devoción casi religiosa. Algo semejante ocurre con Petro. Se puede cuestionar su gestión, pero difícilmente su capacidad para ocupar titulares. Lleva décadas apareciendo en portadas y noticieros y ha construido una comunidad digital de 9 millones dispuesta a incorporar sus 160.000 interminables mensajes como la verdad revelada.

¿Cómo han logrado dos personajes, desde polos opuestos, posicionarse de manera tan exitosa ante sus respectivas comunidades?

La explicación no es única, pero las semejanzas son sorprendentes. Ambos padecen un severo trastorno narcisista de la personalidad. Se consideran seres excepcionales, convencidos de ocupar un lugar trascendental en la historia. Se califican constantemente con superlativos y seleccionan, exageran o distorsionan cifras para demostrar la grandeza de sus realizaciones.

¿Por qué tantos los siguen con semejante fervor?

Desde que la humanidad comenzó a organizarse en grandes sociedades ha buscado líderes capaces de ofrecer explicaciones sencillas para problemas complejos. Ante la incertidumbre, muchos encuentran alivio en relatos que identifican culpables, prometen redención y anuncian un futuro maravilloso. Durante siglos esa necesidad alimentó monarquías y religiones. El rey gobernaba por voluntad divina y la Iglesia lo confirmaba. Los nuevos mesías políticos crean una comunidad de creyentes utilizando las mismas estrategias probadas por siglos.

Trump y Petro usan además, una formidable herramienta para la era digital: el disparate. Una afirmación escandalosa o una cifra inverosímil obliga a periodistas, académicos y adversarios a dedicar horas a demostrar que es falsa. El truco también es viejo: que hablen bien o mal, pero que hablen. La verdad, la precisión y hasta la coherencia pasan entonces a segundo plano. Habiendo superado en Colombia esta etapa tan errática lo que hay que hacer es quitarle el micrófono y dejarlo reposar en el oscuro closet de la historia que objetivamente se merece. No seguir cayendo en la trampa de controvertir disparates o aclarar mentiras. Solo sirve para mantenerlo vigente.

Publicado El País de Cali 26247



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