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viernes, 8 de mayo de 2026

Fascismo guerrillero

Si algo caracteriza al fascismo es el uso de la violencia desde el estado contra grupos definidos por raza, ideología o conducta, según el criterio del Narciso al que, en mala hora, la sociedad decidió entregarle el mando.

Para Petro, los responsables de las matanzas en Cauca y Valle son “fascistas”. Pero conviene recordar el camino recorrido. Sabíamos que para llegar al poder se hicieron pactos con delincuentes condenados. Sabíamos que muchos recibieron beneficios, excarcelaciones, cargos e incluso protección estatal. Sabíamos que se debilitó la inteligencia militar, se descuidó la capacidad operativa y se desplazó a oficiales con experiencia. Sabíamos también de los gestos públicos de cercanía con criminales aún privados de la libertad. Y sabíamos —porque las cifras lo muestran— que la expansión del narcotráfico ha alcanzado niveles inéditos, con la inundación de dólares que tanto orgullo le generan.

Lo que no sabíamos era que el presidente estuviese en disposición de certificarlos como brazo armado de un estado fascista. Las mal llamadas disidencias operan hoy con una comodidad que desborda cualquier explicación retórica. No disienten de nadie: funcionan, más bien, como piezas activas de un engranaje que se fortalece en medio de la ambigüedad del poder. La mayoría de los mortales no alcanzamos a captar la creatividad de los camaradas, cuando manifiestan que todas las formas de lucha son válidas. Quien tenga todavía dudas de cuál es el camino trazado no es sino que revise las “decoraciones” en Cali de la marcha del 1 de Mayo. Afiche con Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao quienes combinados generaron 140 millones de muertes. Esos son los héroes de quienes pintan las estaciones del MIO con “educación para el obrero, no al burgués,” un retoque fascista que define qué porción de la población no tiene derechos.

Ya lo escribió Dietrich Bonhoeffer antes de morir ahorcado en un campo de concentración nazi: la estupidez no es falta de inteligencia, sino la renuncia a la independencia. No es un defecto intelectual sino moral. Surge cuando se delega el criterio en un líder o en una causa que dicta cómo pensar y comportarse. La realidad no importa porque siempre hay una conspiración para explicar los horrores de la secta. Pudo Dietrich corroborar en su hora final que la estupidez es más peligrosa que la maldad.

Publicado El País de Cali 26129




viernes, 30 de agosto de 2024

El valor de la mentira

Todos tendemos a creer que las mentiras buscan engañar y hacer creer lo que no es verdad. Pero cuando las mentiras tienen la marca presidencial, y son tan repetidas que se vuelven costumbre, tienen un provechoso efecto que sus productores valoran y utilizan con inigualable cinismo.

Cuando Trump dice que por la frontera sur han entrado 20 millones de delincuentes y locos, cuando Maduro dice que Maria Corina tiene un plan para matarlo (“magnicidio” dice y entendemos que se refiere a su voluminosa anatomía), cuando Petro dice que quienes lo critican, son asesinos de niños, hay que saber que, con la excepción de los lisonjeros zombies que los rodean, no pretenden que les crean.
Lo que buscan es implantar una cultura en la que ya nadie sabe que es verdad y que es mentira. Qué está bien o qué está mal. Si la figura máxima de un país, que muchos han respetado precisamente por ser modelo de moderación y prudencia, suelta toda clase de barbaridades en forma consuetudinaria, sin ningún esfuerzo por aportar pruebas, atenerse a datos o al obvio registro de la realidad, se logra un estado de desconcierto generalizado.

Ya la socióloga Hannah Arendt describió con claridad el fenómeno que permitió que una gran masa de la población alemana acogiese el nazismo con regocijo y emoción.
“Cuando al pueblo se le priva del poder de pensar y juzgar, queda, sin saberlo ni quererlo, sometido al imperio de la mentira. Con gente así, puedes hacer lo que quieras”.
La mentira repetida, con la plena conciencia de estar mintiendo, apoyado en el peso de la autoridad, lleva al colapso de la “sociedad honorable”.

Cuando se combina con la habilidosa relatividad moral que tanto eco recibe, se logra la perfecta sumisión al poder. “Todos somos culpables, por acción u omisión del narcotráfico, los asesinatos, la corrupción, la miseria” es una pieza que vemos incrustada en gran cantidad de discursos políticos, cuando pretenden ser filosóficos, espirituales o ponderados..
Donde todos son culpables, no lo es nadie. Se logra acabar con principios y valores que permiten detectar la maldad. En aras de la tolerancia se promueve la adaptación a la mentira que en realidad termina destruyendo los fundamentos de la convivencia pacífica y el progreso.

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