Cuando algunos voceros del anterior gobierno hablaron de “incendiar el país” si Abelardo ganaba, muchos entendimos la expresión en sentido figurado. Imaginamos desórdenes, bloqueos, marchas violentas, ataques guerrilleros y bombas. Nunca pensamos en incendios literales. Las imágenes de Villa de Leyva son especialmente dolorosas. Una región con tradición de pacifismo y progreso, que ha sido impermeable a los violentos, sufre ahora el más cobarde de los ataques. Es muy difícil encontrar a los responsables pero si se lleva a demostrar acción deliberada, establecer conexidad con quienes predijeron y amenazaron parece obvio.
La narrativa ha sido insistente: hubo fraude, el verdadero ganador fue Cepeda, quien ocupa la Presidencia es ilegítimo y, ante semejante “robo al poder popular”, la rebelión estaría moralmente justificada. Colombia ya conoce ese libreto. El M-19 nació proclamando un fraude electoral y terminó escogiendo las armas como instrumento político. Llegaron a quemar el Palacio de Justicia y todos sus magistrados. ¿por qué no repetirlo y quemar otro Palacio? Si las urnas no producen el resultado esperado, entonces la calle, el bloqueo, la violencia y ahora el incendio adquieren una pretendida superioridad moral.
Sin embargo, hasta ahora parece que falta un ingrediente fundamental: el descontento popular. Aun desde antes de conocerse los resultados se llama a la movilización con discursos incendiarios, pero, faltando camino por recorrer, no parece haber una sociedad masivamente dispuesta a destruir el país porque perdió una opción política. Tal vez se embriagaron durante demasiado tiempo con la farsa de un malestar generalizado, el tal “estallido social” y se les olvidó que lo que tuvieron fue una gran capacidad para financiar protestas y sembrar desconcierto. Eso no significa que se pueda bajar la guardia. Las bandas organizadas manejan dinero, armas, logística y, sobre todo, jóvenes dispuestos —o forzados— a poner los muertos. Está por verse si van a ser capaces de incendiar el país, figurado o real, sin ninguna consideración por todo el sufrimiento y daño que pueden causar. Es muy probable que no puedan porque ya son muchos los que no caen en el engaño de una verborrea de paz y están dispuestos a que se imponga por la fuerza el orden y la paz real que se requiere para construir y prosperar.
Publicado El País de Cali 26269
viernes, 25 de septiembre de 2026
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